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Mi encuentro con las islas Falkland o Malvinas

jueves 7 de mayo de 2020
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Mi encuentro con las islas Falkland o Malvinas, por Juan Franco Crespo
Lo mejor de las islas Falkland-Malvinas son los lugareños.

Para muchos puede parecer un nombre poco corriente, pero para el que escribe estas líneas no dejan de ser un nombre realmente familiar gracias a la pasión por la radio y la filatelia que desde crío comencé a disfrutar en mi Alhama natal. También gracias a la fabulosa BBC, que tenía un imbatible prestigio a nivel planetario y hoy, cuando todo es relativo y gracias, precisamente, a la estolidez de unos políticos (basta mirar el marrón que se han montado ellos solitos con el Brexit, que podría ser el principio del fin de la UE) que, al margen de la mala educación, parece que poco más tienen que ofrecernos si juzgamos los escándalos a los que la prestigiosa institución se ha visto sometida desde que los políticos comenzaron a meter mano y los periodistas a mirar para otro lado: resultado, hoy no es ni la sombra de lo que llegó a ser.

Al cumplirse los 35 años de aquellos sucesos, sentí un cosquilleo cuando se me mostraba la FIRS (Falkland Islands Radio Service) en marzo de 2017.

La BBC fue un faro que guio al mundo hasta que las presiones y los mandamases le cortaron las alas. Recuerdo que en los setenta del siglo pasado, mientras era monitor de sus servicios técnicos, se hablaba de una audiencia global de unos trescientos millones de personas (cuatro décadas después, casi desmontadas la onda corta y la onda media, con infinidad de modernos artilugios más comúnmente conocidos como nuevas tecnologías, apenas sobrepasan el cuarto de millón y, allí, como aquí, siguen empeñados en vendernos el chocolate del loro: todavía los siniestros directivos se sorprenden cuando algunas de las emisoras de FM que montaron en infinidad de capitales por todo el orbe quedan fuera del aire o simplemente se promociona, pero como la radio de mi pueblo, no aparecen en ningún punto del dial. Con la onda corta y los transmisores operados directamente no les pasaban estas cosas), pero volvamos a las Falkland-Malvinas (curiosamente, la BBC nunca utilizó un nombre en detrimento del otro, siempre empleaba la definición dual para disgusto del cuerpo diplomático británico, como siempre había informado la célebre y celebrada emisora del Támesis).

En 1982 esa referencia ya fue mucho más brutal; el 2 de abril, Argentina, creyéndose que era la India (recuperaron a mediados del pasado siglo varios puertos portugueses sin mover un solo dedo, por las bravas Goa, Damao y Dili se integraban en el país en el que geográficamente estaban ubicados dichos enclaves), invadió las islas, pensando que Londres no movería un dedo. Efímera ilusión, pues la dama de hierro (hoy tiene un busto mirando a la Bahía de Stanley, justo delante del Hotel Malvina, y los lugareños realmente la veneran) Margaret Thatcher no abandonó a sus súbditos, rápidamente se puso a trabajar y a montar el expeditivo grupo militar y dio la orden de partida para recuperar las históricas y desoladas islas que llevan casi dos siglos bajo su bandera (tiempo que Argentina reclama, inútilmente, su soberanía).

Mientras se daba el golpe definitivo, el ejército británico (si mal no recuerdo) a través de su BFBS (Servicio de Radiodifusión de las Fuerzas Armadas) montaba, tras requisar uno de los transmisores de la BBC, en la isla de Ascensión (eufemismo para evitar implicar a la prestigiosa emisora), su Radio Atlántico del Sur en lengua española (con un acento peculiar, pero que cumplía su objetivo), destinada a las tropas argentinas, y que yo escuchaba perfectamente con mi receptor Sony ICF 7600 de la época o el Grundig Satellit 2000 si estaba pasando el fin de semana en Valls con mis padres y hermanos. Sin embargo no logré captar nunca la emisora que montaron los argentinos con el mismo fin y destinada a transmitir hacia las tropas británicas, algo que sí se hacía a través de la emisora local ubicada en Stanley (fue ocupada, pacíficamente, y rebautizada como LRA Radio Nacional Islas Malvinas, transmitiendo desde Puerto Argentino; infinidad de piezas postales y filatélicas se prepararon en la época para festejar aquellos acontecimientos que pronto —algo más de setenta días— desembocarían en un verdadero baño de sangre).

