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Los huesos del difunto

jueves 24 de octubre de 2024
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Cristóbal Colón
Se ha vuelto a poner de moda hablar del Descubrimiento de América y del papel de Colón, y de otros, en aquellas tierras. 📷 Museo Metropolitano de Arte de Nueva York
Te pasa, sí, lo que a los que van a por anguilas. Cuando la charca está quieta, no cogen nada. Pero, si remueven el fango arriba y abajo, las atrapan.1
Aristófanes, Los caballeros.

—Yo siempre he oído hablar bien del traído ADN. Gracias a él, en las películas de crímenes y de policías, casi siempre se descubre al desalmado asesino.

—A mí —le contesté llenando las copas de buen vino— me gustaría ver cómo funciona ese tipo de análisis, lo mismo que el del carbono 14. Me encantaría verlo. Me parecen cosas de ciencia ficción. También me gustaría ver cómo se rueda una película, y se monta... Todo el proceso, vamos.

—¿No conoce usted a nadie que se dedique a tales menesteres?

—No. Y he visto películas donde aparecen chicas de muy buen ver manejando aparatos para descubrir, por un pelo caído, la importancia de ser calvo, el nombre del estrangulador o asesino en serie.

—En las películas no explican nada. Hubiera sido mejor estar con esos forenses que han desenterrado los huesos de Colón para averiguar un par de necedades. Si era de este pueblo o del otro, o si era un navegante o un estafador.

—¿Y eso qué importa ahora? ¿Acaso va a cambiar algo? ¿No hubiera sido mejor leerse sus diarios?

—El morbo, señor mío. Aquí siempre andamos a vueltas con los muertos. Nos parecemos al personaje de Valle-Inclán del esperpento intitulado Las galas del difunto. Poniéndonos las ropas del difunto tratamos de hacernos pasar por vivos, por quien no somos, si es que somos alguien o algo. O tal vez seamos un pueblo de muertos, como sugiere Juan Rulfo.

—Se me escapan sus referencias. Imagino que son novelas. Y ya sabe usted que yo he leído pocas. El Quijote, y algunas más...

—Debería curarse de esas deficiencias...

—Debería curarme de tantas que, en serio, no sabría por dónde empezar. Tal vez por ver, en un laboratorio, cómo funciona el carbono 14. Me interesa más que el ADN.

—¿Y las novelas no le interesan?

—Poco. Muy poco. Prefiero los libros de historia, estudios o ensayos. Tienen mucha más lógica que las novelas, lo cual no quiere decir que no mientan. En las novelas, los personajes actúan como le interesa al narrador... Estoy diciendo tonterías. Al fin y al cabo, la historia es una ficción más. Y el historiador, como el novelista, cuenta lo que le interesa, y oculta cuanto puede dañar aquello que le interesa no tocar porque peor es meneallo.

—Sí. Es cierto. Pero se ha vuelto a poner de moda hablar del Descubrimiento de América y del papel de Colón, y de otros, en aquellas tierras. De ahí que hayan sacado los huesos del almirante para someterlos al ADN. O haya concluido dicho análisis ahora, en la fecha indicada.

—¿Y han descubierto algo relevante? ¿Llevaba escrito en los huesos que era un genocida o un navegante o geógrafo?

—No. Claro que no. Han descubierto que, al parecer, era judío...

—¿Y qué? ¿Cambia eso la historia? Como si les pega por decir que Colón era de mi pueblo y que no se llamaba Cristóbal sino Roque. Roque, tócame, madre Roque me toca.

—Imagino —dijo pensativo— que todo esto del ADN ha venido a cuento de que la Presidenta de México ha reiterado que España debería pedir perdón a México por la conquista...

—¡Qué pesadez! Mire, empiezo a estar más que harto de las imbecilidades de los políticos. Ahora bien, yo, de tener algún poder, para acallar estas necedades, reuniría el máximo número posible de españolitos de a pie, de todos los estamentos, los reuniría en una gran explanada, enorme, tan grande como el país, y les haría cantar aquella vieja plegaria litúrgica:

Perdona a tu pueblo, Señor,
perdónalo.
No estés eternamente enojado...

Por supuesto cambiaría la letra, pues donde pone Señor, pondría México, o Latinoamérica entera, o el mundo entero. Y donde pone llagas y clavos pondría asesinatos, robos y saqueos... Y todos tranquilos. Ahora falta, leí parte de la novela de Elena Garro, Recuerdos del porvenir, que el Gobierno mexicano le pida perdón a la Iglesia, y ésta al gobierno, y ambos a los indios, por despojarlos de sus tierras durante la guerra cristera y en alguna más. En las cuales ya no estuvo implicado ni Colón ni sus huesos, ni el Cid ni la madre que nos parió.

—Me parece una buena idea —dijo riendo ante mi enfado—. Se la podríamos proponer al gobierno. Como hacían los arbitristas del siglo XVII. ¿Recuerda? Aquello de secar el mar océano con esponjas para que el ejército, a falta de barcos, pase al país enemigo a pie enjuto.

—No vale la pena. Unos no querrían cantar, y los otros, caso de lograrlo, se lo tomarían a cachondeo.

—Ahora ha dado en el clavo: lo importante es meneallo. Parece que el meneo siempre da algo de rédito.

