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Nazarín

lunes 9 de noviembre de 2020
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Benito Pérez Galdós
Don Benito Pérez Galdós coge un personaje y lo desarrolla para, posteriormente, con otro personaje, ofrecer otra faceta del mismo diamante.
A María Eugenia Romero Peral in memoriam
No esperéis nunca que yo me presente ante el mundo revestido de atribuciones que no tengo, ni que usurpe un papel superior al oscuro y humilde que me corresponde.
Pérez Galdós, Nazarín

I
De cómo casi todo es relativo

Decir a estas alturas que don Benito Pérez Galdós es un excelente novelista es una tautología. Cierto es, no obstante, que en unas novelas está más inspirado que en otras, y que, en consecuencia, éstas nos pueden gustar más que aquéllas. Indudable es que, cuando acierta, lo hace plenamente, para lo cual sería suficiente con recordar una sola novela, Fortunata y Jacinta. Y retrotraer, para los más escépticos, los Episodios nacionales. No cabe más grandeza ni en su planteamiento ni en su ejecución. Tareas reservadas, sin lugar a dudas, para los grandes novelistas.

La realidad se puede ver, como mínimo, desde dos puntos de vista: el propio y el del oponente o enemigo.

Son muchos los puntos, temas y asuntos que llaman la atención en la ingente obra de don Benito: su bondad y humanismo para con los personajes; la influencia, enorme, de don Miguel de Cervantes, y su agradecimiento al mismo; su inagotable capacidad de fabulación; su conocimiento del ser humano; su dominio del lenguaje, etc. Hablar de uno de estos puntos, o destacar uno por encima de los otros, no quiere decir que olvidemos el resto, o no nos parezcan interesantes: indudablemente la obra de Galdós está formada por la unión, la indisoluble trabazón, de todos ellos. Analizarlos todos exige mucho tiempo y dedicación.

Quizás esta indisoluble trabazón tenga su origen en un sentimiento de insatisfacción por parte del autor. La insatisfacción vendría dada por el ardiente deseo de conocer al hombre en su totalidad, y de retratarlo desde todos los puntos de vista. La novela galdosiana, así, se parecería a una escultura hecha para ser vista y analizada desde todos los ángulos, y no, como un cuadro, desde uno solo. Llama la atención en don Benito cómo un personaje puede encarnar una idea, una obsesión, una querencia, que nace y muere con él. Un ejemplo sería don Antón Trijueque, el cura de Botorrita, o el ansia de poder. Dicha ansia lo lleva a olvidarse de su ministerio. Distintos personajes engendrados en otros episodios, sin embargo, lo complementarán, o darán otra visión del mismo problema. En el cura de Botorrita, aparecido en el episodio Juan Martín el Empecinado, sólo predomina una idea, la de mando, de gobierno, de batallar y fusilar a todos aquellos que no comulguen con sus ideas. Por esto, tal y como hace, es capaz de traicionar a su patria y a su religión. Y a tal punto lleva su desmedido orgullo que, no pudiendo asimilar el perdón del Empecinado, no le queda más solución, como al mismo Judas, que el suicidio. Seguramente Galdós quiso ser más realista, dar un retrato más acabado, y seguirá, en otros episodios, con semejante planteamiento.

La visión que don Benito da del cura de Botorrita aparentemente es bastante negativa. No obstante, no deja de percibirse, detrás de tanto afán por el mando, de tanto orgullo y de tanta fiereza, un terrible desencanto y una enorme soledad. Una soledad cósmica que pone los pelos de punta. Don Antón Trijueque es un error: vocación equivocada, guerrero sin ideal, fiereza sin sentido y muerte absurda, por suicidio, pero que le devuelve la paz, tal vez la única a la que podía acceder.

Es posible que, una vez terminado el episodio, don Benito no se quedara del todo satisfecho, y no porque el retrato de don Antón Trijueque no estuviera acabado, y bien acabado, sino porque como él mismo nos había señalado a través de Gabriel Araceli, la realidad se puede ver, como mínimo, desde dos puntos de vista: el propio y el del oponente o enemigo. Gabriel Araceli, un muchacho de poco menos de catorce años, se sorprende al ver la actuación de los ingleses durante la batalla de Trafalgar, pues siempre se había representado a éstos como salteadores o piratas de los mares. La realidad, sin embargo, es más compleja:

Cuando vi el orgullo con que enarbolaron su pabellón, saludándole con vivas aclamaciones; cuando advertí el gozo y la satisfacción que les causaba haber apresado el más grande y glorioso barco que hasta entonces surcó los mares, pensé que también ellos tendrían su patria querida, que ésta les habría confiado la defensa de su honor; me pareció que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir, como en España, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos, los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria.1

Sí, al parecer en esta vida todo es relativo. O es digno, como mínimo, de ser observado desde diversos ángulos. Y así cuando los franceses deberían sentirse orgullosos de sus conquistas y de su ejército, es un francés, precisamente, quien advierte a Araceli de lo que es una batalla. Bien es cierto que estas palabras las pronuncia cuando el ejército va de retirada. En sus palabras no hay ni pizca de chovinismo, ni falso patriotismo; son las palabras de un viejo soldado desengañado a las que servirán luego de colofón las de los soldados carlistas hartos de guerras y de matanzas:

¿Sabes lo que es una batalla? Un engaño, chico, una farsa. Los generales embaucan a los pobres soldados, les hablan de la gloria, les arrastran a la barbarie, les hacen morir y luego la gloria es para ellos. Pónense a mirar la batalla desde una altura lejana, adonde las balas no llegan, y echando el anteojo a un lado y a otro, hacen creer a los tontos que están observando distancias y calculando movimientos (…). Luego viene la Historia con sus palabrotas retumbantes, y entre tanta farsa caen unos reyes para subir otros, sin que el Pueblo sepa por qué, y los políticos hacen su agosto chupándose la sangre de la nación, que es lo que, a la postre, resulta de todo.2

Lo que también resultará a la postre será el ataque, continuado, de don Benito a los políticos. Aquí no habrá matices, aunque sí los habrá con la guerra:

Si pensáramos siempre en la humanidad, no habría guerras ni gloria militar. Con tus ideas, viene necesariamente el desmayo, y si desmayamos, nos derrotará y destrozará el que trae la bandera de doña Isabel y su camarilla.3

Estos distintos pareceres, en el fondo, no dejan de ser opiniones, fácilmente conseguidas a través de un diálogo en el que se enfrenten dos personas con dos visiones diferentes de una misma cosa. Galdós, sin embargo, va un poco más allá del contraste de pareceres o del mero diálogo. Lo que hace don Benito es coger un personaje y desarrollarlo para, posteriormente, con otro personaje, ofrecer otra faceta del mismo diamante, o ampliar, a través del nuevo protagonista, esa forma o manera de ser que ya habíamos visto, y no bosquejada sino de forma compleja y acabada.

