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Lecturas cruzadas sobre La casa y el caracol, de Raúl Dorra
El sujeto, invención primera del lenguaje

miércoles 16 de septiembre de 2020
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Raúl Dorra
Dorra (1937-2019) presenta en La casa y el caracol (Para una semiótica del cuerpo) una reflexión sobre el umbral entre cuerpo y mundo.
“La casa y el caracol (Para una semiótica del cuerpo)”, de Raúl Dorra
La casa y el caracol (Para una semiótica del cuerpo), de Raúl Dorra (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/Plaza y Valdés, 2005). Disponible en Amazon

La casa y el caracol (Para una semiótica del cuerpo)
Raúl Dorra
Ensayo
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/Plaza y Valdés
Puebla (México), 2005
ISBN: 978-9707224391
200 páginas

Yo soy, en el mundo, tiende a significar que sólo soy si puedo separarme del ser: negamos el ser y en esta negación los seres se yerguen en la libertad del yo soy”.
Maurice Blanchot, El espacio literario

Hay un caracol y una casa, la suya. Sin saber quién es primero ni de qué modo secreto se despliega la solidaridad que los confunde al punto de volver incomprensible y vana la existencia del uno sin el otro, quien escribe enuncia:

Hemos permanecido juntos a lo largo de la noche, él es mi casa y yo soy su caracol, o quizás sea mi caracol y yo su casa, qué más da, daría, diera…1

La casa y el caracol, de Raúl Dorra (San Pedro de Jujuy, 1937; Puebla, 2019) se deja leer como un texto dual: reflexión que se dice desde el umbral entre cuerpo y mundo. Y escritura, también, del sujeto que se piensa desde el lenguaje que lo enuncia.

¿Quién enuncia? ¿El caracol, la casa, los dos, el narrador, el ensayista? La interrogación atraviesa el libro porque el análisis lúcido y perseverante, disruptivo y audaz, se deja habitar por ese otro texto, poético y narrativo, donde la indagación del intelectual cede un territorio generoso a esa voz otra, literaria, que ensaya desde otro sitio lo que el semiótico, a su vez, expone. El relato del caracol y su casa se entrelazan con la dilucidación crítica. Como lee aquí Ferro: “Lo que hace proliferar Dorra es esa torsión de elegir formas discursivas (ensayo, relato) y abordar desde esa torsión el tema del cuerpo: transformar el paradigma impuesto por la metafísica.2

En el “Umbral” del texto, Dorra anticipa: “Hablaré entonces del cuerpo”.

Como una casa donde habita una teoría y un caracol que deja deslizar un relato; discursos que se interceptan para pensar y dejan escuchar la voz que surge para decirse desde esa metáfora del cuerpo en el mundo.

Opacidades y vislumbres se obsesionan por acercarse a la pregunta central sobre el origen del sujeto, el rastro del yo, la irrupción de lo uno en el mundo. La vacilación sobre el ser (“él es mi casa y yo soy su caracol, o quizás…”) es vacilación del lenguaje, es la oscilación sin descanso de la lengua inquieta (“qué más da, daría, diera…”).

Hasta que aparece el yo. Y se anuncia para iniciar la historia. Enuncia, o mejor, se hace enunciación para que aparezca la historia del sujeto en el mundo:

Yo soy el que dice “yo”. Mi cuerpo está aquí, y ahí estoy yo.3

En el “Umbral” del texto, Dorra anticipa: “Hablaré entonces del cuerpo”. Y esa posición, esa toma de posición filosófica, es lo que Roberto Ferro ha señalado como torsión de la metafísica. Porque se habla desde ese lugar, desde la casa y desde el propio cuerpo del caracol. Se configura el lugar preciso y a la vez resbaladizo del yo: diferente del mundo, lo uno distante de lo otro del mundo, pero a la vez configurado por el mundo: la casa del caracol.

