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La fortaleza de la soledad

jueves 9 de julio de 2026
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La fortaleza de la soledad, por Vicente Adelantado Soriano
La soledad es aquella que dice: de mí huirás, pero no escaparás...

Quizás es también absurdo hacer del hombre dichoso un solitario, porque nadie, poseyendo todas las cosas, preferiría vivir solo, ya que el hombre es un ser social y dispuesto por la naturaleza a vivir con otros.1

Aristóteles, Ética nicomaquea.

No sentí ninguna emoción especial cuando, aquella tarde, mi vecino me anunció la muerte de la anciana señora Victoria. Vecina nuestra. Era muy mayor, pero ni aun así quiso abandonar su casa e irse a una residencia, o, peor aún, a casa de uno de sus hijos. Alguna vez, encuentros en el ascensor, le había hecho alguna pequeña compra, y me había ofrecido a llevarle cuanto necesitara. Me dijo que no quería molestar a nadie, pero si necesitaba ayuda, ya me lo diría. Nunca me lo dijo.

—Tengo la sospecha, y me siento culpable en parte, de que la señora Victoria ha muerto de hambre. Hacía semanas que no la veía, y creo que también hacía semanas que no la visitaba.

—Yo me ofrecí —le dije— a llevarle la compra una vez que coincidimos en el patio, y la buena mujer no podía con las bolsas de los alimentos.

—No sé ni cómo se atrevía a salir a la calle. Le di el teléfono de Mercadona, y le expliqué que le llevarían la compra a casa... Pero creo, así a agua pasada, que no se veía muy bien, o que no estaba segura de marcar los números correctamente. Me parece que ha muerto de inanición.

—Pero tenía hijos, ¿no? ¿Nadie se ocupó de ella? ¿No venían a visitarla?

—Muy de tarde en tarde. Una vez coincidí con ella en el patio, y estuvimos hablando durante unos minutos. Me aconsejó, ríase, que me casara, pues no es bueno, me dijo sonriendo, que el hombre esté solo.

—Y tampoco la mujer —le repuse.

—Si fuera más joven —me contestó sonriendo, rauda, con esa benévola sinceridad que dan los años— me iría a vivir con usted, y nos cuidaríamos el uno al otro. Pero ya soy muy mayor. Y no causo más que molestias.

—Por eso mismo —me lo puso en bandeja— debería irse a vivir con su hijo.

—Mi hijo está casado. Y el casado casa quiere...

—¿Ha visto usted la película Tomates verdes fritos? —la pregunta, un tanto estúpida, me salió del alma.

—Además —continuó ella, y creo que sí que la había visto— no me gusta hablar mal de nadie. Y las nueras, como los yernos, son menos que soles de invierno. Y las películas, señor, son muy bonitas, pero no dejan de ser películas.

—Entonces, cuando habló con usted estaba lúcida. ¿Cuánto tiempo hace de eso?

Sí, estaba lúcida. Hará de eso unos cuatro o cinco meses. Y ya sabe: de un día para otro desaparecemos.

—Me doy cuenta ahora de que también hacía mucho tiempo que no la veía. Debería haberla visitado.

—No vale la pena lamentarse.

—No, desde luego. Es este un problema que el hombre no ha solucionado: qué hacer con las personas mayores... Bueno, están las residencias. Pero, como sabe, hay gente muy reacia a ellas. Muchas personas prefieren vivir solas... Algunos apuntes hay en la literatura clásica del mal trato dado por los hijos a los padres cuando éstos han llegado a cierta edad. Y datos recientes confirman el mal trato dado a los ancianos en las residencias... y no nos metamos en políticas.

—Recuerdo haber leído, hace mucho tiempo, una narración en la que el criado saca a pasear a su antiguo señor, impedido, en una silla de ruedas. Y allá por donde va, en lugares apartados, lo abofetea todos los días, en recuerdo del pésimo trato que le dio, día tras día, estando a su servicio. Y esto me lleva, una vez más, a Quevedo: a la recomendación de uno de sus personajes de ser bien criado hasta con el propio Satanás: no sabemos nunca a quién necesitaremos el día de mañana. Por eso mismo no le gustaba a nuestra vecina hablar mal de nadie, aunque tampoco molestó a nadie.

—Es lo mejor, creo.

—Y muy a tener en cuenta aquello que dijo: hay que emparejarse para que lo cuiden a uno... La buena mujer, creo, echaba de menos a su marido, no a los hijos.

