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Vanuatu

jueves 27 de agosto de 2020
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Vanuatu
Lo verdaderamente importante al ir a Vanuatu es dejarse atrapar por la vida tranquila, relajarse, disfrutar del tiempo como si el reloj estuviera parado, en definitiva: convertirse en vanuatuense aunque sea de manera ocasional. Fotografía: Phillip Capper

No era precisamente el destino inicialmente previsto pero ¿por qué no visitarlo si estaba a poco menos de una hora de avión y el coste es más que competitivo desde Nueva Caledonia? De esta manera se presentaba la oportunidad de viajar a este país insular que goza de una de las más altas tasas de felicidad del mundo, quizá por su filosofía de vida: cada amanecer se convierte en un nuevo nacimiento para sus gentes, algo menos de trescientas mil almas de las que casi la mitad tienen menos de quince años y un tercio se concentra en la capital de la república. Visto lo visto, viven en el más feliz de los mundos y no padecen estrés.

Se trata de lo que antiguamente fue el condominio franco-británico de las Nuevas Hébridas, en plena Melanesia. Abarca 72 islas montañosas (e infinidad de islotes y cayos) entre las que destacan Espíritu Santo, Malakula, Efate y Tanna.

Cubre una importante franja marítima al norte de Nueva Caledonia y tiene poco más de 12.000 kilómetros cuadrados. De hecho, la carretera circular tiene marcado un límite de 50 o 30 kilómetros por hora que permite descubrir una naturaleza casi virgen a poco que se abandone el pavimento: un tercio del territorio está totalmente cubierto por bosques tropicales.

La mayoría de su población es melanesia y la sonrisa es su principal carta de presentación, el resto es de diferentes procedencias.

Actualmente, según la división administrativa realizada por las autoridades en diciembre de 1994, de norte a sur, la nomenclatura provincial es: Torba (Torres, Banks, Vanua Lava, Gaua); Sanma (Espíritu Santo, Malo, Aore, Tukuba y Bokissa); Pénama (Pentecostés, Ambae y Maewa); Shefa (Shepherds, Efate, Emae y Epi) y Tafea (Tanna, Futuna, Erromango, Aniwa y Aneityum). Su distribución en forma de ye abarca más de novecientos kilómetros entre las Torres y Aneityum. El grupo está situado entre dos placas tectónicas que provocan frecuentes terremotos y tsunamis, sin olvidar los volcanes activos que se han convertido en una atracción turística y donde funciona una peculiar oficina postal móvil que se va adaptando a la dinámica de la actividad vulcanológica de la región.

La mayor parte de este país insular es de origen volcánico y su cumbre es el Tabwémasana (1.879 metros) en Espíritu Santo. La mayoría de su población es melanesia y la sonrisa es su principal carta de presentación, el resto es de diferentes procedencias; turismo australiano y neozelandés predomina en sus calles, durante todo el año tiene una media de veinticinco grados. El único requisito de entrada para un español es un pasaporte válido con seis meses antes de su caducidad. El visitante tendrá que superar el inseparable problema de los largos viajes: ellos se levantan cuando nosotros nos vamos a dormir.

Los cocoteros (se extrae copra y coco) junto al café de Tanna son sus principales productos, pero no es que eso les permita una economía sobrada, aunque suficiente para que cada familia tenga para el día a día. El turismo y sobre todo los grandes cruceros son los que reequilibran las finanzas, pero tampoco a sus políticos se les ve dilapidar los recursos y sus residencias contrastan con las de los “vivos” que en España rigen los destinos de nuestros diecisiete reinos de taifas donde parece que todos se pusieron de acuerdo para hundirnos en la más absoluta miseria.

Por ejemplo, la actividad minera, con el advenimiento de la independencia, cesó y apenas es perceptible el profundo agujero y la oxidada maquinaria que esquilmaba la isla de Efate y creaba un problema medioambiental. A poco más de un par de kilómetros, una escuela funge hoy con toda tranquilidad y los niños juegan tan felices, incluso, sobre el asfalto de la carretera que rodea la isla que alberga Port Vila, y en donde encontraremos numerosas islitas de ensueño para poder estirar nuestras piernas al pausado ritmo de sus gentes.

