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Ushuaia: la urbe más austral del mundo

viernes 3 de abril de 2020
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Faro Les Éclaireurs
Faro Les Éclaireurs, en el canal Beagle, frente a las costas de la bahía de Ushuaia. Fotografía: Luuk Wouters • Unsplash

Tantas veces nombrada en infinidad de piezas filatélicas que pasaron por su suelo en el largo viaje de la Antártida a Europa. Debo decir que no estaba prevista en mis planes viajeros hasta que un día cayó, leyendo un diario deportivo mientras tomaba la clásica cerveza, un anuncio de viajes con un precio realmente interesante (vaya, como el que me encontré en esta ciudad austral para realizar un crucero antártico que ofertaba las últimas plazas por menos de 5.000 dólares, era el fin de la temporada y en plena campaña generalmente no bajan de entre los 10 y 15 mil dólares por viajero), así que manos a la obra, y un día del mes de marzo, final del estío en las regiones australes, me encontraba deambulando por sus calles y descubriendo que algunas leyendas urbanas no corresponden con la realidad: me habían dicho que las cuestas eran interminables y en las paredes te encontrabas una cuerda para poderte agarrar cuando soplan los “rugientes vientos del sur”. Pero nada de nada, ni cuestas imposibles ni vientos huracanados nos esperaban en esta sorprendente ciudad que nos hacía creer que nos hallábamos en medio de los Alpes.

Por suerte, salvo la lluvia torrencial de la escala de Puerto Montt, el clima se apaciguó y el encuentro con el temible paso del Cabo de Hornos (allí se juntan las aguas de los océanos Pacífico, Atlántico y Antártico) fue un verdadero placer. Una balsa de aceite, así que vuelvo al relato con esta ciudad argentina, la única que está, geográficamente, al otro lado de la cordillera andina.

Se cree que los primeros habitantes llegaron aquí hace más de 10.000 años y los europeos los encontraron prácticamente desnudos: se habían adaptado a unas condiciones extremas.

Se ubica en la isla de Tierra del Fuego y, a pesar de su latitud, no pasa por tener unas condiciones extremas aunque el clima cambie con una rapidez inusitada; todo dependerá de los dichosos vientos y la temporada en la que estemos viajando. Se aconseja, siempre, buen calzado y algo para la lluvia (pero olvídese del paraguas porque de nada le suele servir al que lo abre si con la lluvia llega el impetuoso Eolo).

Los primeros europeos llegaron por la región en el XVI con Magallanes y con el navegante lusitano se pasaba a la literatura viajera una ingente cantidad de relatos que nos indican la facilidad que tiene el cerebro humano a la hora de realizar sus narraciones: la zona ha despertado la imaginación de los “escribidores” de todo el orbe que, atraídos por los relatos de los viajeros sobre el Fin del Mundo, se pusieron manos a la obra para adornar sus escritos. Algo que, como podemos imaginar, es genuinamente relativo; depende de donde estés, así será la idea del mapa que uno tendrá que tratar de acondicionar en sus neuronas, aunque es cierto que cuesta adaptar esa idea al tener que realizar esa retrospección interior cuando llegas hasta estos pagos que se te aparecen como unos inhóspitos territorios.

Se cree que los primeros habitantes llegaron aquí hace más de 10.000 años y los europeos los encontraron prácticamente desnudos: se habían adaptado a unas condiciones extremas y a uno se le pone la piel de gallina cuando contempla fotos del XIX con apenas una piel de camélido encima y cazando con más de medio metro de nieve en aquellas plateadas llanuras fueguinas que les proveían de una abundante cantidad de especies, ahora prácticamente desaparecidas. Los hacenderos parcelaron y estabularon el ganado en fincas inabarcables para nuestros parámetros (o al menos para una persona que vive en Cataluña donde, a veces, en apenas cien metros, te has encontrado con “varios trocitos” de diferentes propietarios), aunque también es cierto que en algunas zonas los espacios están realmente libres y son de una sobrecogedora y oscura belleza. En pleno siglo XXI apenas queda una abuelita indígena en la isla chilena de Navarino; según nos explicaron, de los casi 15.000 indígenas fueguinos a mediados del XIX, sólo queda ya la nostalgia, en el primer censo que realizó un sacerdote en 1920 apenas localizó unas trescientas personas.

