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Centenario de don Benito Pérez Galdós
Halma

lunes 17 de febrero de 2020
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“Halma”, de Benito Pérez Galdós
En Halma, como en muchas de las obras de Pérez Galdós, está presente su preocupación por la religión, el clero y el papel que ambos jugaron en la sociedad del momento.
Fomentaremos también la Religión, de la que nace la conformidad del pobre con la pobreza.
Benito Pérez Galdós, Las tormentas del 48

I
Locura. Realidad y ficción

No vamos a discutir ahora si Halma, la novela de don Benito Pérez Galdós, es o no la continuación de su otra novela, Nazarín; si la complementa o si es independiente de ella. Baste decir que para comprender la primera no hace falta haber leído la segunda, como pasa, por otra parte, con la inmensa mayoría de las novelas de don Benito, aunque entre estas dos obras haya un enlace tal vez más acusado: la pregunta, en Halma, de si don Nazario está loco o cuerdo, es un santo o un pillo. En Nazarín no hay muestras de locura ni de engaño: don Nazario razona perfectamente bien, y hace lo que hace por no convertirse en una carga para amigos o conocidos. Por si esto no bastara, hasta el inútil “milagro”, la niebla que cubre la subida al castillo cuando van a detenerlo, está lógica y perfectamente explicado.1

Pérez Galdós, en Halma, hace que varios personajes pongan en duda no la cordura de don Nazario sino parte lo que se cuenta en Nazarín.

Ambas obras fueron escritas en 1895, y las diferencias entre ellas son más que notables: Nazarín es una excelente novela, en tanto que en Halma todo, personajes y situaciones, parece traído por los pelos. Tan es así que sólo falta que aparezca el deus ex machina con su rayo de latón dorado. Aparece, desde luego, pero con el nombre y el utillaje modificados. Este dios, don Nazario, parece una figura de relleno, tal vez incluido en esta novela por una broma de don Benito, o para dar una salida un tanto sorprendente a Halma. Sorprendente por lo que se propone, por quien lo propone y por las reacciones posteriores de la condesa de Halma. Más tarde, en El caballero encantado y en los Episodios finales, Amadeo I y La primera república, Galdós recurrirá ya directamente a la fantasía, sin necesidad de forzar la psicología de los personajes. Lo hará con la aparición de la Madre o de Mari Clío. Estas obras pueden ser consideradas, con toda razón, el inicio de lo que luego se ha dado en llamar el realismo mágico.

Para no forzar mucho la maquinaria sobre la locura, don Benito recurre a un truco cervantino: la vida de don Nazario ha sido publicada, y los personajes de Halma la conocen, la juzgan y la critican, como los otros conocen la vida de don Quijote a través del libro de su vida. Cervantes, sabido es, utiliza además a don Álvaro de Tarfe, personaje de El quijote apócrifo, de Avellaneda, para que reconozca al suyo como el verdadero y único don Quijote.2

Pérez Galdós, en Halma, hace, por el contrario, que varios personajes pongan en duda no la cordura de don Nazario sino parte lo que se cuenta en la novela, y que es, tal vez, lo menos significativo de las andanzas de Nazarín. Afirma uno que, en la cárcel, en contra de lo que cuenta la novela, no le costó tanto vencer “su ira como en el libro se dice; que la venció al instante y con mediano esfuerzo”.3 Lo único que nos está diciendo es que don Nazario es de natural bueno y bondadoso, no que esté loco. El ataque más fuerte, o que quiere pasar por tal, lo lanza otro de los personajes que interviene a continuación:

—Pues para mí —manifestó el caballero aristócrata—, el libro es un tejido de mentiras. Toda la escena de Nazarín con el señor de la Coreja la tengo por invención del escritor, porque don Pedro de Belmonte es primo mío, le conozco bien y sé que en ningún caso pudo sentar a su mesa al mendigo haraposo. Esta no cuela. Que mi primo cogiera una estaca y le moliera los huesos, y le plantara en medio del camino, después de soltarle los perros, muy natural, muy verosímil. Está en el carácter; ese es su genio; no puede esperarse otra cosa de su desatinada locura. Pero agasajarle, ponerse a hablar con él del Papa y del Verbo divino, eso no lo creo, eso no es verdad, es falsear a mi primo Belmonte. ¡Figúrense ustedes que fui la semana pasada a la Coreja, y a poco de entrar en su casa tuve que salir escapado en busca de la pareja de la Guardia Civil!4

