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Itinerarium

martes 19 de enero de 2016
Un fragmento del "Itinerarium" de la monja Egeria.
Un fragmento del “Itinerarium” de la monja Egeria.

El Itinerarium como libro de viajes

Podríamos decir, parafraseando el viejo refrán, que si tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres, igualmente tantos son los viajes y los paisajes como los viajeros. Partiendo de esta premisa se entiende que se puede emprender un viaje por muchas y variadas razones. Y según los intereses del viajero, sus ojos y su relato se centrarán en unos aspectos muy determinados, dejando de lado aquellos que no le interesen. Desde este punto de vista, claro está, también podríamos hablar de viajes más acabados o completos que otros. Esto, por supuesto, también dependerá de los intereses del lector. En nuestro caso quien nos interesa es el autor, o, mejor dicho, la autora, una monja del siglo IV de nuestra era que escribe para otras monjas, seguramente las de su propio convento o monasterio. Dicha monja, Egeria, salvo contadísimas ocasiones, sólo va a tener ojos, y palabras, para los lugares santos, para los sitios en los que sucedieron hechos narrados en la Biblia, el Antiguo Testamento o los Evangelios, o recogidos en tradiciones piadosas más o menos discutibles. Fuera de ello, y de las personas que viven la fe dimanada del libro, parece no existir ninguna otra realidad, salvo las fatigas que le produce ir de un lugar a otro, y la satisfacción de poder contemplar la tumba de algún personaje relevante, o el escenario de algún hecho bíblico, aunque éste sea de escaso interés incluso para los creyentes.

Egeria es una creyente, una monja, visitando lugares sagrados. Y que da testimonio de ello, un testimonio dirigido a su propia comunidad, reafirmando cuanto dice la Biblia.

El Itinerarium, como es sabido, consta de dos partes. En la primera se nos relata, en primera persona, el seguimiento que hace Egeria del camino emprendido por los israelitas, desde su salida de Egipto hasta la llegada a Tierra Santa. Y en la segunda las diversas celebraciones que se realizan en Jerusalén durante la Pascua. Con dichas celebraciones concluyen el viaje y el libro. No es, pues, el viaje de Egeria, un viaje de retorno a la patria, o de salida de ella, exilio, de conocimiento, de exploración o de indagación. Es un viaje, un itinerarium, en busca de los lugares sagrados, fuentes, tumbas, pozos, montes, árboles… que han estado relacionados con personajes, fundamentalmente, del Antiguo Testamento. Es dar testimonio de su existencia y acrecentar la fe, de forma racional, viendo aquello que sólo se conoce a través del libro. Ante esos lugares va a seguir una costumbre, un ritual, que ella misma establece: orar, leer la parte de la Biblia donde se describe el lugar, o donde éste tiene alguna participación, el canto de algún salmo apropiado al monumento que se visita, y una oración de despedida. Jamás duda de nada de cuanto ve o le dicen sus guías o acompañantes. Los monjes de cada lugar, a lo largo del camino, le irán mostrando las cosas dignas de verse. Siempre relacionadas con su fe. Egeria es una creyente, una monja, visitando lugares sagrados. Y que da testimonio de ello, un testimonio dirigido a su propia comunidad, reafirmando cuanto dice la Biblia.

La segunda parte del Itinerarium, mucho más rica en descripciones, se centra en la liturgia de la Semana Santa en Jerusalén. Y nos da una información de primera mano. Importantísima para llevar a cabo diversos y variados estudios. Entre ellos, la influencia de la liturgia en el arte en general, y en el teatro en particular.

Otra característica del texto, no menos importante, es que está concebido, al igual que el Lazarillo de Tormes, como una larga carta escrita a las compañeras de monasterio, es decir a las otras monjas, a quienes invoca con cierta frecuencia. Las llama Dominae uenerabiles sorores. Varias veces, sin embargo, se dirige a alguien en particular, aunque no indica a quien: sed cum leget affectio uestra libros sanctos Moysi, omnia diligetius peruidet, quae ibi facta sunt. Más hacia delante: nam michi credat uolo affectio uestra. Vuelve a invocar, luego, a todas las hermanas: sed mihi credite, domine uenerabiles… para volver de nuevo a dirigirse a una sola persona: nam mihi credat uolo affectio uestra. Hay, pues, una cadencia en esta invocación: primero se dirige a toda la comunidad, y luego a alguien en especial. Esta regularidad se repite hasta el final del texto con una invocación en la que se junta todo, gracias a un error gramatical: De quo loco, domnae, lumen meum, cum haec ad uestram affectionem darem. Como se puede ver hay vacilación entre el singular y el plural. Lo corrige líneas más abajo: uestrae affectioni referam. Y se dirige ya a toda la comunidad pidiendo por ella: Vos tantum, dominae, lumen meum, memores mei esse dignamini, siue in corpore, siue iam extra corpus fuero. Queda claro, pues, que el Itinerarium está concebido como una larga carta dirigida a su congregación.

