
Era fácil de tratar, sin la típica arrogancia de los intelectuales. Un caballero que supo mantener vivo el asombro de los niños y con quien se podían celebrar los asuntos elementales de la vida. De amena y amable conversación, de un delicado sentido del humor. Más que al escritor, el admirable escritor, vamos a extrañar la maravillosa persona que era.
En estos días estuve recorriendo sus territorios, buscando apartamento, desde Belalcázar hasta La Soledad y Teusaquillo, y pasé más de una vez frente al edificio donde vivía. Quise llamarlo para tomarnos un café pero no encontré su número en mi nuevo celular. Me dije que debía llamar a Jaime Echeverri, uno de sus amigos, pero lo dejé pasar, y ahora ese café quedó aplazado para siempre.
Por bueno que sea, me digo, no hay libro que remedie el vacío. Sin Roberto Burgos, sin su presencia caribe y marina, en este triste día los vientos en el patio andan más perdidos que nunca, como mi corazón cubierto por el polvo de las horas sin consuelo.
Fotografías de Triunfo Arciniegas (Cúcuta, Colombia, 2008)
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