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Josefina Leyva
“Mi mayor miedo es la falta de libertad”

domingo 1 de noviembre de 2015
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Josefina Leyva
Leyva (derecha): me siento más novelista que poeta.
Colaboró en la transcripción de esta entrevista: Lourdes Terán.
Grabación y edición: Roberto Brandana.

Hablar con Josefina Leyva, quien es escritora cubana, es realmente un deleite para el espíritu y para el alma. Es una mujer exquisita, delicada, amante por sobre todo de la libertad como tema recurrente en su obra.

—Para comenzar nos gustaría saber, Josefina: si bien eres poeta, traductora, periodista y profesora universitaria, ¿cómo ha sido tu vida y qué cosas te han motivado a escribir?

—Ante todo, Alejandra, muchísimas gracias por esta presentación tan acogedora, has sido muy generosa. Pues mira, yo pasé una parte de mi niñez y de mi adolescencia en la región central de Cuba, ahí nací en una ciudad que se llama Cienfuegos y en un pequeño pueblo de campo, y ese pueblo aparece en mi novela El aullido de las muchedumbres hasta que salí de Cuba en 1983; luego fui a Venezuela, donde ejercí la docencia y el periodismo, después anduve por Madrid y finalmente, ahora vivo en la Florida.

—¿Qué cosas en la vida te han motivado a escribir? ¿Cuál fue el primer paso para comenzar a escribir?

—He sido profesora de literatura y de francés tanto en Cuba como en Venezuela, me motivó el interés en el hombre, en el ser humano, mi curiosidad por el mundo, mi deseo de explicarme las aparentes injusticias de la vida, cuya explicación hallé en el yoga y en mi creencia esencial en el karma y en la reencarnación. De esa manera de acuerdo con lo que hacemos tenemos recompensa o tenemos corrección, no castigo, porque no es la intención de Dios castigarnos sino aprender.

—¿Y qué te llevó a creer en el budismo, en la transmigración de las almas?

—Yo practiqué meditación budista por muchos años, con un monje budista, y mi camino esencial es el yoga y lo práctico diariamente, y es allí donde yo he hallado una respuesta coherente a la vida.

Nostalgia por la casa abandonada

Qué aroma el de la casa abandonada,
tras el cincel que se quedó vacío,
la sombra que olvidaba la mañana
y acunaba el amor tuyo y el mío.
La humedad en las paredes y en los sitios
donde los cuadros fueron descolgados,
la hiedra que abrazaba los tejados
y el rostro del amor callado y tibio.
Llegaban muy juntos esperando el encuentro de los besos furtivos
y el eco de las paredes
flotando muy juntos cobijándonos del frío,
dejábamos que el amor fuera fraguando
entre hiedra y silencio nuestro nido.

—¿Y te ha llevado algo místico al yoga?

—Sí, también; por muchos años yo fui atea, es decir que mi evolución espiritual ha sido variada, yo diría que ha sido tan dolorosa como la de Unamuno en su búsqueda de Dios, como él expresó en el libro Del sentimiento trágico de la vida, esa búsqueda como de algo trágico, hasta que por fin hallé el yoga. Yo necesito que me expliquen que sí hay cuatro caminos para llegar a Dios, para hallar el camino del conocimiento, el del amor, el camino del trabajo a favor de los otros y las prácticas de meditación, y mi camino esencial es el del conocimiento.

—El camino del conocimiento me recuerda al escritor Carlos Castaneda. ¿Entonces podemos afirmar que al creer en la reencarnación, en la transmigración de las almas, eso se ve plasmado en tus obras?

—Sí se ve plasmado; por ejemplo, en Las siete estaciones de una búsqueda, ahí está la búsqueda espiritual, la mística, esa novela se desarrolla en Puerto Rico, y sin embargo no es de mis novelas más significativas. Mi novela más significativa es Ruth, la que huyó de la Biblia, dicen los críticos, es una novela psicológica, es el estudio de tres personalidades, un triángulo difícil de entender, complejo, y en esa novela yo usé la sugerencia de la ambigüedad, el misterio también, con ese misterio tejí la trama, y a los personajes, primero me pueden los personajes y después la trama. Y después ya tienen vida propia, son seres autónomos, y así lo siente una.