—No es bueno confiar en nadie, por mucha sangre y muchas morcillas que haya por el medio.

—A veces —dijo sirviendo más vino— es mejor una buena amistad que parientes, primos, hijos y hermanos. Como es nuestro caso.

—Le puedo asegurar por mi parte que usted no se morirá de hambre.

—No es ese mi problema. Mi problema es usted.

—¡Vaya! —exclamé riéndome—. ¿Y eso?

—Si todo se desarrolla con lógica, yo moriré antes que usted. ¿Qué va a hacer entonces?

—Bueno, no sé, tal vez me case —bromeé.

—¿Tiene algo en perspectiva? —preguntó abriendo unos ojos como platos.

—Sí. Algo hay, no padezca por mí. Lo malo será si a la chica en cuestión también se le ocurre morirse antes de fenecer yo. ¿Y qué pasará con ella si la diño yo? Señor mío, estamos condenados a la soledad. Sí, somo seres sociables: vivimos en sociedad. Es decir, en la sociedad hay zapateros, hosteleros, tenderos... todo cuanto usted quiera y desee. Pero la soledad es aquella que dice: de mí huirás, pero no escaparás... Mis padres fueron afortunados: murieron los dos en el mismo accidente, y prácticamente a la misma hora.

—Mi madre también fue una persona afortunada: estuve con ella hasta el último momento, pese a mi desgraciado matrimonio... De todas formas, creo que la cosa tampoco es tan dramática: al fin y al cabo, cuando uno está muy mal, lo llevan al hospital, lo meten en la UCI, y no queda ya sino esperar lo inevitable.

—La vida es como es. Tanto usted como yo, por las razones que sea, hemos decidido vivir solos, o nos ha tocado vivir solos. Yo he aceptado la situación. La acepto. Es más: no me gustaría cambiarla. No quisiera meter a nadie en mi casa, y renunciar a mis horas de estudio, de traducciones o, sencillamente, de no hacer nada. Ahora bien, le recuerdo lo apuntado por Sócrates cuando alguien le preguntó si se casaba o permanecía soltero...

—Sí, lo recuerdo —dijo llenando las copas de nuevo—, me lo ha contado en más de una ocasión: hagas lo que hagas, te arrepentirás.

—Es la condición humana, señor mío. Rara vez estamos contentos con lo que tenemos. O rara vez no deseamos, aunque sea por unos minutos, cambiar nuestra situación. Pensamos a menudo que el otro vive mejor, que disfruta de una buena salud, no como la nuestra.

—Tiene razón. En vista de lo cual sólo cabe preguntarse una cosa: ¿somos felices tal y como estamos? ¿Lo es usted?

—Esa es una pregunta que siempre me ha hecho mucha gracia. No por nada especial, sino por la felicidad, querido amigo, no existe. Hay momentos felices, otros que no lo son tanto, algunos dolorosos o muy dolorosos, y la mayoría indiferentes. El resto son cuentos.

—Entonces la felicidad sería amontonar muchos momentos felices, ¿es eso?

—Tal vez. Pero sin darles demasiada importancia. Como tampoco hay que dársela a los momentos tristes. La felicidad, dicen los estoicos, es una especie de ataraxia, de darse cuenta de que nada es importante. Efectivamente, en esta vida todo son locuras y tonterías.

—Es posible —dijo sirviendo las últimas gotas de vino—, pero de tonterías y necedades vivimos. Y de sueños. ¿No tiene usted ningún deseo? ¿Alguno que lo haría feliz?

—Sí, claro. Me gustaría que algún amigo, usted mismo, tuviera un gran yate, y que me invitara a hacer la travesía de los argonautas, hasta llegar a la Cólquide y dar con Medea, la de πολυ φρμακοs, la de las muchas pócimas. O me acercara a Naxos. Me encantaría abrazar a la abandonada y dulce Ariadna, y que sus ardientes lágrimas rodaran por mis mejillas. Seguro que eso me hacía muy feliz.

—Lo malo es que, como sabe, yo no tengo ningún yate, ni posibilidades de tenerlo.

—Pues conformémonos con este buen vino, que ha finiquitado, y con nuestra santa amistad. Que no es moco de pavo.

—Y por marcharnos como lo ha hecho nuestra buena vecina: sin molestar a nadie. Por ella —dijo alzando la copa.

—Por ella y por los ausentes —dije yo a mi vez.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Aristóteles, Ética nicomaquea, 9, 15. Biblioteca Gredos, Madrid, 2011. Traducción de Julio Pallí Bonet.
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