 

Manuscrito y autoría

Pero vayamos por partes: Sin ánimo de entrar en polémicas, pues no hay acuerdo, aunque valiéndose de las ambiguas noticias suministradas por Egeria, nombres de obispos y ciudades, se ha podido establecer que el Itinerarium tuvo lugar entre los años 383 y 385, finales del siglo IV por lo tanto.

Egeria utiliza el latín para escribir su Itinerarium; pero un latín muy alejado ya del latín clásico.

No ha llegado hasta nosotros ningún manuscrito de Egeria. Sólo contamos con una copia hallada en 1884 por Gian Francesco Gamurrini en un códice de la Confraternità dei Laici, en Arezzo, Italia. Está escrito en un pergamino del siglo XI. Le faltan tanto las páginas iniciales como las finales y dos centrales. Esta pérdida ha llevado, lógicamente, a discutir su autoría. Gamurrini atribuyó el manuscrito a Silvana, hermana, así se creía, de Flavio Rufino, prefecto de Teodosio I desde 385 a 395. En 1903 Dom Férotin relacionó el Itinerarium con una carta escrita por Valerio del Bierzo en el siglo VII sobre la beatissima Aetheria. Gracias a esta Epistola de beatissimae Aetheriae nadie pone en duda ya que Egeria es la autora del Itinerarium, y que Galicia, o el Bierzo, fue su patria. Se discutió, en un principio, si era originaria de la Gallia hispánica o de la Gallia narbonense, cosa que demuestra que el latín, al menos el escrito, todavía conservaba una cierta unidad en el siglo IV.

Egeria utiliza el latín para escribir su Itinerarium; pero un latín muy alejado ya del latín clásico. Es la suya una escritura muy próxima, por el contrario, a lo que serán luego las lenguas romances. Sin pretender analizar todo el texto, ni ser exhaustivos, baste con decir que hay, en el Itinerarium, confusión de casos, y una profusa utilización de las preposiciones. Egeria escribe en latín vulgar, gracias al cual, que no a su viaje, figura en todas las antologías de esta variedad de la lengua. Sin embargo, el viaje en sí, lo que cuenta, es interesante tanto por las noticias, directas e indirectas, que nos proporciona, dejando la religión de lado, como, cierto es, por los cambios léxicos que se van produciendo en el latín.

 

Memoria, martyrium

No deja de ser curioso que le muestren a la monja el sepulcro donde los ángeles depositaron a Moisés para llevárselo luego.

A este respecto, y como lector ingenuo que fui la primera vez que me enfrenté con el texto de Egeria, me llamó muchísimo la atención una expresión utilizada nada más comenzar el Itinerarium. La monja, junto con sus guías y compañeros de viaje, se dirige hacia el monte Sinaí. Cuenta que este lugar, donde los montes se abren, está unido a otro donde se hallan las memoriae concupiscentiae. Fueron infinitas las imágenes mentales que el dichoso sintagma me creó. Las cuales, por supuesto, no tenían ninguna lógica: interpreté, sin ayuda del diccionario, que allí, en medio del desierto, se habían levantado monumentos, memorias, a la concupiscencia. Lo cual, como se comprenderá, no tiene ningún sentido por mucho, pensé, que pudieran estar cerca de allí Sodoma y Gomorra, o su recuerdo. No me cuadraba que se contara en la Biblia que se había levantado ningún monumento a ningún tipo de placer. Y efectivamente, Egeria utiliza el término memoria como sinónimo de sepulcro o tumba. Y así los sepulcros de la concupiscencia albergan los restos de aquellos israelitas que, camino de la Tierra prometida, hartos de maná, demandaron las cebollas de Egipto. Yavé, por mediación de Moisés, les mandó codornices, pero en tal abundancia que muchos tenían media en la boca cuando la arrojaban para coger otra. Yavé se encolerizó por esa concupiscencia y castigó con la muerte a muchos de aquellos glotones. Están enterrados allí, en las Memoriae concupiscentiae.

El otro término que utiliza Egeria para la palabra tumba es martyrium. Y ya que hablamos de ellas no deja de ser curioso que le muestren a la monja el sepulcro donde los ángeles depositaron a Moisés para llevárselo luego. Al igual que sucede con Edipo, no se sabe dónde fue enterrado el caudillo de los israelitas. Fue sepultado por los ángeles; y éstos, no se sabe si como castigo o recompensa, como hiciera Antígona con su cegado padre, jamás revelaron el lugar donde reposan sus huesos.