En manos de don Benito no podía faltar el contrapunto, o la otra faceta, de don Antón Trijueque. Éste será don José Fago, un cura alistado en las filas carlistas.

Volviendo al clero, nos podríamos preguntar si la actuación de todo el clero, durante la Guerra de la Independencia, fue la misma que tuvo el cura de Botorrita en Juan Martín el Empecinado. Evidentemente la realidad es diversa y varia, como debe saber todo buen novelista. Don Benito lo es. Así que desde bien pronto nos advierte de las discrepancias sobre la actuación de curas y frailes en la guerra. Los mercedarios, conocidos los Decretos de Napoleón, piensan, la mayoría, en echarse al monte a defender lo que ellos entienden por la sacrosanta religión y sus no menos sacrosantos derechos. A éstos responde el padre Castillo:

Fundóse nuestra Orden para redimir cautivos, no para predecir guerra ni armar soldados.4

Los hermanos no le hacen caso, por supuesto. Es difícil sustraerse a un clima dado. Y el clima, en el momento, es de guerra y desorden, con un ejército inexistente, y con las armas en poder de los guerrilleros. Consecuencia inevitable: “La guerra de la Independencia fue la gran academia del desorden”.5 Nada tiene de extraño que, en tal ambiente, y con la nula preparación del clero, muchos curas se ciñeran los pistolones y el sable, y se lanzaran, con verdadero fanatismo, a hacer todo lo contrario a lo que predica su religión. El ejemplo más acabado, pero no único, es el del cura de Botorrita.

En manos de don Benito no podía faltar el contrapunto, o la otra faceta, de don Antón Trijueque. Éste será don José Fago, un cura alistado en las filas carlistas, pero lleno de dudas y remordimientos, tanto por su vida pasada como por su participación en la guerra. Además, don José se tropezará con Zumalacárregui que, al contrario que el Empecinado, no es nada partidario de ver a los curas ejerciendo el mando dentro del ejército. Y tendrá sus piedras de toque, privilegios de los que no gozó don Antón. La primera llamada de atención se la hará Saloma, mujer liberal a quien le han fusilado a su hombre. Esto le responde la mujer cuando don José hace una declaración a favor del ejército carlista, que defiende al verdadero rey y al verdadero Dios:

¿Qué tiene que ver Dios con la guerra? ¿A Dios le puede gustar que haigan fusilado a Mediagorra?6

Las dudas de José Fago sobre la guerra y su legitimidad serán adormecidas por el capellán del ejército carlista. Adormecidas, pues aquél se tropezará con el ermitaño Borra, con quien no valen sutilezas: “Yo les digo que la guerra es pecado, el pecado mayor que se puede cometer, y que el lugar más terrible de los Infiernos está señalado para los generales que mandan tropas, para los armeros que fabrican espadas o fusiles, y para todos los que llevan a los hombres a este matadero con reglas”.7 Fago, una vez más, duda: “¿Representa nuestro don Carlos la ley divina? ¿Los de la otra parte, los que mandan Oraa, Córdova o Mina, son realmente la maldad, la herejía, la ley del Demonio?”.8 No le queda muy claro. Y si bien se siente tan capaz como Zumalacárregui de dirigir ejércitos, como se sabía don Antón Trijueque, no tiene ya el aplomo de aquél, su negra obsesión, su monomanía. Y confiesa, con humildad, que no es digno de celebrar la misa.

Relativamente tranquilo morirá el mismo día que lo hace Zumalacárregui. Don José Fago, con sus dudas y sus angustias, su pasada vida pecaminosa y sus visiones, dista mucho de ser la figura de una pieza, la piedra berroqueña que es el cura de Botorrita. Es la duda sistemática, la angustia de verse atrapado entre dos mundos totalmente incompatibles por más que algunos se empeñen en soldarlos. Don José muere de tristeza: ni puede dirigir ejércitos, ni se cree digno de decir misa. Y nadie llora sobre su tumba. Tenemos, pues, dos visiones del mismo problema.

 

II
Donde aparecen un claro antecedente y un familiar

Don Benito, inútil es decirlo, creó un sinfín de personajes, todo un mundo que resulta difícil retener; complicado que no se vayan marchitando con el paso del tiempo, por olvido del lector, no por defectos del autor. Hay grandes personajes, Fortunata, Marianela, doña Leandra Quijada, sor Teodora de Aransis, Nazarín, Torquemada… que resultan imposibles de olvidar. Otros, aparentemente menores, son como pequeñas bombas de relojería que estallan en los momentos más impensados dejándonos con un cierto regusto de melancolía, bondad y tristeza, que nos acompañan tal vez ya para siempre.

Ambos hermanos tratarán de torcer la voluntad de Inés para obligarse a que se case con Mauro haciéndose, de esta forma, con su futura fortuna.

Uno de los personajes de los Episodios nacionales que deja este poso es Juan de Dios. Juan de Dios puede ser considerado como el antecedente más claro y directo de Nazarín. Juan de Dios aparece en el episodio El 19 de marzo y el 2 de mayo. Este episodio está firmado en Madrid en 1873. Reaparece en el último episodio de la primera serie, La batalla de los Arapiles, escrito en 1875. Nazarín es de 1895. Hay veinte años de diferencia entre uno y otro. Pese a ello los ecos son claros.

Juan de Dios es un hortera empleado de los hermanos Requejo, Mauro y Restituta, comerciantes en telas. Mauro es viudo y Restituta soltera. Mauro es primo de la madre adoptiva de Inés. Y al sospechar, o saber, que ésta es hija de una noble, decide llevársela, como pariente más cercano, a su lonja en la calle de Postas. Allí ambos hermanos tratarán de torcer la voluntad de Inés para obligarse a que se case con Mauro haciéndose, de esta forma, con su futura fortuna. Para ello la van a encerrar no dejándola ni salir ni que nadie la vea.

Gabriel, con el fin de liberarla, consigue un puesto de mozo en la tienda de los Requejo, donde conoce a Juan de Dios. Éste “ofrecía el aspecto de los treinta años, aunque frisaba en los cuarenta. Su cara amarilla tenía gran semejanza con la de doña Restituta; pero jamás se notaron en ella las contracciones, los enrojecimientos repentinos, propios de aquella señora. Era en sus modales lento y acompasado; su movilidad tenía límites fijos, como la de una máquina, y si el método puede llegar a establecerse de un modo perfecto en los actos del organismo humano, Juan de Dios había realizado este prodigio”.9

Juan de Dios ha vivido siempre dedicado a su trabajo. Jamás ha ido a un baile ni a una verbena. Tiene la confianza total de los Requejo, pues cuando salen le dan a él las llaves del encierro de Inés. Es “un hombre que no habla, que ignora lo que es la risa, que no da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde está la pieza de tela que ha de vender, la vara con la que ha de medir, y la hortera en la que ha de meter el dinero”.10 Pero un día los Requejo observan que aquel hombre que en veinte años jamás se había equivocado, comienza a contar y a medir como “un mancebillo recién venido de la Alcarria”. A lo cual debe añadirse algo más grave: pasearse por la tienda sin hacer nada.