Obsérvese que en ningún momento dice este personaje que hablara con su primo Belmonte. Quiere que deduzcamos que como él no ha sido recibido por el señor de la Coreja, tampoco lo pudo ser Nazarín. Olvida que don Nazario insistió para hacerse recibir,5 y que si miente el narrador de Nazarín, también puede mentir él. Nos quedamos, pues, igual con respecto a la locura, no así con respecto a la burguesía y al problema desencadenado por don Nazario.

Para saber si Nazarín está loco o cuerdo, olvidando al narrador de sus aventuras, deberíamos verlo actuar, tal como pide Catalina de Halma, que prefiere eso a engolfarse leyendo la novela de su vida, y más sabiendo que ésta es una novela.6

En Halma don Nazario, personaje secundario, ha cambiado, cambio que ni se explica ni tiene justificación, pues más dura era su vida por los pueblos y los caminos que en la cárcel de la villa. La mutación se ha producido de tal forma que las palabras finales de Nazarín, pronunciadas supuestamente por Jesús, quedan en agua de borrajas: “Algo has hecho por mí. No estés descontento. Yo sé que has de hacer mucho más”.7 En Halma, desde luego, no hace mucho más como no sea propiciar un matrimonio insospechado e integrarse en el sistema. No sabemos, por supuesto, si Jesús se refería a esto en su aparición. Aquí paz y allá gloria.

Que la Iglesia considere loco a un sacerdote porque trata de vivir como vivió Cristo es muy significativo.

Obvio es decir que sobre Nazarín, como sobre cualquier otra obra, se pueden hacer múltiples interpretaciones: se puede considerar dicha obra como una novela de género, la hagiografía; como una crítica social, o sencillamente se puede ver en ella la constante preocupación de don Benito por la religión, el clero y la incidencia social de ambos, preocupación que aparecerá tanto en muchas de sus novelas como en los Episodios nacionales. Baste recordar Gloria, o la aparición de Guillermina con sus interminables obras de caridad en Fortunata y Jacinta. En cuanto a los Episodios tenemos desde la discusión de los decretos de Napoleón reduciendo los conventos y sus moradores en Napoleón en Chamartín, hasta la multitud de curas y monjas, en menor número éstas, que pueblan dichos Episodios: el cura de Botorrita en Juan Martín el Empecinado; José Fago en Zumalacárregui; sor Teodora de Aransis en Un voluntario realista, etc. Sin olvidar a los ermitaños y a los místicos, Juan de Dios en La batalla de los Arapiles, el ermitaño Borra en Zumalacárregui, y Marcela, la monja andariega, en La campaña del Maestrazgo. Mención aparte merece don Juan Ruiz, el cura rodeado de amas y amante de la buena vida. Es uno de los personajes de Carlos V en la Rápita. A Galdós le preocupó la religión, el clero y el papel que ambos jugaron en la sociedad del momento. Algunas de las cosas que dijo don Benito en sus obras sobre el clero no cayeron bien, como tampoco fueron bien recibidas en su momento las críticas de Erasmo, Tomás Moro o Luis Vives, por poner unos ejemplos. Don Benito podía haber dicho perfectamente lo que algún siglo después diría Nikos Dimou: “Otros pueblos tienen religión. Nosotros tenemos clero”.8

