
Ninguno da gracias por haberse liberado de la necedad, pues el no atinar en nada es cosa tan placentera que los mortales rezan para liberarse de todo menos de la estulticia.1
Erasmo de Róterdam, Elogio de la locura.
Llevaba tiempo pensando, y sin equivocarme mucho, según creo, que toda mi desazón o desasosiego provenía de que me había hecho muy mayor, viejo. No obstante, nunca me he creído un sabio, merced a mis años, o a estar, como se decía en mi juventud, de vuelta de todo. Lo cual no impedía que a los cinco minutos de comenzar a ver una película, apagara la televisión: ya sabía cuanto iba a acontecer. Era todo tan previsible como manido. Lo mismo me sucedía con muchos de los libros que comenzaba a leer. Me aburrían. Estaban mal escritos y no decían nada nuevo. Por eso mismo di en ver viejas películas y en volver a leer libros visitados una y mil veces, y siempre vigentes.
Temía, no obstante, como dicen que sucede en la vejez, anquilosarme, quedarme en un momento determinado y ser incapaz de avanzar. ¿Nos sucede eso a los ancianos o es un tópico? No se puede generalizar. Además, mientras vivimos, avanzamos aunque sólo sea hacia la tumba. Yo, como todos, iba hacia ella, pero dando rodeos. Consistían éstos en oír conferencias sobre los temas más variados. Tengo preferencia por la historia, no obstante. Así que oía todo lo referente a emperadores, batallas, intrigas palaciegas y demás. De Grecia y Roma preferentemente. Pero también me sucedía con las conferencias lo mismo que con las películas: en cuanto el conferenciante comenzaba con los “eeeh, oooh, aaa, bueno, bien, acordaros” y demás lindezas, incrustadas entre el sujeto y el predicado, o donde Dios le daba a entender, apagaba el ordenador y me iba a pasear. Lamentando, eso sí, el olvido de las disciplinas clásicas; en este caso el de la oratoria. Algunos de estos profesores dictaban sus conferencias como si estuvieran hablando con dos o tres amiguetes durante una cena informal en un bullicioso restaurante. Me cansan y no los soporto.
Dicen que tanta falta hace estar inspirado para escribir como para leer. Tal vez sea cierto. Yo llevaba mucho tiempo sin ser visitado por las Musas. Y comenzaba a desesperarme. La música me sirvió de consuelo y de alivio en esos momentos. Mozart, Beethoven y Tchaikovski, sobre todo. Un día, no obstante, de pie ante una de mis múltiples estanterías, me dio por coger un volumen de Plutarco. El primero de sus Vidas paralelas. Lo había leído varias veces, pero mi capacidad de olvido es mayor que la de mi memoria. Lo abrí de nuevo, me salté el largo prólogo, con perdón de Julio Cortázar y haciendo caso a Francisco de Quevedo, sobre aquello de “que Dios te guarde, lector, de prólogos largos”, o algo parecido, y empecé a leer la vida de Teseo. Alguien me dijo, cuando estaba escribiendo mi tesis doctoral, que tesis deriva de Teseo. Teseo es quien busca la espada y las sandalias escondidas por su padre Egeo para ser reconocido por él el día de mañana. Es posible. No obstante, a mí nadie me reconoció nada pese al cum laude de mi tesis y demás niñerías.
Recordaba la vida de Teseo como un mito, una especie de cuento maravilloso con todas sus andanzas por Creta, Naxos, el Hades y, sobre todo, por el abandono de Ariadna y el olvido de izar las velas blancas en lugar de las negras. De esa forma iba a avisar a su padre Egeo del final venturoso de su viaje: dar muerte al Minotauro. Velas blancas. Teseo no se acordó de cambiarlas. Egeo al ver desde lejos las velas negras se precipita al mar que, desde entonces, lleva su nombre.
Plutarco desmitifica a Teseo y algunas de sus aventuras. Lo racionaliza todo. Es decir, lo cuestiona todo. Despoja a Teseo de toda su poética y lo humaniza. No quedan de él pasajes maravillosos, o tiernos lamentos de Ariadna. Todo se transforma en una historia humana, tal vez demasiado humana. Me sorprendió la nueva lectura de Plutarco. Pero me sucedió lo mismo que me sucede con los paisajes de mi infancia. El pueblo donde nací, por ejemplo, a lo largo de mi larga ausencia, se ha ido transformando, como no podía dejar de suceder: las calles se han asfaltado, hay agua corriente en las casas, las bombillas callejeras ha sido sustituidas por elegantes farolas, han desaparecido algunas fuentes... No obstante, nada de eso me borra las calles de mi infancia; la evidencia no puede con el recuerdo. Lo cual me hizo comprender que el pasado es una pura ficción. Tal como lo será el presente dentro de pocos años. Lo único cierto es que todo es efímero.
