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Tres microrrelatos de El nombre de las cosas, de Ricardo Martínez-Conde

jueves 22 de julio de 2021
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“El nombre de las cosas”, de Ricardo Martínez-Conde
El nombre de las cosas, de Ricardo Martínez-Conde (Zadar, 2021). Disponible en la web del autor

El nombre de las cosas
Ricardo Martínez-Conde
Microrrelatos
Zadar
Madrid (España), 2020
89 páginas

Para Alfredo Ovilo, escritor minucioso. Generoso y fiel amigo

Alta política

Es una figuración. Digamos que todos están ahí, yertos, blancos, sosteniendo una verticalidad que equivale a su buen proceder, a su veracidad, a su integridad, a su promesa de utilidad, de bien, de futuro (fungible).

Cada cual procura sostener, mantener esa postura que avala su condición de útil, de fiable, pues si, por alguna razón, pierde su equilibrio —cede en su presencia firme y vertical—, supondría el equivalente a una falta de eficacia, de fiabilidad, de utilidad bien entendida.

Así es la realidad convertida no ya en deseo, sino también en emblema, en confianza; en progreso incluso. Erguidos, impolutos, ofrecen una mayor perspectiva de soluciones a las cosas, a lo más cotidiano. Es una figuración intacta.

Los rollos de papel higiénico permanecen ahí, altos, erguidos y dignos en su repisa mientras los políticos, sus símiles, debaten acerca de su propia y aciaga mentira.

 

Pizarrín

Sospecho que mi amigo se ha enamorado.

Es mi vecino y viene a vivir aquí por temporadas. Yo le reconozco, aun sin verle, porque, antes de asomarme a la ventana, oigo ya su voz: siempre parece estar a bien con la vida.

Hoy, sin embargo, me ha parecido que su canto era más comedido, como si encerrase un mensaje distinto a lo habitual. Es más, no cantaba sino susurraba; la entonación sigue siendo preciosa, llena de espacios sugerentes, pero como que espaciaba un poco más las notas, casi entregándolas una a una. Y, al asomarme para verle, advertí algunos gestos como de decoro, de un cierto azoro… Cantaba, pero no para el universo, como lo hace habitualmente, sino para otro.

A ella la oí al poco; estaba en otra ventana. Las ondas de su canto eran distintas: livianas, confiadas, algo así como tibias…

¡Ay!, Pizarrín, fiel amigo. Presiento que el amor incluso te va a exigir volar de un modo distinto. Pero tu diminuto cuerpo esponjado, tu aleteo y tu colorido ceniza siempre, siempre los reconoceré.

 

Quietud, pudor

Con gesto rápido, decidido, la dejó desnuda de cintura para arriba.

Me sobrecogió aquel gesto visto desde donde me encontraba. Ella quieta, muda, sin expresión, como recatando su pudor.

Él, recalcitrante en su apasionada tarea, cogiéndola por la cintura la volteó y le quitó la falda.

¡Oh, no! ¡Con qué frialdad, con qué indiferencia!

Ella rígida, seria (parecían resaltar incluso la utilidad de los actos sobre la desnudez de ella). El caso es que, curiosamente, no se deducía violencia de aquella insólita escena.

Tal vez con razón. Él pronto supo cubrirla —¡ese mismo gesto decidido, pero a la vez delicado!— con ropas nuevas, y yo respiré tranquilo.

Incluso me pareció advertir que la figura del maniquí me sonreía.

Ricardo Martínez-Conde
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