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Hablemos, de Octavio Santana Surez

El descubrimiento de Punta Arenas

• Martes 15 de enero de 2019
Punta Arenas
La actual Punta Arenas arranca hace poco más de siglo y medio.
“Sólo aquellos que se arriesgan yendo lejos
pueden encontrar lo lejos que pueden llegar”.
Thomas Stearns Elliot
(inscripción que encontré
en el monumento a la mujer galesa,
en Puerto Madryn, en marzo de 2017)

Tras zarpar de Puerto Chacabuco, el crucero vuelve al Pacífico en busca de los canales de entrada hacia esa gran ciudad austral chilena. Pasamos entre el archipiélago de los Chonos y la península de Taitao; horas más tarde el navío embocaría el célebre Canal de Ladrillero, de nuevo el Pacífico y finalmente el famoso y mítico Estrecho de Magallanes que nos lleva, ahora sí, a la gran ciudad austral (hay otras poblaciones o asentamientos más pequeños de soberanía chilena más al sur pero, como ciudad, Punta Arenas es la reina y sólo Ushuaia, en la República Argentina, le hace palidecer).

En invierno no siempre están transitables las rutas, así que opté por recorrerme la mayor parte de la ciudad y, cuando las piernas no daban para más, un paseo en autobús urbano.

Hagamos un breve repaso a la historia: el primer europeo que pasó por aquí fue Fernando de Magallanes (preciosa su réplica de La Victoria a pocos kilómetros del centro de la ciudad, concretamente al final de su zona norte, coquetamente anclada para solaz y disfrute de sus gentes y algunos miles de viajeros y curiosos que año tras año arriban a esa meta del fin del mundo) en 1520. Sí, fue el primer europeo, pero los pobladores originarios, descendientes de aquellos atrevidos que llegaron de Asia a través del puente helado del Estrecho de Bering llevaban aquí diez milenios y hoy se les conoce como los tehuelches, aunque quedan bien pocos. El impacto que supuso el encuentro con los europeos y la falta de defensas diezmaron, de una manera inmisericorde, las poblaciones autóctonas de estas gélidas latitudes sureñas.

En el crucero también había la posibilidad de realizar una escapada a las célebres Torres del Paine, sin duda uno de los lugares más atractivos de la región por unos $1.000 y una paliza de autobús (personalmente recomiendo que esa visita se realice desde Puerto Natales, aunque los cruceros al uso no logran entrar hasta ese punto más cercano al Parque Natural, situado varios centenares de kilómetros más al norte de Punta Arenas). Si uno quiere hacerlo desde la ciudad sureña, entonces lo mejor es pasar unos cuantos días y comprar cualquier viaje por poco más de $50 y, en vehículos más pequeños, recorrerse esa impresionante mole de hielo y piedra (prácticamente podemos sufragar una semana de estancia y viaje por el coste de la exclusiva excursión que preparan los cruceros que dejan molido al viajero que se pasa unas cuantas horas en forma de cuatro para apenas ver un poquito, hacer las fotos y de nuevo darse el tute hasta volver a embarcar).

Recordemos que (en verano) el trasiego es constante y en invierno no siempre están transitables las rutas, así que opté por recorrerme la mayor parte de la ciudad y, cuando las piernas no daban para más, un paseo en autobús urbano, de punta a punta, casi dos horas de amigable charla con los lugareños y la sorpresa del billete Adulto Mayor: tres viajes por poco más de un euro (y pensar que esa misma distancia en donde vivo, un solo viaje, cuesta casi cuatro euros, una gran oportunidad de pajarear como dicen por esta zona cuando te dedicas a curiosear yendo de un lado a otro: ¡qué riqueza y qué precisión de idioma!), no me pidieron documentación acreditativa para aplicarme la tarifa. ¡Qué gran contraste con lo que me sucede en mi Andalucía natal!

En mi tierra nada de descuentos si no eres residente, no importa que hayas nacido en ella: sólo se aplica a los que enseñan una tarjeta de la Junta de Andalucía… ¡Esa es la gran aportación de la democracia y el mundo de las autonomías en la vida cotidiana de los españoles! Abandonas tu lugar de residencia y, a poco que necesites algo de la administración —prácticamente todo está transferido a los entes autonómicos—, te verás con grandes sorpresas y, sobre todo, incongruencias. Te tratan como si fueras un apestado y mucho peor que a los ilegales o indocumentados que campan a sus anchas en un país de quijotes. Ese es el gran éxito de la realidad en la actual división administrativa del país. Todas las autonomías te sacan los cuartos y todas andan creando “hechos diferenciales” que acaban por joder al personal de a pie, país de necios, diría Gila, así que regresemos al centro de la ciudad austral de Punta Arenas.

