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Puchades

jueves 29 de mayo de 2025
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Puchades, por Vicente Adelantado Soriano
Tras estar dos o tres horas encerrado en el colegio, por las tardes, yo no tenía más que ganas de correr. Tras merendar, salía corriendo a la calle. Algunas veces, no siempre, llamaba a Puchades, y algunas veces, no siempre, me seguía.
Para mis primas Joaquina, Manolita, Mª. José y Rosa.
Los lúgubres profetas que recorren el mundo no dejan de recordarnos nuestro deber, y éste no es el de escribir novelas perrunas.1
Sándor Márai, Un perro de carácter.

No me planteé, cuando corría con él por caminos y bancales, quién ni por qué bautizó así al perro familiar. Puchades. Sencillamente lo llamaba por su nombre, como por el suyo, sin pensar en más, llamaba a mis amigos. Tampoco pedí nunca explicaciones. Me las dieron, al cabo de mucho tiempo, sin haber abierto yo la boca.

—Es el apellido —me dijeron— de un jugador de fútbol del Valencia.

Me llamó la atención entonces, pues en el pueblo ni había equipo de fútbol ni, en aquella época, teníamos televisión para seguir las competiciones futbolísticas. No recuerdo a nadie de mi familia, por lo tanto, aficionado ni a este ni a ningún otro deporte. El nombre del perro, debido a eso, se convirtió en una incógnita. La cual, la verdad, nunca me ha quitado el sueño, ni nunca jamás he tratado de solucionarla. Hoy hace años que a Puchades le pegaron un tiro en un barranco, y todavía hace muchos más años que yo no voy por aquellos andurriales.

Puchades y yo nunca fuimos muy amigos. Creo que me toleraba por ser un miembro de la familia, sin más, y sin ningún lazo especial. A veces, no obstante, me seguía en mis correrías. Por regla general llegaba por las tardes a mi casa. Venía en compañía de mi abuelo, con su garrote y su negra faja siempre repleta de frutos para mí: almendras, nueces, caquis, manzanas, cerezas...

Era entonces cuando Puchades me seguía. Tras estar dos o tres horas encerrado en el colegio, por las tardes, yo no tenía más que ganas de correr. Tras merendar, salía corriendo a la calle. Algunas veces, no siempre, llamaba a Puchades, y algunas veces, no siempre, me seguía. Una vez nos fuimos a la era donde se reunían los mayores del colegio. A escondidas de sus padres encendían los primeros cigarrillos. Traté de acercarme a uno de aquellos grupos, pero el perro me impidió hacerlo: se puso a ladrar como un energúmeno. Los fumadores, temiendo ser descubiertos por sus ladridos, comenzaron a tirarnos piedras, tanto a él como a mí. Nos alejamos lo máximo posible de tan peligrosas personas.

Mi sentido de la orientación siempre ha dejado mucho que desear. Aquella memorable tarde, huyendo de los fumadores, corriendo por aquí y por allá, no sé por qué caminos me metí, pero en un momento determinado tuve la certeza de haberme perdido: jamás había estado por aquellos lugares. Me asusté. Puchades permanecía indiferente. Traté de orientarme por el esbelto campanario de la iglesia o por la Torre del Molino de menor alzada. Ésta fue edificada por los moros en un terreno un tanto elevado. Pero mi poca estatura, y la enorme masa de pinos, me impedía ver más allá de mis narices. Se me ocurrió trepar por un pino y escrutar, así, el horizonte. Las ramas a las que traté de aferrarme estaban demasiado altas. No sabía qué hacer. Y fue entonces cuando Puchades, con una paciencia benedictina, me ladró un par de veces, y se puso a caminar. Deteniéndose de vez en cuando para comprobar si lo seguía. Creí entender su mensaje: lo seguí. Y tras una buena caminata, llegamos a parajes conocidos. Nos habíamos alejado mucho, pues cuando vimos las primeras casas del pueblo estaba anocheciendo.

Puchades me abandonó en cuanto estuvo seguro de que no me perdería. Lo llamé un par de veces cuando comenzó a alejarse de mí. No me hizo ni caso. Moviéndose con una cierta celeridad se encaminó, así lo deduje, a casa del abuelo. Éste se había ido de la mía. La cena estaba preparada. Sentados a la mesa, me preguntó mi padre por dónde me había movido.

—Por ahí —le dije. Nada conté de mi pérdida y de la inestimable ayuda del perro.

No hacía falta mi concurso para cantar las excelencias del noble bicho. Todo el mundo lo tenía por un animal fino y de una inteligencia superior. Conocida era la anécdota de la petaca olvidada en un bancal. Un día, mi padre se fue a segar hierba para los conejos. Puchades se fue con él. Cuando llegó a casa, mi padre se percató de que se había dejado la petaca y el mechero en un ribazo del bancal. Mandó al perro a por sus trebejos de fumar, y el perro, al cabo de un tiempo, no muy largo, llegó a casa llevando en la boca la petaca y el mechero. La petaca la llevaba entre las fauces y el mechero colgando de uno de sus colmillos. Aquel mechero era un tubo de metal amarillo, pequeño, por el que entraba y salía una mecha amarilla. Un tubito paralelo contenía la piedra, siempre al alcance de una pequeña rueda dentada. Al frotarla contra la piedra, se encendía la mecha. Era el mechero apropiado para el campo: cuanto más viento hacía, mejor prendía la mecha. Ésta era un tanto larga, y terminaba en un nudo. En él hincó el diente Puchades. La gente se hacía cruces de la inteligencia del can.

