
Para los mortales no hay nada más útil que un moderado escepticismo.1
Eurípides, Helena.
—Cuando hay elecciones —me dijo risueño, llenando las copas por primera vez— siempre doy gracias a los cielos por haber permitido el hallazgo de la televisión en color. Y eso que el cine en blanco y negro me encanta.
—A mí también —respondí—. ¿Y a qué se debe su elogio de la televisión en color, si puede saberse?
—Como soy un buen aficionado al cine, me hubiera gustado mucho verle las interioridades al mismo: asistir al rodaje de alguna película, pero no sólo al rodaje sino a todo cuanto conlleva: maquillaje, montaje, edición, efectos especiales...
—No conozco a nadie de ese mundillo. No puedo ayudarle.
—No hace mucho —siguió sin prestar atención a mis palabras— vi una película en la cual un personaje, en un momento determinado, se sonroja. Me quedé un tanto estupefacto viendo el cambio instantáneo del rostro del actor. Y me pregunté si le habían enfocado una luz roja, o habían cortado la toma, lo habían maquillado, y habían vuelto a rodar.
—Me inclino por lo segundo —dije aun sin tener ni idea de cine ni de trucos cinematográficos—. Los equipos técnicos cada vez son más sofisticados: no verá usted ninguna diferencia entre una toma actual y otra hecha en otro momento. Del mismo plano, me refiero.
—Sí, está la foto fija para eso. No obstante, Steven Spielberg se quejó de las diversas tomas de su película Tiburón porque la luz en la playa, donde se rodaron muchas escenas, cambiaba de un día para otro. No sé si eso es publicidad o es real.
—Seguramente lo primero: en el estudio, creo, pueden cambiar la luz, las sombras y cuanto convenga. A veces el cine, la televisión, e incluso la fotografía, me dan más miedo que los discursos de los políticos, haya elecciones o no.
—A eso iba yo cuando le he hablado de los beneficios de la televisión en color. Pues me llama mucho la atención ver a políticos, en un primerísimo plano, diciendo mentiras y sandeces sin sonrojarse, o defendiendo lo indefendible. Ni el más leve rubor en sus pétreos rostros.
—Igual han salido de casa muy maquillados. O luego alguien ha retocado la imagen del embustero en cuestión.
—También puede suceder —dijo animándose y llenando las copas de nuevo—, cuando la noticia es en directo, que el tal político esté totalmente convencido de cuanto dice, y, en consecuencia, no perciba ningún tipo de hipocresía o falsedad en sus palabras, y no se ruborice. ¿Es una persona un hipócrita si, realmente, cree en todo lo que sale de su boca aunque sea falso?
—No, en tal caso, diría yo, es un engañado, un ingenuo o un imbécil. O la cosa, tal vez, les viene de fábrica, como demandan a gritos los bestias, ceporros, maleducados e impresentables presidentes de Estados Unidos y Argentina. Adoradores, como quería Hesíodo, de Eris, la diosa de la discordia, negra, malvada... Pero ¿no querrá usted hacerme creer que nuestros amados políticos patrios, y sus negros discursos, son una muestra de ignorancia sobre la caducidad de las pensiones, por ejemplo?
—No, por supuesto. Pero a veces, viéndolos con tanta soltura y aplomo lanzando mentiras y falsedades, y faltas de la más elemental de las educaciones, sin inmutarse ni sonrojarse, llego a dudar. ¿Viven en una galaxia distinta a la nuestra? ¿Ensayan en casa delante del espejo, una y otra vez, hasta convencerse de la verdad de las sandeces dictadas por el partido, y repetidas por ellos, sin ser capaces de mostrar un mínimo de decencia? ¿O son unos redomados sinvergüenzas? Ayer apareció un político de derechas, me recuerda al fraile Cara de Luna de El nombre de la rosa, sosteniendo que Vox, el partido ultra, es de centroderecha. ¡Y ni se inmutó!
—Más cornadas da el hambre... Yo le diría, por no alejarnos del cine, ya que tanto le gusta a usted, que son unos excelentes actores, es decir unos hipócritas cabales, de tomo y lomo. E ὑπόκρισις, señor mío, significa actuar en un escenario, fingir lo que no se es. Ya lo ha dicho usted: ensayan delante del espejo hasta interiorizar su papel. Aunque, insisto, a los señores Trump y Milei no les hace falta ensayar. A otros, por el contrario, ni aun así...