La explicación no tardará en llegar: se ha enamorado perdidamente de Inés. Se lo confiesa a Gabriel con verdadera pasión: “Yo de veras te digo que por verme amado de ella por todo el día de hoy consentiría mañana en perder la vida”.11 De esa pasión se va a aprovechar Gabriel para sacar a Inés de su encierro, encierro donde quedará preso el propio Juan de Dios. Ya no volveremos a saber de él hasta el último episodio de la primera serie, La batalla de los Arapiles.

Gabriel Araceli, comandante del ejército, se dirige hacia Sancti Spíritus, camino de Salamanca. A la altura de San Francisco de la Sierra, los soldados se entretienen en “jugar a la pelota” con un fraile con el que han topado. Gabriel manda que lo dejen en paz, y al aproximarse a él vio a un monje que “lejos de revelar aquella miserable persona la holgura y saciedad de los conventos urbanos, los mejores criaderos de gente que se han conocido, parecía anacoreta de los desiertos o mendigo de los campos”.12 Juan de Dios no reconoce a Gabriel, a quien, cuando éste se da a conocer, trata de usted. Y en pocas palabras le cuenta el porqué de hallarse allí:

Yo pertenezco a la Orden Hospitalaria que fundó en Granada nuestro santo padre y patrono mío el gran San Juan de Dios, hace doscientos setenta años poco más o menos. Seguimos en nuestros estatutos la regla del gran San Agustín, y tenemos hospitales en varios lugares de España. Recogemos los mendigos de los caminos, visitamos los casas de los pobres para cuidar a los enfermos que no quieren ir a la nuestra, y vivimos de limosnas.13

Gabriel lo invita a comer. Juan de Dios le confiesa que sólo come hierbas y sólo bebe agua. Araceli se siente intrigado, pero “observándole bien, advertí las señales que en su extenuado rostro patentizaban no ser jactancia de beato aquello de las campestres yerbecitas y agua de los arroyos cristalinos”.14 Nada sabe el bueno del fraile de los Requejo; pero sí siente un vivo interés en saber qué fue del único amor de su vida: Inés. Gabriel le miente diciéndole que ha muerto. Juan de Dios ya lo sabía: varias y repetidas veces la ha visto en sus éxtasis. “Amé a una mujer, mas con tanta exaltación, que mi naturaleza quedó en aquel trance trastornada. Cuando comprendí que todo había concluido, yo no tenía ya entendimiento, memoria ni voluntad. Era una máquina, señor oficial, una máquina estúpida”.15

Otro personaje que también tiene alguna concomitancia con don Nazario es José García Fajardo.

Inés se le aparece a Juan de Dios en los momentos más inesperados. Se somete a rudas penitencias, pero nada puede hacer para conjurar las apariciones. Tiene el mismo problema, aunque por motivos distintos, que don Antón Trijueque y don José Fago: la eterna separación entre el sueño y la realidad. Concluye con amargura: “¡Es terrible sentirse uno con el corazón y el espíritu todo dispuesto a la santidad y no poder conseguir el perfecto estado! (…). No puedo ser santo, no puedo arrojar de mí esta segunda persona que me acompaña sin cesar. ¡Oh, maldita lengua mía! Yo había dicho: ‘Quiero unirme a ella en la vida, en la sepultura y en la eternidad’, y así está sucediendo”.16

La obcecación de Juan de Dios es tal que cuando ve a Inés en carne y hueso no la reconoce. Se despide de Araceli para nunca más volver a aparecer: “Cuando su enjuta figura negruzca se alejó al bajar un cerro, parecióme ver en él un cuerpo que melancólicamente buscaba su perdida sepultura sin poder encontrarla”.17

Tenemos, pues, en este episodio planteado ya el origen de un cierto misticismo, de una heroicidad y de un ardiente deseo de ayudar al prójimo, aunque para ello se tenga que sufrir todo tipo de vejaciones. El amor al prójimo de don Nazario no tendrá esos orígenes tan tormentosos. Él nunca habla de cómo se le despertó la vocación.

Otro personaje que también tiene alguna concomitancia con don Nazario es José García Fajardo. Éste es uno de los protagonistas de la tercera serie de los Episodios nacionales. Aparece en el primer episodio de dicha serie, Las tormentas del 48, firmado en Madrid en 1902, siete años después de la redacción de Nazarín. A Galdós, al parecer, le seguían preocupando los mismos problemas durante una y otra redacción. Fajardo y don Nazario son hijos del mismo autor y tienen, en algunos aspectos, similares problemas.

Fajardo llega de Roma con la idea de un Papa progresista que lidere a las potencias cristianas en busca de un nuevo orden social. Los componentes de la tertulia del padre de Fajardo, un cura entre ellos, “que había entrado en Sigüenza once años antes, viribus et armis, asolando el país y llevándose 50.000 reales como botín de guerra”,18 se ríen de ese liderazgo: “¡Vaya, que será linda cosa un Papa progresista!… ¡La Iglesia dando el brazo a los hijos de la Viuda!… ¡Cristo entre masones…, ja, ja, ja…, y la Santísima Virgen bordando banderas liberales como la Mariana Pineda”.19 Veremos cómo en Nazarín se vuelve a insistir en este liderazgo papal del que, no obstante, Fajardo no se vuelve a ocupar nunca más. De Nazarín, sin embargo, no se ríe su oponente.

 

III
El sexo: problema para unos y silencio para otros

A los pocos días de emprender don Nazario su vida de apóstol errante es seguido por dos mujeres: Beatriz y Ándara. En ningún momento se plantea don Nazario la cuestión del sexo, ni parece ver en esto un motivo para separarse de las dos mujeres que lo acompañan, ni de ninguna criatura. Tienen la precaución, no obstante, de lavarse separadamente, en los ríos, y de dormir en distintos lugares en los castillos en ruinas. Pero nada más: no hay atracción por la carne, lo cual teniendo en cuenta el tipo de vida que llevan, no deja de tener, hasta cierto punto, su lógica.

Como hemos visto son varios, muchos, los frailes y sacerdotes que pueblan la obra de Galdós. Y no todos, por supuesto, tienen la misma actuación, o la misma visión de las cosas ni aun de su propia doctrina. Ha quedado claro, ya, que unos eran partidarios de la guerra, y otros la detestaban. Y para unos va a existir el sexo, y para otros, por mística, o por otras ocupaciones, no va a existir, o, al menos, ni siquiera lo van a mencionar.

