“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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La escritura de la extrañidad

sábado 30 de septiembre de 2017
Mariana Enríquez, Luciano Lamberti y Samanta Schweblin
De izquierda a derecha, Mariana Enríquez, autora de Las cosas que perdimos en el fuego; Luciano Lamberti, de La maestra rural, y Samanta Schweblin, de Pájaros en la boca.

Durante el año 2016 se publicaron tres textos narrativos de curiosa afinidad temática: Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez; La maestra rural, de Luciano Lamberti; Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin. Los tres están habitados por escenas, personajes y situaciones que se pueden ligar a las zonas oscuras, raras o incomprensibles de la realidad o de otra realidad; los tres se dejan atravesar, en algunos casos, por lo sobrenatural o lo sobrevuelan; los tres escapan de la inmediatez del relato para sondear el abismo de lo extraordinario.

Textos del estremecimiento, las tres narraciones suscitan la interrogación crítica: ¿qué necesita decir la literatura argentina actualísima sobre lo real? ¿Qué pliegue de lo real, qué opacidades pretende enunciar desde esta estremecida escritura? ¿Por qué el principio constructivo de esos relatos se liga a formas expresionistas que van desde el horror hasta lo fantasmagórico?

La producción de Enríquez, Lamberti y Schweblin que focalizaremos aquí significa una vuelta de tuerca que actualiza el debate teórico y subraya las preguntas sobre las obsesiones de la literatura argentina actual.

Tzvetan Todorov definía “lo otro, entendido como sobrenatural” como “maravilloso” y “lo otro, entendido como natural y subjetivo” como lo “extraño” (Todorov, 1995). Desde otras posturas, más ligadas al psicoanálisis, como en el caso de Rosemary Jackson, se advierte que la perspectiva clásica que liga lo demoníaco a lo sobrenatural se desvanece y se liga más a la alienación, al desdoblamiento y la transformación del sujeto, que “son expresiones del deseo inconsciente y ya no se explican como expresiones de lo sobrenatural o mágico” (Jackson, 1981).

En la perspectiva de Jackson, lo fantástico cumple una función subversiva porque atenta contra el orden burgués establecido en el siglo XIX. Si es así, la interrogación sobre los textos argentinos retorna: ¿de qué modo estos textos de 2016 siguen siendo subversivos? ¿Contra qué modo del orden social atentan sus figuras estremecedoras o sus sutilezas inquietantes?

Es en este sentido que intentamos definir aquí como “extrañidad” los modos mediante los cuales estos tres jóvenes escritores argentinos dicen una realidad incómoda, escurridiza, a veces atroz o inexplicable. Exploran desde esos lugares, desde esas metáforas o desde esas miradas para luego volver a lo real ya desnudado y conmovido por la invención de la escritura.

Trabajando la tradición argentina que se despliega desde el Más allá, de Quiroga, Las fuerzas extrañas, de Lugones, en las escrituras de lo infernal como cotidiano de Luisa Valenzuela, en la irrupción de la anormalidad en el universo de Elvio Gandolfo y, como veremos, en cierta zona inquietante e inaprensible de algunos cuentos de Julio Cortázar, la producción de Enríquez, Lamberti y Schweblin que focalizaremos aquí significa una vuelta de tuerca que actualiza el debate teórico y subraya las preguntas sobre las obsesiones de la literatura argentina actual para escribir en la oscura selva de lo real, como solía decir Juan José Saer.

 