Una de las primeras cosas que llaman la atención en Halma, referidas al padre Nazario, es la constante preocupación por parte de los personajes, curas, seglares y creyentes, por dilucidar si Nazarín está loco o cuerdo, y si es un farsante o un espíritu puro. ¿Y por qué viene motivada dicha pregunta y preocupación? Sencillamente porque el padre Nazario, con la casa quemada, sin tener donde caerse muerto, y sin misas que celebrar, ni dinero con el que comprar el sustento, sin querer ser una carga para nadie, se tira por los caminos como hizo Jesús y san Francisco de Asís. Vive de lo que le dan, y ayuda a quien se lo pide o lo necesita. Si se puede hablar de locura en don Nazario, sería una locura muy cervantina, es decir una locura quijotesca, la propia de aplicar en unos tiempos lo que, tal vez, era propio de otros: la caballería en el caso de don Quijote, y la prédica por los caminos en el de Nazarín. Un anacronismo. Cabría preguntarse, por supuesto, si es cierto que había por el mundo caballeros andantes, como el caballero del cisne, que iban desfaciendo entuertos, y si había mucho profeta en los tiempos antiguos llevando un tipo de vida que es un mensaje de por sí. ¿No estaremos tomando figuras literarias por la pura realidad? Ahora bien, que la Iglesia considere loco a un sacerdote porque trata de vivir como vivió Cristo es muy significativo. Han cambiado los tiempos, desde luego. Pero ¿no causaría escándalo Jesús yendo por los caminos en compañía de sus apóstoles y de las mujeres de éstos? ¿Su austeridad y forma de vida no era una crítica a escribas y fariseos? ¿No dice que valemos más que una bandada de pájaros, y que el Padre no nos dejará morir de hambre? ¿Y quién dice cuál es la parte de la vida de Jesús que se puede actualizar y cuál no? La Iglesia, por supuesto. Y ella será quien volverá a la cordura a don Nazario. Haciéndole aceptar sus preceptos. Tenemos clero.

 

II
Traiciones

Si vamos a la realidad de los hechos, a una parte por lo menos, la crítica de Galdós, tanto en Nazarín como en Halma, se puede considerar mucho más profunda de lo apreciado hasta ahora: si, olvidando a la burguesía del momento, consideramos al padre Nazario una continuación de Jesús, o de san Francisco, también es dable ver el fracaso de su misión, como lo fue tanto en Cristo como en san Francisco. Ahora bien, si aquéllos acabaron crucificado el uno, y abandonado el otro, don Nazario terminará siendo integrado, que es otra forma de muerte, castigo o condena. Con ello se acaba su no buscada ejemplaridad y la inquietud creada a la jerarquía eclesiástica.

No sabemos lo que opinaron Cristo y san Francisco de esas traiciones de sus discípulos, pues el primero no vivió para encararse con sus traidores, y el segundo prefirió más su mundo de soledad que la discusión.9 Quizás ambos comprendieron que, en el fondo, era imposible llevar a buen término su filosofía de vida, su religión. Ésta sólo se puede hacer efectiva individualmente, pero una sociedad no puede vivir de acuerdo con los Evangelios o los Diez Mandamientos. Sería un suicidio, a menos que todos los países fueran cristianos. Uno de esos mandamientos, el más controvertido, ordena no matar. ¿Cómo justificar entonces la guerra? ¿Qué hacer en caso de ser atacados y masacrados? ¿Poner la otra mejilla? ¿Ofrecer a todos los hijos para el holocausto? ¿Dejar que los maten sin más? La solución, que para todo la hay, la dará san Agustín. Su razonamiento no tiene desperdicio:

Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte, como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley, es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes.10

Con una sutileza digna de sus Confesiones, san Agustín distingue entre la guerra justa y la injusta. Y en la guerra justa está justificado matar porque el asesino es un instrumento del Señor. En el siglo XIV su discípulo, el franciscano Francesc Eiximenis, en su breve obra Regiment de la cosa pública, lleva el razonamiento más allá: como persona, viene a decir, se puede poner la mejilla izquierda y la derecha tantas veces como nos golpeen; pero el legislador, el rey, está obligado a defender a sus conciudadanos, y no puede tolerar ninguna violencia contra ellos. Para evitarla, si no hay más remedio, recurrirá a la guerra y a la muerte, por supuesto.11

Si se predica, como hace don Nazario, que todo es de todos, y que quien necesita algo lo puede tomar de donde sea, se pone en solfa la propiedad privada, y a la propia Iglesia.