Silvia Barei, lectora de Dorra, expande su palabra: “El hombre, animal yacente, cuya percepción del mundo se vuelve sobre sí y hacia el mundo, un exterior del que forma parte como el caracol de la casa. Entre el cuerpo íntimo y el afuera del cuerpo, entre lo que no se explica y su vivencia, entre el deseo y lo deseable, entre la escritura y lo escribible; aquí hay una inadecuación, una irresolución del logos que advierte un punto ciego que no deja ver o pensar”.4

Esa inadecuación es también la que permite el pensamiento disruptivo de Dorra, que intenta agregar a lo cultural lo social y sus signos, la dimensión de lo biológico. El cuerpo desde donde repensar al sujeto en el mundo.

Lo natural, esa esfera a la vez íntima y extraña para el hombre, se incorpora a la reflexión que pretende Dorra. Entender, entonces, la organización vital con la misma lógica que lo cultural, sabiendo que lo “viviente” obedece a ciertas leyes complejas:

Necesitamos sensibilidad para la complejidad y sobre todo sensibilidad para la propia observación. Lo complejo trabaja con lo insuficiente y lo impreciso, va de la autorreflexión a la reflexión. El mundo es el horizonte del sujeto pensante y dentro del mundo, su propio cuerpo: la frontera entre lo biológico y lo cultural.5

Dorra invita a distanciarse del paradigma filosófico que se parapeta en la “lógica del mundo” a la hora de analizar al sujeto para asumir una mirada crítica y autocrítica desde el propio cuerpo que signifique una búsqueda “no de un sentido sino de advertir cómo me sitúo ante ese sentido”.6

 

Eso otro

El escritor y ensayista jujeño recorre escenas que le permiten pensar al sujeto como un cuerpo que ha sido arrojado a un mundo en el que vacila entre lo propio y lo ajeno.

Piensa desde sí, desde la propia memoria del cuerpo, y recuerda un cine de Córdoba, un fragmento de 2001: odisea del espacio. Se recuerda ahí, mirando al primate que levanta un hueso humano; el hombre primitivo se ve a sí mismo, se convierte en un yo y a la vez en otro que observa y se observa:

Ha dado nacimiento al mundo porque el mundo era eso otro, el otro de su cuerpo.7

El escritor piensa desde el cuerpo, de nuevo, y describe el gesto de quien se señala como “yo”, apuntando con su índice a la zona alta del propio pecho.

A partir allí repasa los estudios sobre el origen del sujeto, las aproximaciones del pensar histórico: Lévi-Strauss y la prohibición del incesto como matriz de ordenamiento relacional, Saussure y el significante que sistematiza el lenguaje, Freud y la noción del seno materno como lo otro, la ciencia convirtiendo todo relato en azar desde el big bang… Todos ellos, concluye Dorra, esconden un sitio común, un cruce invisible desde el cual es posible pensar la aparición del sujeto como lo otro del mundo y pensar al mundo como lo otro del sujeto, la casa y el caracol…

Ese sitio, afirma Dorra, es la enunciación del yo:

Enunciación como irrupción del habla, que es el acto por el cual uno se autoexpulsa para convertirse en uno, porque se mira y se vuelve sobre sí como otro. El habla es ese acto que da lugar al uno, el sujeto de dicho acto. Enunciar es expulsar y crear la necesaria distancia para que aparezca el yo. Y la estructura elemental uno-otro y cuerpo-mundo.8

El escritor piensa desde el cuerpo, de nuevo, y describe el gesto de quien se señala como “yo”, apuntando con su índice a la zona alta del propio pecho,

donde nace la voz, el nido de la voz, como quien toca su sí mismo.9

 

La voz y el lenguaje

Émile Benveniste lo expuso desde el campo lingüístico: “El presente coincide con la enunciación en el ‘este que habla, aquí y ahora’”.10 Ahí estaba la clave para empezar a comprender la importancia de la enunciación como el instante en el que la lengua, ese universo de signos (lo semiótico), se hace habla, se “encarna”, se “corporiza”, cuando alguien dice “yo, aquí, ahora” (lo semántico).