La codicia se los llevó por delante cuando comenzaron a aparecer los buscadores de oro. Hay muchos nombres que escribieron páginas gloriosas de la historia austral; entre esos hombres de leyenda está el inolvidable Julio Poper (rumano), que incluso acuñó moneda e imprimió sellos de correo que hoy son una verdadera tentación para los coleccionistas. Incluso su creador se sorprendería de que, en realidad, ese trocito de papel alcanza una cotización varias veces superior al precio del oro. Los pastos, lobos marinos y ballenas fueron otros rubros que atrajeron a centenares de hombres de todo el mundo a la región y, directa o indirectamente, acabaron con toda la vida de esos pueblos primigenios que en Tierra del Fuego eran los yámanas. Hoy, casi dos siglos después de la independencia, apenas si son un apunte de la historia: quedaban borrados los rastros de diez milenios de vivencias de estas gentes que vivieron pacíficamente de lo que les proveía tan inhóspito territorio; la mayoría de su dieta alimenticia estaba compuesta de frutos recogidos directamente, la caza y la pesca.

A veces hay gente que aguanta lo indecible porque queda enganchada a la quietud y la calidad de vida de que disponen en tan extremas latitudes.

Los primeros españoles se establecieron en 1584 (los autóctonos como hemos citado realmente desaparecieron en el siglo XX). Por supuesto, si la literatura o las fuentes que uno consulta son anglosajonas, siguiendo con la costumbre, ellos te dirán simplemente que esos pueblos primigenios desaparecieron con la colonización europea. Históricamente, la realidad es otra. Sarmiento de Gamboa fue el encargado de tomar posesión del Estrecho y allí fundó Puerto Hambre (mientras los autóctonos tenían de todo, nuestros antepasados se morían, se ve que para los intrépidos marineros el marisco, los camélidos o las ballenas no eran precisamente la base de su dieta), que puede ser una de las escapadas si se dispone de tiempo desde Punta Arenas; se trata de una ruta de unos sesenta kilómetros de caminos de arenilla hacia el sur. Para esa alternativa viajera conviene estar varios días en la ciudad chilena y otro tanto en Ushuaia; de lo contrario los dólares “vuelan”, porque los precios allí son estratosféricos y el viajero es una esponja a la que hay que exprimir cuando aparece.

Una postal te cuesta prácticamente un dólar, más del doble si la depositamos con destino a Europa. Los arrendamientos también son caros y la vida dura, pero los recursos mineros están atrayendo empresas de alta tecnología por las ventajas fiscales que ofrecen las autoridades. Pero no nos engañemos, la filosofía de los que podríamos decir pioneros es bien sencilla: hacer el máximo de “plata” para abandonar aquellas latitudes. Curiosamente, a veces hay gente que aguanta lo indecible porque queda enganchada a la quietud y la calidad de vida de que disponen en tan extremas latitudes. Cuando regresábamos al barco para continuar el viaje, quedaban unos 50 dólares en pesos chilenos, y como ya me cansé de guardar papel moneda que al final acaba engrosando las arcas del Estado emisor, no había tiempo material para mucho más y como en el correo argentino no me los aceptaban, seguí caminando y en la tercera tienda, sin esperanza (pero parece que se cumple la máxima, a la tercera, la vencida), la señora me dijo que ella está para comerciar, cada dos o tres años se pega unas buenas vacaciones en Mallorca gracias a esas ventas imprevistas en pesos chilenos o euros que pacientemente va guardando en su casa hasta que consigue para el vuelo Punta Arenas-Barcelona y en España se gasta los euros y en el vuelo los pesos chilenos que pacientemente iba dejando. Por cierto, la cerveza Muller estaba buenísima y los pesos se cambiaron sin problema a moneda argentina para gastar en la siguiente escala: las cosas caras y lo primero, el negocio.

Inicialmente la ciudad fue una colonia penitenciaria que aún se conserva y es hoy la base naval y el museo (visitable con relativa facilidad, mejor si se hace en grupo, todo va más rápido, hablando español no hay mucha dificultad para acceder a esas instalaciones militares, al menos la parte histórica; evidentemente la parte estrictamente militar del resto del recinto ya tiene más dificultades). Allí tenemos el original Faro del Fin del Mundo (ojo, a veces los espabilados te quieren vender como tal uno que está en la bahía que da acceso a la ciudad tras pasar la isla en la que funciona el coqueto y flamante nuevo aeropuerto).