En aquel lugar, donde los montes se abren, junto a las memoriae concupiscentiae, y ante el monte Sinaí, Egeria, junto con todos sus acompañantes, realiza el ritual, dicho por sus santos guías, que será el tópico, lo que siempre hará cuando llegué a algún lugar bíblico: oración, cánticos, lectura del pasaje de la Biblia donde aparece aquel lugar, y nuevamente oración. Baste con citar la llegada al pozo en el que Jacob abrevaba los ganados de Raquel: “Ad quem puteum cum uenissemus, facta est ab episcopo oratio, lectus etiam locus ipse de Genesi, dictus etiam unus psalmus competens loco, atque iterata oratione benedixit nos episcopus”.

 

Compañeros de viaje

Por esta frase, y por muchas similares a lo largo del Itinerarium, sabemos, cosa lógica por otra parte, que Egeria no viajaba sola. Hubiera sido un suicidio hacerlo. El viaje en solitario tardará muchos siglos en imponerse. No hay más que recordar al respecto la genial aventura, entre 1836 y 1840, de George Borrow por España distribuyendo Biblias, viaje que en alguna ocasión estuvo a punto de costarle la vida. Ahora bien, sólo una vez Egeria utiliza un nombre propio, y no es precisamente para nombrar a un acompañante o guía, sino a una amiga, Marthana, a quien encontró en la ciudad de Corico: “Nam inueni ibi aliquam amiccissimam michi, et cui omnes in oriente testimonium ferebant uitae ipsius, sancta diaconissa nomine Marthana…”.

Sabemos que viajaba en compañía y que llevaba una Biblia, cosa que, de por sí, ya nos indica que iba bien pertrechada.

No sabemos, pues, quiénes eran los acompañantes. Pero nos da a entender que Egeria debía ser una mujer de la alta sociedad: siempre, y en todo lugar, los obispos de las iglesias por las que va pasando se ofrecen a hacerle de guía y le señalan los lugares más importantes, siempre desde el punto de vista religioso, para que nada se le quede sin ver. Nunca se negará a visitar nada por lejos que esté o por dificultoso que sea el camino: Egeria se define a sí misma como una mujer muy curiosa, “sum satis curiosa”. Y como dice ella misma, ante la posibilidad de visitar la tumba de Job se encendieron sus deseos de tomarse la molestia, laboris, de visitar el sepulcro. Eso sí, reconoce: “Si tamen labor dici potest, ubi homo desiderium suum compleri uidet”.

Que Egeria era una mujer noble no sólo se desprende por el viaje en sí y, como hemos dicho, por los guías que la van acompañando, sino también por la intervención del ejército romano, guarniciones que le dan escolta a la monja por aquellos lugares, de Clysma a Tathnis y Pelusio, en los que podía haber algún problema. En ese caso viajarán de un puesto militar a otro.

No dice Egeria nombres de obispos ni de oficiales del ejército. Sabemos que viajaba en compañía y que llevaba una Biblia, cosa que, de por sí, ya nos indica que iba bien pertrechada, pero nada sabemos de sus acompañantes.

 

Duración del viaje. Interés filológico de la monja

El Itinerarium, según la monja, aunque parece que la expresión “tres annos” es un añadido, duró ese tiempo. “Regressi sumus in Ierusolimam, iter facientes per singulas mansiones, per quas ieramus tres annos”. Mucho más tiempo debió ser el que Egeria pasó en Oriente, pues parece ser que antes de iniciar su peregrinación estuvo en Constantinopla, donde estudió griego. Sea como fuere, de nuevo en Jerusalén siente ya los deseos de volver a la patria, “uisis etiam omnibus locis sanctis, ad quos orationis gratia me tenderam, et ideo iam reuertendi ad patriam animus esset”. Sin embargo, aún va a poder más su curiosidad y todavía realizará alguna que otra excursión. Una de ellas la llevará al palacio de Abgar, donde Egeria nos dará muestras de un importante interés filológico. Allí, en Edesa, le enseñan el palacio de dicho rey. Éste, al parecer, se carteó con Jesús. Dicha carta tiene el poder milagroso de ahuyentar a los enemigos cuando éstos, los persas, se presentan ante la ciudad regida por Abgar. Leen la carta en presencia de Egeria. Y ésta muestra mucho interés por ella pues, según dice, posee copias en su convento, pero no son tan largas como esta. El obispo se las regala, tanto la de Abgar a Jesús como la de Jesús a Abgar, cosa que provoca un gran contento en la monja.