—Y en medio de tanto misterio, ¿qué cosas te emocionan de la vida?

—Mira, me gustan los viajes, he tratado de viajar lo más que he podido, y uno de los viajes más interesantes fue el primero que hice a Tailandia y de ahí surgió como resultado mi novela Entre los rostros de Tailandia, basada en el pensar budista, en la reencarnación. Esta es otra novela en la que se manifiesta la reencarnación, aunque el concepto del alma no es budista sino hinduista; ellos creen que dentro de cada ser humano hay una energía y las consecuencias de nuestros actos sean positivos o negativos. Y entonces mostré varios seres en esta novela que van de una vida a otra, movidos por el afán de libertad, ya que el alma siempre busca la libertad, y también el deseo como móvil de la reencarnación, el determinismo de la consecuencia de nuestros actos. El protagonista de la novela es médico de Tailandia y me gustó trabajar a ese médico, porque estuve casada con un médico varios años, y por lo tanto sé como es la vida de un médico, y aún de niña pensé en estudiar medicina, pero por fin me decidí por el arte, hasta que comprendí lo que realmente me gustaba.

—Entre tantos libros escritos por vos hay uno solo de poesía. ¿Cuál es la causa por la que solo hay un libro de poesía?

—Alejandra, es que yo me siento más novelista que poeta, pero en mis novelas yo he trabajado la prosa poética; por ejemplo, tengo una historia de amor de un hombre y una mujer, inédita todavía, que son dos monólogos, porque uno de los temas recurrentes en lo que yo he escrito en narrativa es la comunicación con los problemas humanos y está tratado en mi novela La cena de los trece comensales y se desarrolla en Buenos Aires, es la que presentaré el próximo año. Y creo que ahí está tratado el problema de la comunicación, de lo difícil que es comunicarse con otros seres humanos a nivel profundo aún en el caso de un psicólogo y su paciente y por determinadas razones hay carencias humanas, el miedo, la inhibición, el prejuicio, principios morales, compromiso con otras personas.

—Hay escritores que verán esta entrevista y que tienen obras sin editar. ¿Qué les dirías?

—Que no se olviden de la espiritualidad, que es muy importante, que es un retorno a Dios, y un retorno a los valores más altos de la vida, el amor, la belleza, la honestidad, la sinceridad, el sentir lo bello de la vida y querer plasmarlo. Actualmente se ha echado lo bello a un lado en el arte, música, pintura, poesía novela, se ha apelado a lo grotesco, y yo creo que debe haber un retorno a la bello. Esto no quiere decir que traicionemos la verdad de la vida ni mucho menos, yo creo que todo puede decirse, hasta lo más bajo, hasta lo más bajo fondo del ser humano puede presentársele en primer plano al autor, pero creo que basta ya de lo grotesco y podríamos moldearlos apelando a lo bello. Soy una convencida de que Hegel ha sido probablemente el más alto estético del mundo y aunque mucha gente moderna lo considera pasado de moda, un hombre como Hegel sentó como condición de arte la expresión de lo bello. Yo he tratado de ser fiel a eso, porque Ruth es una novela en la que presentan aspectos muy conflictivos del ser humano. Al decir lo bello no quiero decir ocultamiento, se trata de decir de tal modo que la gente haga un retorno a lo que no es grotesco, expresar lo grotesco rodeándolo de belleza.

—Y esto me hace recordar al inolvidable José Martí. Porque no podíamos dejar de lado a Martí. Me llama la atención profundamente lo que dijiste en una conferencia acerca de que Martí poetizaba la guerra.

—Sí, poetizaba la guerra, cuando habló por ejemplo de Antonio Macedo, el más alto guerrero que Cuba dio a su historia. El jefe de nuestro ejército libertador fue Máximo Gómez, un dominicano a quien quiero y admiro muchísimo, es una figura clásica, por su serenidad, por su autocontrol dentro del ámbito de la historia; pero Antonio Macedo es la pasión, es el héroe romántico por excelencia, y así lo presentó Martí. Macedo era casi un Aquiles en la guerra, y lo presenta sobre un caballo blanco, gran jinete, y dice: “Lleva plata en la montura”. Era tan elegante, su honestidad, su valentía, su manera limpia de actuar en la guerra, eso es bello, es poético. El honor es parte de la poesía de la guerra. Los héroes que luchan limpiamente por un ideal son parte de la poesía del héroe.