La actual urbe arranca hace poco más de siglo y medio, sus protagonistas seguramente ni llegaron a imaginarse el esplendor que llegaría a alcanzar en esas poco más de seis generaciones de lucha contra un terreno realmente hostil y unos endiablados vientos que, en ocasiones, te tumban. Todo fue gracias a la ganadería ovina, de la que varias familias sacaron, en su momento, inconfesables beneficios que uno puede imaginar con la presencia de algunas casas y palacios que se yerguen en torno a su famosa Plaza de Armas (plaza Muñoz Gomero), donde nos encontramos el impresionante monumento erigido a Magallanes, la catedral, el palacio Sara Braun, el Instituto Antártico Chileno, el Centro Español, el monumento al avilesino José Menéndez y un largo etcétera.

Debido a ese escaso período histórico, la ciudad permite ser visitada en pocas horas, aunque si uno quiere interiorizar algo más, entonces serán necesarios varios días que también podrían utilizarse para visitar algunos de los atractivos naturales de esa región, la más austral de Chile, si exceptuamos la Antártica, con la que llega a triplicar la superficie de España.

A primera hora se nos aparece como una ciudad fantasma, pero ésta cambia hacia el mediodía cuando el comercio abre sus puertas y sus casi 200.000 habitantes inundan sus calles.

Por supuesto, no sólo de la ganadería viven sus gentes, el petróleo, el gas, el carbón o la piedra caliza son rubros que engrasan su economía y atrae, aún hoy, a infinidad de trabajadores que no eluden las dificultades climáticas para tratar de mejorar sus condiciones de vida. Lo peor es el viento, porque el mercurio rara vez baja de los ocho grados y difícilmente supera los quince: la sensación térmica la producen esos rugientes vientos del sur que te dejan aparcado cuando menos te lo esperas.

A primera hora se nos aparece como una ciudad fantasma, pero ésta cambia hacia el mediodía cuando el comercio abre sus puertas y sus casi 200.000 habitantes inundan sus calles, que gozan de un tráfico bastante tranquilo. Hay varias vías que dividen la ciudad y para un corto período bastaría centrarse en la zona portuaria, avenida Independencia, España y Colón. En esa especie de cuadrado lo tendríamos prácticamente todo y el que disponga de más tiempo podría ampliar su radio hasta el famoso Cerro de la Cruz o Mirador (subir por la calle dedicada al padre Fagnano, lo peor son las empinadas escaleras de la cuesta final, entonces convendría tomar algún tramo de rampa o ir por la José Menéndez, que tiene una cuesta menos pronunciada).

Otro lugar de interés para el visitante puede ser el Cementerio que, como tantas veces hemos comprobado a lo largo y ancho del orbe, denota un estrato social por sus mausoleos o tumbas ricamente ornamentadas, pero cabría preguntarse: ¿qué sacrificaron los pioneros para llegar a donde llegaron? Si te quedas sentado, esperando que alguien trabaje por ti, puedes morirte de inanición y aburrimiento. Lo peor de todo es que la actual globalización acrecienta, de manera piramidal, las desigualdades, y las multinacionales no están precisamente dispuestas a reducir sus ganancias; primero compran a los competidores por sumas ridículas, después fijan unos precios y multiplican descomunalmente sus beneficios, que se evacuan y desaparecen del lugar en que se obtuvieron de una manera pasmosa; evidentemente, todo ello con la aquiescencia de los políticos que sucumbieron a la “zanahoria” y no paran de cosechar marginación y miseria. Es lógico que con lo que te cuesta una cazuela de marisco en un restaurante popular no tengas ni para una cerveza si entras en un local caracterizado como turístico. Como éramos pocos, a la carestía se le acusa de todo y la lejanía tiene aquí un sobrecoste que se le hace difícil soportar a los más desfavorecidos.

Hay varios museos, algunos de acceso libre, otros previo pago de una modesta entrada. Conviene llevar documentación acreditativa con la fecha de nacimiento, aunque debo resaltar que en todo el periplo por el Cono Sur nunca me la exigieron y, en algunos servicios, me aplicaron la tarifa de Adulto Mayor (aquí nosotros hablamos de la Tercera Edad) que permite, por ejemplo, pagar la mitad de la tarifa en el transporte urbano, que puede llevarte hasta la zona norte, que se caracteriza por ser la más dinámica de la ciudad. Allí está el gran centro comercial, el hospitalario y, a unos cinco minutos en taxi, la célebre réplica de La Victoria con la que Fernando de Magallanes llegó a estas tierras por primera vez hace casi cinco siglos.