—Claro. Tiene razón: y el buen actor es aquel el cual finge tan bien que nos tragamos que es Julio César, por ejemplo, y no Pepito Pérez. Y además —añadió sonriendo— no va a sonrojarse Calisto cada vez que achucha a Melibea.
—Efectivamente, pero con los políticos, y tal vez con los actores, hay un problema: que se rompa la barrera, y la representación se convierta en la realidad. Le he citado dos casos terribles y temibles. Además, cada día es más obvio que no necesitan fingir: se dirigen a un público semejante a ellos. Por una razón o por otra, sea como fuere, no son de fiar. Ni cuando hablan como personas ni cuando lo hacen actuando.
—¿Y entonces?
—Entonces —dije llenando las copas— llegamos a lo dicho en más de una ocasión: todo es apariencia, nada es real, ni siquiera la apariencia de la apariencia. Dejando de lado los bestias mentados.
—Ya estamos en el mismo punto del otro día, efectivamente. Y como le dije el otro día, en algo nos debemos apoyar...
—Sí, el apoyo es este: no hay nada seguro. Todo se debe indagar. Y cuanto más profundice, menos cosas seguras hallará.
—Según usted estamos caminando sobre tierras movedizas. ¿Acabaremos engullidos todos por el lodo?
—Eso depende de cada uno. Se lo vuelvo a decir: nada hay seguro, todo es factible de revisión. Y nuestra misión como hombres es revisarlo todo continuamente.
—Valiente tarea nos encomienda usted.
—Nada es fácil en esta vida, querido amigo. O si quiere, los dioses no regalan nada. Eso o tumbarse en el sofá, y tragarse cuanto vomite la tele. Y certezas absolutas en ese caso: Trump y Milei.
—Dios nos libre.
—Hace un tiempo —le conté— estuve releyendo las tragedias de Eurípides. Me centré, especialmente, en Andrómaca. Ésta, en un momento de la obra, lanza unas airadas palabras en contra de los espartanos. Apenas, hasta aquel momento, me había fijado en ellas, pero en esta última relectura me intrigaron, y me despertaron las ganas de estudiar, de indagar si el enfado de Andrómaca tenía algún sentido, alguna base real.
—¿Y se percató entonces de cuán equivocado estaba usted respecto a esta mujer? —preguntó un tanto irónico.
—No. Su figura no la puse en solfa. Sí lo hice con la de algunos de mis profesores y con algunos libros, muchos, leídos a lo largo de mi vida.
—Ya. Descubrió las falsas apariencias...
—Sí. Así puede decirse. Siempre había oído decir, y leído, que tras la guerra del Peloponeso, vencida y derrotada Atenas, Tebas y otras póleis, aliadas de Esparta, pidieron la total demolición de la ciudad. Querían arrasarla hasta los cimientos. Pero los espartanos no lo consintieron. En la mayoría de los libros, y de las explicaciones oídas en clase, esta negativa siempre la presentaban como la honestidad espartana, el reconocimiento de cuanto hicieron los atenienses por la Hélade durante las guerras médicas.
—¿Y no fue así?
—Me llamaron mucho la atención las palabras de Andrómaca en la tragedia de Eurípides: “Oh, los más odiosos de los mortales para todos los hombres, habitantes de Esparta, consejeros engañosos, señores de falsedades, maquinadores de desgracias, que pensáis de manera retorcida, nada sana, y dándole la vuelta a todo!”.2
—Y las palabras de un ser de ficción, usted me ha recalcado infinidad de veces que ni existió la guerra de Troya, ni Aquiles...
—Sí —interrumpí adivinando una larga retahíla de hechos y personajes—, y lo sostengo. No existió Andrómaca, no conoció la guerra del Peloponeso, pero sí existió Eurípides, el autor de la tragedia. Y es él quien habla por boca de la princesa troyana. Imagino —contraataqué sonriendo— que estará usted de acuerdo conmigo en que es Cervantes quien razona y actúa y no don Quijote.
