
El 24 de octubre de 2018 vería la luz un sello vertical dedicado al polifacético personaje que tanto se echa a faltar, desde que se fue de este mundo, en la pequeña pantalla de aquellos pagos. Allí reía y hacía reír, algo que en estos tiempos de pesadumbre realmente deja mucho espacio a la nostalgia, morriña o saudade, depende desde donde nos lean. El sello fue obra de Zdenek Netopil y el grabador del sobre Jaroslav Tvrdon, emitido en pliegos de 50 en fotograbado y puesto en circulación en la cervecera ciudad de Plzen, su ciudad natal.
Nació el 10 de noviembre de 1918 casi con la misma historia de la independencia checoslovaca en esa ciudad mundialmente conocida por su histórica cervecera Plzen —la misma que tantas veces nos sale en las etiquetas de esa popular bebida, generalmente de cebada, aunque cada día la oferta se va ampliando y hay productos en el mercado para los más variados paladares aunque, muchas veces, hay que rascarse el bolsillo— y moría el 15 de febrero de 2003 en Liberec.
Descubrió su facilidad para las letras, mientras estudiaba lengua en su patria chica; pasó una temporada por la fábrica Skoda con un trabajo como asistente administrativo en el departamento técnico y escribiente del Hospital Municipal, aunque rápidamente se pasaría al mundo del teatro en donde destacaría como director de escena, actor y director de la compañía de aficionados Grupo de Vanguardia del Teatro de Plzen, entre 1937 y 1940; actor profesional director del Teatro Municipal de 1941 a 1945, año en el que pasó al Teatro Vetrnik de Praga. Fue parte integrante del Teatro de Sátira en la Parte Baja de Praga entre 1946 y 1949 para pasar a formar parte del elenco del Teatro Nacional entre 1949 y 1955.
Dirigió el U Nováku Palace (calle Vodickova, renombrado ABC Teatro entre 1957 y 1961). Al margen de su trabajo como actor, también codirigió la institución teatral junto a Jan Werich; en esa época interpretaría papeles en algunas películas, pero destacó precisamente en el mundo del teatro experimental y todavía se recuerda su célebre Semáforo de Praga, que debutó en 1959 y donde se discutía y argumentaba con la audiencia del momento y teniendo en cuenta la realidad política del país que no estaba para muchas alegrías, pero siempre sorteando esa férrea postura de los que “cuidan por nosotros y al final nos amargan la vida”, trabajaba y enviaba dardos que muchas veces ni los políticos del momento entendían y que a mí me llevan a aquella célebre Codorniz española.
Hornicek fue actor, director y escritor, al margen de su presencia en la televisión, un polifacético personaje que no solía dejar indiferente al que lo escuchaba por su gran erudición (vaya que viendo los chabacanos personajes de nuestras tertulias televisivas, uno se pregunta: ¿no tenemos nada en España de esa calidad y personalidad? ¿Es tan estólida la sociedad del momento que vivimos? ¡Saber, dirían nuestros amigos ticos!).
Su talento interpretativo llegó hasta la Exposición Mundial de Montreal en 1967, donde hizo de maestro de ceremonias y se proyectaron dos versiones cinematográficas de su película interactiva Kinoautomat, en la que ocupaba el papel estelar como Cloveck. A lo largo de su vida recibió numerosos premios, entre ellos el Diploma Talía de 1996 o el humorístico Karel Polácek.
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