—¿A qué escritor universal te hubiera gustado conocer?

—A León Tolstoi, es mi preferido, fue el maestro de la novela histórica universal, porque recogió una parte de la historia rumana que es interesantísima, las luchas, por eso La guerra y la paz, las luchas entre Napoleón y Alejandro I de Rusia, la primera invasión de Napoleón a Rusia, el pacto con Alejandro I para firmar la paz, y la segunda invasión a Rusia, que a veces es guiado Napoleón por la intuición de Josefina, pero ya estaban divorciados, él no habría emprendido esa aventura loca. Una aventura que llevó a Rusia a más de cuatrocientos mil hombres. Entonces el zar de Rusia Alejandro I empezó a retroceder y lo dejó avanzar y estaba perdido, porque llegaba en invierno y muchos de sus soldados no podían soportar, de manera que tuvo que regresar a Francia derrotado y de aquel ejército apenas regresaron quince mil hombres. Entonces La guerra y la paz como novela histórica debe tener personajes de gran relieve; es decir, que la novela histórica debe ser también psicológica, porque debe ser el retrato de una época, y el retrato de una época debe ser también ver también cómo pensaba la gente de esa época, cuáles eran sus aspiraciones, sus limitaciones de época. La guerra y la paz tiene unos personajes fabulosos y creo que hay un error en que hoy se haya descuidado el estudio de los clásicos. En Alemania muchas veces no quieren estudiar a Schiller o a Goethe, y entonces, ¿donde están los modelos? Eso no quiere decir que vayamos a hacer del arte algo coagulado, algo estático, no se trata de eso.

—¿Cuál es tu mayor miedo?

—Mi mayor miedo es que la vida me imponga el tener que vivir otra vez en un país donde no haya libertad, mi mayor miedo es la falta de libertad, y creo que el ser humano debe prepararse para afrontar la libertad, porque hay personas que son al revés, que tienen miedo de vivir la libertad y de afrontar sus retos. Creo que la experiencia de la esclavitud es la más trágica que puede atravesar un ser humano y no solamente en un sentido político sino en el ámbito de una vida personal. Ruth es esclava de sí misma, cómo vive una persona que es incapaz de salir de un círculo de esclavitud para alcanzar la libertad.

—¿Vos ves a Martí como revolucionario o como poeta?

—Yo creo que fue un poeta revolucionario. Su manera de morir fue poética y bella, es la de un héroe trágico. Creo que él busco su propia muerte porque ya no tenía otra manera de sustentar su lugar en la guerra que había formado, no tenía fuerza física para ello, porque además muchos generales no lo querían allí porque provenían de guerras anteriores; él tenía que quedarse en el terreno de la guerra, y era ridículo que él se quedara allí que no sabía tirar ni un tiro, y le habían dado el grado de mayor general y así independizar a Cuba.

—Nos gustaría que nos recitaras algunos de tus poemas.

—Con mucho gusto, Alejandra. “El barquito de Casablanca”, como una manera de recordar a mis compatriotas y vean que no los olvido.

La noche te regala su inagotable prestigio,
de puntitos de luz que cantan a lo lejos,
La Habana empequeñece sus blancos edificios
donde la sombra bajo el plácido cielo
me agrada este sabor de tus gastados bancos,
donde se aprietan niños, marineros y negros.
y este zumbido seco de tus motores viejos.
Alrededor de ti los barcos van bordando una guirnalda única
que se enrosca en el viento.
Casablanca espera tu llegada temblando,
más allá de los mástiles, y de los astilleros.
Después el muelle atraca y te quedas vacío,
bamboleando en la sombra tus despistados cuerpos,
el viento te salpica de sal, barquito mío,
y yo de pie en el muelle contemplo tu silencio.
Por un instante cierro conmovida los ojos,
mi barquito querido,
y con tristeza pienso cómo serán tus noches,
cuando ya no esté yo,
para decirte la ronda de sueños que te debo.

María Alejandra Crespín Argañaraz
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