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Mito

jueves 5 de noviembre de 2026
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Zeus y Hermes
Zeus, al ver que los hombres se exterminaban con tanto ardor, le ordenó a Hermes que los dotara del sentido de la moral y de la justicia. 📷 Zeus y Hermes (c. 550-530 a. C.) • Copa de kylix laconiano

Os aconsejo, tanto en vuestras opiniones y razones como en vuestras costumbres y en toda otra cosa, moderación y mesura y que huyáis de lo novedoso y de lo extraño.1

Michel de Montaigne, Apología de Raimundo Sabunde.

—Somos el país de o calvo o siete pelucas —le dije en cuanto me abrió la puerta, y me dejó franca la entrada.

—¿Qué le sucede? —me preguntó en tanto nos sentábamos frente a la fresca botella de vino.

—Ayer —comencé a explicar— recibí así como dos o tres avisos, enviados al móvil, alertándome de las lluvias torrenciales y dándome una serie de consejos para no morir ni matar por culpa del agua.

—Sí, yo también los recibí. Y un correo electrónico diciendo lo mismo; y, como siempre, pidiendo mi opinión sobre la oportunidad de los consejos de dichos mensajes. No es para enfadarse, digo yo.

—No, no es para enfadarse. Salvo que el mensaje, haciendo zumbar al móvil como si estuviera loco, lo vuelven a enviar a la una de la madrugada despertando a tirios y a troyanos.

—Es una faena, desde luego —reconoció—. Yo, por las noches, apago el móvil. Y lo dejo lejos de mí.

—A mí se me pasó por alto. Y cuando estaba en el más dulce de mis sueños, me despiertan con zumbidos alarmantes para decirme que no salga de casa y que no me mueva...

—¡Hombre! No veo que eso sea para enfadarse.

—¿A la una de la mañana? Lo es. Me enfadé. No conseguí volver a dormirme. Durante horas y horas estuve dando vueltas en la cama. Y, al final, me levanté y me puse a leer.

—Y entonces le entró el sueño dulce —dijo elevando la copa en un claro signo de un brindis. Le correspondí.

—No, no me entró el sueño, ni el dulce ni el amargo. Todo lo contrario, me espabilé más si cabe. Me dormí al cabo de muchas horas, cuando debería estar en el aula con mis alumnos. Pero menos mal que perdura la alarma por vientos, lluvias y truenos y relámpagos. Haciendo caso, pues, al mensaje, a eso de las once de la noche, me acosté, me dormí y no salí a la calle. Hasta que el maldito y persistente zumbido me despertó.

—¿Y qué lectura tuvo la virtud de despejarlo todavía más de cuanto ya lo estaba?

—Platón. Volví a leer su famoso diálogo titulado Protágoras.

—¡Dios mío! —exclamó riendo—. A muchos esa lectura les hubiera arrancado los ronquidos más sonoros del mundo.

—Pues a mí, no. Por el contrario, lo volví a leer con sumo gozo y placer. Y de ahí, tomando un café muy caliente y cargado, bien entrada ya la mañana, pasé a un librito del profesor García Gual donde analiza algunos mitos utilizados por Platón.

—Ha pasado usted una lluvia mítica.

—Sí, pero es increíble la facilidad que tengo para olvidar todo esto. Los mitos... ¡hay tantos!.. En Platón, magistralmente, se combina el logos, el razonamiento, con el mito. Cada uno ocupa su lugar correspondiente, pero es genial cómo los combina el filósofo. Y de esa combinación sale un todo bien trabado y coherente.

—¿Acepta Platón entonces la veracidad del mito? —me preguntó un tanto estupefacto.

—Yo le diría más bien que complementa su razonamiento. De hecho, Protágoras, en el diálogo que lleva su nombre, cuando Sócrates impele al sofista a que demuestre, si puede, que la virtud, la famosa ἀρετή, areté, se puede enseñar, le da a escoger al filósofo entre hacer dicha demostración de forma racional, logos, o relatando un mito.

—Muy seguro debería estar Protágoras para hacer semejante oferta.

—Era un sofista. Y éstos, los sofistas, igual le demostraban a usted que la bella Helena era culpable que inocente, indiferente, interesada o desinteresada, tanto en Paris como en la guerra de Troya.

—Servían para todo entonces. Como algunos productos que anuncian en la tele.

—Y lo pusieron todo patas arriba. Con ellos ya no había certezas absolutas. Fueron los primeros, además, en indagar sobre el lenguaje. Por tanto, y haciendo una pequeña pirueta, creo, con Protágoras, y con Sócrates, que la virtud se puede enseñar y aprender.

—No entiendo cómo se puede defender lo contrario —dijo llenando las sedientas copas.

—Volveremos sobre ello. La cuestión es que creados los animales, y el hombre, Zeus, estamos de lleno en el mito, ordena a Prometeo que les dé diversas cualidades a cada uno. Pero en lugar de hacerlo Prometeo, lo hace Epimeteo, el hermano tonto, y éste distribuye todas las cualidades entre los animales. De forma que cuando llega al hombre, no queda ninguna excelencia con la cual dotarlo. Eso obliga a Prometo a robar el fuego y el conocimiento de las técnicas, gracias a lo cual el hombre podrá cocinar los alimentos, adentrarse en la fabricación de herramientas y superar, de esta forma, a los animales.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con la virtud?

