“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Cuatro cuentos breves de Maikel A. Ramírez A.

sábado 9 de noviembre de 2019

Prometeo en cadenas de ADN

Severa y atroz, la condena del juez pesó en las entrañas de Francisco Vargas, el acusado: lo clonarían para que cumpliera sus años a cadena perpetua.

 

Si nomás yo fuera Pedro Infante

1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
2.
Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si las órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.
3.
Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera Ley o la Segunda.
(Isaac Asimov: las tres leyes de la robótica)

A Eduardo Liendo

Para ser honesto, a veces me siento quijotesco, pero sé que si saliera a cabalgar por el mundo como un caballero andante, pos ya no dirían que soy loco, sino un pinche pendejo. Nomás sería el hazmerreír de esos chingados robots, y especialmente de mi jefe, uno de esos modelos TX-2070, que me recuerdan que Einstein tuvo razón cuando dijo que sólo estaba seguro de la infinitud de la bobería humana, pero no de la del universo. ¿Qué chingada mente monstruosa pudo darle tanta inteligencia a esos latones andantes? ¿Qué derecho se arrogó para lanzar por el guáter miles de años de supuesta evolución de la mente humana? ¡Híjole! No es cosa de enchílame otra. La semana pasada, por darle un ejemplo ahí no más, mi jefe me sometió a las mismas chingaderas acostumbradas desde que los robots tomaron control de las cosas, dizque siguiendo las leyes de la robótica (que ya se me hacen que son las chingonas leyes de Herodes). Martín, que así se llama (a poco falta que diga que le pusieron el nombre de su santito), me observó detenidamente con su mirada retepenetrante luego de que había ido al guáter y me ordenó en público: “Beto, no más límpiese un tantito el trasero que la higiene es un mandamiento ineludible en este trabajo”. Bien sé que la montaña de latas me declaró la guerra desde el día que me conquisté al mujerón retechulo que tiene por secretaria, una humana que, para su chaparra suerte, aún conserva y responde a los instintos más primitivos y padres de la raza humana, porque está de más decir que mi jefe apuesta a ser el Giovanni Casanova del futuro, pos un Hugh Hefner moderno. Hace dos días, fecha de mis santos, calculador de las humillaciones que se le pueden infligir a un mero macho, el endemoniado TX-2070 llevó a cabo una de sus más chingonas estratagemas: se acerca donde me encuentro celebrando con mis cuates y, haciéndose el pendejo, me pregunta que cuántos años cumplo, y yo ahí vengo y le digo que cuarenta no más y él me advierte que ya estoy en edad de visitar a un médico de esos que lo encueran a uno y le revisan a uno sus partes sagradas, a un pinche urólogo, dizque para que me practique un riguroso examen de próstata y recomendó, él que se la da de muy chingón, a otro robot cuate suyo experto en el área. Eso da tanto coraje como que los pinche gringos nos chinguen ahora con Cancún. ¿Cómo la ves? ¿A quién chingados se le ocurrió darle reteinteligencia a estas monstruosidades con dedos de hierro pero no inventar nuevos instrumentos para curar las enfermedades humanas? Ese día, de regreso a casa levanté la mirada hacia nuestra Lupita y exclamé con un dolor de perro atropellado “si nomás yo fuera Pedro Infante”.

 

El bosque oscuro

“Inside of me and such a part of you”
(The Smashing Pumpkins: Disarm)

Muy en el fondo siempre supe que aún antes de conocernos el asesino y yo ya nos habíamos internado en la espesura del bosque oscuro. Él, acatando la orden de purificar la traición con sangre; yo, presuroso por revertir la mancilla que había traído sobre la piel húmeda y virginal. Reconozco que aunque al principio rehuí verlo directamente a los ojos, al cabo de pocos días me sedujo la idea de fundirme con el abismo, con esa oscuridad primigenia a la que todos tarde o temprano debemos volver. Mis primeros tanteos por anticipármele fueron fallidos. De fino instinto depredador, lograba escabullirse cuando estaba a punto de alcanzarlo, pero no lo haría por mucho tiempo, pues me proponía hacerme de sus maquinaciones, apresar sus más elaborados cálculos. Mejoré mucho desde entonces. Identificaba sus tretas en los callejones, bares y lodazales donde sólo un infame como él se ocultaría para propinarme el zarpazo final. Corrieron algunas noches más hasta que logré acorralarlo y hacerlo huir hacia el bosque oscuro. Puse empeño en disimular los fulgores de mi corazón dichoso por haber frustrado la conjura de mi verdugo. El agotamiento de la persecución nos dejó frente a frente. Sin amagar vacilaciones, y con mi voz sacudiendo la enramada, le ordené que me segara la vida de una vez. Pero el pobre infeliz apenas trastabilló pusilánime. No recuerdo cuántas veces tuve que repetir la orden antes de finalmente abalanzarme sobre él. Un hilo de luz cristalina cayendo de la luna iluminó la última mueca de su rostro, que a un tiempo dejaba ver la cobardía y la simulación de quien evade la cota de sus deudas. De regreso, atravesé el follaje con la convicción de haber hecho justicia y arrastrando el tormento de que nuevos asesinos reclamarían mi vida.

 

Ago
ta
d
a

“All these things into position
All these things we’ll one day swallow whole”
(Radiohead: Street spirit)

Aquella tarde, desdeñando la lluvia que se derramaba a mi espalda, volví a poner un pie en casa de mamá tras una dilatada ausencia. Pensar que la pobre murió sola y amargada porque la había abandonado para forjarme una vida por mi cuenta. Detrás de la puerta reconocí el aroma del talco que una vez le insistí en que comprara. Me sorprendió que el piso mantuviera la lozanía de la que ella siempre se vanaglorió. Las cortinas y las sábanas mostraban sus filos precisos y no sería nada exagerado decir que hasta cortantes. En su habitación, ensayé mi acostumbrada travesura de niña: abrí el armario y dejé que uno de sus vestidos se ajustara a los límites de mi cuerpo. Unos zapatos de tacones encajaron en mis pies desnudos y helados. Mis orejas se adornaron con las prendas que hasta el último momento conservó dentro de una enternecedora cajita de música. Para terminar, me anudé el cabello como ella solía llevarlo cuando descansaba en casa. Me asomé al espejo y me estremecí al reconocer lo mismo de siempre: la mirada acusadora, los hombros colosales y el mentón estriado e invencible. Entonces me desnudé sacudida por los espasmos y el llanto. De regreso a mi atuendo inicial, tomé una escoba y me aseguré de desencajar hasta la última partícula de polvo refugiada en los rincones. Reemplacé cortinas y sábanas por unos pares que se encontraban en el armario y los doblegué hasta arrancarles un poco de filo. Dejé caer motas del maldito talco que yo misma tuve la desdicha de recomendarle un día. Salí a la calle de una vez por todas y, mientras sellaba la puerta, grité, como nunca lo había hecho, que esa sí era la última vez que la visitaba, que me desterrara de sus recuerdos para siempre.

Maikel A. Ramírez Á.
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