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La montonera y la gramática

domingo 7 de febrero de 2021
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La montonera y la gramática, por Triunfo Arciniegas
¿Qué tanto sabemos de la evolución del idioma? ¿Qué tanto sabemos de latín, madre de las lenguas romances? Nuestra lengua alguna vez no fue más que latín vulgar.

Se regodean con un error como si fueran dueños y señores de la gramática. Apedrean felices porque así es la montonera. Porque apedrear es el pan de cada día en las redes. Se untan el error, patalean, se revuelcan, felices. Qué fácil resulta repetir o parafrasear lo que dicen los otros. Qué cómodo encajar en la vorágine, en la experiencia colectiva, y hacer leña del árbol caído. Hasta pensarán que piensan.

¿Qué tan sabios son todos estos señores que apedrean aprovechando una equivocación ajena?

Lean comentarios en Facebook o donde sea, revisen los letreros callejeros o los avisos parroquiales, repasen cartas o sus propias conversaciones en el celular, y encontrarán innumerables atropellos gramaticales y ortográficos, tantos como estrellas en una noche despejada. Imagino que aquellos que más se regodean son precisamente los que peor escriben. Y estoy hablando ante todo de la escritura, no de su razonamiento, donde el desempeño suele ser más miserable.

Lo que digo es que nadie está libre de culpa. Ninguno de nosotros. Digo que una carta de amor mal escrita todavía es una carta de amor. Entonces se agradece y festeja el sentimiento en vez de señalar la sintaxis retorcida o la pobreza semántica. Si alguien me acompaña en mi dolor, todas sus palabras son benditas. Paula Andrea Tamayo expresó mucho mejor la idea: “Sólo sé que todas las formas del querer son válidas en momentos tan aciagos”.

Escribir o hablar bien es un asunto sumamente difícil. No creo que se llegue a dominar una lengua en su totalidad. Después de décadas de escritura y docenas de libros publicados, un escritor debe acudir a uno y otro diccionario, a uno y otro tratado de gramática, y aún tiene sus dudas. En las editoriales siempre hay correctores y las discusiones resultan inevitables. No hay un manuscrito absolutamente limpio.

¿Entonces qué tan sabios son todos estos señores que apedrean aprovechando una equivocación ajena? ¿Han escrito libros? ¿Y qué tan buenos son? ¿Se han enfrentado alguna vez a esa fiera terrible que es el público? ¿Se consideran tan buenos oradores como para caer en gavilla sobre el otro?

No se trata de política ni de defender a quien no merece defensa alguna sino de humanidad. ¿Me creo tanto o tengo tanta autoridad como para burlarme del otro? Los únicos que tal vez podrían hacerlo serían los viejos gramáticos, que han pasado su vida desentrañando la maravillosa complejidad de la lengua y ahora duermen en el polvo de las bibliotecas, sin alientos ni ganas de arrojar piedras, ajenos a las sandeces que nos ocupan.

A menudo pienso en el gramático que se ahogó porque no encontró la forma correcta de pedir auxilio.

Mi abuela hablaba de una manera rara y misteriosa, con términos y conjugaciones que hacían reír al niño que yo era entonces. Y esa manera murió con ella. Mucho tiempo después encontré expresiones suyas en Don Quijote de la Mancha. Ahora, cuando algo me han enseñado los años, qué daría por una tarde de conversación. Bebería sus palabras como el agua fresca de la tinaja.

Todavía decimos “a donde fueres haz lo que vieres”, pero se trata de una conjugación desaparecida, un futuro en absoluto desuso, y lo digo para insistir en la complejidad de la lengua. ¿Qué tanto sabemos de la evolución del idioma? ¿Qué tanto sabemos de latín, madre de las lenguas romances? Nuestra lengua alguna vez no fue más que latín vulgar. ¿Qué quedó del dominio árabe en nuestra lengua? Preguntas para los viejos gramáticos. Entendemos algunas cosas y nos defendemos, es cierto, pero deberíamos comportarnos con más humildad.

Y otra cosa, la última. Cuando uno habla, y mucho más ante un público, se arriesga a cometer errores. A veces ni se da cuenta de que los está cometiendo. Olvida palabras, trastoca significados, confunde conjugaciones. Además, el dolor o la euforia, las emociones intensas, nos desordenan. A menudo pienso en el gramático que se ahogó porque no encontró la forma correcta de pedir auxilio. Le dio tantas vueltas a las frases que se le ocurrieron que se le hizo tarde. Si es difícil escribir con absoluta propiedad, con tantas herramientas a la mano, con el tiempo para elaborar una y otra versión, muchísimo más es hablar sin cometer errores. Lo que se dijo se dijo. No existe un borrador. Cuando uno habla es juzgado por la primera versión, aquella que el escritor nunca publica, la misma que arroja a la basura.

Triunfo Arciniegas
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