Mariana Enríquez

Con su libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego ha retornado la narración realista, pero con una potencia expresiva que conmueve y sacude al lector del nuevo siglo. El primero de los cuentos, “El chico sucio”, quizás el texto más ejemplar en este sentido, pone en evidencia la realidad social en la que se va a inscribir la historia por contar: “el barrio quedó marcado por la huida, el abandono, la condición de indeseado”. El paisaje humano es una tensión insalvable: “mininarcos, adictos, travestis borrachas que defienden su baldosa” en pugna permanente con una policía que “les había permitido robar en la avenida, con límite en el puente de la autopista”. La contienda enmarca el relato por venir, un encuentro con un “chico sucio”, sobreviviendo en la vereda con su madre embarazada, grotesca y bestial, como su ambiente de miseria y exclusión. La madre y el chico sucio son el barrio y el barrio es la ciudad, como un sistema implacable que además, parece tan inmodificable como la indiferencia social: “la esquina donde duermen el chico sucio y su madre, totalmente quietos, como muertos sin nombre”. El final —luego de secuencias escalofriantes que potencian la conmoción del relato que se torna cada vez más descarnado, como la realidad que ausculta— reconoce un encuentro entre la narradora, única preocupada por la cuestión, y la madre, ya sin los chicos, que confiesa su último y horrible acto desde una risa sangrienta y desdentada. Una escenografía de rituales macabros completa el escenario de un barrio “donde vivía la aristocracia porteña” y ahora es el sitio oscuro del espanto.

La historia del chico sucio impacta pero al terminar la anécdota la realidad permanece: síntomas de una “verdad social” evidente y patética (“lo podrido”, dice la narración y ese signo es una cifra del texto y de su contexto) pero inatrapable y esquiva (“lo inabordable”, leemos, como dando cuenta de la incomodidad de la narración).

En otra zona del libro, un cuento (“Pablito clavó un clavito”) que recupera la historia del Petiso Orejudo, reposa en el vínculo emotivo de Pablo, el personaje, con el Petiso; contando su historia sangrienta como guía turístico insinúa un espejismo posible, una repetición de la atrocidad como inminencia, como temor del lector y presagio del texto, que parece no terminar cuando termina, como es el gesto reiterado de cada cuento. Ocurre que el fondo oscuro permanece, sólo cambian las formas y las resoluciones. El clavo, símbolo de la crueldad desaforada del Petiso, aguarda entre los dedos de Pablo, como un horror palpitante. La inminencia del horror late en la ciudad donde los turistas consumen distracciones fáciles. El pasado es también la inminencia del horror, como el futuro.

En “El patio del vecino” lo siniestro se muestra en desnudez. El gato, emblema del terror en la noche tenebrosa, cae en las garras del chico convertido en monstruo por la impiedad de la esclavitud. El poder fabrica bestias siniestras, parece decir Enríquez mientras el chico clava sus dientes en un gato indefenso.

En “Tela de araña” asistimos a una noche quiroguiana, donde la potencia animal y natural se impone al hombre, como una fatalidad ingobernable. Hay un orden, el rural, que se sobrepone desde el azar, como una marea, a la vivencia urbana. Es la selva correntina la que amenaza y vence, desde la oscuridad y el silencio. La mujer del cuento, Natalia, es como la selva: segura de sí, abismal, intuitiva. La mujer, en la narrativa de Enríquez, suele ser una selva oscura, ardiente y triunfal.

 

Samanta Schweblin

En Schweblin lo inquietante aparece casi imperceptiblemente en el relato de la vida rutinaria. Cuando sus narraciones parecen recorrer un paisaje sin relieves, algo del orden de lo inexplicable emerge para luego consumar una segunda operación: el lector, perplejo, caerá poco a poco en las redes del texto, incorporándose a la callada aceptación, incomprensible e irrefrenable, de la extrañidad. El doble gesto que logra Schweblin profundiza el abismo: convivir con el delirio, aplacando sus formas más estremecedoras, domestica y esconde los pozos oscuros de lo real que los textos insisten en dejar aparecer.

Esa estrategia aparece en “Irman”, donde el horror linda con el absurdo: el cuerpo de una mujer muerta en los fondos de un bar es el centro del relato. Su esposo, un hombre muy bajo y extraño, sigue trabajando sin atenderla, como inventándose un mundo desprovisto de asombros; dos visitantes llegan y reproducen ese mundo inhumano robándole; el cuerpo de la mujer, sin atención alguna, dice la perplejidad de una convivencia brutal.

Del mismo modo, en “Mariposas”, un padre espera la salida de su niña de un jardín de infantes mientras atrapa, aprieta y pisa una mariposa. La metáfora traslúcida dice que “cientos de mariposas se abalanzan sobre los padres” hasta deslizar el referido temblor: “teme reconocer en sus alas los colores de la suya”; desde la metáfora, en la escritura de Schweblin, se acercan lo real y lo simbólico hasta convertirlo en un solo plano sutil, transparente e inquietante: se construye una metáfora traslúcida que transforma la lectura en temblor.

