“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El acelerador

martes 2 de noviembre de 2021

Apretar el acelerador. Su pie derecho roza sutilmente sobre el pedal. No responde ante sus divagaciones. Una hora antes Manuel se había despedido de su embarazada mujer. Ella, aún entre las sábanas, acariciaba la panza del gato, que no se le había separado en los últimos días. La dulce imagen le aprieta el pecho al hombre. Y eso que particularmente no le hacían gracia alguna los felinos; pero Gabo y Maite se adoraban. El gatito había aparecido frente a su casa muy hambriento una madrugada que él llegó borracho y desolado. Acababa de perder el sueldo del mes en el casino. Fue la misma madrugada que, tras un lustro intentándolo, se enteró de que se les dio. Estaba decidido a confesarle que posiblemente perdieran el hogar, pero ella dormía con la prueba de embarazo sobre su almohada. Marcaba dos rayitas. El hombre se balanceaba etílico intentando enfocar bien la vista, ¿por fin? Justo ahora… El gato brincó a la cama acurrucándose junto a ella, de quien ya no se volvió a separar. Finalmente, Manuel mantuvo el balance y la abrazó como cuando se atrevió a invitarla al baile de graduación y Maite, la inalcanzable de la clase graduanda, le dijo que sí. Esa noche se besaron, se hicieron novios… Este era su único secreto, siempre le fue fiel, la apoyó en todo. Pasaron las semanas y no tuvo el coraje para contarle.

La pared al final del callejón. Ve unos gatitos que corren y desaparecen. ¿Atravesaron el muro?

El muro al final del callejón sin salida. Enciende nuevamente el carro. La marcha en “parquin”. El pie derecho al ras del pedal del acelerador. No se decide. Le había prometido y durante estos nueve meses dejar el juego, pero recayó. Si pudo perder la casa hace nueve meses ahora era inminente, peor aún quizá la cárcel, la vergüenza pública para Maite y su familia, el bebé… Ella le recriminaría, pensaba, ya le había advertido que no se asociara con el alcalde. Manuel recordaba cuando le respondió a Maite que sabía lo que hacía, que el dinero extra vendría bien con el cercano nacimiento del bebé. Ella le discutió preocupada porque sabía que ese alcalde no era fiable, un chanchullero… Manuel lo reconocía, pero resolvió su dilema en tono burlón: “Mujer, eres pipiola comefuego ateísima, sin remedio; yo populete de estatus quo, como me bautizas, y el alcalde es el malo de la película estadista cristianísimo, por eso no te fías; sólo falta que el Gabo sea del partido Victoria Felina ciudadana o como se llamen…”. Recordó las carcajadas de Maite, mientras lloraba, como un niño, frente al volante. En esa ocasión la dejó a su mujer riendo mientras corregía exámenes, y se fue al baño a llamar al alcalde para aceptar su oferta, sin que ella lo escuchara. Manuel se convirtió en la mano derecha, izquierda y anónima. Al principio, para lograr un proyecto de construcción de un complejo de viviendas frente al mar, con dinero del narco y desahuciando a aquellas tres familias bajo engaño, de las cuales una mujer se suicidó luego de morir su marido en un accidente con la excavadora al comenzar la construcción; además, los materiales eran de mala calidad, para rematar después del huracán aquel terreno ya estaba demasiado cerca del mar. El frostin del pastel: los permisos estaban falsificados. Dos semanas antes de esta madrugada, del noveno mes, Manuel le suplicó al alcalde que quería salirse, que estaba recibiendo mensajes de un investigador de fiscalía, pero “ya estás hasta los huevos en esto, tú no sabes nada, si dices algo a quien sea tu mujer, tu hijo por venir y hasta el gato se van a joder, tú y yo, chitón…” fue su respuesta. Aquel chanchullo con el alcalde había sido descubierto. El fiscal se reunió con Manuel hace dos noches y le había dado hasta hoy para entregarse con todos los documentos o le arrestarían sin negociación alguna. Y también está el banco, está ella, el bebé por nacer, y la ama demasiado. Apaga el carro. Se golpea fuertemente al frente contra el volante.

La pared al final del callejón. Ve unos gatitos que corren y desaparecen. ¿Atravesaron el muro? Uno se parece demasiado a Gabo. El hombre suda. Traga saliva. Mira una foto de Maite en el teléfono celular. En ese momento el teléfono suena. Del susto se le cae bajo el asiento. El celular sigue sonando. Manuel siente demasiado miedo de contestar la llamada. Piensa “pero ¿y si es Maite? ¿estará ya de parto?”. “Puñeta, puede ser del banco…”. Ya le habían advertido que si no abonaba algo le embargarían la propiedad. “¿O si es el fiscal? ¿La policía?”. El hombre ve por el retrovisor las luces de biombos policiacos, pero se dirigen en otra dirección. Vuelve a sonar el celular. Manuel se agarra fuerte al volante. No puede soltarlo. Como si tuviese pegamento en las manos. Las decisiones siempre fueron una pesadilla para él. Un largo laberinto que absorbía las razones. El corazón le va a estallar. Algo golpea contra el cristal. “¿Gabo? ¿Cómo puñeta? No puedo más, no puedo más…”. Maite siempre quiso un gato, un hijo, ser maestra; en cambio, Manuel divagaba entre lo que los demás querían que hiciera y lo que él quizá quería hacer. “¿Cómo carajo llegué aquí?”. Manuel piensa ya en demasiadas cosas como un torbellino dentro de sí mismo, hacia el final. Había estudiado administración de empresas y contabilidad, porque eso querían sus padres. Sin embargo, Manuel quería ser artista gráfico. Dejó de ilustrar sus sueños para manejar dinero ajeno, porque el suyo finalmente se lo había chupado la ludopatía. Enfermedad que agravó su tendencia a ser peón de las decisiones ajenas. Su padre le había conseguido el trabajo de contable para el alcalde. Todos complacidos y Manuel está a punto de reventar. El celular vuelve a sonar… “Papito, con mi sueldo de maestra, podemos echar pal ante en lo que estudias un grado asociado en lo que quieras, sé feliz. Mi felicidad eres tú y el bebé necesita papis felices”, le había dicho Matilde días antes, observándolo obviamente desmejorado. Matilde era todo para él, estaba tan enamorado… “Y si es el banco, el alcalde, la policía, el fiscal. ¿Dónde, carajo, cayó el celular? Aquí, aquí. Llamadas perdidas de números distintos desconocidos, otro de él, y de Matilde…”.

El acelerador. El sudor. El callejón mental. El teléfono suena nuevamente. La decisión. Grita:

“¡Que se joda!”.

(Este cuento forma parte del libro inédito Callejón de los gatos).

Ana María Fuster Lavín
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