—Sí. Está claro. No nos metamos ahora en más honduras, ¿y adónde nos lleva todo esto?
—Los espartanos no estaban siendo nobles. Tebas y Atenas siempre habían sido ciudades enemigas. A Esparta no le interesaba deshacerse de la Atenas derrotada, pues entonces Tebas podría adquirir mucho poder y cuestionar a la propia Esparta. El engaño, o la excusa, para no acabar con Atenas, fue muy sutil, como podrá apreciar. Atenas se convirtió, en este caso, en el escudo de Esparta.
—Puedo ver la perspicacia de Andrómaca, capaz de darse cuenta de la hipocresía espartana —dijo sonriendo.
—No demos, pues, nada por seguro. Si los políticos actuales, como ese Cara de Luna, ante sus mentiras y sus falsedades, no se sonrojan, siendo conscientes de ellas, como lo son, es porque son unos buenos actores, es decir unos hipócritas a carta cabal. O, y es otra posibilidad, hemos llegado a tal punto que sobra la máscara, el fingimiento. Ya no es necesario. Y que el Señor nos coja confesados.
—Eso de los espartanos y Atenas me ha traído a las mientes cuanto ha sucedido actualmente con el premio Planeta.
—Las novelas no son santo de mi devoción. Ya lo sabe. Y menos todavía las premiadas y alabadas.
—Lo sé. Y en caso del premio Planeta no le falta razón: dicho premio, o sus patrocinadores, llevan años jugando a darle el millón de euros no al texto de mayor calidad literaria sino a aquel presentado por algún correveidile, locutor o locutora de televisión, de algún programa más o menos visto, y a gente del mismo pelaje. Y al parecer, eso ha sido un fracaso editorial y económico.
—Ya. Y ahora han cambiado de táctica.
—Y han hecho lo que usted me ha descubierto indirectamente, lo mismo que hicieron los espartanos: premiar la calidad literaria, en este último certamen, según sostienen algunos; es decir darle el premio a una escritora que vende muchos libros, obligándola, así, según dicen, a cambiar de editorial, escogiéndolos a ellos, y recuperar, de esta forma, el dinero invertido, y perdido, en presentadoras de televisión, personajillos irrelevantes y similares.
—Pues usted mismo, señor mío.
—No había caído en la jugada de este premio literario. Me había parecido una noble acción por parte de esta editorial. Una buena rectificación, un prometedor cambio de rumbo. Pero usted, con sus espartanos y su Andrómaca, la ha tirado por los suelos, citando la “noble” acción de los espartanos con Atenas. Y, por supuesto, hay quien duda de la calidad literaria de la señora premiada con el Planeta, pese a los millones de libros vendidos por ella. La acusan de hipócrita, también, por prestarse a este absurdo juego cuando no le hace falta el dinero, ni el reconocimiento... La cuestionan. ¿Le interesa leerla para poder opinar al respecto?
—No. Se lo agradezco pero no. Tengo muchos libros pendientes de lectura. De autores que jamás han recibido un premio, apenas si son conocidos en varias universidades, y a los que nunca ninguno de sus políticos, de esos que no se sonrojan, aun diciendo las barbaridades más grandes, los leerán. No voy a darle nombres porque le sonarían a música celestial.
—Pero de vez en cuando —dijo sirviendo las últimas gotas de la botella de vino— me podía pasar alguno de esos libros. Me gustaría leerlos.
—Cuente con ello. Mañana mismo le bajo unos cuantos.
—Vale. Yo me ocuparé del vino.
—Eso se da por sabido. Es una certeza absoluta —dije sonriendo.
Y sin más nos despedimos habiendo dejado al mundo medio arreglado.
- El fariseísmo de los farsantes - jueves 29 de octubre de 2026
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(vanitas vanitatis) - jueves 22 de octubre de 2026 - Hogar, dulce hogar - jueves 15 de octubre de 2026
Notas
- Eurípides, Helena, v 1.627 en Tragedias III, Cátedra Letras Universales, Madrid, 2018. Traducción de Juan Miguel Labiano.
- Eurípides, Andrómaca, v, 446-450 en Tragedias I. Cátedra Letras Universales. Madrid, 1985. Traducción de Juan Antonio López Férez.