Al cumplirse los 35 años de aquellos sucesos, sentí un cosquilleo cuando se me mostraba la FIRS (Falkland Islands Radio Service) en marzo de 2017, mientras realizaba una visita a las islas (hacía casi dos décadas que me interesaba por los viajes al archipiélago, pero los precios eran realmente astronómicos). Emocionante encontrarse en la sala que entonces fuera el estudio de LRA Radio Nacional Islas Malvinas, que en su día gestionaron los administradores que decidieron invadir (rescatar dicen ellos) las islas y sembrar de dolor a unos centenares de familias que, aún hoy, realizan inmensos esfuerzos para poder ir a ellas, generalmente a través de terceros países pues no hay oficialmente ningún enlace Argentina-Islas Malvinas.

El archipiélago está a unos quinientos kilómetros de la Patagonia argentina, todo un anacronismo en el siglo XXI (sólo comparable con el caso de Gibraltar, para entendernos). Los primeros europeos que las habitaron fueron los españoles en el siglo XVI. Francia instaló una guarnición para prestar apoyo a su flota ballenera en 1764, pero no hubo cesión de soberanía por parte española. Los ingleses trataron de hacer lo mismo, pero España los expulsó nada más detectar su presencia y hasta 1800 fueron tierras directamente españolas; en 1820 el gobierno provisional del Río de La Plata enviaba un gobernador para tomar la posesión del territorio insular aprovechando la independencia de Argentina.

El país reclamaba para sí la titularidad del ventoso archipiélago pero, curiosamente, durante mi estadía el viento no se presentó y la temperatura era realmente de eterna primavera a pesar de estar finalizando el verano austral (en aquella época histórica, al margen de los grandes problemas que había en la España peninsular, sólo bastaban aires ventosos inspirados en la revolución francesa y las gestas napoleónicas para que nos dejaran más pelaos que una raspa de bacalao: las entonces colonias aprovecharon el momento de debilidad y las repúblicas americanas, inspiradas en la lucha y el espíritu parisino de finales del siglo XVII, comenzaron a declararse independientes y, con ello, los enfrentamientos entre unos y otros: siempre acababa perdiendo el pueblo, pues tampoco la realidad significó un gran alivio para los que pensaban que se libraban de la servidumbre).

Quien quiera más datos sobre la conocida y famosa guerra de las Malvinas tiene infinidad de documentación en todos los medios. No deja de sorprender esa cantidad de material si atendemos al exiguo número de habitantes en el archipiélago austral. El impresentable general Galtieri (apareció borracho en la televisión argentina para explicar la recuperación de las islas el 2 de abril de 1982; el 14 de junio de 1982, poco más de dos meses después, se conocería la otra cara de la moneda que magistralmente radió la famosa Radio Atlántico del Sur; sería sustituido por Reinaldo Bignone y las subsiguientes elecciones del 30 de octubre de 1983. Contra lo que uno pueda imaginar, resulta que el audiovisual que montó el Museo de la Casa Rosada en Buenos Aires narra, con bastante imparcialidad, la historia de la República Argentina, incluso esos dramáticos días).