Se emplean tres lenguas (bislama, inglés y francés), aunque el último, curiosamente, está en franco retroceso. Su parlamento cuenta con 52 sillones, hay un presidente y un primer ministro al frente del gobierno de la nación. No obstante, la riqueza lingüística es sorprendente y todavía se hablan más de un centenar de lenguas; más autenticidad a medida que el visitante se aleja del perímetro capitalino. Está considerado el país con más diversidad cultural del mundo.

Los primeros habitantes llegaron hace más de 3.500 años, procedían de la actual Papúa y Nueva Guinea; después se documentaron llegadas de grupos polinésicos y en 1606 Pedro Fernández de Quirós (en la expedición que realizó la Corona de Castilla) fue el primer europeo que apareció por esta región, creyendo haber descubierto el continente austral, lo bautiza como Terra Australis del Espíritu Santo, topónimo que aún pervive y se mantiene orgulloso en las islas. De hecho Quirós tiene una estatua en la zona del Parlamento y varias veces ha sido honrado en sellos de correos y otras especies gubernamentales. Allí fundó Nueva Jerusalén, pero se vería obligado a abandonar el asentamiento ante la belicosidad de sus habitantes que, con su canibalismo, prácticamente llegaron al siglo XX.

El siguiente europeo fue Louis Antoine de Bougainville en 1768 que las rebautizaría como Grandes Cícladas, el estrecho que separa Espíritu de Mallicolo lleva el nombre del navegante galo. Seis años después aparecería James Cook a bordo del Resolution, el 16 de julio de 1774, era la segunda expedición británica por el Pacífico y la toponimia inglesa acabaría por imponerse haciendo desaparecer casi toda la que habían realizado los españoles. Para Vanuatu escogió el nombre de Nuevas Hébridas en honor de las islas homónimas situadas al Oeste de Escocia. Pero los viajes de exploración no finalizaron y todavía tenemos que bucear en las expediciones de La Pérouse, d’Entrecasteaux, Bligh, Dumont d’Urville, etc., y que frecuentemente encontramos en la toponimia del Pacífico Sur, posiblemente el lugar en donde más marinos han sido honrados con el recuerdo, aunque muchos hoy gozan de unos privilegios que combaten aquellas expediciones, en realidad fueron hombres que desafiaron a su tiempo y engrandecieron el mundo. Por lo tanto se hace necesario analizar los hechos con perspectiva histórica y no queriendo transportar nuestra realidad a aquellas otras circunstancias.

El proceso colonizador se daría en pleno XIX cuando el irlandés Peter Dillon (recordemos que la actual Commonwealth era entonces el Gran Imperio Británico) iniciaba la explotación de la madera de sándalo que ya vislumbró las potencialidades del mercado chino (era el año 1825) y le siguieron algunos plantadores australianos que se acaban instalando en Efate y Epi para la explotación de la copra; las plantaciones de cocoteros se harán omnipresentes y prácticamente llega hasta nuestros días. Nada más detener el auto a pie de carretera observas inmensos palmerales donde el coco es el producto rey de la flora. La primera misión presbiteriana la estableció en 1848 el reverendo John Geddie en la liliputiense Aneityum y acabó convirtiéndose en una avanzadilla comercial europea.

En el corazón de su floresta, el visitante parece encontrarse en el edén y, en muchos casos, se trata de flora y fauna prácticamente únicas.