—Calma. Se lo voy a explicar a mi manera. Pese a conocer el fuego, y las diversas técnicas, los hombres se atacaban y se mataban los unos a los otros. Pues vivían separados y desconocían la ciencia de la política.

—Igual que ahora e igual que siempre.

—Exacto. Pero nadie puede aducir ignorancia en el asunto. Pues Zeus, al ver que los hombres se exterminaban con tanto ardor, le ordenó a Hermes que los dotara del sentido de la moral y de la justicia. “¿A todos o a unos en especial?”, le preguntó Hermes. “A todos”, respondió Zeus. Así pues, querido amigo, todos tenemos un sentido innato de la justicia y del sentido moral. Desviarnos de ello es cosa de cada uno. No de los dioses.

—No por eso dejan de retorcerse ambos sentidos o sentimientos para lograr cuanto se desea.

—Sí, en eso tiene razón. Hay una señora de un partido político, que no es de su devoción, ni de la mía, a la cual he oído hablar en varias ocasiones. La primera vez que la oí, la imaginé, enseguida, en la fragua de Hefesto: sería una magnífica ayudante, pues es capaz de retorcer cualquier argumento para demostrar que su partido tiene razón cuando es obvio que no la tiene. Sería buena retorciendo el hierro o el bronce para lograr bellas armas o adornos o filigranas. También podíamos definirla como una sofista amputada, una dogmática, pues sólo razona en una dirección.

—Es decir, que según ella, Helena es culpable sin posibilidad de redención o de estudiarla desde otro punto de vista.

—Exacto. Por eso mismo, me revuelvo, hasta cierto punto, contra aquellos que definen a Zeus como un tirano con respecto a Prometeo. Al castigo que le impone por haber robado el fuego. Zeus se percata, enseguida, de que los avances tecnológicos, conseguidos gracias al fuego robado por Prometeo, sirven de poco si no van acompañados de un cierto sentido moral y de la justicia. De la ciencia política.

—¡Vaya por Dios! —exclamó lleno de gozo—. Eso lo podíamos aplicar a lo que está pasando ahora con la traída inteligencia artificial.

—Y a otros muchos otros inventos. A la fusión del átomo, por ejemplo. A todas esas armas que, al fin y al cabo, nos amenazan a cuantos vivimos. La bomba atómica nos iguala a todos: como la suelte un país, lo hará el otro, y aquí paz y allá gloria. Al final, el hombre habrá logrado la máxima democracia: todos muertos y de la misma forma.

—Pues el mito, querido amigo, no es tan descabellado —dijo vaciando la botella.

—No, no lo es. Creo que se complementa, muy bien, con el razonamiento lógico, con el logos. Lo que sucede, y sigo al profesor García Gual, es que la palabra mito se aplica a casi todo: a un actor, a una actriz, a una colonia, a una moto... a cualquier cosa que se quiera vender.

—¿Me permite un inciso? —preguntó.

—Por supuesto.

—Dejando a Platón y a los mitos de lado, ¿por qué se dice mujer poeta y no poetisa, o mujer médico, en vez de médica, y no actora en vez de actriz, o emperadora en lugar de emperatriz?

Me quedé un tanto sorprendido por su pregunta. Muy alejada de cuanto yo estaba diciendo. Pero lo contesté lo mejor que pude en aquellos momentos.

—¿Por modas? —pregunté a mi vez—. No sé qué tiene de malo o de machista decir “Pepita es poetisa y escribe sonetos”, verbigracia. Les debe sonar mejor “Pepita es poeta”. No lo sé. Modas. Como aquello de la arroba que servía para todo. O la imbecilidad de buen finde, o el día después, en vez de el día siguiente. En fin, necedades varias.

—Y volviendo a Platón, y perdón por el inciso, ¿algo más que añadir? Me ha parecido muy interesante cuanto me ha dicho.

—Nada que no pueda leer en sus Diálogos. Y se los recomiendo encarecidamente. Pues Platón, además, como también dice el profesor García Gual, fue un excelente escritor. Y sus mitos tienen toda la frescura y la poesía de los mejores tiempos... Solamente quedaría añadir que el término mito define hechos de héroes y dioses, en un tiempo lejano, pero que, de alguna forma, a veces muy próxima a la religión, explican el comportamiento humano, o dicen cómo debería ser éste. O cómo fue en una época pretérita y modélica.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Cuántas cosas nos perdemos y cuántas cosas ignoramos!

—La vida —dije tras apurar mi copa— es pura selección. Y según lo que usted seleccione, así será. Ahora bien, tenemos un tiempo muy limitado: no podemos abarcarlo todo. Por lo tanto, ojo con lo que se desea. Porque, y es conocida la sentencia, lo que desees en la juventud, lo alcanzarás en la vejez.

—Por eso Valle-Inclán deseaba ser un difunto.

—Y seguro que lo alcanzó.

—De todas todas. De eso no se escapa ni el más pintado.

—Pues mañana más. Y esperemos que no vuelva a zumbar el móvil.

—Desconéctelo. Y manténgalo lejos de sí. Es otra forma de vivir.

—Lo haré. No le quepa duda. Va a sufrir una pequeña eutanasia nocturna y reversible en la soledad de una fría habitación.

—¡Pobre bicho! Ajusticiado sin culpa.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Michel de Montaigne, Apología de Raimundo Sabunde, en Ensayos II, Cátedra Letras Universales, Madrid, 1987. Traducción de Dolores Picazo y Almudena Montojo.
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