Por supuesto, si uno maneja bibliografía británica, entonces, como tantas veces, la historia es la suya y nada que ver con la española, aunque muchas veces sea la correcta (la leyenda negra que iniciaron hace siglos aún perdura y los quijotes encima, les damos alas, vaya que pasa como los catalanes que a principios del XVIII fueron traicionados y ahora se echan en brazos de Londres para quitarse de encima a Madrid aprovechando el Brexit). Pero lo cierto es que los españoles estuvieron por aquí en el XVII; hay infinidad de material y documentación histórica que lo testimonia (los británicos dirán que el primer dato contrastable es el del 14 de agosto de 1592 con la llegada de John Davis a bordo del Desiré). El nombre español Malvinas correspondería al de los intrépidos navegantes de Saint Malo (¡qué bella ciudad francesa!) cuando las bautizan como Les Malouines, que fácilmente se traspasó al español como Malvinas y que es el que llegó hasta nuestros días.

El 1 de enero de 2009 se dotaron de una nueva Constitución que incidía en el autogobierno local.

En 1766 el capitán John MacBride realizó un asentamiento en Port Egmond; de allí fueron expulsados momentáneamente por el gobernador español. Durante el XVIII fue para la corona española uno de los penales más seguros del mundo: prácticamente nadie se escapó. Están tan aisladas estas tierras que dan la sensación de estar olvidadas, y así seguirían si no hubiese eclosionado la megalomanía nacionalista argentina en 1982.

El auge de la industria lanera es el que les dio una inusitada prosperidad en el XIX y XX y sigue hasta hoy, aunque ahora son las pesquerías y los recursos petrolíferos los que las hacen prácticamente autosuficientes y no cuestan ni un solo penique a la corona británica.

El 1 de enero de 2009 se dotaron de una nueva Constitución que incidía en el autogobierno local. Cuatro años después realizarían un referéndum para determinar su futuro: 99,8% de las papeletas dijeron que querían seguir manteniendo su actual estatus político como territorio británico.

Según el censo del 2012 que nos facilitaron en Stanley, había 2.562 personas viviendo en el archipiélago: 54% nacidos allí, 27% de origen británico, 6% de origen chileno (recordemos que Chile, por razones históricas, nunca llevó bien las relaciones de vecindad con Argentina, que en algunos momentos de la historia, tras la independencia, puso los hitos limítrofes por las bravas y aún hoy hay trazados no claros entre ambos países. Uno de los casos más sonados fue el enfrentamiento por los límites de las aguas territoriales en el famoso Canal de Beagle y donde medió la diplomacia del Vaticano) y otro 5% proceden de la isla de Santa Helena (en español sin h) y que se hizo famosa por el destierro de Napoleón.

Como es habitual en estos casos, el personal militar y sus agencias quedan fuera de la estadística por estrictas razones de seguridad. La verdad es que si tienes los ojos abiertos y analizas bien, entonces ves que Gran Bretaña no se dejará sorprender, de tal forma que incluso minúsculas islas deshabitadas han sido dotadas de pistas de aterrizaje y son visitadas regularmente para evitar hechos consumados. Me atrevería a afirmar que es uno de los territorios más exiguos del orbe con mayor cantidad de aeropuertos, mayoritariamente para uso militar pero que también emplea, en muchos casos, el Figas y los servicios de emergencia. La prestigiosa RAF (Royal Air Force) desde el más que ultramoderno complejo del Aeropuerto Internacional de Mount Pleasant, apenas una treintena de kilómetros de Stanley (o Puerto Argentino como fue rebautizado en 1982), realiza vuelos regulares que, a través de Ascensión, conectan Londres con el archipiélago del Atlántico Sur en vuelos de poco más de quince horas.

Lo mejor de las islas son los lugareños, que muestran una envidiable salud y una actitud positiva ante la vida; de la treintena de personas con las que hablé, sólo una me resultó especialmente desagradable: el sacristán de la Iglesia Católica (Saint Mary’s Church), sin duda, con aquella cara sonrosada, estaba bien colocado y debió creer que era un argentino que no merecía ni siquiera el good morning. Por cierto, fue también el único templo donde no se podían hacer fotos ni a la puerta de la entrada. ¡No me extraña que no pasen de una veintena los asistentes a los oficios religiosos; personas como la descrita embrutecen la hiel de cualquier católico (imaginemos los que son de otra tendencia religiosa).