A finales del XIX se produce la gran rivalidad franco-británica y, fruto de las negociaciones para atenuar esos enfrentamientos, será el gobierno conjunto que perdura hasta el advenimiento de la independencia con Walter Lini a la cabeza. Este político lideraba el Vanua’aku Party y logró veintiséis sillones en las primeras elecciones, justo la mitad de la cámara y el nuevo país se proclama, oficialmente, el 30 de julio de 1980, pero, faltaría más, inmediatamente explotaba la revuelta secesionista de Tanna y Espíritu Santo que sería sofocada por las tropas conjuntas de Papúa Nueva Guinea y Australia. En este contexto Jimmy Stevens declaraba también la efímera República de Vemarana, a la que desde los Estados Unidos llegaron incluso potentes transmisores de radio para poner su voz en la onda corta: otra página de la radio que prácticamente está olvidada.

Durante la II Guerra Mundial llegan los americanos, sumamente preocupados por el avance japonés en todo el Pacífico; al norte de la isla de Efate encontramos todavía restos de aquella “inesperada visita”: la planicie de un singular aeropuerto (hoy una inmensa plantación de cocoteros), los tanques de agua con los que se abastecían los barcos y el denominado Havannah Harbour, que hoy es un lugar idóneo para el baño en sus cristalinas aguas. En el punto álgido del conflicto, Efate y Espíritu Santo albergaron nada menos que medio millón de norteamericanos listos para el combate.

Sin duda es su flora y fauna lo que atrapa al visitante, existen más de trescientas variedades de coral y 450 especies de peces; sus aguas, cristalinas y brillantes, invitan al submarinismo que, en algunos casos, encierra la sorpresa de encontrar los casi desconocidos “dugons”. En tierra firme no es menos sorprendente, aunque aquí los espacios ya son menos virginales, pero aún hay selva impenetrable. En el corazón de su floresta, el visitante parece encontrarse en el edén y, en muchos casos, se trata de flora y fauna prácticamente únicas.

Los entomólogos también gozan de buenas perspectivas; salvando las aportadas por la colonización (cerdos, gallinas, caballos, perros, vacas, etc.), la naturaleza es pródiga en especies. Los pájaros (a primera hora del día y al atardecer) se dejan ver con frecuencia y, de las más de 120 especies censadas, 10% son endémicas. Las artesanías son también uno de esos recursos naturales y habituales en estas islas. Eso sí, allí las hay con verdadero encanto, pero hay que pensar también en el equipaje y en las normas aduaneras (Nueva Caledonia, por ejemplo, decomisa prácticamente todo lo que es de origen animal y vegetal: ¡cómo saltaba el perrito tras la mochila nada más desembarcar de Europa, había olido el jamón…! Únicamente quedaba la bolsa que había contenido la vianda que cayó en Narita). Camisas y camisetas todavía no son totalmente “globales” y sus diseños, aparte de su gran colorido, allí son ideales. O sea, son recuerdos con un plus de autenticidad, otra cosa es que la gente que las compra se las ponga cuando regresa a casa, quien lo hace ya sabe que todas las miradas recaerán en él.

En cuanto a la vida tradicional, ésta es sumamente variada, y lo normal es pedir permiso al jefe tribal para acceder a determinadas aldeas o tribus (lógico llegar con algún regalito que no tiene que ser valioso, ellos lo que más aprecian es el detalle del visitante; para los críos nada mejor que lápices y bolígrafos que, en ocasiones, hace meses que no ven). La vida está marcada por la naturaleza y para ello nada mejor que el humor.

La vida social gira en torno a ciertos ritos: matrimonio, defunción, circuncisión, nacimientos, etc. Las danzas y los cantos son constantes. Uno de esos actos sociales es el nakamal (la casa de los hombres, por lo tanto, vetada a las mujeres; sólo en Port Vila esa norma es más relajada), al que se suele acudir a tomar el célebre y sedante kava en la capital, junto a una de las oficinas regionales, y permite tener una impresionante vista sobre toda la bahía, prácticamente desde la zona de Pango a la isla de Hideaway, todo a nuestros pies. Eso sí, el kava no es para lanzar cohetes, pero si te invitan no hay más remedio que tomarlo, te deja la lengua como adormecida y una penetrante amargura.