No es casual que Agamben lo rescate como paradigma analítico para reflexionar sobre el sujeto en la filosofía actual. El pensador romano advertía, releyendo al lingüista, que a la realidad léxica de la lengua se le agregaba, cuando el sujeto se nombraba como “yo” desde su propia voz, el “puro tener lugar”:

La enunciación sitúa al sujeto, el que dice “yo”, en la articulación entre la voz y el lenguaje, entre el “ya no” del sonido animal y el “todavía no” del logos humano. Las letras se sitúan en esa articulación negativa. La voz se escribe, se vuelve escritura cuando el sujeto, el que dice “yo”, se da cuenta de estar en el lugar de la voz.11

Para Agamben la cuestión es central: la voz deja de ser para dar lugar al sujeto que habla, que enuncia, pero ya sin articulación con la voz que le cede el lugar, que se ha desplazado para que el sujeto advenga.

El pensamiento de Dorra, instalándose en el debate sobre la constitución del sujeto, se afirma en la convicción de construir toda reflexión desde el cuerpo.

Benveniste da un paso decisivo. Avanza sobre la noción del sujeto como construcción del lenguaje: “El lenguaje está organizado de tal manera que le permite a cada locutor apropiarse de toda lengua designándose como yo”. Esa designación, ese pronombre personal, no nombra ninguna entidad léxica: “No hay un concepto ‘yo’ que comprenda a los demás ‘yo’, como ocurre con ‘árbol’; estamos ante un tipo de palabras, los pronombres personales, que escapan al estatuto de todos los demás signos del lenguaje porque la realidad a la que remiten es una realidad del discurso”.12 Si esto es así como lo define Benveniste, dice Agamben, entonces no hay más que una sombra proyectada sobre el hombre por el sistema de la lengua. De este modo, el “yo pienso” se funda no sobre lo trascendental sino sobre lo lingüístico.

El sujeto es lenguaje, ha sido fundado por una voz y una palabra que dice “yo” como irrupción del habla en la lengua colectiva y social.

Por eso Agamben propone volver sobre el sujeto sin lenguaje, es decir, la infancia muda del hombre, para abrir el espacio del pensar filosófico. Podría decirse que es la obsesión de Freud cuando vuelve su mirada al inconsciente, pero —como advierte el mismo Agamben— esa “tercera persona” es también lenguaje.

El pensamiento de Dorra, instalándose en el debate sobre la constitución del sujeto, articulando su mirada en el mismo sentido de Agamben, que solicita volver a la infancia para repensar la historia del hombre, o el de Benveniste, que advierte el sitio de la enunciación como espacio fundacional de la voz del sujeto, se afirma en la convicción de construir toda reflexión desde el cuerpo:

Si es mediante el cuerpo percibiente que el mundo se convierte en sentido, es mediante la enunciación que el que habla, recordándose, se reinstala como sujeto. La enunciación instala al sujeto y da lugar a la propioceptividad, a la interoceptividad, a la exteroceptibidad, que no son sino direcciones que toma la experiencia de lo propioceptivo.

El caracol se mira y mira desde sí. Enuncia su yo. Observa la casa donde fue, el mundo donde será. Y se desliza inquieto, bajo las sombras que el lenguaje proyecta sobre él, para otorgarle fundación y sentido.

Sergio G. Colautti
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Notas

  1. Dorra, Raúl, La casa y el caracol (Para una semiótica del cuerpo). Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/Plaza y Valdés. México, 2005.
  2. Ferro, Roberto, “En torno a ese entonces en La casa y el caracol (Para una semiótica del cuerpo), de Raúl Dorra”. En: Zama, volumen 1, Nº 1. 2009. Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Buenos Aires.
  3. Dorra, Raúl, op. cit.
  4. Barei, Silvia, “Reseña de La casa y el caracol, de Raúl Dorra”. En: Tópicos del Seminario, Nº 14, julio-diciembre de 2005. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México.
  5. Dorra, Raúl, op. cit.
  6. Dorra, Raúl, op. cit.
  7. Dorra, Raúl, op. cit.
  8. Dorra, Raúl, op. cit.
  9. Dorra, Raúl, op. cit.
  10. Benveniste, Émile, Problemas de lingüística general. 1974.
  11. Agamben, Giorgio, ¿Qué es la filosofía? 2017.
  12. Benveniste, É., en Agamben, G., Infancia e historia. 2015.