A los pocos días, pues, de haber releído a Plutarco, volvía a mí la visión mítica de Teseo, el laberinto, el Minotauro, su amistad con Pirítoo, el rapto de Helena... Ahora bien, la relectura de Plutarco no había caído en saco roto: con el recuerdo del mito siempre surgía la advertencia, aceptada con una suave sonrisa, de la falsedad, o relatividad al menos, de todas aquellas historias. ¿Cuál era la verdadera? Casi siempre tenemos tendencia a darle la razón a lo que nos parece verosímil o creíble. Y nada creíble resulta que una mujer, Pasífae, fornicara con un toro y naciera, de resultas de ello, un ser monstruoso conocido con el nombre de Minotauro. También se sabe que la mejor forma de hacer aceptable ciertas mentiras es entreverarlas con verdades. ¿Que había, pues, de cierto y verdadero en toda la historia de Teseo? Posiblemente hubiera de todo aunque ya nada de eso tenía la más mínima importancia. Materia, no obstante, para alguna tesis o para algún sesudo y pesado artículo digno de una revista especializada.
En tanto releía a Plutarco oí una conferencia. Sobre el emperador Heliogábalo. Dictada por una profesora de Historia Antigua. Dotada de una memoria prodigiosa y de una buena oratoria: jamás me he visto en la obligación de apagar el ordenador en tanto ella está hablando. Y lo hizo, ahora, para desmitificar o desmentir, mejor dicho, cuanto se nos ha contado de este emperador. Me quedó claro, oyéndola, que el denostado Heliogábalo cayó en desgracia, y fue asesinado, más por sus deseos de obligar a los romanos a adorar a su dios, reemplazando a Júpiter por El-Gabal, un dios solar sirio, que por sus desmanes sexuales, si es que los tuvo. Y por su deseo de orientalizar a la caduca Roma.
Conocía la vida de este joven emperador a través de la Historia augustea o Historia Augusta. Es un libro lleno de rumores y de mala baba. Es de sobras conocido que los historiadores romanos ensalzaban a un emperador o gobernante en vida y lo denostaban en muerte. El caso paradigmático es el de Séneca con Claudio. Las alabanzas se convierten, a la muerte del emperador, en su famosa Apocolocintosis. Claudio se convierte en una calabaza. No debió de ser tal cosa cuando escribió una historia de los etruscos y una historia en griego. Pero los escritos de Claudio no han sobrevivido, y los de Séneca sí. El Hado.
Tras la conferencia sobre Heliogábalo, volví a releer el capítulo de la Historia augustea dedicado a él. Más que una biografía dicho capítulo es un montón de barbaridades. Según la conferenciante Heliogábalo accedió al poder, impulsado por su abuela, a los catorce años, y fue asesinado a los dieciocho. Es imposible, e increíble, que en ese tiempo, y a esa edad, pudiera hacer cuanto le atribuye el autor de la Historia. Dejando de lado todas las excentricidades sexuales, si sumamos todos los dispendios en regalos, vestidos, banquetes y lujos de todo tipo, narrados en dicho libro, Heliogábalo hubiera necesitado tres o cuatro imperios romanos para gastar cuanto se le atribuye. En eso y en sus desmanes sexuales se centra la Historia. Da breves pinceladas, no obstante, sobre los deseos imperiales de sustituir a Júpiter por su dios oriental. Y ese parece que fue, amén de su inactividad legisladora, el principio del fin. Eso parece.
Siempre me he preguntado por qué no legisló Heliogábalo. Nada dice de eso la Historia augustea. Y sí es cierto que fue él el primer mandatario elevado al trono en un cuartel de las legiones y ejecutado en el mismo. El final de un proceso. Ni Sila ni César fueron emperadores, pero dependieron por completo de sus legiones. El caso de Heliogábalo, su proclamación cuartelera, sería la continuación de una tendencia iniciada por estos dos generales que pusieron Roma patas arriba gracias a la fidelidad de sus soldados. Ahora falta saber si también Suetonio y demás historiadores mienten tanto, aunque de forma mucho más disimulada, como la Historia augustea. Sin olvidar la tendencia humana a dejarse llevar por los chascarrillos y los mitos más que por la vida gris de cualquiera de nosotros. Pese a todo, mejor releer esto, y oír estas conferencias, que ver las deslavazadas películas ofrecidas por las televisiones o leer insustanciales libros modernos. ¿Cuestión de edad? Tal vez. ¿Por qué no?
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Notas
- Erasmo de Róterdam, Elogio de la locura o encomio de la estulticia, Colección Austral, Barcelona, 2011. Traducción de Pedro Voltes.


