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Paseando por Puerto Montt

domingo 19 de agosto de 2018
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Puerto Montt
Fotografía: Rodolfo Ditzel Lacoa

Tras dejar atrás Temuco (volvería a la región en el viaje de regreso de la Patagonia) dejaba también la Araucanía para adentrarme en la región de Los Ríos, camino de la mítica ciudad portuaria que Víctor Jara (si la memoria no me falla) nos metió hasta el tuétano al oírla infinidad de veces —en realidad era el primer verso de una composición que habían popularizado Los Iracundos, aunque prácticamente desconocida en el mercado español— a través de la mítica programación de Radio Moscú, Radio Berlín Internacional, la Radiotelevisión Argelina o Radio Habana Cuba. La emisora de Argel con su tradicional frecuencia de 254 kHz era un verdadero trueno en esa banda que prácticamente nadie escuchaba en España, quizá porque durante el día es apenas perceptible y durante la noche, gracias a la propagación y la oscuridad, se convertía en una banda de miles de kilómetros de alcance; en aquella época albergó varios centenares de emisoras, básicamente de Europa y África; algunas todavía siguen ahí, otras dejaron paso a la modernidad y, con ella, en algunos casos, al ocaso de su popularidad.

Mereció la pena esa larga espera e incluso la dureza del viaje que los chilenos hicieron todavía más agradable gracias a su entrañable compañía.

¿Quién no recuerda las míticas programaciones musicales de Radio Luxemburgo, Europa Nº 1 o Radio Monte Carlo? A veces, pensando que aquellos tiempos siguen ahí, uno se siente nostálgico y vuelve a esa onda larga en busca de sorpresas y alguna que otra cosita se descubre, aunque la “analogía radial” está para callarla y la digitalización está acabando realmente con las ondas libres e incontrolables. Basta que dejen de fabricar receptores para que por obra y gracias de unos diseñadores, que parece inspiró el mismo George Orwell, la humanidad asista a una de sus pérdidas más terribles: la libertad de expresión. Nos quieren vender las nuevas tecnologías como “la gran panacea” pero en realidad es la gran ocasión para controlarnos hasta el último suspiro.

En fin, Puerto Montt era algo familiar gracias a las noches que uno disfrutaba en grupo (vivía realquilado con varios colegas más en la Barcelona de los setenta donde, entonces, vivir en un piso individualizado, como los “grandes adláteres” de nuestro tiempo presente, era impensable: y sobrevivimos tejiendo, incluso, irrompibles lazos de amistad) de los mensajes que surcaban el éter con una nitidez extraordinaria. ¡Qué delicia era la radio de los 60/90!, y qué poco hemos aprendido de esos medios que no sólo hacían buena radio, sino que cohesionaba la sociedad en torno a un colectivo que fue prácticamente barrido por unos hechos que los llevaron a los más apartados rincones del orbe. La tecnología del momento actual permite recuperar algunas de esas voces y de esos programas que, pasado el tiempo, todavía te hacen saltar las lágrimas.

Puerto Montt era, gracias al gran cantante, una de esas visitas pendientes: mereció la pena esa larga espera e incluso la dureza del viaje que los chilenos hicieron todavía más agradable gracias a su entrañable compañía. La ruta Temuco, Padre Las Casas, Gorbea, Loncoche, Lanco, Mafil, Los Lagos, Paillaco —con pequeña parada para el café y cambio de aguas—, San Pablo, Osorno, Purranque, Llanquihue, Puerto Varas… (aproximadamente la distancia entre Granada y Madrid, por unas rutas verdaderamente hermosas a pesar del invierno).

El paisaje inunda nuestras retinas; los volcanes, omnipresentes, te hacen pensar en otras latitudes, la ciudad sureña se muestra, a pesar de su juventud, con inusitada belleza y prestancia que, en determinados momentos, realzan las cumbres nevadas del Osorno y el Calbuco. La Costanera (paseo marítimo) es sorprendente y a pesar del frío, los jóvenes pasean sonrientes y felices en sus momentos de intimidad; el gigantesco monumento “Sentados frente al mar” (hay que escuchar la canción a la que antes aludía) te hace recordar el bello tiempo de la adolescencia. Las casas me llevan a un entorno europeo, tejados más inclinados, tonalidades más alegres, más madera, sin duda los colonos alemanes no se olvidaban de sus raíces y gracias a ese legado hoy tenemos en el Cono Sur una de las mejores reposterías del orbe y no deberían dejar de probarse si uno se pierde por aquellas latitudes.

Personalmente me impactó el esplendor de su industria pesquera y la variedad y calidad de los productos del mar (los mariscos, al margen de su tamaño, son sugestivamente buenos, y otro tanto tengo que decir sobre los modestos cochayuyos —algas marinas—, que es uno de los productos que encargo a mis amigos cuando me avisan que vienen para España: tras veinticuatro horas en remojo, igual que los garbanzos de nuestra popularísima “olla jameña”, te puedes preparar un estofado a base de magra y costilla que, al menos para mi paladar, sabe a gloria).

