(Me hastía lo que a ellos no les da vergüenza)1

Se habla de justicia cuando se vence al mal con otro mal, al crimen con otro crimen, cuando la ofensa recibida se devuelve con creces.2
Erasmo de Rotterdam, Los silenos de Alcibíades, en Adagios del poder y de la guerra.
Durante aquel mes de febrero fue raro el día que o bien no llovía o no soplaba un viento formidable, capaz de desgajar árboles y tumbar anémicas farolas. Situaciones meteorológicas ambas que invitaban a quedarse en casa al abrigo de alguna estufa, y con una buena taza humeante de café con leche. Lejos de ello, cuando bajé a su casa, tras haberme llamado un par de veces, mi querido vecino me estaba esperando con la consabida botella de vino tinto y el plato de jamón y queso. Tenía la calefacción un poco alta, al menos para mi gusto.
—Me hago mayor... Perdón —rectificó—, soy mayor; no me hago, lo soy, y tengo frío —añadió cuando vio que me despojaba del jersey.
—Yo también estaba leyendo con el calefactor pegado a los pies.
—Vuelve a llover —dijo tras haber estado con los oídos atentos al leve ruido de las gotas de agua golpeando sobre las ventanas.
—Bueno —le dije a mi vez llenando las copas—, por lo menos por ahora no tenemos que salir.
—No. Es una ventaja. Desde luego. Pero esta humedad está matando a mi amigo. Brindemos por él y por los ausentes.
—Por los ausentes —corroboré levantando mi copa—. ¿Y de qué amigo me habla usted? ¿Lo conozco?
—Le hablé de él el otro día. Del que sufre de lumbalgia.
—Dicen que es una cosa muy dolorosa.
—Eso cuenta mi amigo. Es una especie de descargas secas, o latigazos interiores —me explicó— muy duros. Los recibe apenas hace el más leve movimiento. Lo paralizan y le hacen brotar amargas lágrimas de dolor.
—Alguna medicina habrá para curarlo, ¿no?
—Es dramática nuestra situación —dijo pensativo y tras haber llenado las copas de nuevo.
—¿A qué se refiere?
—Al hecho de vivir solos. Este amigo no tuvo hijos, y se separó de su mujer hace muchos años. Vive solo. Ya tuvo un amago de invalidez hace unos meses. Como consecuencia de ello, sacó una copia de las llaves de su casa, y me las dio. Yo hice lo mismo. Y tengo otra copia preparada para dársela a usted.
—Me parece muy bien —dije sin acabar de comprender el meollo del asunto.
—Cuando me acuesto —me explicó— me dejo el móvil, conectado, en la cabecera de la cama. Por si me necesita para algo... Serían las cinco de la mañana cuando sonó, ayer o antes de ayer, no recuerdo. Era mi amigo. A esas horas no puede ser otro. No se podía levantar de la cama... Pedí un taxi y me presenté en su casa rápidamente. Una vez allí, llamé a urgencias, y me quedé a su lado.
—Es usted un buen amigo. Y una buena persona.
—Mientras tenga fuerzas lo seré. Apenas avisadas se presentaron en su habitación dos enfermeras. Tenemos una Seguridad Social que es una maravilla. No sé cómo hay gente que vota a estos energúmenos que quieren acabar con ella.
—Creo que la inmensa mayoría de las personas actúa sin conocimiento de causa, llena de ignorancia y de las sandeces que oye.
—¿Usted cree?
—Sí. Muchos no se enteran de nada porque no leen nada ni prestan atención a nada. Es curioso. Y no le hablo de paletos. Más bien de gente instruida. Ya me ha pasado varias veces, demasiadas: el otro día quedé con unos compañeros, todos licenciados, para hacer una excursión. Fijé yo el punto de reunión. La confluencia de la calle 3 con la calle 4, donde hay un negocio llamado Automoción Antolín, en un chaflán entre ambas calles. Pues bien, al cabo de media hora de estar de plantón frente al negocio de Antolín, suena el móvil preguntado que dónde estaba. Ellos, en el inicio de la calle 3, habían visto una sucursal de Automoción Antolín, y allí se quedaron. Ni confluencias de calles, ni chaflán, ni nada de nada. Situaciones como esta, ya le digo, las he vivido varias y repetidas veces. Es como si cada uno oyera y entendiera aquello que le interesa y no le produce ninguna molestia. No lo acabo de entender.
—Pero a la larga es perjudicial.
—Por supuesto. Aun prestando atención, uno se equivoca. De la otra forma...