Para desplazarse por la región hay una verdadera jauría de agencias y las tecnologías de hoy nos permiten conocer los costes antes de partir. La experiencia me indica que conviene enviar el proyecto viajero electrónicamente a través del sistema de copia oculta; como ninguno de los destinatarios sabrá a quién le pides precios, cada uno te facilitará el suyo y sólo te queda comparar y decidir. Al menos en lo que respecta al Parque de Torres del Paine, la que mejor precio tenía, durante mi estancia en la Patagonia, era la Eco-Tour Patagonia.

La realidad es que la guerra de precios es aquí brutal y pueden variar hasta en un 200% en algunos casos (a veces simplemente esa diferencia se debe al tipo de vehículo utilizado para realizar el viaje; recordemos de paso que muchas rutas no están hormigonadas y los baches pueden ser mortales en según qué tipos de vehículos) pero, si llegaste hasta aquí, por carretera, entonces estás totalmente preparado para utilizar el transporte de los habituales de la región. Por ejemplo de Punta Arenas a Santiago de Chile hay 3.330 kilómetros; de ellos más de la mitad se realizan por tierras argentinas. Sólo toca disfrutarlos y hablar con los viajeros que realizan el mismo periplo y con los que tomar un mate, un café o una cerveza, resulta más ilustrativo que muchas guías al uso.

Hay suficientes atractivos naturales, entre ellos el más visitado suele ser el faunístico con sus famosas pingüineras.

En la Plaza de Armas encontramos un excelente servicio de atención al turismo con datos totalmente actualizados e infinidad de planos y folletos; recomendamos optar por un vuelo completo desde Europa a Punta Arenas, vía Santiago de Chile que, comprado en origen, suele ser más económico que los precios que suelen imperar allí ya que, rutas sin competencia (no es el caso), tienen precios realmente astronómicos. Si lo que se desea es ir a Puerto Natales, entonces no hay que bajar hasta Punta Arenas ya que, coincidiendo con la llegada de los vuelos, hay compañías de transporte que arrancan en el aeropuerto y te dejan más cerca de Torres del Paine, sólo toca contemplar el horizonte y extasiarse con el magnífico espectáculo que ofrece la naturaleza. Lo mejor es tener tiempo suficiente para permitirse el placer de viajar con las navieras chilenas a lugares que raramente pisan los turistas y donde, con suerte, la naturaleza es un encanto. La tradicional cortesía del chileno, una vez roto el hielo, hará que la experiencia sea más que una anécdota y te preguntes: ¿por qué no vine antes?

Por supuesto, si su presupuesto se lo permite, hay cruceros que, por lo pequeño de los barcos, permiten un turismo de lujo sin tener que soportar el insufrible Océano Pacífico. ¡Menuda travesía tuve entre Valparaíso y Puerto Montt..! Justo cuando prácticamente me había olvidado del terrible paseo en yate por las islas Galápagos en los lejanos años noventa. Magallanes le dio el nombre porque una tempestad lo llevó hasta él y se lo encontró calmado, pero la realidad es bien cruda y cuando se enfurece es todo lo contrario a la tranquilidad.

Los alrededores son también de interés, al margen del Fuerte Bulnes (donde se inició la ocupación de la zona en el XIX), unos sesenta kilómetros más al sur, hay suficientes atractivos naturales, entre ellos el más visitado suele ser el faunístico con sus famosas pingüineras: gracias al elevado coste del pasaje de estas excursiones las aves permiten imágenes de postal siempre y cuando tengas máquinas con un buen zoom para evitar molestarlas; las de bolsillo mejor ni pensar en ellas, pues a pesar de su utilidad no son lo mejor para obtener vistas en movimiento.

Juan Franco Crespo

Juan Franco Crespo

Docente e investigador español (Alhama de Granada, 1953). Profesor de primaria, licenciado en geografía y estudios de doctorado en historia de América. Ha colaborado regularmente desde los años 70 con publicaciones especializadas del mundo de las comunicaciones, como WRTH (Dinamarca), DSWC (Dinamarca), Radio Nuevo Mundo (Tokio, Japón), y otras de Argentina, Uruguay, Perú, México, Estados Unidos y España, entre otros países. Durante varios años también colaboró en el mundo de la radio con diferentes emisoras internacionales. Actualmente algunos de sus trabajos son radiados para América Latina a través del espacio Frecuencia RM, en la emisora La Voz de Rusia. Colabora regularmente con Madrid Filatélico, El Eco Filatélico y Crónica Filatélica y mantiene una sección, sobre filatelia alusiva a literatura infantil y juvenil, en la revista Educación y Biblioteca, así como en las publicaciones electrónicas OpusMúsica y Naturaleza Educativa.

Sus textos publicados antes de 2015
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