No menos importante es, al respecto, la información que nos da sobre la predicación, en Jerusalén, durante la pascua. El obispo, nos dice, predica en griego, pero como hay gente que no lo entiende un presbítero va traduciendo al siríaco lo que el obispo dice en griego. Pero también hay hermanos y hermanas grecolatinos que no conocen ninguna de las dos lenguas, así que otros también les traduce a ellos, al latín, la predicación episcopal. Aquellas eran traducciones en directo, por supuesto.

 

Las dos partes del Itinerarium

El libro de Egeria, como ya hemos dicho, se divide en dos partes bien diferenciadas: el viaje, siguiendo la ruta de los israelitas desde su salida de Egipto hasta llegar a Tierra Santa, y los rituales litúrgicos en Jerusalén durante la celebración de la Pascua. De la primera parte ya hemos hablado aunque muy sucintamente. La segunda parte tiene interés para los estudiosos del teatro medieval: como se sabe, si aceptamos la muerte del teatro con la caída de Roma, éste vuelve a nacer, al igual que lo hizo en Grecia, de mano de la liturgia, de la religión. Si en un principio, en Grecia, nace del komos, de la procesión, en la Iglesia Católica nacerá de las celebraciones litúrgicas, el famoso Quem quaeritis?, de la que, poco a poco, se irá separando. No quiere decir esto que las descripciones de Egeria sean teatrales o que tengan que ser tomadas por tales. Sencillamente, Egeria describe una liturgia que en ningún momento es estática: tanto fieles como oficiantes se van moviendo por los diversos lugares por los que tuvo lugar la pasión de Cristo. Lo cual hará verosímil, cuanto menos, que en obras como El auto de la huida a Egipto, del siglo XV, tanto actores como público, al igual que en un teatro moderno, no permanezcan estáticos en un escenario ni en unas sillas o butacas: ambos se moverán, como en una procesión, o un vía crucis, por todo el lugar de la representación. A los fieles que asistieran al auto, quienes también asistirían, seguramente, a las celebraciones pascuales, no les asombraría en absoluto el movimiento de los personajes ni de ellos mismos. El tema es, ciertamente, apasionante; pero no podemos detenernos ahora en él. Sea suficiente este breve apunte con respecto al teatro.

Por desgracia, y para finalizar, el manuscrito de Egeria se ha perdido; y la única copia del Itinerarium estuvo oculta hasta finales del siglo XIX.

Otra cosa importante que cuenta Egeria en esta segunda parte de su viaje, con resonancias literarias, es el momento en el que los fieles se acercan a besar el lignum crucis. Es el final de la liturgia pascual. Finalizada la misa, se deposita el lignum en una mesa. Y los participantes se van acercando a él para besarlo: a ambos lados del lignum se sitúan sendos presbíteros con la misión de vigilar a los fieles, pues cuenta Egeria que, una vez, uno se llevó un trozo de la cruz dándole un bocado. Sabido es que la Edad Media desarrolló una enorme afición por las reliquias. Sin ir más lejos en Valencia tenemos el cuerpo entero de san Luis Beltrán, donado por Alfonso el Magnánimo, y el cuerpo entero del patriarca Ribera, que se exhibe en su fiesta. Sin olvidar la cantidad de huesos, dientes, dedos, brazos y demás que se pueden hallar en cualquier iglesia. Por otra parte, cuando falleció san Juan de la Cruz, en 1591, sus hermanos de orden tuvieron que vigilar el cadáver y enterrarlo por la noche, dado que el pueblo, cuando entraba a verlo, le arrancaba trozos del hábito e incluso algún dedo. Queda, al parecer, una reminiscencia de este entierro nocturno en el capítulo XIX de la primera parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Por desgracia, y para finalizar, el manuscrito de Egeria se ha perdido; y la única copia del Itinerarium estuvo oculta hasta finales del siglo XIX. Es una pena porque leyendo las páginas de Egeria se siente uno tentado, enseguida, de afirmar que fue ella la iniciadora de un tipo de literatura, el viaje con una finalidad religiosa, que iba a producir dos libros importantísimos tanto en nuestra patria como en Inglaterra, pero ambos relacionados con España. Nos referimos a El viaje literario a las iglesias de España, de Jaime Villanueva, un cura ilustrado, gran conocedor del latín, y en cuyo libro recoge noticias importantísimas desde el punto de vista de la liturgia y el teatro; y La biblia en España, del impagable George Borrow, quien arrostró en la España del siglo XIX más peligros que Egeria por el desierto, movido también por la fe. Sabido es, no obstante, que ninguno de estos autores leyó a Egeria. Una pena.

Vicente Adelantado Soriano
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