Ambos serán contestados por dos figuras claves del Renacimiento: Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro. El primero dice, entre otras muchas cosas, que “no hay paz tan inicua que no sea preferible a la más justa de las guerras”.12 Más directo será Tomás Moro en su famoso libro Utopía: “Dios prohíbe matar. Si se acepta la pena de muerte entre cristianos, llegamos a la conclusión de que los Mandamientos obligan cuando lo determinan las leyes humanas”.13

Se podrían traer a colación a muchos más autores, a Luis Vives entre ellos, pero es suficiente con estos y con lo dicho por ellos. Sabido es que Erasmo fue prohibido en España ya en época de Felipe II, y que el clero español del siglo XIX, y aún anterior, no era un dechado de preparación espiritual ni cultural.14

No nos cabe la menor duda, por lo tanto, de que ninguno de los sacerdotes que aparecen a lo largo de la obra de don Benito, en novelas y episodios, desconocían por completo a los autores mencionados y a sus obras, algunas prohibidas. La condesa de Halma, sin embargo, no es presentada leyendo La ciudad de Dios.15 Es más dudoso, no obstante, que no conocieran la Biblia y los Evangelios y con ello aquello tan famoso de “Sabéis que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos”.16

Viviendo de acuerdo con el Evangelio está claro que ni curas ni frailes hubieran luchado en la Guerra de la Independencia, ni en ninguna otra guerra. No era esa su misión. Tampoco parece serlo la mística por cuanto socialmente es una tendencia sin salida, estéril. Y peligrosa: si se predica, como hace don Nazario, que todo es de todos, y que quien necesita algo lo puede tomar de donde sea,17 se pone en solfa la propiedad privada, y a la propia Iglesia. De ahí la necesidad de anular a Nazarín, de encerrarlo y reformarlo.

No muy lejanas de sus ideas están las de Halma. Hablando de la caridad le espeta lo siguiente al párroco don Manuel Flórez:

Lance usted un puñado de billetes a la calle, o entrégueselo al primer perdido que pase, al primer ladrón que lo solicite, y ese dinero, como van todas las aguas a los ríos, y los ríos al mar, irá a cumplir su objeto en el mar inmenso de la misericordia humana. Cerca o lejos, aquí o allá, con ese dinero arrojado por usted a la calle se vestirá alguien, alguien matará su hambre y su sed. El resultado final de toda donación de numerario es siempre el mismo.18

La reacción del periodista que entrevista a don Nazario, y del párroco don Manuel Flórez, es una y la misma: espanto y negación de tan peregrinas ideas, que pueden desembocar en la más completa de las anarquías. El problema ya se plantea en Ángel Guerra, novela de 1891, problema que también queda por solucionar.19

No queda más camino, entonces, que el de la caridad controlada, pues nadie, y menos que nadie la burguesía, se plantea una revolución o una sociedad más justa con un reparto más equitativo de la riqueza o de las cargas sociales. Y es aquí donde entran los personajes galdosianos, Halma entre ellos. La condesa de Halma, tras unas aventuras insustanciales, viuda, y con el dinero de su herencia paterna, se establece en unas tierras, Pedralba, regalo de su hermano, donde se dedica a las obras de caridad.

En Halma Nazarín individualiza la situación para recomendarle a la condesa de Halma que se case con su primo.

Uno de los capítulos más reveladores de la novela es el capítulo V de la cuarta parte. En él discuten tres personajes, sin ninguna relevancia en la obra, pero que están poniendo en solfa dos cuestiones importantes: la inutilidad de esas obras de caridad sin un orden, sin una prioridad que será, según quien tome la palabra, la agricultura, la espiritualidad o la administración de los bienes. Evidentemente los tres aspectos son complementarios. Ahora bien, trabajando la tierra se puede alojar a muchas familias, y, lo más importante, hacer que éstas vivan de su trabajo, repercutiendo las ganancias en la sociedad toda. Tal planteamiento recuerda a las misiones de los jesuitas en América. Y recordando esto, segundo punto importante de dicho capítulo, no hace falta recurrir a las posibles influencias de Tolstoi sobre Galdós, que no negamos, aunque nos llama la atención la tendencia que tienen algunos críticos a buscar fuera del país lo que tenemos en el mismo. Esto lo explica mucho mejor, y con más sabor y salero, don Manuel Flórez:

No sean ustedes ligeros, y aprendan a conocer dónde viven, y a enterarse de su abolengo. Es como si fuéramos los castellanos a buscar garbanzos a orillas del Don, y los andaluces a pedir aceitunas a los chinos.20

Se ríe así Galdós de la atribución de ciertos parentescos.