En una época en la cual no había móviles, y la única forma de comunicarse, en la distancia, eran los gritos, los silbidos o las campanas, el mérito del perro fue resaltado en más de una ocasión. Un día, por ejemplo, llegó al pueblo un representante de harinas y piensos. Necesitaba la firma del titular para servir harina y salvado. Y el titular, en aquellos momentos, se hallaba en un lejano bancal arando la tierra y preparándola para la siembra. Por suerte, aquella mañana Puchades no se había ido con él. Así que mi madre escribió una pequeña nota, la puso en una cesta, y la cesta se la dio a Puchades.

—Busca al amo —le dijo por toda señal.

Y el perro, ni corto ni perezoso, emprendió el camino que antes emprendiera mi padre. Nunca he logrado averiguar cómo supo en qué bancal estaba, si lo buscó por todos, o si acertó a la primera. Pero la cuestión es que no había transcurrido ni media hora desde la llegada de aquel representante, comerciales los llaman ahora, cuando amo y perro se presentaron ante él.

Yo, como he dicho, siempre me callé mis aventuras con Puchades, pues no eran para contar. Influenciado por una historia narrada por doña Pepita, la maestra, sentí una fuerte atracción por los arcos. Contó doña Pepita las hazañas de Odiseo, capaz de pasar una flecha por el ojo de un hacha, y las de Herakles, quien mató a flechazos a no sé cuántos horrendos monstruos. Aprovechando las fiestas del pueblo, con un dinero conseguido gracias a una pulsera de plata que me encontré, y que llevé al ayuntamiento, me compré, con la gratificación, un arco en el único tenderete que se montaba por entonces. Fue un fiasco. Las flechas, de plástico, llevaban en sus puntas ventosas. Pero ni el arco podía coger mucha potencia, ni las flechas se sostenían en ningún árbol ni en ningún sitio. Cuando lo intenté, Puchades venía conmigo. Y aún estoy por decir que se rio de mi fracaso. Ante las flechas, caídas al pie de un pino, gruñó de una forma un tanto sospechosa, y no sé si un tantico burlona.

Gracias a un amigo, me fabriqué un arco con las varillas de un desvencijado paraguas. Esas varillas, afiladas contra la rasposa pared de la escuela, se clavaban perfectamente allá donde las lanzaba. Y el arco, hecho de madera y con hilo de palomar encerado, tenía la suficiente potencia para lanzarlas. Una tarde, pues, di en perseguir a un gato armado con todas mis armas arrojadizas. El pobre animal estaba medio dormido en la puerta de su casa. Al lado de una enorme maceta. Sin avisar, le disparé. La flecha se le clavó en el lomo. El gato, aullando de dolor, saltó por encima de la maceta emprendiendo una enloquecida carrera. Intenté perseguirlo. Puchades se puso delante de mí y comenzó a ladrar con furia. Frené en seco. Momento en el cual la fuerte escoba, manejada por la fuerte mano de la dueña del gato, cayó sobre mi cabeza. Sorprendido, como el gato, emprendí la huida por donde pude. Quería perseguirlo para recuperar mi preciosa flecha. No hubo forma. Además me dolía la cabeza por los rudos escobazos caídos sobre ella. Eso me hizo reflexionar sobre el dolor del gato. Nunca más volví a utilizar aquella arma.

Un verano vino al pueblo mi primo Salva. Pasamos quince inolvidables días juntos. Durante ese tiempo recorrimos el pueblo de arriba abajo, de abajo arriba, y en todos las direcciones y sentidos. Entramos varias veces en el cementerio viejo, cazamos ranas y renacuajos, perseguimos a la dula, y perseguimos a las forasteras con nuestras cerbatanas lanzándoles pequeños huesos de caicavas al cuello preferentemente. Y no dejamos de correr y de huir de las jóvenes veraneantas y de sus madres. A veces nos acompañaba Puchades.

Pero todo en esta vida tiene un fin. Mi primo se marchó una tarde de finales del verano. Recuerdo que aquella fue la primera separación que me hizo llorar a moco tendido, y sentir un profundo dolor. Llorando no hacía más que preguntar: “¿Ahora con quién jugaré, eh? ¿Con quién jugaré?”. Nadie me respondió. Me dediqué a recorrer los lugares con los que tan bien lo había pasado con mi primo. Allí me entregaba a una profunda y dolorosa melancolía. Puchades siempre estuvo a mi lado en aquellos momentos. Nunca, sin embargo, apoyó su cabeza en mis rodillas, ni yo lo acaricié.

Un día, al cabo de mucho tiempo, tras varios días sin verlo, pregunté por él.

—Se estaba quedando ciego —me explicó mi padre—. El tío Julián le ha pegado un tiro para que no sufra. Lo ha enterrado en el monte.

Fue una separación más definitiva que la de mi primo, y, sin embargo, menos dolorosa. A veces me tildo de ingrato. De muy ingrato. E imagino a Puchades gruñendo y quitándole importancia al asunto.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Sándor Márai, Un perro de carácter. Narrativa Salamandra, Barcelona, 2024. Traducción de Mária Szijj y José Miguel González Trevejo.
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