Juan de Dios, por poner unos pocos ejemplos, abraza la vida de fraile por la imposibilidad de vivir con Inés, a quien cree muerta después de su liberación. Un complemento de Juan de Dios lo ofrece sor Teodora de Aransis. Esta monja, bellísima, entra en el convento porque desde pequeña, sin madre, la han estado preparando para ello. Pero cuando Salvador Monsalud entra en su celda, huyendo de su hermanastro, se percata de que es el hombre con el que ha estado soñando toda su vida, casi sin darse ni cuenta.20 Su enamoramiento llega hasta el extremo de hacer que el sacristán de su convento, perdidamente enamorado de ella, quien la ha secuestrado, ocupe el lugar de Monsalud en el paredón de fusilamiento.21 Al sacristán lo fusilan, y Monsalud huye. Sor Teodora, en un monasterio apartado, con dos únicos frailes de más de noventa años, se queda tan sola como se queda Juan de Dios en los montes de Salamanca. De éste no volveremos a saber nada más. Pero sí de sor Teodora: en La desheredada se nos dice que murió de muy mayor y en olor de santidad.22 ¿Qué pasó mientras tanto? No lo sabemos. Tal vez sor Teodora se llenó de arrepentimiento y de dolor, y vivió largos años presa de ellos.

En esta idea de que el sexo no es pecado, planteada de forma tan clara como contundente, va a insistir Graziella, amante de un sacerdote.

¿Qué hubiera sucedido de no sufrir sor Teodora por esos dolores y esos arrepentimientos? Quizás hubiese hecho lo que hace sor Angustias: una noche salta desde una terraza del convento cayendo sobre Diego Ansúrez quien, días después, se convierte en su marido.23 Renuncia a una vida por mor de otra.

Es posible que hubiera sacerdotes que tenían vocación y para quienes, no obstante, el sexo, el celibato, se podía convertir en un problema. A veces tratan de compaginar ambas cosas, bien por verdadera vocación, bien por no tener otras perspectivas en la vida. Galdós no se mete en estos dibujos ni análisis. Sencillamente nos dice que ellos no consideran el sexo como un pecado, ni como algo prohibido. En el episodio Carlos VI en la Rápita aparece el arcipreste don Juan Ruiz, nombre añejo en la literatura, y casi señor feudal. En su casa tiene una corte de “sobrinas” a las que defiende con fiereza cuando algún galán pretende arrebatárselas.24 Sus opiniones sobre las mujeres chocarían a más de un ortodoxo:

Entiendo que sin mujer no vive el hombre; y cuanto me digan en contrario téngolo por una pesada broma que nos quiso dar el judío Moisés o errata de imprenta de los Sagrados Cánones. Nunca dijo Nuestro Señor Jesucristo que los sacerdotes habíamos de vivir del aire de mujer, y nada más que del aire…25

Por supuesto se le puede replicar a don Juan Ruiz que deje los hábitos y que se case. Tiene la respuesta preparada. Y no para él precisamente:

¡Ay!, el arca del matrimonio es cada día más estrecha, y en ella no caben todas las parejas de animales, o sea de hombre y mujer. Debemos mirar con caridad a las hijas de Dios que no han encontrado colocación en el arca… Yo he sido bueno para ellas; las he amparado, y a muchas proporcioné buen casamiento, después de tenerlas algún tiempo a mi servicio…26

Dichas estas palabras, se despide el arcipreste don Juan Ruiz de Confusio con estas esclarecedoras palabras: “Adiós, hijo mío, que seas bueno, que metas el dedo en la olla de la miel prohibida… Adiós”.27

En esta idea de que el sexo no es pecado, planteada de forma tan clara como contundente, va a insistir Graziella, amante de un sacerdote. Esto es lo que dice de él:

Es bueno para todos; es humano, caritativo, y no se asusta de nada. En su oficio de cuidar de las almas cumple como el primero… Reprende todos los vicios; pero hay uno en que a mi buen cura le falta valor para incomodarse… y abre la mano… Lo que él me ha dicho mil veces: “Por esta debilidad, que es imperio de la carne, no se va al infierno. Se va por la crueldad, por el no socorrer a nuestros semejantes cuando están necesitados, por levantar falsos testimonios, por la usura, la ira y la soberbia”.28

Por si estas razones no fueran suficientes, recurre a otro argumento, no diciendo, como el arcipreste, que eso de la carne es un error de imprenta, sino echando mano de la historia:

Otro detalle: el buen presbítero era muy aficionado a los estudios históricos; poseía copiosa biblioteca, y mataba sus largos ocios escribiendo una obra de mucha miga, titulada: Historia del clero mozárabe en la diócesis de Toledo.29

Consecuencia de estos estudios es descubrir que “aquellos benditos clérigos no eran solteros, y todos tenían sus lindas barraganas”. De lo que parece deducirse que, efectivamente, nada malo hay en el sexo.

Ni el presbítero ni el arcipreste don Juan Ruiz dejan mal sabor de boca en el lector. Por el contrario, y sobre todo el último, parecen, más bien, la alegría de vivir, quizás porque no engañan a nadie. El contrapunto vendría dado por el sacerdote que trata de hacer de Céfora su querida cuando tiene que prepararla para entrar en el convento: “¡Vaya una catequesis que se gasta el hombre! Me hizo una declaracioncita muy mona… que le gusto mucho… que en vez de entrar en la Esperanza me arregle con él en clase de ama con visos de sobrina… que seremos felices”.30

Don Nazario Zaharín, a quien conocemos un martes de Carnaval, nos es presentado “como el típico semítico más perfecto que fuera de la Morería he visto: un castizo árabe sin barbas”.31 Don Nazario no tiene el problema de la carne. En realidad lleva el cristianismo tan dentro de sí que se diría que no tiene ningún problema. Parece la encarnación de aquellas palabras de Guillermina: “Entré en este terreno en que estoy [en el del sacrificio y entrega a los demás] como se pasa de una habitación a otra. No ha habido sacrificio, o es tan insignificante, que no merece que se hable de él. (…) …Sí, yo envidio a los malos, porque envidio la ocasión, que me falta, de romper y tirar un mundo, y les miro y les digo: “Necios, tenéis en la mano la facultad del sacrificio y no la aprovecháis…”.32

Don Nazario es bueno por naturaleza, no se enfada por casi nada. En toda la novela sólo una vez está a punto de perder los nervios, y no los pierde: cuando en la cárcel lo golpean sin motivos el resto de los reclusos: “Sabed que os perdono, menguados; sabed también que os desprecio, y me creo culpable por no saber separar en mi alma el desprecio del perdón”.33

Por lo demás lo mismo le da que le roben, que lo dejen sin comer, “todo es del primero que lo necesita”,34 dice, o que le peguen fuego a la casa donde vive. Todo lo acepta, y lo acepta de la forma más natural, sin alharacas ni poses. Y nada más natural, para un temperamento como el suyo, que dar cobijo a quien lo necesita. Así ampara a Ándara, una mujer que se mete en su habitación, huyendo, porque ha hecho una muerte. Nazarín le da cobijo, y ni por un momento se plantea lo que puede suponer que un clérigo esté encerrado, en su habitación, con una mujer por muy fea que se nos diga que es ésta. Tampoco variará de forma de ver las cosas cuando Ándara y Beatriz lo sigan por los caminos.

