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Hogar, dulce hogar

jueves 15 de octubre de 2026
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“Dioramas”, de Joan Fontcuberta
Bendita la época en que vivíamos en las cuevas de Altamira. Ni hipotecas, ni desahucios, ni policía, ni periodistas de bulos, ni extrema derecha, ni fantoches con gas pimienta. 📷 Joan Fontcuberta • Exposición “Dioramas” • Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira

In memoriam Mc, que jugaba al bingo por las tardes.

El pudor y la justicia son, por lo tanto, indispensables; cualquier hombre debe adquirir imperativamente su sentido y conducirse de acuerdo con ellos; son el fundamento de todo.1

Jacqueline de Romilly, La Grecia antigua contra la violencia.

La cosa no era de risa, ni mucho menos. E imaginaba, algo preocupado, que no era el problema, o uno de los problemas, de mi vecino. Aun así le pregunté:

—Imagino —le dije—, sin deseos de meterme donde nadie me llama, que usted tendrá el piso pagado, y que, por lo tanto, no lo podrán desahuciar.

—Está pagado, y bien pagado. Hace años que aboné al banco el último recibo de la hipoteca. El piso es mío, por lo tanto. Además, creo que la Constitución garantiza el derecho a la vivienda y a su inviolabilidad.

—Sí —afirmé descorchando la botella de vino—, salvo en el caso de resolución judicial. ¿Tiene usted el tesoro de Villena escondido por aquí? ¿O algún cuadro robado en algún museo? ¿Ha cometido usted algún delito que permita a la policía tumbar la puerta de entrada y poner su casa patas arriba?

—Sí, he cometido el delito de haber nacido. Y no tengo más tesoro que una crucecita de oro que perteneció a mi abuela materna, a quien no conocí. Por esa cruz se pelearon todos sus hijos. Y dejaron de hablarse.

—Muy mediterráneo. Aunque imagino que sin sangre. Los tiempos cambian.

—Sí, muy del terruño. Y más si tiene en cuenta que ninguno de ellos era creyente. Pero había que incordiar al prójimo. Y tampoco sintió ninguno de ellos ningún cariño especial por su madre.

—Eso ya parece un poco más universal. El otro día estuve viendo un documental, generado por inteligencia artificial, sobre Schopenhauer. Según se dijo en la película, el filósofo, en un momento determinado, riñó con su madre, y nunca más la volvió a ver. ¿Es cierto?

—Pues no lo sé. Pero hay algo que cada vez me suena a más tópico. Me refiero a eso llamado la fuerza de la sangre. Para mí, salvo muy contadas ocasiones, siempre ha sido más importante la amistad que los familiares. Me pasó un caso muy curioso: tuve un gran amigo al cual, por motivos de estudios, dejé de ver. Antes, hicimos multitud de viajes y acampadas juntos... Nos volvimos a ver a cabo de muchos años, estando ya los dos jubilados, calvos y algo entrados en carnes. ¿Y sabe lo más curioso del caso? Nos comportamos como si hubiéramos estado cenando juntos la noche anterior.

—Dicen que la buena amistad aguanta muy bien la distancia, ya sea espacial o temporal. No así el amor, que no soporta quinientos kilómetros de separación.

—De amores y amoríos no le sé decir nada —dijo llenando las copas—, pero también, al cabo de muchos años, de muchísimos años, me volví a reencontrar con algunos familiares. Salí huyendo de la comida fraternal como alma que lleva el diablo. Y pese a los mensajes y llamadas, nunca más repetí. Mientras que con mi amigo reemprendí viajes, salidas y cenas y comidas. Lo pasamos muy bien. Pero falleció. No se puede imaginar cuánto lo echo de menos. A los familiares los tengo a un tiro de piedra, y ni ellos tienen interés por verme a mí, ni yo a ellos. Curioso. Pero volviendo al tema de sus preocupaciones: ¿tiene usted el piso pagado? ¿Probabilidades de que lo desahucien? Yo le puedo prestar dinero...

—No, el piso todavía no es mío. Sigo pagando la hipoteca todos los meses religiosamente. Estoy encadenado al banco, pero mientras vaya pagando, no hay problema. Ninguno de los dos corremos el peligro de que nos tiren de casa.

—Bendita la época —dijo sonriendo— en que vivíamos en las cuevas de Altamira. Ni hipotecas, ni desahucios, ni policía, ni periodistas de bulos, ni extrema derecha, ni fantoches con gas pimienta.

—Sí, pero tampoco había dentistas ni penicilina.

—No se puede tener todo en esta vida. Tampoco había legisladores. Los nuestros, bendito sea Dios, van al parlamento a convertir éste en un circo lleno de payasos con muy mala sombra y muy poca gracia. Ni a legislar ni a discutir esto o aquello. A pasar el rato lanzando sandeces. A cual de todas peor.

—Yo esperaba que, como mínimo, hubieran leído a Arthur Schopenhauer, El arte de insultar. Pero no, son de sal gruesa, sin gracia ni comedimiento.

