
La escritura como conmoción
María Negroni escribe para sostener una convicción: la literatura no es sólo entretenimiento, no debe apagar las posibilidades infinitas de la imaginación reposando sólo en argumentos, tramas, historias. La literatura, como decía Barthes, “es la revolución permanente del lenguaje”.
Para Negroni, “en materia de lenguaje, nunca nada termina, nunca hay sentido cerrado, un texto se superpone a otro que se superpone a otro y así”.
Hay un movimiento infinito de los discursos. La escritura es una producción perpetua, ciega, que desciende siempre a un fondo insostenible. El lenguaje es incapaz de cerrar el lenguaje.
Por eso la escritura no puede ser mercancía completa y envasada: es búsqueda y error, imperfección y deseo:
Como Sísifo, el poeta empuja una piedra pesadísima hasta la cima de un monte sólo para verla caer. El deseo, afirma Octavio Paz, al verse insatisfecho, vuelve a la carga y relanza el fabuloso esfuerzo de la nominación.
La imperfección es la cima.
Por eso Negroni ensaya un doble gesto: se aleja de las pretensiones de certeza, de la afirmación y de lo definitivo, de la referencia realista, para acercarse a las posibilidades de la aproximación y de lo provisorio:
Para quienes confían en los claroscuros, las paradojas y las inconsistencias acaso porque intuyen que la escritura es un ejercicio sin modelo, hecho de perdición y de fe, de renuncia y de promesa...

Colección permanente
María Negroni
Ensayos
Random House
Barcelona (España), 2026
ISBN: 978-6073862318
112 páginas
El lenguaje que zozobra
En Colección permanente, cruce de breves ensayos, entrevistas apócrifas, reflexiones, citas, fragmentos biográficos, Negroni (que ha recorrido los territorios de la poesía, la narrativa, el ensayo, la traducción y la docencia académica) toma partido, se posiciona desde las corrientes de la deconstrucción y las miradas cercanas a Barthes, Blanchot, Kristeva y otros, pero especialmente a una biblioteca de escritores que “con opacidad y fervor se mueven a contrapelo de cualquier poder”, y confecciona una lista con sus nombres y sus obras. Y vuelve, una y otra vez, a sus poetas: Pizarnik, Gelman, Dickinson...
Repasa los intersticios de la literatura sin clasificación genérica, entendiendo cada texto significativo como un pozo en el lenguaje, un viaje a los vacíos de la escritura, para intentar comprender lo que quizás sea incomprensible.
Pero también diferencia, sutilmente, entre narración, ensayo y poesía.
La formulación del ensayo, por caso, no puede ser entendida como un producto racional:
Intimar con la escritura donde todo se trastoca: la emoción piensa, la sintaxis se emociona, la obsesión se hace forma... la emoción sin pensamiento es vacía y el pensamiento sin emoción, mudo.
Borrando límites entre géneros, aproxima las búsquedas del ensayo a los otros registros: la emoción de pensar. Agrega Negroni:
El ensayo acepta el error como premisa; no es que no le interese discernir entre verdad y error.
Castoriadis: en el ensayo la interrogación por la verdad cede paso a la verdad como interrogación.
Las palabras viajan desde lo que no saben hacia lo que no saben, para mejorar la calidad de las preguntas.
La emocionalidad del pensar sacude la fortaleza racional del ensayo, lo hace zozobrar y, en ese estremecimiento, que lo acerca quizás a lo que se denominó poscrítica en ámbitos académicos, se renueva y vigoriza.
La literatura es un atlas efímero y una construcción dubitativa, capaz de desmontar, al menos por un tiempo, los escenarios de la certidumbre.
La poesía, continuidad de la infancia
En uno de los puntos más brillantes del libro, la escritora despliega su intuición crítica sobre el origen de la poesía; un vínculo con el universo de la infancia sostiene esa perspectiva, focalizada en el ritmo como centro de gravitación. El desarrollo es lúcido y guarda coherencia con todas las nociones que el libro disemina:
Se trata de percibir el significante mayor —que es el ritmo— para probar que estamos ante la invención de un sujeto por su lenguaje (y no a la inversa).
Ese ritmo es una cadencia que apacigua, una memoria arcaica que une la habitación prenatal a las nanas, las canciones de cuna, las rimas de los versos (y las cosas). Y es también el modo de una respiración. El compás que usamos para descifrar el mundo. La melodía inaudible contra la que las palabras se medirán siempre, buscando la sombra de sí, el espejo donde no verse.
A esa experiencia radical, dedicada a la producción de un silencio, podemos llamarla escribir. Lugar emblemático de la dificultad. Disciplina de la desposesión. Cuestionamiento del acto de comprender.
Lo infantil, como lo poético, es un ataque obligado al mundo adulto. La poesía es la continuación de la infancia por otros medios.
Un texto que piensa el hecho literario, que interroga al lenguaje cuando el lenguaje es intersticio, profundidad, también perplejidad y zozobra.
En cualquier campo literario, la producción, desde su generoso abanico, propone textos. Pensar esa producción, desde sus sentidos posibles y sus marcas indescifrables, es tarea de la lectura crítica. Si esa responsabilidad es asumida desde la lucidez sin ambición de certezas, desde la verdad como interrogación que propone María Negroni, entonces la literatura respira el aire de su transparencia.
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