Serán los demás quienes no vean en esas andanzas con mujeres una relación espiritual. Pero tamañas interpretaciones no afectan a Nazarín en lo más mínimo. El primero en atacarlo es el alcalde que, en la prisión, le tira en cara que vaya acompañado de dos pencos. El alcalde, sin embargo, preocupado por otros asuntos, por la eliminación del misticismo cuando haya una universidad y un banco agrícola en cada pueblo, se va por otros derroteros. No le cabe en la cabeza que en estos tiempos tan prácticos alguien se empeñe en enseñar mediante el ejemplo. Intentando demostrar su saber se olvida la cuestión de las mujeres.35

Es otro preso, un pobre loco con la monomanía de los millones, quien vuelve a hablar de las mujeres, pero también sin hacer sangre: “Le veo en compañía de mujeres, y esto me da mala espina. Sepa que todo el que anda mucho entre faldas es hombre perdido. Dígamelo usted a mí, que tuve relaciones con una dama principal, de la más alta aristocracia. ¡Ay, qué líos me armó! Entre ella y una marquesa amiga suya me robaron sobre setenta mil duros, no exagero”.36

No sabemos si exagera o no. Son figuraciones suyas. Nazarín no le hace caso; nada le responde. Así que tanto en la conversación con este loco, como con la del alcalde, en la prisión, se salva de una discusión sobre la honestidad y la moralidad por mor de los oponentes de mostrar su pequeña personalidad. Nazarín, no obstante, le concede tanta importancia al sexo como se la podía conceder san Francisco de Asís. Parece como si ambos no vieran en hombres y mujeres más que personas, o, mejor, criaturas de Dios.

 

“Nazarín”, de Benito Pérez Galdós
Nazarín, de Benito Pérez Galdós (1895). Disponible en Amazon

IV
Don Nazario Zaharín o Zajarín

Nazarín se puede considerar perfectamente como una hagiografía o como novela de género. Don Nazario nos es presentado, desde las primeras páginas, como un trasunto de san Francisco de Asís o del propio Jesús. Sus actuaciones en nada difieren de las actuaciones de estos dos. Y como estos dos se va a ver sometido a distintas pruebas, que va a superar sin ninguna dificultad. Sin duda porque lo que dice, piensa y cree, es consustancial a él mismo; no es una doctrina aprendida y que se debe seguir al pie de la letra. Por eso mismo todo él está lleno de humanismo y de humanidad. En ningún momento con don Nazario nos vamos a tropezar con las prédicas absurdas, faltas del más mínimo tacto, de la más mínima de las caridades, como las de la tía de Gloria en la novela del mismo nombre. Tampoco a Nazarín le interesa mucho la discusión intelectual. Prefiere el silencio, la acción directa. Así se lo dice al alcalde, nueva versión de Poncio Pilatos, en la prisión, cuando éste se empeña en llevarlo a su terreno, en hacerle ver que el misticismo desaparecerá con la aparición de los bancos agrícolas y de las universidades:

Señor mío, habla usted un lenguaje que no entiendo. El que hablo yo, tampoco es para usted comprensible, al menos por ahora. Callémonos.37

Ya en las primeras páginas, cuando el narrador y el periodista lo someten a un interrogatorio, deja bien claro que no busca convencer a nadie de nada. El narrador no está de acuerdo, a don Nazario le acaban de robar, en que, como defiende éste, tome las cosas el primero que las necesita, pues es muy difícil saber quién es ese primero. Don Nazario le responde:

Si mira usted las cosas desde el punto de vista en que ahora estamos, claro que parece absurdo; pero hay que colocarse en las alturas, señor mío, para ver bien desde ellas. Desde abajo, rodeados de tantos artificios, nada vemos. En fin, como no trato de convencer a nadie, no sigo, y ustedes me dispensarán que…38

No, don Nazario no predica: trata de vivir lo que siente; y emprende, con alegría franciscana, el único camino que le dejan libre, el de la mendicidad. Le han robado, le han quemado la casa, y en ninguna parroquia le proporcionan misas. Don Nazario no tiene una habitación donde dejarse caer, y no quiere convertirse en una carga para sus pocos amigos. Es preferible la mendicidad. “La limosa no envilece al que la recibe ni en nada vulnera su dignidad”.39 En Nazarín se han hecho carne parte de los consejos que don Narciso Vidaurre da al joven Fernando Calpena: “Advierte que es preferible pedir una limosna que cargarte de obligaciones”.40

Y don Nazario, sin más obligaciones que las de su conciencia, se lanza a los caminos, pues no tiene otra cosa que hacer. Inmediatamente será seguido por Ándara, la incendiaria de su casa. Don Nazario trata de alejarla de sí, aunque no se esfuerza mucho en ello. A ésta le seguirá otra discípula, que ha visto cómo don Nazario hace el “milagro” de devolver la salud a una pobre niña moribunda. En ningún momento admite el sacerdote que esa cura sea debida a un milagro hecho por él. Tampoco se les ocurre pensar que la niebla que cubre las ruinas del castillo, donde pernoctan, impidiendo la subida al mismo del antiguo amante de Beatriz, con intenciones nada santas, sea un milagro. En esta obra de don Benito sucede todo cuando tiene que suceder con una pasmosa naturalidad.

Para tener una visión completa de lo que don Nazario opina de la sociedad hay que recordar lo que ha dicho, al inicio de la novela, al narrador y al periodista.