El resto de isleños (Kelpers sería el adjetivo a emplear) me parecieron fabulosas personas, especialmente la señora que me atendió en la Oficina Filatélica: ¡qué manera de reírnos!, y las del coqueto museo, todo amabilidad y entusiasmo al poder atender a unos de los escasos españoles que aparecen por aquellas latitudes.

Posiblemente, fuera de Stanley, uno de los lugares más visitados, por obvias razones, es la zona de Darwin y Goose Green (al margen de las pingüineras que son la principal atracción para los que llegan en cruceros). Inicialmente, los comerciantes de Montevideo (XIX) allí lanzaron sus reses y montaron el saladero Samuel Lafone (acabó dando el topónimo a la península de Lafonia), y en 1926 se construyó el puente colgante más austral del orbe en aquella época. Con la guerra de las Malvinas, varios centenares de personas perdieron aquí la vida.

Otro lugar que merece la pena recorrer es el Historic Dockyard Museum, toda una enciclopedia que parece recobrar vida.

Un cementerio argentino (por lo visto fue saqueado poco antes de mi estancia: a los muertos, ni simbólicamente, se les deja en paz, y siguen padeciendo la insensatez de los hombres) y un memorial dedicado al coronel Herbert Jones podrían ser las cosas más dignas de destacar. Por supuesto, fruto de aquella refriega quedan zonas minadas que los lugareños han aprovechado para estampar en camisetas y recuerdos de todo tipo advirtiendo de su peligro; en la zona próxima a Stanley se localizan algunos de esos restos que lamentablemente no es cuestión de acercarse para evitar consecuencias peores.

Otro lugar que merece la pena recorrer es el Historic Dockyard Museum, al lado del correo, del diario local, el ayuntamiento o la prisión y apenas a unos metros del obelisco erigido en memoria de los que perdieron la vida por parte británica en aquellos estériles enfrentamientos. Es toda una enciclopedia que parece recobrar vida, sobre todo si deambulamos por algunas de sus estancias; en mi caso, me devolvían a mi infancia (por ejemplo la ejemplar conservación de la fragua que estuvo activa hasta los sesenta si mal no recuerdo, me devolvía a la fragua de Montoya en el callejón de mi niñez) y muestra cómo fue cambiando la vida de los bípedos en apenas dos centurias. No es normal que una comunidad tan exigua disponga de tantos recursos y los mimen, pero ahí está, precisamente, el mérito de los habitantes de estas lejanazas latitudes: te devolvían a un pasado prácticamente inmediato.

Por motivos obvios me centré en la imprenta o la historia marítima pero, sobre todo, en las comunicaciones con su perfectamente conservada estación radiotelegráfica y unos aparatos que te hacen soñar con aquellos que yo mismo contemplaba cada día en la Oficina de Telégrafos de Alhama (justo frente a la actual Oficina de Turismo y en donde pasé varios años con una entrañable e inolvidable persona: Ricardo Medina de la Torre. Años después la oficina pasaría a las instalaciones de Correos en la Casa de Arrebola en el Adarve de los Remedios y donde Miguel Ibáñez Sánchez pulió mi futuro al incitarme continuamente a preparar las oposiciones, fue el motivo de mi partida en el ya lejano 1973).

Infinidad de documentos radiotelegráficos, modelos de los diferentes formularios y un buen lote de tarjetas QSL y diplomas de radioescuchas y radioaficionados autóctonos que emocionan a cualquiera que tiene esa particular pasión por el mundo de las ondas. En fin, que todos esos documentos dan vida, aún hoy, a la R/T Station & Telephone Exchange (incluso mesas de teléfonos manuales con las líneas, igualitas que las que en su época conocí en la Telefónica jameña cuando funcionaba encima del Bar Andaluz; posteriormente se pasaron a la Calle Alta y trabajaban de operadoras las hijas de Valladares, que vivían frente a la tienda de Molina), válvulas, tubos, medidores, máquinas de escribir y un largo etcétera que nos hace ver el gran camino recorrido en poco más de cien años desde que la radio iniciara su andadura y, ahora, intentan hacernos creer que la panacea es Internet. Es evidente, los tiempos en que la radio nos permitía soñar no volverán, pero la red no es el mundo idílico que nos quieren vender y, además, requiere un mayor desembolso y siempre estar conectado, algo que una radio a pilas no necesita y puedes estar en el lugar más aislado del mundo para seguir recibiendo señales sin que tengas que estar pendiente de la conexión satelital correspondiente.