—Como en la pesca de las anguilas.

—El ejemplo lo tenemos en nuestra querida tierra: un partido político acusando al otro de corrupto... Para partirse de risa por no echarse a llorar... Aquí quien no roba y se corrompe es porque es tonto o Hacienda lo ata corto... O, a lo mejor, es honrado. Da asco. De verdad. Por si fuera poco, sólo faltaban todos los escándalos del rey jubilado con una buena moza quien, al parecer, lo chantajeaba con grabaciones y demás historias. Y la prensa no sabía nada de las andanzas de este rey melón. Por supuesto.

—Pues mire —dije—, ahí podría radicar una buena solución: mandarlo a México como rey de las Españas, y que lo decapiten allí o le saquen el corazón en alguna de las pirámides que todavía están en pie y son utilizables. Igual su sangre nos redimía de una vez por todas.

—¡Valientes salvajadas propone usted! Aunque, a decir verdad, me está recordando algunos capítulos del libro de Rebecca West, quien, por otra parte, no descubre nada nuevo: el sacrificio ajeno ha sido la tónica general de nuestra civilización. Uno de los más conocidos, y no menos salvaje, fue el de Cristo en la cruz.

—O el de Ifigenia, y los de millares y millares de personas. El chivo expiatorio: se transfiere la culpa a una persona determinada, o a un chivo, se mata al interfecto, y aquí paz y allá gloria. El famoso farmacós. Estamos purificados y volvemos a ser buenos. Una solución genial.

—Lo malo es que los sacrificios humanos ya no se llevan —dijo con una punta de ironía.

—Eso lo dirá usted. Cambian los métodos pero no los fines. ¿Qué son si no todas las guerras habidas y por haber? A Ifigenia no la envolvieron con una bandera, ni a Cristo tampoco, como sí lo hicieron con los miles y miles de jóvenes que murieron en las guerras mundiales, y siguen muriendo en Gaza y en no sé cuántos sitios más. El altar es la enorme estupidez humana. O la ambición. Por más sangre que la cubra nunca jamás la asfixia. Empiezo a perder la poca esperanza que tenía...

—Desde luego, con los huesos del pobre Colón no hemos hecho sino poner de manifiesto nuestra enorme estupidez.

—Hubiera sido mejor destinar el dinero de esa investigación a otras muchas cosas dejadas de la mano de Dios, y de quienes no consiguen votos con sus palabrerías.

—Sí —asintió llenando de nuevo las copas—. Es vergonzosa la cantidad de dinero que se nos va en cuentos y necedades. Por no hablar de los corruptos, empezando por el rey jubilado, y de los partidos políticos. Aquí quien no corre, vuela.

—Una de las veces, de joven, que leí los Diálogos de Platón, me escandalicé por la defensa de Esparta, y el ataque a la democracia, por parte de Sócrates y de sus amigos. No me cabía en la cabeza tal posición en aquellas personas tan sabias. Hasta que descubrí que la democracia se puede convertir, como de hecho ha sucedido, en una espantosa tiranía. Y más corrupta si cabe.

—No creo que Esparta sea la solución.

—No, no lo es. Ni Esparta ni Atenas. No hay solución. Un ser imperfecto no crea sino imperfecciones. Y cuando aparece alguien que puede mejorarlo, el mismo hombre lo sacrifica, bien mediante el ritual o mediante la guerra.

—Y mientras nos entretenemos con los huesos de los difuntos. Y acusándonos los unos a los otros de lo que hacemos entre todos. Valiente hipocresía la de los políticos.

—Sí. Deberían aprender a callarse. Pero, claro, quien está todo el día y a toda hora hablando termina por murmurar o por decir sandeces. No obstante es tanto el vicio, horror vacui, que las dirán aunque permanezcan callados y se metan en un convento de cartujos.

—Me acaba de dar una buena idea: ¿por qué no celebramos la Quincena del Silencio?: políticos, periodistas y tertulianos con la boca cerrada durante quince días. O más. Sería un gran alivio.

—Otra idea que podríamos proponer.

—Estamos resultando una pareja de buenos arbitristas. Si nos hubiera conocido Quevedo ya estaríamos los dos en letras de molde. Oiga, ¿y no le apetece ir a Sevilla a ver la tumba de Colón, con sus huesos y todo?

—No. Prefiero ir a Itálica o a Numancia. Allí tal vez oigamos la voz de Escipión Emiliano pidiendo perdón por las salvajadas cometidas durante el asedio de la ciudad por las legiones romanas. Allí le daremos la absolución sin necesidad de cánticos ni cosas similares. Ego te absolvo. Suena bien en latín.

—¿Y si nos tomamos otra botella de vino como expiación de todos nuestros pecados, incluidos los de Colón, el Cid Campeador e Indíbil y Mandonio y muchos, muchos más de nuestros preclaros héroes?

—No sé si lo aceptarán los belicosos dioses. Pero que no quede por probarlo.

—Pues vamos a ello —dijo sacando otra botella de vino de la cual dimos buena cuenta en tanto seguíamos conversando sobre esto y aquello. Nada de importancia.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Aristófanes, Los caballeros, v 865, en Comedias I, Biblioteca Gredos, Madrid, 1982. Traducción de Luis Gil Fernández.
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