Con esa naturalidad se meten los tres en los dominios de don Pedro de Belmonte, un señor feudal tan fiero como intratable, y con un cierto aroma de los duques quijotescos. Don Pedro, sin embargo, recibe muy bien a Nazarín, no se sabe si porque se siente atraído por él o porque, un loco más, lo confunde con el obispo armenio que trata de unificar las dos iglesias.41 Sea como fuere mantienen una conversación sobre el estado actual de la conciencia humana. En dicha conversación, don Nazario va a desplegar una sabiduría que va más allá del mero misticismo, y que ya responde a lo que, en la prisión, le planteará, tan absurdamente, el alcalde. Sus opiniones tienen, hoy en día, total vigencia:

La ciencia no resuelve ninguna cuestión de trascendencia en los problemas de nuestro origen y destino, y sus peregrinas aplicaciones en el orden material tampoco dan el resultado que se creía.42

Tampoco la filosofía va a salir muy bien parada de los labios de don Nazario: “La filosofía es, en suma, un juego de conceptos y palabras, tras el cual está el vacío, y los filósofos son el aire seco que sofoca y desalienta a la Humanidad en su áspero camino”.43

A quien más palabras va a dedicar don Nazario, sin embargo, es a los políticos. Dice ante don Pedro de Belmonte lo mismo que Galdós nos repetirá, con variaciones, a lo largo de su obra:

Conquistados tantísimos derechos, los pueblos tienen la misma hambre que antes tenían. Mucho progreso político y poco pan. Mucho adelanto material y cada día menos trabajo y una infinidad de manos desocupadas. De la política no esperemos ya nada bueno, pues dio de sí lo que tenía que dar. Bastante nos ha mareado a todos, tirios y troyanos, con sus querellas públicas y domésticas. Métanse en su casa los políticos, que nada han de traer provechoso a la Humanidad; basta de discursos vanos, de fórmulas ridículas, y del funestísimo encumbramiento de las nulidades a medianías, y de las medianías a notabilidades, y de las notabilidades a grandes hombres.44

Para tener una visión completa de lo que don Nazario opina de la sociedad hay que recordar lo que ha dicho, al inicio de la novela, al narrador y al periodista. Hablan de diversas cosas, de la justicia entre ellas; de esa justicia que, según el narrador, se debería ocupar de los ladrones: “Dudo que haya tales cosas [leyes y tribunales]; dudo que amparen al débil contra el fuerte”,45 dice don Nazario.

Con la ciencia incapaz de resolver los problemas del hombre, con la filosofía convertida en palabras secas, con la política que no ofrece ninguna alternativa, y una justicia vendida al mejor postor, no queda más esperanza, pues, que la cepa religiosa. Un san Francisco de Asís, dice don Pedro de Belmonte, “que conduzca a la Humanidad hasta el límite de sus sufrimientos, antes de que la desesperación le arrastre al cataclismo”.46 Ese líder, como piensa Fajardo, como hemos visto anteriormente, será un Papa. Ahora bien, como dice don Nazario, para ese liderazgo “se necesitan ejemplos, no fraseología gastada”.47

Don Nazario, tal vez sin pretenderlo, sencillamente porque es así, se convertirá en parte de ese ejemplo. “Hablo en voz baja y familiarmente con los que quieren escucharme, y les digo lo que pienso”.48 Y, por supuesto, hace lo que pocas personas se atreven a hacer: ayudar a quien lo necesita. Y sin degradar, insultar ni exaltar a nadie, ni haciendo largas prédicas. Estamos en las antípodas de toda la farragosa y vacía fraseología de Gloria.

 

V
Con los desahuciados

Si san Francisco de Asís tuvo su cueva de leprosos, el padre Nazario, y sus dos discípulas, tendrán sus dos pueblos con su correspondiente epidemia de viruela. El padre Nazario no se lo piensa: se lanza a ayudar a quien necesita ayuda sin reparar en contagios, enfermedad o muerte. Son las dos mujeres quienes dudan. El padre Nazarín las anima:

Vamos tras el dolor para aplicarle consuelo, y cuando se anda entre dolores, algo se ha de pegar. No corremos en busca de placeres y regocijos, sino en busca de miserias y lástimas.49

Hasta ese momento no han tenido ninguna prueba que superar. Es cierto que comen lo que pueden, lo que les dan, y duermen en cabañas sin más mantas que su piel, pero también es cierto que no han tenido que superar ninguna prueba. Y allá por donde van, las personas se muestran generosas con ellos. Aquello no acaba de agradar al andariego cura:

Pensaba Nazarín que iban demasiado bien aquellas penitencias para ser tales penitencias, pues desde que salió de Madrid llovían sobre él las bienandanzas.50

No obstante, no se engaña: sabe que más tarde o más temprano llegarán las pruebas. Se lo advierte a Beatriz y a Ándara cuando les explica que van tras el dolor. Así concluye su razonamiento:

Ya comprenderéis que esto no puede continuar así. O el mundo deja de ser lo que es, o hemos de encontrar pronto males gravísimos, contratiempos, calamidades, abstinencias y crueldades de hombres, secuaces de Satanás.51

Lo siguen las dos mujeres entrando con él en aquella atmósfera fétida y de muerte. Pero mientras el padre Nazario se acopla inmediatamente a ella, las dos mujeres “no podían hacerse, no, no podían, infelices mujeres, a una ocupación que instantáneamente las elevaba de la vulgaridad al heroísmo”.52

Sin nada, pobre como el mismo san Francisco, el padre Nazario se lanza a los caminos a comer lo que le den.

Ellas, pues, serán las que den el toque humano al capítulo más heroico. Será Beatriz quien lo exprese: “Esto de irse al Cielo muy pronto se dice; pero ¿por dónde y por qué caminos se va?”.53

Salen del infectado pueblo cuando llega la ayuda oficial y ya no hacen falta allí. Esa misma noche el padre Nazario les explica a las dos mujeres el nacimiento de la orden seráfica contándoles la vida de san Francisco de Asís. Al día siguiente llegan al otro pueblo, que igualmente sufría la epidemia; permanecieron en él hasta que llegó el socorro oficial. Tras esta agotadora experiencia, enterrando muertos y cuidando moribundos que los podían contagiar, se retiran los tres a las ruinas de un castillo feudal donde reponen fuerzas.

Parecería que con esto se han terminado las pruebas del padre Nazario: le han robado lo poco que tenía, le han incendiado la habitación donde vivía, le niegan las misas, el pan y el agua. Sin nada, pobre como el mismo san Francisco, se lanza a los caminos a comer lo que le den; en un lugar atiende a una niña enferma que se cura milagrosamente, según Ándara y Beatriz por su intervención; se enfrenta con un señor feudal, y cuida a los enfermos y entierra a las víctimas de una plaga mortal. Todo lo ha desarrollado con tal naturalidad que, de no ser por las dos mujeres, que dan el toque humano, lo creeríamos una figura simbólica. Sin embargo, al padre Nazario todavía le queda por superar la prueba más dura para él: vencer el orgullo, liberarse de la parte más baja de su condición humana.