Las riberas de aquella gran ensenada eran prácticamente impenetrables a mediados del XIX, de hecho, cuando comienzo a desplazarme por la zona, noto que aún se localizan paisajes intactos a pesar del gran impacto que ha producido en el territorio la extracción maderera; entonces el que hace posible la colonización de ese territorio fue Víctor Pérez Rosales, que le dio el nombre del presidente Manuel Montt; el personaje, sentado en un tronco que acondicionó como si de una silla se tratase, dirigió los trabajos, colocó la primera piedra de su coqueta catedral el 12 de febrero de 1843. Sería a principios del XX cuando la aldea comenzaría a crecer, pero los estragos de la naturaleza (terremotos, volcanes, etc.) no facilitaban el asentamiento hasta que la riqueza de sus aguas, que hoy son codiciadísimas por empresas pesqueras de medio mundo (la mayoría de la producción de un empresario español que amasó una considerable fortuna se extrae allí), provocó el espectacular despegue que hoy hace de Puerto Montt una de las ciudades más importantes del sur chileno: la primera y principal productora de salmón que colocó a Chile como segundo exportador mundial, tras Noruega. La realidad es que en el archipiélago de Chiloé las cosas pueden ser dramáticas, pues las factorías, ancladas al abrigo de los embates del Pacífico, están dejando el lecho marino sin oxígeno, por lo que podría darse la gran paradoja, una vez más, de aquel popular dicho, “pan para hoy y hambre para mañana”.

Dependiendo del tiempo que uno tenga previsto estar por la región, tendrá que dosificarlo. Personalmente no dejaría de darme una vuelta por el cercano Bosque Fósil de Punta Pelluco, decenas de troncos petrificados con más de 50.000 años puede uno contemplar cuando la marea baja; al lado contrario de la bahía nos encontramos el Puerto de Angelmó, con excelentes lugares para degustar mariscos y disfrutar de los palafitos, aunque para esto último mejor esperarse para ver los de Castro (isla de Chiloé) y, si el tiempo da para pasear, hágalo por la calle que le ofrecerá todo el tipismo de la zona; si su maleta se lo permite y este es el destino final antes de regresar a casa, tráigase alguna de las “gavillas” de algas que se ofrecen por la zona, pesan poco y con alguna de las recetas que le pueden dar los lugareños tendrá para varios meses, si antes no acaba por aburrirse aunque su organismo puede que se acostumbre y disfrute de las virtudes de esa planta marina.

Los Saltos de Petrohué son un buen lugar para la contemplación y durante esta escapada también pude contemplar los volcanes de Osorno y Calbuco.

Fuera ya del estricto marco geográfico de Puerto Montt hay infinidad de lugares de interés; es obvio que sólo relato lo que visito, así que no puedo opinar de lo que no pateé. Mi tiempo en la zona dio para disfrutar de Puerto Varas, Lago Llanquihue, Ensenada, Las Cascadas, Puerto Klocker, Petrohué, Lago de Todos los Santos, todo ello de una gran belleza; en este último funciona un ferry que lo recorre entre Petrohué y Peulla y deja al viajero a una treintena de kilómetros del Paso de Pérez Rosales con Puerto Frías (Argentina). Recomiendo disfrutar de la sencilla y tranquila Peulla cuando la aldea queda prácticamente desierta y los esquiadores o viajeros se han largado hasta el complejo de Bariloche: los alojamientos no son baratos, pero merece la pena recrearse si el tiempo lo permite, posibilidades hay varias y todo dependerá de la climatología —estamos ya en plena cordillera—; hay actividades al aire libre que ayudan a evadirse, sobre todo al estresado urbanita.

Mis paseos por ese magnífico lago fueron realmente agradables a pesar del frío glaciar que tenía la zona. Los Saltos de Petrohué son un buen lugar para la contemplación y durante esta escapada también pude contemplar los volcanes de Osorno y Calbuco. Los aficionados al deporte blanco ya tienen suficientes ofertas en Puerto Varas, que es el lugar desde donde parten la mayoría de los que operan turísticamente por la zona, y eso sí, hay competencia, incluso en los precios, así que hay que tener suerte con lo que se contrata. Por supuesto, en algunos casos las pistas de ripio (serían nuestros caminos forestales) merecen la pena recorrerse si uno calcula los riesgos de quedarse tirado (las agencias turísticas ya velan por ti y sólo se introducen por ellas cuando las conocen y saben las dificultades), si uno va por libre lo conveniente es ir bien equipado para soportar cualquier inclemencia, aunque en el verano austral no hay problema, los inviernos anochece rápido y el mercurio cae en picado de manera vertiginosa.

Finalmente la anécdota del viaje: una barca voladora; estábamos tan tranquilos esperando la salida del barco y de pronto veo en el horizonte el artilugio; se lo digo a mi hermano, evidentemente no me cree hasta que sin moverse de la silla la dichosa barca pasa filmando el crucero, ahí es nada. Todo el barco saliendo a las cubiertas a contemplar, filmar y enviar por medio de las modernas tecnologías a los intrépidos. No sé cómo estará la foto que logré hacer justo cuando sinuosamente se posaban en el agua, recorren unas decenas de metros y ¡zas!, de nuevo inician su vuelo, le dan una doble vuelta, filman al barco y a los curiosos que abarrotan las cubiertas y desaparecen por la zona de Angelmó que está llena de tiendas de artesanías y restaurantes para todos los gustos y bolsillos, apenas desaparecen y también nosotros iniciábamos la ruta hacia el sur, camino ya de lo último que conocía de viajes anteriores, en este caso eran los puertos de Chacabuco y Aisén: a partir de ahí todo será novedad y sorpresa para este jameño.

Juan Franco Crespo
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