Otra versión de esta mirada narrativa es “Pájaros en la boca”, donde la contundencia del terror se dice desde el cruce entre absurdo y naturalización. Una niña come pájaros vivos; el texto recorre la operación inconcebible construyendo paso a paso el paisaje que transforma lo siniestro en costumbre. En la última escena la mirada descansa sobre los objetos donde el horror enuncia sin decir: “Sara estaba sentada en la cama frente a la ventana abierta. La jaula colgaba vacía cerca de la ventana”.

En “Conservas”, otro cuento perfecto del volumen, se registra el proceso de un embarazo más temido que esperado; sin sorpresas, la narración da cuenta de los días y semanas de la evolución que, sin embargo (nos enteramos sutilmente, hacia el final), es en verdad involución que termina en una especie de almendra que la embarazada escupe en un líquido donde esperará otro tiempo propicio.

La naturalización, otra vez, ha ocupado el sitio del estremecimiento.

Hay un vínculo que insinúa este libro de Schweblin con el pasado literario argentino que convendría apuntar: algunos cuentos de Cortázar (“Cartas de mamá”, “La salud de los enfermos”, “Las babas del diablo”) habían construido un pliegue entre lo real y la invención, un territorio impreciso donde pululan las tenebrosas figuras de lo extraordinario con los ropajes de la cotidianeidad.

Desde ese sitio difuso e inasible parecen haber nacido estos textos nuevos.

 

Luciano Lamberti

En La maestra rural, la duda sobre la normalidad de lo real es un temblor narrativo que desestabiliza cualquier presunto orden social o existencial; la extraña poetisa que busca el narrador lee y enseña los textos de la tradición escolar (Mistral, Ibarbourou, Storni) pero escribe versos sobrecogedores, únicos, inhóspitos, más cerca de los que lee quien la busca maniáticamente (Lautréamont, Baudelaire, Rimbaud, Saer, Onetti). La colisión de esos textos es una disrupción que abre los sentidos de la novela; la apariencia del orden esconde el pánico de lo apenas entrevisto o sospechado, que además es maldito y diabólico pero además inenarrable. Los locos se suceden habitando territorios ínfimos, elusivos pero a la vez, en el mundo des/cubierto y cubierto de Lamberti hay una ciudad donde la extrañidad late detrás de lo visible y en la deformación alucinatoria del discurso político y social: una historia inverosímil sobre Perón y los servicios secretos —que vincula al texto con escenas de Santa Evita o La ciudad ausente— recoloca el texto en el vértice entre el realismo alucinatorio y la imaginación verista.

Angélica Golik, la extraña escritora, resulta cooptada por extraterrestres que influyen con modos espeluznantes sobre su hijo, una criatura atroz. No sólo los sueños de la extrañidad se cruzan en la escena: las escrituras, las maneras de leer, las potencialidades exacerbadas de la literatura para inventar y decir explotan en la novela del joven Lamberti. Algo quieren decir. Algo está latiendo detrás de esas figuras del temblor y la perplejidad.

 

Tres narradores de la joven literatura argentina escriben, durante el año que pasó, estos textos de la extrañidad.

¿Qué necesita decir la literatura argentina actualísima sobre lo real? ¿Qué opacidades pretende dejar ver desde esta estremecida escritura? Como decíamos, las aproximaciones pertenecen a los lectores, pero una de ellas nos podría indicar que la extrañidad intenta escribir lo atroz de estos tiempos, sus evidencias o sus vislumbres, deslizándose de toda inmediatez y de las atractivas comodidades de un orden del que desconfía, como una escritura en fuga obsesionada con hallar lo real allí donde lo real se escamotea.

 

Bibliografía

  • Jackson, Rosemary (1981): Fantasy, literatura y subversión. Catálogos, Buenos Aires.
  • Todorov, Tzvetan (1995): Introducción a la literatura fantástica. Coyoacán, México.
Sergio G. Colautti
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