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Los llanos, de Federico Falco:
El llano era un vacío

miércoles 4 de agosto de 2021
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“Los llanos”, de Federico Falco
Los llanos, de Federico Falco (Anagrama, 2021). Disponible en Amazon

Los llanos
Federico Falco
Novela
Anagrama
Barcelona (España), 2021
ISBN: 978-8433999115
240 páginas

“No tenía a su disposición fragmentos del tiempo sino una vida entera, un trozo único de presente que se dejaba llevar por el curso de la eternidad (en el campo podía sentirse que el presente era la eternidad en su forma más verosímil)”.
Juan José Becerra, Toda la verdad

La horizontalidad como quietud. El plano infinito, igual a sí mismo, siempre. Apenas el leve escándalo de algunos pájaros o los avatares del clima. El paisaje inmóvil de la pampa en el centro de un país extenso. Campo es el nombre nuevo del paisaje que la literatura gauchesca o sarmientina designó como desierto en la tensión irresuelta del siglo diecinueve. El campo, ahora, es un centro que registra la aparición del inmigrante que se obstina en plantar, cosechar, alambrar.

En Los llanos, la novela que Federico Falco publica en 2021, la circularidad del campo es un sitio de escape y regreso: el hombre se va de Cabrera para atrapar una felicidad posible. Irse, en estos sitios de esperas y lejanías, es salirse de sí para buscar la promesa de encontrarse en la ciudad iluminada: es el viaje que repiten los personajes de Daniel Moyano; el viaje moyaniano que intenta escapar de los fantasmas que otro lugar se encargará de reproducir y agigantar: la salvación negada. En la novela de Falco el regreso domina el texto, como el viaje de vuelta no sólo al campo sino a la soledad elegida, a la huerta como tarea, a la inmersión en un tiempo donde el presente se parece a la eternidad (como en la novela de Becerra que señala el epígrafe), pero también a la percepción del vacío que sacude toda la arquitectura novelesca. La convicción de volver a un espacio que parece propio y reconocible, la ilusión de afirmar la existencia en la quietud y el desacople del ritmo urbano colisionan, sin embargo, con la conciencia del vacío, del campo como abismo, de la existencia misma como hueco insondable. Los gestos del propio narrador y de algunos personajes que se despliegan en la trama son las muecas, a veces gloriosas, otras veces patéticas, de la impotencia humana, demasiado humana, frente a la sensación de que el llano era, finalmente, un vacío.

La novela se instala entre lo más logrado en la producción cordobesa actual sobre el campo llano.

Esa conciencia existencial, flotando en el texto como una tristeza permanente, se apoya en el oficio verdadero del hombre que regresa al campo: escritor, cuentista, pugnando contra las imposibilidades y decepciones de narrador, y a la vez construyendo el relato presente desde esa incomodidad. La novela, definitivamente, dice esa incomodidad ante el abismo. Entonces el hombre que cuida la huerta contra los fríos, los insectos y las plagas, es el hombre que disputa contra las amenazas de la palabra esquiva, que lee y cita como quien cosecha y es el hombre que intenta aprender alfarería, buscando las formas ocultas del barro entre las manos. Y la novela, así, recoge esos trabajos múltiples para instalarse entre lo más logrado en la producción cordobesa actual sobre el campo llano, la pampa gringa, el tiempo quieto que parece eterno y los hombres y mujeres que sobreviven en la opaca intuición de un vacío plano, inabarcable y tenso.

Atarse a algo.

A una huerta, un bosque, una planta, una palabra.

Atarse a algo que tenga raíz, anudarse para no perderse en el viento que sopla sobre la pampa y llama.


Armé una huerta para llenar el vacío.

El ancho tiempo vacío.

El tiempo sin narrativa, sin historias. El tiempo del llano.1

Ese tiempo que se hace circularidad desde la mirada como centro, desde el único sostén de la escritura que lo nombra, se desvanece cuando el esfuerzo de “atarse” o “anudarse” se fatigan ante el viento pampeano, incansable y tenaz, se hace tiempo vacío o, mejor, tiempo sin fondo del vacío inevitable.

Como aquel extranjero (el personaje de Falco de algún modo lo es: lugareño y extranjero a la vez) que se pierde en la pampa, convierte su reloj en cenizas y cede a la circularidad imponente de la nada, en el pajonal pampeano que imaginó Saer:

Está otra vez en el punto de la hoguera. Sacó el reloj de su bolsillo, lo rompió, diseminó los pedacitos de vidrio sobre la ceniza, acuclillado.

Se paró y miró el horizonte, el pajonal, no sabía que se llamaba así, se extendía hasta el horizonte, gris parejo, monótono.