La condesa de Halma, por su parte, se decide a trabajar la tierra:

Hay que sacar del suelo de Dios todo lo que se pueda. La huerta la empezaremos el lunes, rompiendo la tierra con los brazos que aquí tengo.21

Es aquí precisamente donde se podía haber planteado la novela que no escribe Galdós: la roturación de tierras, el trabajo digno y remunerado para quien no tiene nada en sustitución de la limosna. Pero en vez de continuar por este camino, complicado sin duda, Galdós se nos descuelga con la noticia, llegada de Madrid, de que Urrea, un primo de Halma, redimido por ésta, se ha ido a vivir a Pedralba porque la está estafando, como pensaba hacer en un principio en la ciudad. Frente a ello, y para evitar injerencias en las tierras de Halma, no queda más remedio que el matrimonio. Y es don Nazario quien lo propone:

…Y no hay que despreciar lo humano, señora mía, porque despreciaríamos la obra de Dios, que si ha hecho nuestros corazones, también es autor de nuestros nervios y nuestra sangre.22

Evidentemente don Nazario tiene toda la razón del mundo, pero cuando de aquí, y de acuerdo con la parábola de los talentos,23 se puede deducir lo planteado tantas veces en los Episodios, el problema del celibato, que trata de olvidar que también el sexo es creación de Dios, también don Benito se va por otros andurriales, por los que tienen como finalidad la caridad.24 En Halma Nazarín individualiza la situación para recomendarle a la condesa de Halma que se case con su primo. Entre ellos, hasta este momento, ni después del mismo, ha mediado ni una sola palabra de amor o similar. Ni siquiera ha habido miradas más o menos tiernas o cariñosas. Pese a ello, ambos aceptan la solución de don Nazario ya que de esta forma podrán llevar adelante su proyecto caritativo. Similar, parece ser, en su concepción al menos, a las misiones que los jesuitas montaron en América, y que poco o nada tienen que ver con el conde Tolstoi por mucho que éste las reactivara con sus mújiks. Lo que busca con el matrimonio es huir de toda injerencia:

Desde el momento en que la señora se pone de acuerdo con las autoridades civil y eclesiástica para la admisión de estos o los otros desvalidos, da derecho a las autoridades para que intervengan, vigilen y pretendan gobernar aquí como en todas partes. En cuanto usted se mueve, viene la Iglesia y dice: “¡Alto!”, y viene el intruso Estado y dice: “¡Alto!”. Una y otra quieren inspeccionar. La tutela le quitará a usted toda iniciativa. ¡Cuánto más sencillo y más práctico, señora de mi alma, es que no funde cosa alguna, que prescinda de toda constitución y reglamentos, y se constituya en familia, en señora y reina de su casa particular! Dentro de las fronteras de su casa libre podrá usted amparar a los pobres que quiera, sentarlos a su mesa, y proceder como le inspiren su espíritu de caridad y su amor al bien.25

Don Nazario, fundada la misión, se retira a una parroquia donde, al parecer, lejos de los caminos y de la fe ardiente, vivirá sin molestar a nadie, ni hacer que nadie diga de sí lo que dice don Manuel Flórez al comprender lo que significa Nazarín, al tomarlo como piedra de toque: “No fui bueno, ni fui santo; fui simpático”.26

Las obras de caridad evidentemente no solucionan el problema social de la pobreza.

La condesa de Halma se casa. Y, al igual que Gloria, aunque en menor medida, se resiente esta novela de la idea rectora que la gobierna toda. Una idea que termina por ahogar a los personajes, que acaban viviendo por y para ella, y sin tener vida propia. Resulta más que increíble un pueblo, Ficóbriga, con tanta obsesión por la religión. El lector llega a sospechar que hasta en los momentos más íntimos de Gloria con su judío amante hablarían de religión, de Cristo y del pecado y sus consecuencias. Sin duda don Benito debió percatarse del problema, aunque se mantiene en sus trece, pues en Ángel Guerra este personaje pronuncia unas palabras que podrían ser el eco y crítica de Gloria y justificación para Halma:

Los que no ven en las luchas de la vida más que el triste pedazo de pan y los modos de conseguirlo, me parecen muertos que comen. Lo mejor sería que hubiera en cada persona una medida o dosificación perfecta, de lo material y lo espiritual; pero como esa ponderación no existe ni puede existir, prefiero los desequilibrados como tú, que son la idea neta, el sentimiento puro. Porque no hay que darle vueltas, querida Leré: una idea, la idea tiene más poder que todo el pan que puede fabricarse con todo el trigo que hay en el mundo.27