La flora y la fauna (escasas por la latitud, pero algunas especies de pináceas han colonizado algunos patios y jardines capitalinos que no sufren los rigores invernales con tanta crudeza) son un mundo aparte y que requiere una estancia mayor y un considerable presupuesto, ya que no existe transporte público y las rutas son de pavimento natural, o sea: barro por doquier a poco que haya nevado o llovido; además se debe mantener una buena condición física para caminar por los senderos a los que el vehículo no tiene, evidentemente, acceso: los reyes del espectáculo son las pingüineras; si sus protagonistas cobraran derechos de imagen, entonces podrían vivir de por vida con el sustento asegurado.

Recapitulamos y hacemos un somero recordatorio: las Falkland son un grupo de 778 islas ubicadas a unos quinientos kilómetros de América del Sur (apenas 12.173 km²), una exigua población de la que tres cuartas partes se concentran en Stanley y el resto vive pacíficamente aislada en las granjas esparcidas por todo el archipiélago y a las que uno se puede dirigir para pernoctar a precios de primer mundo. La altura máxima es de 705 metros en Mount Usborne (relativamente cerca de Darwin-Goose Green). Los vehículos al uso suelen ser Land Rover (algunos se deshacen de puro uso) o 4×4. Curiosamente sus líneas aéreas Figas pueden ser una buena alternativa para recorrer el archipiélago, pero olvidémonos de las tarifas low cost, aquí la insularidad y la soledad se pagan con moneda fuerte (la libra esterlina y la libra de Falkland son admitidas en todos los comercios, después sigue el dólar que tampoco muestra problemas y el euro ya es menos apreciado, e imaginamos que con el Brexit algo le afectará a esta realidad existente en el 2017).

Desde la época dorada de los balleneros hasta los grandes conflictos bélicos del siglo XX, allí se han citado los hombres y sus problemas.

Por ahora no hay vuelos regulares desde Argentina; la conexión aérea habitual es desde Londres vía Ascensión o bien desde la chilena Punta Arenas. En ambos casos el coste total es realmente alto para la mayoría de los mortales; otra opción es aprovechar los cruceros que visitan las islas, en este caso el presupuesto cae considerablemente.

Se me olvidaba, Margaret Thatcher es un recuerdo imborrable para esta comunidad austral que trata de olvidar la terrible pesadilla de la invasión, que duró 74 días y que provocó horrorosas escenas y el derrumbe definitivo de la dictadura militar argentina, que acabó entregando el gobierno a Raúl Alfonsín en 1983 tras las correspondientes elecciones. Por supuesto, en todos los sitios que pisé de Argentina (y escribo esto en 2017) las Malvinas son un tema recurrente: encuentras museos, placas, consignas, etc., en el lugar más insospechado.

Para los más curiosos señalemos que, quizá por su lejanía, también han formado parte de la leyenda junto con otras islas subantárticas. Desde la época dorada de los balleneros hasta los grandes conflictos bélicos del siglo XX, allí se han citado los hombres y sus problemas. Algunas obras literarias te hacen vivir en una película permanente; estando allí puedes llegar a entender que la lejanía y la soledad tienen un gran poder seductor. Stanley marcaba el punto de retorno, ese viaje —el más largo de los que emprendí— fue realmente un sueño y no se me va de la cabeza poder volver. ¡Quién sabe!

Juan Franco Crespo
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