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Garcilaso

jueves 24 de abril de 2025
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Garcilaso de la Vega
Me acordé entonces de que, siempre, Garcilaso ha ido conmigo. 📷 Dibujo de Garcilaso de la Vega (1791) por José Maea (1760-1826)
que el más seguro tema con recelo,
perder lo que estuviere poseyendo.
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Garcilaso de la Vega.

No recuerdo la primera vez, ni aun la segunda o la tercera, que leí a Garcilaso de la Vega. Indefectiblemente, sin embargo, va asociado a una larga caminata por el monte junto con mi querido amigo José Luis. Éramos dos infantes entonces de apenas dieciocho años. Nos habíamos perdido la noche anterior siguiendo el traicionero curso de un riachuelo. Dormimos al aire libre, pasando frío, en una montaña nada cómoda. Poco y mal. Ahora, de día, dimos con el camino que llevaba al pueblo con todas las facilidades del mundo. Contentos, y ante la majestuosidad del paisaje, así lo recuerdo, comenzamos a recitar poemas apenas memorizados. En aquella recitación, a pleno pulmón, caminando por entre bancales y montañas, cargados con las mochilas, entraron Góngora, Manrique y Machado, entre otros, y, por supuesto, Garcilaso de la Vega, El dulce lamentar de dos pastores...

Debió de impresionarme Garcilaso, pues terminado aquel viaje le regalé a José Luis un librito con sus poemas. Sonriendo con ternura me confesó, pocos días antes de fallecer, que lo conservaba. Habían pasado cincuenta largos años. Y durante ese tiempo, leí y releí los poemas de Garcilaso con cierta regularidad.

En otro excelente viaje fuimos a Toledo José Luis y yo; buscamos la estatua de Garcilaso, donde nos fotografiamos, y aun su tumba. Una señora de una de las dependencias de Información y Turismo nos dijo que estaba enterrado en Granada. El mundo se nos vino encima. Algún día, lo prometimos, iríamos allí a ver su tumba. Nunca lo hicimos. Una pena.

En mi despacho tengo una mesa auxiliar. En ella se amontonan los libros pendientes de lectura. Un día, en una librería, en la sección de saldos, di con las obras completas del poeta. Un librito pequeño, manejable, muy bien editado y con unas tapas blandas, pero duras y resistentes. Lo compré, pues me ponía muy nervioso ir al médico, por ejemplo, estar esperando mucho tiempo a veces, para que me llamaran, sin más misión que contemplar la blanca pared de enfrente o el impasible reloj. Lo mismo me sucedía cuando iniciaba algún largo viaje en tren. Me pareció que el libro de Garcilaso era ideal para ambas ocasiones. Nada más llegar a casa, lo leí. Y lo subrayé. No sé leer sin tener un lápiz en la mano. Leído y subrayado se quedó, pues, sobre la mesa auxiliar, ahogado a veces por otros volúmenes. No obstante, nunca lo moví de ahí, siempre preparado y dispuesto para venirse conmigo allá donde me hiciera falta.

Cuando, tras el fuerte ataque de neumonía, que me impidió levantarme de la cama o del sofá, vino la ambulancia a por mí para llevarme al hospital, mi hijo me preguntó qué cosas necesitaba: ropa por si salía de esta, zapatillas, y el libro de Garcilaso sito sobre la mesa auxiliar.

No podía valerme por mí mismo: ni moverme en la cama, ni alargar el brazo para coger una botella de agua. Donde me dejaban, me quedaba. Ni siquiera podía darme la vuelta entre las sábanas para escoger la mejor postura. Me dormía gracias a la pastilla que me daban todas las noches. Aun así los poemas de Garcilaso los tuve siempre al alcance de la mano. Pero ni podía cogerlos ni estaba en condiciones de leer ni un solo verso. Solo, y de reojo, me era dado ver el libro, algunos de cuyos poemas había tratado de aprenderme de memoria. Nunca lo logré del todo. No obstante, resonaban en mi cabeza confundiendo sonetos con canciones y églogas. Y los viajes con José Luis.