 

VI
El pasado sale al encuentro

Contestando a las preguntas del narrador, cuando nos presenta éste a don Nazario, dice el cura que “nunca hay dos días seguidos rematadamente malos”.54 Lo mismo podría decirse de los días buenos. Unos y otros se alternan como los dientes de una sierra. Y aquella paz idílica de los tres, en las alturas de un viejo castillo medieval, no podía durar mucho tiempo. Se rompe cuando Beatriz se encuentra, al anochecer, cuando baja al pueblo en busca de agua, con un viejo amante, el Pinto. Éste la requiere para que vuelva con él amenazando, si no lo hace, con subir al castillo y dar cuenta del apóstol y de la apóstola con los que va Beatriz.

Duda Beatriz, no atreviéndose a decirle nada a don Nazario. Y éste sigue con su vida ordinaria, rezo y descanso, como si nada pasara. Cuando por fin se atreve a hablar con él, le propone la huida, solución descartada por Nazarín. No obstante, el peligro no es imaginario: Ándara baja en busca de limosna. Y en la iglesia, un enano, feo y deforme, “hombre empezado y persona sin concluir”, le avisa del peligro que corren: van a ir a por ellos. Ujo, figura romántica por excelencia, el monstruo enamorado, el enano velazqueño y deforme, tocado por el realismo, se ha prendado de Ándara, y trata de protegerla. Es todo en vano: don Nazario no está dispuesto a huir de nadie. Y Ujo nada puede contra los hombres.

Cuando al anochecer, estando los tres en las ruinas del castillo, oyen voces por la ladera, las mujeres se preparan para lo peor, para una escena como la del Huerto de los Olivos. Pero una espesa niebla cubre la montaña impidiendo que el Pinto y sus amigos puedan detener a don Nazario y a las dos mujeres.

Al día siguiente Ujo sube para tratar de convencer a Ándara de que se quede con él: “Se vaiga el moro con la mora, y quédate tú, fea, que a ti por fea no te cogen, y yo te estimo… ¿No sabes que te estimo, Ándara? ¿Qué diz? ¿Que más feo yo? ¡Caraifa!, por eso. Tú fea, tú pública, yo te estimo… Es la primera vez que estimo… y eso dende que te vi, ¡caraifa!”.55

En vano trata Ujo de advertirles del peligro que corren: “Dirvos, dirvos de aquí, y si no, veráislo… Latrocinio, Guardia civila”. Es inútil, no se van: si bien el padre Nazario no va a redimir a nadie, tiene que pasar una última prueba, tal vez la más dura para él: la cárcel y la soez compañía de la más ruda y cobarde de las canallas.

En espera de acontecimientos, trabajan, ayudan a los campesinos, que los miran con recelo, supersticiosos temen algún mal de ojo del trío, y ganan algo de dinero. Todo cuanto les han dado les es robado por dos maleantes que les salen en el camino. Y esa misma noche, en las ruinas del castillo, son detenidos por el alcalde, la guardia civil y el Pinto. Éstos no sólo insultan a don Nazario llamándolo el moro Muza sino que le proporcionan algún puntapié. Ándara, como un nuevo san Pedro, con el cuchillo de pelar patatas, trata de defenderlo. Los tres son apresados y conducidos a la prisión del pueblo.

Pese a todo, don Nazario es capaz de vencerse, “ser león no es cosa fácil; pero es más difícil ser cordero, y yo lo soy”.

El alcalde, como ya hemos visto, mantiene una conversación con Nazarín tratando de demostrar cuán inútil es el pragmatismo hoy en día. No entiende a don Nazario, que no puede ser más claro: “Enseño con la palabra y con el ejemplo. Todo lo que digo, lo hago, y no veo en ello mérito alguno”.56 Para el alcalde el mérito está en un banco agrícola y en una universidad en cada pueblo. Contra todo ello ya nos ha advertido don Nazario nada más aparecer aquel lejano Martes de Carnaval en que comienza la novela: “No sé más sino que a medida que avanza lo que ustedes entienden por cultura, y cunde el llamado progreso, y se aumenta la maquinaria, y se acumulan riquezas, es mayor el número de pobres y la pobreza es más negra, más triste, más displicente”.57

En la cárcel los maleantes se gozan en blasfemar y reírse de don Nazario. Cuando éste trata de refrenar las blasfemias con su palabra, llegan los golpes. Y con éstos el ansia de venganza del maltratado cura:

Era hombre, y el hombre, en alguna ocasión, había de resurgir en su ser, pues la caridad y la paciencia, profundamente arraigadas en él, no habían absorbido todo el jugo vital de la pasión humana.58

Pese a todo, don Nazario es capaz de vencerse, “ser león no es cosa fácil; pero es más difícil ser cordero, y yo lo soy”.59 Logra con estas palabras, y con su actitud, que el sacrílego, uno de los dos bandidos que los asaltaron en el campo, salga en su defensa convirtiéndose, de nuevo camino de Madrid, en el buen ladrón, en el que es capaz de apreciar toda la hondura de Nazarín. Antes Ujo, el enano, el ser deforme, se ha quedado llorando, bajo un árbol, la desaparición de Ándara, a la que nunca más volverá a ver.

El parricida, el otro asaltante, no se arrepiente de nada. El mal ladrón.

En Madrid, don Nazario es encerrado en la cárcel. Allí una visión, real o imaginaria, le advierte de algo que habría de llenarlo de gozo: “Algo has hecho por mí. No estés descontento. Yo sé que has de hacer mucho más”.60

Y con estas promesas se termina la novela dejándonos el inefable regusto de haber estado en compañía de una excelente persona a la que, no obstante, tan difícil es seguir. Es una de las tantas figuras galdosianas llenas de ternura y humanidad. Pero no de una ternura y una humanidad románticas o acarameladas. Don Nazario, como se puede colegir por sus conversaciones, es un hombre culto, que ha pensado en lo que ha leído y ha visto, y sabe, perfectamente, lo que se lleva entre manos.

 

A modo de conclusión

Son muchas las veces que don Benito, a lo largo de su obra, habla de la religión, o aborda el hecho religioso. Don Benito, ya lo hemos dicho, es un excelente novelista, y, por lo tanto, nada dogmático: es capaz de ver la realidad desde distintos puntos de vista. Y unos no anulan a otros; se completan para dar la visión, más o menos íntegra, del hombre, del momento y de su época. Quizás en ninguna novela aborde de forma tan unilateral, tan obsesiva y negra, el problema de la religión, o de su interpretación, como en Gloria. Todos los personajes que aparecen en esta novela viven por y para una interpretación del catolicismo o del judaísmo, que nada tiene que ver con lo dicho y predicado por Jesús. Y aquí es donde hace incidencia don Benito. El clima de Gloria es opresivo: es el pueblo que vive de un único pensamiento, y que está convencido, además, de que tiene razón. O lo que es lo mismo: el resto del mundo vive en el error. Tamaño pensamiento, por supuesto, no puede llevar más que a lo que ya es en sí: a la muerte, a la propia destrucción y a la de las personas queridas.