—¡Qué cosas se le ocurren a usted! Un político español leyendo, y filosofía ni más ni menos. Ni eso ni legislar en busca de la paz y la concordia ciudadana. Eso ni saben lo que es. Ahora, lo que es insultar... Hasta a esta pobre mujer que han desahuciado la han acusado de ir al bingo... No dan para más.

—Lamentable. Es más fácil y divertido tirarse los trapos sucios a la cara que dedicar ese precioso tiempo redactar buenas disposiciones. Y a, como quería Aristóteles, buscar la felicidad de la gente a través de la política y de las leyes.

—Un país —dijo llenando las copas de nuevo— que permite el desahucio de una anciana, o que un policía tire en medio de la calle a una persona mayor, en una manifestación pacífica, es un país enfermo. Es un tópico esto, lo sé; pero no por eso deja de ser cierto.

—Oyendo a algunos políticos de derechas, y a algunos periodistas endeudados con Hacienda, pero con banderitas hasta en los suspensorios, me he acordado de la comedia de Aristófanes, Las nubes. En ella se critica la supuesta filosofía de Sócrates. Ésta permite pegarle a un padre, por cuanto un padre le pegó al niño cuando era eso, un niño. La academia se llama El Pensadero. Creo que muchos de nuestros ilustres políticos han pasado por ella.

—¿Usted cree que han ido a alguna escuela o academia? Yo lo dudaba. Pero hay una señora que lo desmiente. La estoy siguiendo para recoger sus palabras y publicar unas Rimas y leyendas de su autoría. Se le dan bien los pareados, aunque son de una vulgaridad que ni para un establo con burros y vacas serían apropiados.

—Si es quien yo imagino, ese libro tendrá una página, salvo que usted escriba un prólogo largo, denso y profundo.

—La materia no da para eso. Salvo que me propusiera hacer una radiografía de la España actual. Pero es que es tan zafia y aburrida que me da grima nada más pensarlo.

—Yo le recomendaría —dije tras vaciar mi copa— que se olvidara de las rimas de esta mujer, y de sus necedades, y se dedicara a hablarme de los libros que ha leído o está leyendo. Hablar de los políticos es muy empobrecedor. No así de los libros que nos llevamos entre manos.

—Tiene razón: quien a buen árbol se arrima, buena sombre lo cubre. Hábleme de sus lecturas.

—El otro día hice una excursión por la librería, y me tropecé con una maravilla de libro. Conocía al autor por otras obras suyas, pero no por esa, que, como comprenderá, se vino conmigo a casa. He disfrutado mucho leyendo el libro. La aventura griega. Y ¿sabe? Me ha fastidiado porque cuestiona mi opinión sobre los viajes. Bowra, el autor, habla de la luz griega, de cómo ésta determina los volúmenes en la escultura y arquitectura... Total, habrá que ir a Grecia. Aunque, yo, desde luego, no voy a escribir ningún libro sobre Grecia ni sobre nada.

—¿De verdad va a emprender usted ese viaje?

—Imagino que no. Imagino que dentro de poco se me pasarán las pocas ganas de viajar que me ha despertado el dichoso libro, me encerraré en mi certeza de que jamás voy a escribir nada sobre Grecia, y, por lo tanto, no necesito ir a comprobar la calidad y brillantez de su luz, ni el frescor de las aguas de la fuente Castalia.

—No es usted nada quijotesco. Los libros no lo mueven a salir al campo lanza en ristre...

—No. Tiene razón. Me mueven a quedarme en casa. Y a seguir indagando en otras partes del libro que sí me mueven: la imposibilidad de conocer el griego clásico. ¿Cómo lo pronunciaban? ¿Cuál es el significado exacto de las palabras? Según leo y estudio, la palabra virtud, por ejemplo, ἀρετή, se va ampliando más y más.

—Claro, querido amigo —me consoló en tanto llenaba las copas—, ya lo dijo don Miguel de Cervantes: no todos los tiempos son uno. Imagino que ese concepto, como otros muchos, iría variando con el paso del tiempo.

—Así es. Al principio la ἀρετή, el alcanzar las mejores cualidades del hombre, era propio de los guerreros. Aquiles sería el más virtuoso de todos. Pero también lo es todo aquel, y ahí está el paso del tiempo, que realiza bien su trabajo y llega a ser un virtuoso en su ocupación.

—¿Puede entonces serlo un político?

—Si no olvida el concepto de justicia... ¿Puede serlo alguien que desahucia a una persona? ¿Pueden serlo unos políticos que ponen unos precios altísimos de alquiler y unos salarios de miseria? Tengo que pagar la hipoteca religiosamente, querido amigo: no quiero ni pensarlo si me tiraran de casa y tuviera que mover todos los libros. Me entra una pereza de muerte. Me moriría de hecho.

—Esa es una buena reflexión: hay familias, con niños pequeños, a los que han puesto de patitas en la calle. La buena muerte.

—O tempora, o mores!

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Jacqueline de Romilly, La Grecia antigua contra la violencia. Introducción. Editorial Gredos, Barcelona, 2024. Traducción de Jordi Terré.
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