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La Vaca Sagrada de Alejandría

domingo 25 de mayo de 2025
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La Vaca Sagrada de Alejandría, por William Guaregua
Su sombra proyectada en la pared de la cueva, un monstruo indescifrable, arácnido, crustácico, anemónico y amenazante. Pero su simbología de la fecundidad, del sacrificio y de la bondad intactos.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Subir desde el Mediterráneo hasta el centro de Alejandría es como dar pasos desde el tiempo actual hasta una historia de tiempo congelado. Los rostros, las vestimentas, el olor de las especias y hasta el olor de la basura cambia, en una ciudad agujereada por arqueólogos de todo el mundo. Desde hace siglos se busca insaciable e infatigablemente la tumba de Alejandro, el grande, el joven apuesto y aguerrido conquistador que desde su salida de Macedonia hacia el oriente y al sur fue barriendo, desmembrando y expulsando tropas y líderes pérsicos y árabes, hasta atreverse a expropiar el corazón de sus esposas e hijas. De manera paralela se apoderó del aprecio de los habitantes egipcios con medidas para protegerlos y gobernarlos con acciones benévolas y de coexistencia, totalmente diferente a la de los invasores árabes que quisieron enterrar para siempre la cultura de los antepasados, su herencia faraónica y de múltiples dioses. Subí por la Safeya Zaghloul, desemboqué en la rotonda elíptica Al Shohda, crucé por la Sherif y allí estaban los vestigios de Pompeya, una columna y un esfinge de nariz cercenada que permanecía impávida ante el paso de los siglos. Un pasillo se adentraba en el subsuelo y en una de las cuevas su imagen resplandecía. La primera y única Vaca Sagrada que había visto en toda mi vida. Como si hubiese venido de la oscuridad del fondo del túnel de la cueva y del tiempo, la luz del día, desde una claraboya, le iluminara la mitad de su desafiante presencia. Su sombra proyectada en la pared de la cueva, un monstruo indescifrable, arácnido, crustácico, anemónico y amenazante. Pero su simbología de la fecundidad, del sacrificio y de la bondad intactos. Su metálica piel destellaba como una galaxia lejana del espacio, un aura sombría detrás de su cabeza y de sus cuernos, un rostro desafiante y benévolo a la vez, unos ojos exorbitantes que miraban fríos y fijos, hipnotizantes, vertiginosos, que te hacen perder toda noción de tiempo y espacio. Mi pensamiento voló y rebotó por distintos rincones de la memoria y de mi imaginación: Vacas Sagradas de los cuentos infantiles, la que saltaba y saltaba porque quería pasar por encima de la luna, la vaca que lamió con su áspera y babosa lengua a la traviesa luna que bajó hasta la tierra y se quedó dormida para luego subir hasta el cielo y nunca más regresar; Vacas no tan sacras, las del matadero industrial donde estuve en mis épocas de estudiante, la vaca llegaba con los ojos desorbitados por el olor de la sangre y por la presencia implacable de la muerte, por una manga de fierros que la apretujaban, entraba a una prensa que la ceñía hasta casi dejarla sin respirar, el verdugo la esperaba sin ni siquiera una pizca de pensamiento sobre el sacrificio religioso para que el animal fuera alimento de seres superiores, tal como fue diseñado por su dios, y le asestaba la puñalada justo donde comienza la primera vértebra, por el brillo de sus ojos seguía viva, pero totalmente paralizada, la colgaban por una pata y una por una cadena seguía hasta donde la esperaba otro hombre con el puñal para punzar la yugular y comenzar el desangre, una fuente roja que manaba y bajaba de fuerza a medida que seguía la correa andando, luego llegaba hasta seis manos para despellejarla, y ya hecha carne, grasa, cartílagos, órganos y vísceras, los restos del animal seguían y seguían temblando y así desaparecían. Vaca Sagrada la de la película Apocalipsis ahora, aterrada y amarrada frente a sus verdugos que, con musculosos brazos y brillantes machetes a la luz de la luna, la despedazaron viva, en rodajas palpitantes. Vaca Sagrada del propio Egipto, de los tiempos de faraones, constructores de pirámides y efigies enigmáticas, animal noble y proveedor de alimento tangible y hasta estoico ante el sacrificio de sus hijos, vaca que daba la leche para los baños de Cleopatra y prolongar su juventud, bestia totalmente admirable y adorable; Vaca Sagrada de la India, amada, ataviada de floridos collares, limpio y reluciente bovino que convierte en pecado el deseo de su carne mientras la carne de una joven mujer de baja casta carece de importancia así sea violada y muerta por una manada de infames coterráneos; Vaca Sagrada o sus pares masculinos que se hacen correr por las calles de Pamplona para satisfacer a los amantes de la crueldad animal, que hace sentir más machos a los machos hasta justificar alguna que otra violación grupal porque una chica no debe andar sola, así como si nada, frente a ellos; vacuno animal noble el toro al que maltratan con aguijonazos de varillas y golpes hasta debilitarlo y sacarlo al ruedo circense, donde una bestia disfrazada de payaso hace sus fintas hasta darle la estocada de muleta que le parte el corazón en dos y me cago en la hostia; Vaca Sagrada, el nombre del avión en el que el dictador Pérez Jiménez se escabulló con su familia y maletas repletas de dólares y aún hay quienes adoran al sagrado arquitecto que construyó al país moderno pero que torturó y asesinó como la más despiadada bestia; vacas sagradas los corruptos, de la cuarta, de la quinta y de cuanta república venga porque las riquezas del país siempre han sido para podridas cúpulas que nada les importa que el resto del país ande mendigando los billetes con la imagen de George Washington, mientras ellos humillan la de su propio libertador; vacas sagradas como el Che, con palabras de alabanza como “yo tuve un hermano que iba por los montes mientras yo dormía” de una vaca sagrada de la literatura, porque el hermano andaba fusilando campesinos que se negaban a entregar sus tierras al Estado porque los pobres sabían que era lo único que poseían para alimentar dignamente a sus familias y no ser desplazados a vivir en las ruinas de La Habana a sobrevivir con una libreta alimentaria, el mismo que sometía a campos de trabajos forzados a homosexuales porque no existe revolución para la diversidad sexual ni para quienes la apoyen; vacas sagradas las de Franklin Brito, las que fueron expropiadas junto a sus tierras para convertirlas en terrenos baldíos y ni siquiera pudieron presenciar la muerte de su amado dueño, quien apenas pedía el título de su tierra, para fallecer en una prolongada huelga de hambre; vacas sagradas todos los monstruos que han engordado hasta casi reventar y mantienen resguardadas sus maletas de billetes verdes mientras un pueblo famélico, por su salud y para entierros de los suyos, mendiga y mendiga sometidos al control dieteticogastrointestinalpoliciacotorturadormilitarjudicialmediaticoelectoral por parte de los que se ríen desvergonzadamente en sus programas televisivos porque saben que se cagan sobre la gente cuando otorgan miserables dadivas y hacen gala festiva de su total ignorancia cognitiva. El vigilante me tocó la espalda y en su precario inglés me dijo que había otras personas que esperaban para ver a la vaca sagrada. Me excusé y salí de la cueva. Miré el reloj y habían transcurrido tan sólo cinco minutos desde que bajé hasta la cueva. Caminé nuevamente por las calles y la tarde fue cayendo vertiginosamente rojiza y la sombra de la noche amenazaba con atraparme lejos del hotel. A veces el tiempo tiene una geometría para nada euclidiana y mucho menos pitagórica, sobre todo en las sombras de las ciudades no conocidas.

William Guaregua
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