En cuanto a los habitantes, de las diferentes veces que lo pregunté no saqué nada en claro, pero haciendo una media el número podría estar en torno a las 75.000 almas. Si le interesa el mundo de la tecnología ahí funciona una empresa que, gratuitamente, realiza visitas hasta sus instalaciones (se puede apuntar uno en la oficina de turismo, donde un microbús de la fábrica recoge y devuelve a los visitantes: estrictamente prohibidas las máquinas fotográficas y otros aparatos de grabación). Es uno de esos inventos del mundo global, fabricar en donde menos cuesta, y allí parece que las condiciones fiscales son óptimas por razones puramente estratégicas para los buitres especuladores. Un viaje por carretera desde Buenos Aires se me antoja como una “road movie” realmente fantástica y que tendría que haber hecho en la edad de la intrepidez; a estas alturas, uno ya no está para tanto baqueteo.

Para tomarle el pulso a la urbe lo mejor es patearse la ciudad si hay tiempo, entonces tenemos varias cosas que complementarán la visita. Una de esas cosas podría ser el Museo del Fin del Mundo, el Marítimo (lamentablemente estaba cerrado durante mi estancia), el Yámana (prescindible si estuvimos en el del Fin del Mundo, aunque se complementan bastante bien). Si queda tiempo un taxi al telesilla para subir al Glaciar Martial, que es donde obtienen el agua potable, y en grave retroceso ante el tan cacareado cambio climático, yo ni quito ni pongo rey, pero al ritmo de crecimiento urbano, es lógico deducir que los recursos se agotan cuando no hay reposición, y si no que se lo pregunten a los adelantados que se hicieron con Alhama en el XVI. ¿Qué queda de aquellos repartimientos reales? A lo mejor algún historiador jameño nos puede contestar esa pregunta. Un coqueto acuario puede deleitar a los más jóvenes, hay que caminar o tomar el taxi, y aquí debemos decir que eso no es algo barato, recordemos que estamos en el Fin del Mundo.

Un circuito en barco para ir a las pingüineras u otras colonias de aves puede salir por 50 dólares.

El impresionante recinto penitenciario originalmente funcionó en la isla de los Estados —se ve cuando abandonas la zona de Cabo de Hornos y te adentras en la derrota por el Atlántico Sur con destino a las islas Malvinas, lamentablemente con una gran cantidad de niebla sobre ella— y Puerto Cook. En 1902 comenzaron los penados a redimir condena trabajando “en su casa” y para 1920 prácticamente habían acabado aquella obra —entonces apenas había veinte casas en Ushuaia, algo que sorprendería a sus gentes si pudieran volver a la ciudad apenas un siglo después— que permitía holgadamente la estancia de más de medio millar de condenados que hicieron infinidad de obras civiles y el atractivo Tren Austral que funciona en las cercanías del Parque Nacional a unas decenas de kilómetros al oeste de la ciudad austral.

¿Qué recomendaría a un viajero que piensa en estos pagos? Sobre todo: tiempo. En caso contrario, intentar al menos dos o tres días por ciudad tratando siempre de tener los transportes y el alojamiento cubiertos (con Internet puede uno planificar muy bien el viaje), especialmente en el pico de la temporada austral, a veces en caso de extrema necesidad, uno puede compartir vivienda con cualquier lugareño (la oficina de turismo o los taxistas tienen una extraordinaria sagacidad a la hora de solucionar esos pequeños problemas de intendencia).

Si puede, lo primero a realizar es la comparativa de precios; un circuito en barco para ir a las pingüineras u otras colonias de aves puede salir por 50 dólares (horquilla 50-300 dólares, todo dependerá del tipo de yate, tamaño, velocidad, tiempo de observación, etc.): todos suelen visitar lo mismo, más pequeños, más posibilidades de acercarse a las colonias de pájaros o incluso descender si fuera el caso. A veces los más pequeños suelen ser los más competitivos y rápidos, si hay una buena mar hacen incluso más placentero el viaje por esta desolada región que tiene unos paisajes realmente cautivadores. Recuerden, botas y chubasqueros para defenderse del agua cuando hace acto de presencia.

Juan Franco Crespo
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