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Poemas de Mario Amengual

martes 21 de mayo de 2019
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Poemas de Mario Amengual
Ilustración: “Lluvia, vapor y velocidad. El gran ferrocarril del Oeste” (1844), de William Turner

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2019 con motivo de arribar a sus 23 años.

Discordancia

Si me quieren exprimido,
si me quieren agostado,
con el plato vacío en la mesa
y negando mis pasos discordes:
no comulgo en sus mórbidos altares,
no será suya la voz
inquirida en el silencio,
deslastrando palabras
en los solares de la desazón.

Aún puedo decir y desdecirme,
no pueden cercarme en la patraña,
aunque prodiguen soberbias limosnas.
No seré condenado a vagar
en un saco de clavos.
Si me arrancan
las pancartas del reclamo común,
todavía me quedan
las palabras desnudas,
luciérnagas en la memoria,
luz de la sombra en las tinieblas,
sabor y saber del decir al margen.

Hace tiempo aprendí
a equivocarme con decoro:
sé de barrancos, de cuestas empinadas,
de mañas con las barajas,
pero también aprendí
a negarme entre dos caminos,
a no someterme en las encrucijadas.

Si me envolvió el humo
de los ojos ardidos y la asfixia,
no renuncié a delatar las consignas,
no digerí el monólogo insistente
y menos las tramas deliradas
en los salones del oprobio.

¿Es adorno o cuchillo la palabra?,
¿inunda papeles y alarga el incordio?,
¿sirve al carcelero o al amante?,
¿es flor prendida en los labios?,
¿se complace en el doble filo?,
¿se retrae en las vísceras
o es carne celebrante y gratitud?

Toca ser vigía
ante la palabra en dobleces.
Como almuédano a los creyentes,
convocar las palabras despojadas,
sin aristas de arrebatos,
sin acrobacias fascinantes:
señalar al espectro disfrazado con ellas.

Si la palabra rompe el clarín,
si se aposenta en el decir cordial,
quedan expuestos los vengadores,
los del martirio planeado,
los de la rabia adiestrada.

Las glorias fingidas,
las arcas hinchadas,
el porvenir en promesas inventado,
la misericordia burlada:
para eso basta el fragor de un espejismo.

Cae la lluvia
en las ciudades apaciguadas.
Largos veranos se han regado con sangre,
los árboles realengos
sacian las bocas silentes,
los grillos callaron
en las redes de veredas oscuras,
el rencor se renueva cada día
y se vale de cruces en pechos comprados.

Nos quedan voces inconformes,
rasgaduras en ajustadas banderas dominantes,
el trópico encendido en sus crepúsculos,
los dones reacios al cautiverio,
los vástagos indemnes de la lengua,
la antorcha encendida en la vigilia,
el recado insistente de los sueños,
las manos estrechadas tras barrotes
y aunque asediado por los sables,
puede uno albergarse en el asombro,
llevar la palabra en otro tono
y no ser peón del gárrulo cilicio.

 

Jueves Santo

En los templos
los sucedáneos de los vicios.
Son billetes de treinta
la fe y la misericordia.
Por la plata
no bailan los perros,
pero sí huye toda nobleza.
En la plaza principal
el héroe ecuestre mira hacia el sur,
donde los partidos brindan argumentos
al odio y al resentimiento.
Aquí nadie camina
hacia un destino inigualable.

 

Venezuela 2017

Nada se conjuga
detrás de las esperanzas.
Llevamos este sinsabor
entre proclamas inquietantes.
Aprendimos a no perder la calma
para disimular la resignación,
tal vez porque ya sabemos
que la sangre volverá a ser historia.

 

Desde el barranco

Esto es un baile sin música,
un circo sin payasos
y un tiempo que de tanto presumir
de ser el mejor de los tiempos,
es una Edad Media sin Dios
y con la muerte danzando
sólo por plata y a su antojo.

 

País arrasado

Un país engañado,
sometido,
hambriento.
La limosna
es política,
la venganza
es revolución.
La ideología
es un pretexto.
La redención,
lema infinito.
Con palabras revueltas
y trastocados sus sentidos,
estamos en el barranco.

 

La alegría sometida

La noche comienza más temprano
en las ciudades vencidas:
los ladrones y las ratas
prescinden de la cautela
y de los pasos furtivos.
La alegría
es un enemigo replegado,
la llave
que un borracho solitario
busca en una alcantarilla.
La risa
se adereza en procacidades,
sirve de capote al desconsuelo.

No serán bondades
ajustadas en parágrafos
las que brinden a los rostros agostados
el semblante de la celebración
y el cariz exultante del espléndido ahora.

 

El fuego definitivo

Detrás de las ventanas rotas
y las cortinas percudidas,
las mujeres penden
de un rosario tembloroso
y los hombres,
en torno a una mesa tambaleante,
beben un aguardiente
barato y sulfuroso.

Afuera, la realidad
es mezquina y predecible,
urdida por niños drogadictos
que juegan al escondido
en una plaza de timadores andrajosos
y putas deprimidas.

En cualquier momento
un fuego rojizo y sibilante
convertirá las calles
en un nuevo comienzo.

 

Todavía en el barranco

He tratado de no quebrarme
entre los comedores de basura
y los alardes de los truhanes.
No es fácil mirar con otros ojos
para quien aprendió de despojarse:
ni el bordado de oro
ni el trapo inmundo,
cada paso ponderado,
cada palabra sacudida.
Allá quienes nunca
abandonan su nombre
y viven para lustrarlo,
mientras el ogro palabrero y redomado
sigue su calculado arrasamiento.

¿Será posible trascender
la polvareda de los héroes?,
¿destilar los odios
en días de contrición?,
¿buscar los pasos de uno
en las huellas renegadas?
Las manos no aplauden
y en el silencio de la madrugada
labran la inconformidad.
Los sueños señalan
en episodios absurdos
la constancia de la desazón.
En las calles crece
la espina dorsal
y flagelada de un monstruo
que no quiere morir
en la orilla de sus agravios.

Una hora podría ser suficiente
para encontrar en las miradas perdidas
el brillo arrebatado a la dignidad.
Y cuando clarea el día
y el gavilán anuncia
su cacería con un graznido
es que se ve
en el rostro en el espejo
y se siente
en la pesadez de los pasos
que seguimos respirando en el barranco.

Mario Amengual
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