Contra este mundo tan opresivo se alza, como una potente voz, el arcipreste don Juan Ruiz, con su casa llena de mozas, su buena mesa, sus vinos y su excelente consejo: “Adiós, hijo mío, que seas bueno, que metas el dedo en la olla de la miel prohibida… Adiós”.61

Entre unos y otros aparece la humilde figura de don Nazario, Nazarín, que, al igual que san Francisco, se convierte en la piedra de toque para una Iglesia y una sociedad que, llamándose cristiana, ha olvidado las más elementales e importantes de las enseñanzas de Cristo. No deja de ser curioso, sin ir más lejos, que se adore a una persona que iba por los caminos predicando, en compañía de sus apóstoles, y, sin duda, de las mujeres de éstos, y se denueste a quien lo imita. Volvemos, pues, a la vieja discusión: ¿tiene que ser la Iglesia pobre como fue Jesús? Éste tiró a los mercaderes del templo, y actualmente hay que pagar para entrar en los templos como no sea a horas fijas. Y no es ese el problema más grave, por supuesto. Uno de los graves problemas es la pérdida, si alguna vez se tuvo, de ciertos valores. Lo dice mucho mejor el propio Nazarín: “Crean ustedes que entre todo lo que se ha perdido, ninguna pérdida es tan lamentable como la de la paciencia”.

Tal vez la vida de Nazarín no sea más que un grito de advertencia, recordarnos que podemos y debemos ayudarnos los unos a los otros.

Tal vez sea imposible vivir como lo hace Nazarín, como lo hizo san Francisco y como lo hizo el mismo Jesucristo. Es muy posible. Y es impensable, en el mundo de hoy, perdonar al enemigo y ayudar al vecino: todas las caridades casi siempre se aplican a las personas que están lejos. Es un dato curioso. Sería injusto, sin embargo, negar o no reconocer la labor de muchas personas, seglares y religiosos, en países en conflicto. Estando allí, no predicando.

No obstante, es el propio reportero, el que entrevista a Nazarín, quien nos advierte en contra suya: “La sociedad, a fuer de tutora y enfermera, debe considerar estos tipos como corruptores de la Humanidad, en buena ley económico-política, y encerrarlos en un asilo benéfico (…). ¿Por ventura estos misericordiosos sueltos, individuales, medievales, acaso contribuyen a labrar la vida del Estado? No. Lo que ellos cultivan es su propia viña, y de la limosna, cosa tan santa, dada con método y repartida con criterio, hacen una granjería indecente. La ley social, y si se quiere cristiana, es que todo el mundo trabaje, cada cual en su esfera”.62

Quizás sea ese el problema: que no hay trabajo, y que no sabemos exactamente cuál es nuestra esfera, o que nos hemos dejado llevar por otras tan brillantes que no nos queda sino la caja de Pandora con la esperanza encerrada en su interior. Tal vez la vida de Nazarín no sea más que un grito de advertencia, recordarnos que podemos y debemos ayudarnos los unos a los otros, y que el progreso material sin el progreso espiritual del hombre es muy poca cosa. Y parece que seguimos igual: guerras, violencia, corrupción, mentiras y hambruna lo avalan. Así los Episodios nacionales tuvieron una brillante continuación con los libros de Manuel Chaves Nogales: A sangre y fuego, héroes, bestias y mártires de España, y El maestro Juan Martínez que estaba allí.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Benito Pérez Galdós, Trafalgar, cap. XII.
  2. El equipaje del rey José, cap. XXI.
  3. La de los tristes destinos, cap. XXXI.
  4. Napoleón en Chamartín, cap. XXII.
  5. Juan Martín el Empecinado, cap. V.
  6. Zumalacárregui, cap. VI.
  7. Zumalacárregui, cap. XII.
  8. Zumalacárregui, cap. XII.
  9. El 19 de marzo y el 2 de mayo, cap. XV.
  10. El 19 de marzo y el 2 de mayo, cap. XX.
  11. El 19 de marzo y el 2 de mayo, cap. XX.
  12. La batalla de los Arapiles, cap. IV.
  13. La batalla de los Arapiles, cap. IV.
  14. La batalla de los Arapiles, cap. IV.
  15. La batalla de los Arapiles, cap. V.
  16. La batalla de los Arapiles, cap. V.
  17. La batalla de los Arapiles, cap. VI.
  18. Las tormentas del 48, cap. VI.
  19. Las tormentas del 48, cap. VI.
  20. Un voluntario realista, cap. XVI y XIX-XXII.
  21. Un voluntario realista, caps. XXX-XXXI.
  22. La desheredada, cap. 10.
  23. La vuelta al mundo en la “Numancia”, cap. I.
  24. Carlos VI en la Rápita, cap. XXII.
  25. Carlos VI en la Rápita, cap. XXII.
  26. Carlos VI en la Rápita, cap. XXII.
  27. Carlos VI en la Rápita, cap. XXII.
  28. Amadeo I, cap. X.
  29. Amadeo I, cap. X.
  30. España sin rey, cap. XXIII.
  31. Nazarín, primera parte, cap. II.
  32. Fortunata y Jacinta, parte tercera, VI, x.
  33. Nazarín, quinta parte, cap. I.
  34. Nazarín, primera parte, cap. III.
  35. Nazarín, cuarta parte, cap. VII.
  36. Nazarín, quinta parte, cap. I.
  37. Nazarín, cuarta parte, cap. VII.
  38. Nazarín, primera parte, cap. III.
  39. Nazarín, primera parte, cap. IV.
  40. Mendizábal, cap. VIII.
  41. Nazarín, tercera parte, cap. VIII.
  42. Nazarín, tercera parte, cap. VIII.
  43. Nazarín, tercera parte, cap. VIII.
  44. Nazarín, tercera parte, cap. VIII.
  45. Nazarín, primera parte, cap. IV.
  46. Nazarín, tercera parte, cap. VIII.
  47. Nazarín, tercera parte, cap. VIII.
  48. Nazarín, primera parte, cap. III.
  49. Nazarín, cuarta parte, cap. I.
  50. Nazarín, tercera parte, cap. V.
  51. Nazarín, cuarta parte, cap. I.
  52. Nazarín, cuarta parte, cap. II.
  53. Nazarín, cuarta parte, cap. II.
  54. Nazarín, primera parte, cap. IV.
  55. Nazarín, cuarta parte, cap. V.
  56. Nazarín, cuarta parte, cap. VII.
  57. Nazarín, parte primera, cap. IV.
  58. Nazarín, quinta parte, cap. I.
  59. Nazarín, quinta parte, cap. II.
  60. Nazarín, quinta parte, cap. VII.
  61. Carlos VI en la Rápita, cap. XXII.
  62. Nazarín, primera parte, cap. V.
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