La idea ahogará a los personajes. Una idea muy limitada que no soluciona el problema planteado por Nazarín, ni por el mismo cristianismo, tal vez por imposibilidad de ir un poco más allá, o por retratar, sencillamente, lo que había. Las obras de caridad evidentemente no solucionan el problema social de la pobreza; es como pretender hacer que el agua de una charca sea potable aislando la que cabe en el cuenco de una mano. Y ya sabemos lo que pasa cuando decidimos corregir los mandamientos. Problema tan indisoluble que no queda sino la resignación nazarista, el curato sin ninguna pretensión, y “al mundo, a otra soledad como ésta, que encontrarás fácilmente. Búscala, que nada abunda tanto en la tierra como la soledad”.28 Soluciones da pocas don Benito, pero plantea infinidad de cuestiones, sean buenas o regulares sus novelas. La solución del matrimonio para fundar una especie de colonia caritativa recuerda, casi inmediatamente, la creada por Viridiana en la película del mismo título de Luis Buñuel, y que, a su vez, parece la consecuencia lógica de la creación, en Toledo, de la de Ángel Guerra.29 Y que, como sabemos, dichas soluciones están condenadas al fracaso. Pero seguimos teniendo clero.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Nazarín, IV parte, capítulo IV.
  2. Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, II parte, capítulo LXXII.
  3. Halma, tercera parte, capítulo II.
  4. Halma, tercera parte, capítulo II.
  5. Nazarín, III parte, capítulos V y VI.
  6. Nazarín, II parte, capítulo IV.
  7. Nazarín, V parte, capítulo VII.
  8. Nikos Dimou, La desgracia de ser griego. Editorial Anagrama, Barcelona, 2012. Traducción de Vicente Fernández González, p. 64.
  9. Sobre san Francisco se puede ver, entre otras muchas, la biografía de Omer Englebert, Vida de san Francisco de Asís, Cefepal, Santiago de Chile, 1974. Véase en especial el capítulo XVII. Y la biografía de Emilia Pardo Bazán, San Francisco de Asís, siglo XIII, II volúmenes. Editorial Pueyo, Madrid, sin fecha. Volumen I, capítulo V, “El gran capítulo de las Esteras”.
  10. San Agustín, La ciudad de Dios, II volúmenes. B.A.C., Madrid, 1987. I, capítulo XXI, pp. 50-51.
  11. Francesc Eiximenis, Regiment de la cosa pública, Editorial Barcino, Barcelona, 1927, p. 49.
  12. Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano. Querella de la paz. Ediciones Aguilar. Barcelona, 1964, p. 131.
  13. Tomás Moro, Utopía, Alianza Editorial. Madrid, 2006, p. 86.
  14. Macel Bastaillon, Erasmo y España, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1979. Véase en especial el capítulo IX. Benito Pérez Galdós, El crimen del cura Galeote, Ed. Lengua de Trapo, Madrid, 2011, pp. 59 y ss.
  15. Halma, segunda parte, capítulo IV.
  16. Evangelio según san Mateo, 5, 43-45.
  17. Nazarín, I parte, capítulo III.
  18. Halma, segunda parte, capítulo IV.
  19. Benito Pérez Galdós, Ángel Guerra, I parte, VI Metamorfosis, 3.
  20. Halma, tercera parte, capítulo II.
  21. Halma, cuarta parte, capítulo VII.
  22. Halma, quinta parte, capítulo VII.
  23. Evangelio según san Mateo, 25, 14-30.
  24. Se puede entender que el problema aparece “solucionado” en Ángel Guerra con la idea de don Pito de hacer una fundación religiosa similar a la de los mormones, “pues cuanto existe en la Naturaleza es de Dios”. Ángel Guerra, tercera parte, 2.
  25. Halma, quinta parte, capítulo VII.
  26. Halma, tercera parte, capítulo VIII.
  27. Benito Pérez Galdós, Ángel Guerra, IV parte, capítulo 2.
  28. Halma, quinta parte, capítulo IV.
  29. Véase Ángel Guerra, III parte, 2 y 3.
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