Le llegaba a la altura de las caderas.

A veces entre las matas había claros estrechos, estrictos. Un hombre podía tenderse y desaparecer.2

 

Los tiempos de la narración

Falco inventa varios dispositivos para contar la experiencia:

Replicar la experiencia en el lenguaje, aunque el lenguaje no transmita la experiencia. Que leer la descripción del caminar por el campo abierto sea como caminar por el campo abierto.3

Como en la narrativa de sus comprovincianos contemporáneos (Sergio Gaiteri, David Voloj, José Jozami, Eugenia Almeida y otros), la escritura se afirma en un realismo profundo, que desconfía de las certezas y trabaja la invención, como en la obra referencial de Daniel Moyano.

El recurso inteligente y atinado que desliza Falco para ratificar esa posición es, entre otros modos, el uso de los tiempos verbales.

Cuando el relato repasa el presente del personaje aparece el indefinido, allí donde el lenguaje intenta replicar la vivencia: “Me dio frío y entré en la casa. La reposera durmió al sereno”.

El texto asume la operación de contar desde ese abanico verbal y de nombrar todo, la minucia y lo efímero, para callar solamente cuando aparece el misterio.

Si el esfuerzo narrativo está focalizado en la recuperación del pasado más lejano, aparece el imperfecto: “Cuando la comida estaba lista, yo era el encargado de poner la mesa”. Las escenas, significativas, del repaso de viejas fotografías con la abuela, mudando el registro del espacio quieto al tiempo vacilante; la historia de la familia en el tren de las nubes, que funciona como una incrustación en el texto; la historia del primer Juan, que reconstruye el mito gringo de convertir el desierto en campo y el campo en reino familiar; el bosque paranoico que inventó Wendel, plantando cada árbol, con senderos con altares, para nada. Y especialmente, porque constituye el centro gravitacional de la historia, la relación con su novio, Ciro, que focaliza instantes de plenitud y de incertidumbre atravesando el texto. En esas zonas, que dan cuenta de episodios a medio borrar entre lo sucedido y lo imaginado, el imperfecto hace su trabajo diferencial.

Luego aparece el uso del infinitivo. Para nombrar lo que la escritura desea afirmar como tarea, acontecimiento y experiencia vital: “Juntar el mantel. Ir a sacudirlo afuera, poner las sillas boca abajo sobre la mesa… Barrer siempre en el mismo orden, empezar desde la despensa hacia el centro… Tirar el tacho de basura sobre el alambre tejido…”.

El pulso del presente late en la repetición de esos infinitivos, como ceremonias ineludibles que la rutina dispone para estar en el tiempo real de la experiencia.

El texto asume la operación de contar desde ese abanico verbal y de nombrar todo, la minucia y lo efímero, para callar solamente cuando aparece el misterio, lo que no se sabe decir, lo que aún no tiene nombre:

A algunas cosas hay que nombrarlas, porque si no, no existen. A otras hay que callarlas, para que no sean. Hay que nombrar las nubes. El cielo. Cada uno de los pájaros, cada uno de los yuyos.

Callar hay que callar el misterio. Atenerse a las cosas. Mirar sólo desde afuera.4

La experiencia de la escritura, la sensación física de contar, nombrar, decir “desde afuera” para componer el silencio del texto, el vacío como presencia en el campo llano, es un logro significativo de la novela:

Contar historias para llenar el vacío que dejó la casa.5

Hay una conmoción que seduce en la narración de Falco: es eso que late en la tensión de lo mínimo que se nombra con obsesión realista y lo inabarcable que se presiente como abismo. Las cosas que hay que nombrar y las que hay que callar.

El espacio de la narración es el mismo en el que avanzó la excursión de Mansilla, el que dejó escuchar la voz del ranquel en sus memorias. “Voy a penetrar, por fi, en el recinto vedado”,6 decía el coronel que escribía sobre la hoja desnuda del desierto.

Desde ese recinto antes vedado, ya devenido en campo, desde esa tensión entre lo próximo y lo abismal que propone Los llanos, se juega la suerte de una novela que se insinúa como imprescindible entre las lecturas contemporáneas de la literatura argentina actual.

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Notas

  1. Falco, Federico, Los llanos. Anagrama, Buenos Aires, 2021. Pág. 232.
  2. Saer, Juan José, “El viajero”, en La mayor. 1976.
  3. Falco, Federico, op. cit. Pág. 81.
  4. Falco, Federico, op. cit. Pág. 176.
  5. Falco, Federico, op. cit. Pág. 211.
  6. Mansilla, Lucio V., Una excursión a los indios ranqueles. 1870. Centro Editor de América Latina (Ceal), Buenos Aires, 1982.