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La mujer habitada en la poesía de Doris Galíndez

jueves 28 de abril de 2016
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Doris Galíndez
Doris Galíndez se mimetiza con la mujer habitada para ir ofreciendo indicios, mendrugos que siembra con un lenguaje sin excedentes.

Camino riesgoso para la poesía es volcar, tras el vértigo de la interioridad, los recuerdos íntimos de una herida emocional que aún no se cierra. Es una de las ideas que surgen desde la intensidad del monólogo de la mujer, habitada por un sueño, de la poeta Doris Galíndez en el libro Dos poetas de Aragua.

Soliloquio con un “Usted” desconocido, innombrado objeto de su amor: “Usted es el elegido / el que supo pelearme en el papel / conquistando mi tiempo / soplando misterios de mi vida / en un puñado de arena”. Poemas que exigen ser releídos para desentrañar: “Ecos de voces / secretos, / misterios…”. Palabras de la prescindencia, del íntimo reclamo a un poeta no identificado. Aventura imaginaria que propone al lector un acertijo: ¿con quién desea la mujer encontrarse, aun a costa de perder sus huellas a través de la palabra poética?

En el silencio se esconde el eterno retorno que la posee y la poeta no lo elude, lo nombra, lo recibe.

La aritmética de la versificación pierde autonomía para expresar el encuentro con ese ser lejano, esquivo, cuya personalidad rompe las cuartetas irregulares, los trípticos atrevidos, los dísticos asonantes, que muestran el intento de la poeta por diseñar un presente creativo, hacia un futuro poético. Siempre en la búsqueda de un posible enlace desde el pasado, olvidado, y un intercambio simbólico entre naturaleza y espíritu atemporales: “Cada vez que Usted / me embriaga de ausencia / miro la fresca eternidad / de mi alma / …la desarmo / la trituro… / la envuelvo en misterios / …la lloro / la destiño en el río”.

En esta encrucijada de permanentes sueños con desencuentros, Doris se mimetiza con la mujer habitada para ir ofreciendo indicios, mendrugos que siembra con un lenguaje sin excedentes; minimaliza los símbolos retóricos, una poética sin subterfugios. Tan pronto cliva los elementos de la búsqueda porque “Llegó el momento / de borrar mi piel / en su alma”. Otras veces la poesía se vuelve endogámica, posesiva: “Usted es el elegido, / como mordaza de instintos, / sacudiendo el salitre / donde mis huesos guardan sus óxidos”.

El lenguaje de la posesión no descarta el vínculo con un afuera no literario, que implica el salitre, el pacífico, el desierto de arena, un extratexto que Doris convierte en palabra poética y que se ve envuelto por el “silencio primordial” del poeta perdido en los escombros del tiempo.

En el silencio se esconde el eterno retorno que la posee y la poeta no lo elude, lo nombra, lo recibe, porque “…en la geografía / de un mar arrugado, / polvoriento, / asesino de esperanzas, / a veces quisiera / inventar espacios / para la tristeza, / otros de silencios…”. Y es ese silencio el que perturba la búsqueda del misterioso “Usted”. Es la mujer habitada por la poesía la que fragua una relación amorosa, onírica, con un “Usted” vacío de corporalidad. En cualquier caso ella es la soñante, mediadora entre la poeta y un muerto. “Ahora el tiempo / hablará de Usted. / serán palabras de / minúsculos átomos / esparcidos, / fluctuantes / con la calma / de suave brisa…”.

Cuando creemos haber descifrado el acertijo, la mujer nos deja en ascuas y vuelve a preguntar: “¿Quién es Usted?”. Y nosotros, lectores curiosos, le respondemos: Es un poeta que vivió la dicha de ser querido, muchos amores que lo acompañaron por el mundo. El hombre de la Chascona, el de Isla Negra. El que se dejó envolver por los silencios telúricos de la pampa salitrera, a la cual representó en el Senado chileno. Poeta cuya obra hoy deambula, más allá de su ideología, por los espacios de las literaturas del mundo. Bien lo define Doris Galíndez: “Una sombra prestada por el viento”. De esta manera la poeta crea un rumor que une dos siglos, sin desperdicios verborreicos, sin sentimentalismos falsificados, la mujer habita en la Margarita Naranjo (salitrera), en el Jardín de invierno, en la Tentativa del hombre infinito del árido norte chileno. Pero nuestras conclusiones parecen falsas porque Doris recurre al tiempo circular, y sigue la búsqueda que la alimenta; como el Segismundo de La vida es sueño de Calderón de la Barca, quiere seguir soñando, se resiste a despertar, no desea renunciar al milagro del encuentro, porque el poeta le dice desde su zona misteriosa: “Yo soy el que te espera en la estrellada noche, / sobre las playas áureas, sobre las rubias eras” (del poema Amiga, no te mueras, de Pablo Neruda).

Agradezco a Gioconda Belli el título de este artículo y a Doris Galíndez el haberme dado la oportunidad de disfrutar la lectura de sus poemas y la relectura de un poeta nunca olvidado.

Julia Elena Rial
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