Fue un tormento compartir la habitación con un señor loco por la televisión. Desde que se levantaba, él podía moverse, ir al baño, pasear, sentarse y cambiar de postura, hasta que se acostaba no dejaba de ver todos y cada uno de los programas televisivos que pasaban a toda hora, y a cuál de todos era más chabacano y peor. Por fortuna le dieron el alta rápidamente. O, al menos, lo cambiaron de habitación. Sea como fuere nunca me ha alegrado tanto la ausencia de una persona. A la que, por cierto, no le vi la cara. Horas después, sin embargo, trajeron a otro paciente. Con una historia terrible: vivía en uno de los pueblos más afectados por la dana y las inundaciones. Vio morir a su mujer ahogada sin poder hacer nada por salvarla. Y él estaba infectado. Era un buen hombre. Con cuatro o cinco hijos. Lo adoraban. No lo dejaron solo ni un solo momento. Vi, con verdadero halago, cómo dos de sus hijas lo afeitaban, lo perfumaban y lo ponían de punta en blanco. Yo, gracias a los cuidados médicos, y a los medicamentos, comenzaba a poder moverme. Ya era capaz de sentarme en la cama y de alcanzar la botella de agua. No tardé mucho en poder levantarme. Lo hice, cogí el libro de Garcilaso, me senté en una silla y me puse a leer. El hombre tuvo la deferencia de apagar la tele sin que yo le dijera nada.

Al placer de levantarme, moverme, poder ir al baño, se añadió la lectura de los bellísimos poemas de Garcilaso. Me leí los sonetos de una tirada recreándome en la majestuosidad y sencillez de su lengua. Tras dos días de estar sufriendo la televisión, fue un verdadero renacimiento volver a leerlo. A veces, no obstante, no tenía suficiente luz, pero me percaté de que no me hacía falta: era leer el primer verso, y los otros se me daban por añadidura. Mis ojos no tenían que hacer ningún esfuerzo. Aunque no me los sabía de memoria, los llevaba escritos en mí. Y una y otra vez rememoré a Elisa, vida mía... Y el viaje entre montañas con José Luis y la ida a Toledo con él... Amodorrado, igual hablaba con el poeta que con mi llorado amigo. Fueron las horas felices en aquel hospital.

Y me acordé entonces de que, siempre, Garcilaso ha ido conmigo. En un viaje a Barcelona, en su casa, un amigo circunstancial me recitó los famosos versos que, por desgracia, se iban a hacer carne en mi persona:

¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que había de ver con largo apartamiento
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis amores?
El cielo en mis dolores
cargó la mano tanto,
que a sempiterno llanto
y a triste soledad me ha condenado (...).

Me recomendó entonces un joven doctor que me levantara y caminara por la habitación. El tubo del oxígeno era largo: podía ir al baño y desplazarme hasta el pasillo. Fue una verdadera alegría recuperar la movilidad y las ganas de leer. Sólo me faltaba darme una buena ducha. Aun tardé en poder hacerlo: varios interminables días después me dieron el alta. Mientras, en el hospital, seguí leyendo a Garcilaso. Hasta di con una enfermera que lo conocía. Lo había leído. Me sonrió con simpatía. No pudimos hablar sobre el poeta, dijo, porque tenía que atender a los pacientes. Se fue. Y yo me quedé con mi librito evocando aquel viaje con José Luis. Recuerdo que nos propusimos hacer uno de Cardenio y otro de Nemoroso, pero nos fallaba la memoria. Y no llevábamos el libro con nosotros. Un fallo. Rememorando a mi amigo, leí y releí una y otra vez los versos de Garcilaso. A José Luis le gustaba mucho el soneto de Dafne y Apolo. La elegancia con la que el poeta usa la mitología para hablar de su dolor sin inmiscuirse por el medio. Le maravillaban las lágrimas que riegan al árbol, Dafne, trastocada en un laurel, sin movimiento, por huir de los rijosos amores de Apolo. Para alejarse de mí no le hubiera hecho falta ni dar dos pasos, ni transmutarse en nada. Y otra vez otra enfermera me envió al lecho para colocarme la mascarilla del oxígeno y conectarme al gotero. Tumbado, con el libro entre las manos, estuve soñando con los montes y bosques por donde resonaba el dulce lamentar de dos pastores.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Garcilaso de la Vega, Égloga primera, v. 151-152.
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