—Usted —volvió a llenar las copas cambiando de tema— debería buscarse a alguien y darle las llaves de su casa. Yo soy mayor y moriré antes que usted. Busque a alguien honesto y buena persona. Porque ya sabe que muchos sí, sí, sí, y a la hora de la verdad, tienen el móvil sin batería, desconectado, fuera de cobertura, en modo avión... En fin.
—Creo que en la Seguridad Social hay un servicio así para mayores y personas que viven solas.
—La soledad, como este tiempo tan húmedo, es buena hasta cierto punto. Riega los campos, pero acentúa la lumbalgia. Por cierto, las enfermeras pincharon a mi amigo, y a las dos horas iba éste por la casa como si le hubieran dicho aquello de “levántate y anda”.
—Me alegro. La farmacopea actual hace milagros. Y por lo otro, lluvia o el sol, nada en demasía. Lo dijo el oráculo de Delfos.
—De todas formas, de lo que yo quería hablar con usted esta tarde es de las polémicas que se han suscitado últimamente sobre charlas o conferencias sobre la guerra civil del 36. Al parecer no han ido unos porque han ido los otros. ¿Se ha enterado? ¿Qué opinión le merece el asunto?
—Que es todo tan sencillo como leer el mensaje e ir a la confluencia de las calles, y no quedarse donde a uno le viene bien o le interesa o parece. Y pensarlo con calma antes de acusar al otro de si su bando fue justo o injusto o cualquier tontería semejante. O, como hace su amigo, llamar a un conocido, y que él nos asista.
—¡Vaya! ¿Y quién sería ese conocido?
—El sentido común. Y, en este caso, auxiliado por otro buen amigo: Erasmo de Rotterdam. Antes de asistir a cualquier polémica sobre la guerra, estos señores, tan enterados ellos, harían bien en leer con atención y empeño Adagios del poder y de la guerra. “¿Qué mal hay que la guerra no traiga consigo?”,3 dice Erasmo. O “¿Qué es una guerra sino multitud de gente practicando el homicidio junto con el pillaje, más impío cuanto más lejos se extiende?”4
—Eso está muy bien —dijo con lentitud y paciencia—. Pero creo que los participantes no van a ir a la confluencia de la calle 3 con la 4: se van a acusar unos a otros de haber iniciado esto o aquello, o de ser unos criminales, o, peor todavía, algunos se van a jactar de haber ganado la guerra...
—Mire, todo esto me cansa y me produce asco y hastío. Y me avergüenzo de semejantes polémicas. El otro día empecé a leer un libro sobre Sumer, los comienzos de nuestra civilización. Ya había guerras entonces, 2.500 años a.C., por el poder y la ambición, o por cualquier necedad: el hombre es capaz de matar a su vecino porque un árbol de éste hace sombra en parte de su campo. No hay animal sobre la faz de la tierra más sanguinario, fiero y salvaje que el hombre. Y algunos todavía son más bestias, si cabe.
—Es verdad. Estas absurdas polémicas sobre si ganaron unos o los otros, o tenían razón o dejaban de tenerla, son necias, sin sentido. En eso estoy con usted.
—Pues gracias por la compañía.
—A mí —comenzó cambiando de tema otra vez— me gustaría poder auxiliar a mi vecino, o a quien fuera, en sus momentos de debilidad o enfermedad. Tras estar con mi amigo —dijo sirviendo las últimas gotas de aquel excelente vino— una vez más sentí una envidia enorme por los médicos y sus auxiliares: tener capacidad, como aquellas atentas enfermeras que lo atendieron, para aliviar el dolor, o para ayudar a bien morir... Siempre que estoy con médicos y enfermeras tengo la dolorosa impresión de haber desperdiciado mi vida con paparruchas y tonterías sin sentido.
—Pues no se ponga así: la sociedad es muy compleja, y hace falta mucho personal en muchos sitios. Eso sí: a ser posible que sean buenas personas, lean atentamente, no se queden en el primer lugar que vean o les parezca bien, y cumplan con su obligación. Esa es la verdadera justicia. No hace falta debatirlo. Creo.
—Lo tendré presente en mis próximas oraciones. Pero, de verdad, cuánto me hubiera gustado tener un trabajo con el cual pudiera aliviar el dolor de algunos de mis semejantes.
—Tal vez en la próxima reencarnación lo consiga.
—Tal vez. No perdamos las esperanzas.
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Notas
- San Agustín, Ciuitate Dei, IV, 8
- Erasmo de Rotterdam, Adagios del poder y de la guerra y teoría del adagio, p. 123. Alianza Editorial, Madrid, 2008. Traducción de Ramón Puig de la Bellacasa.
- Erasmo de Rotterdam, Adagios del poder y de la guerra, p. 128.
- Ibidem, p. 213.