El kava es actualmente un icono cultural, la respuesta de los vanuatuenses al alcohol occidental; tradicionalmente era una bebida ritual pero en la capital se ha convertido en una actividad social y hay muchos lugares para tomarlo, pero el más “auténtico” es el que se prepara cerca de la casa regional del gobierno. Los análisis realizados por los investigadores nos llevan hasta hace tres mil años de cultivo y consumo de esta bebida que se extrae de las raíces que, convenientemente maceradas, dan lugar a la bebida tradicional. Hay documentadas más de setenta variedades de kava en Vanuatu, el lugar más rico del mundo en este tipo de plantas; el top lo tiene la isla de Tanna. El efecto, tras su ingesta, es una extraordinaria relajación y una sensación de gran tranquilidad. La única reserva para un occidental puede ser la de la higiene, así que los más escrupulosos difícilmente serán capaces de probar el kava en el nakamal más tradicional de Port Vila (pero si es invitado, entonces su rechazo puede provocar una ofensa grave).

Personalmente me había propuesto inmortalizar el namba (el típico estuche peneal, algo que queda ya para los museos) para esa inevitable foto del recuerdo, pero eso es algo ya poco habitual y sólo encontré viejas imágenes y vanuatuenses vestidos para las fotos en una de esas ceremonias aculturizadas que venden a los miles de cruceristas que recalan en las islas. La época de Manu Leguineche parece que también pasó a la historia, ¿o también entonces ya era una recreación para “autentificar” aquellos fabulosos programas de Otros Pueblos?

La gastronomía de la zona pasa por ser la mejor de todo el Pacífico Sur y los establecimientos turísticos verdaderamente se esmeran en el servicio.

La base de la alimentación de su población es el ñame, el taro y la mandioca; como bebidas más usuales el kava y la leche de coco, pero en la capital uno encuentra de todo y sólo en los lugares menos frecuentados por los visitantes extranjeros uno se puede encontrar que su menú ya no le entre por los ojos, así que los más escrupulosos harían bien en llevar sus reservas o, simplemente, cerrar los ojos a la hora de comer.

Port Vila está bautizada como una ciudad cosmopolita pero, para un europeo, ese calificativo resultará más que pretencioso. Con sus setenta mil almas, goza de un tráfico rodado anárquico pero bastante seguro. En cualquier lugar podemos cruzar y lo peor son las lluvias, que a veces hacen inviables los arcenes porque se crean gigantescos charcos. La vida gira en torno a la denominada autopista Lini (una simple carretera que, según la zona, se convierte en un único sentido), en donde se encuentra todo lo que una persona pueda llegar a necesitar incluido el multicolor mercado local (hay otro más informal hacia el norte, en la carretera que lleva hasta las cataratas de Mélé o Hideaway Island) donde uno encuentra infinidad de frutas, siendo la guanábana una de esas variedades que, cuando la encuentro, casi siempre compro; dicen también que es una de las más potentes frutas en la lucha contra el cáncer, pero la verdad es que personalmente me atrapó el poderoso sabor de su pulpa y, como siempre me encanta probar, una vez que la descubrí en América Central, es una de esas frutas que ya sé que no me defraudarán. Generalmente en los trópicos eso es lo que no te falta. Si está verde, tarda un tiempo en madurar (no podía entrar con ella en Nueva Caledonia) pero el precio era todo un regalo. Es de una pulpa dulce, muy similar a la chirimoya granadina que se cultiva en la zona subtropical entre Málaga y Almería; la única diferencia es el tamaño, ya que cada ejemplar de guanábana suele sobrepasar el kilo y alcanza los dos o tres con facilidad. A veces en las zonas tropicales si vas caminando esos frutos los encuentras al alcance de tu mano en caminos y carreteras sin que nadie te diga nada; si les preguntas si se come, antes de que des las gracias ya tienes una fruta en tus manos y una sonrisa que te abraza en el más amplio sentido del término.

Varias de las islas próximas todavía tienen más tranquilidad y establecimientos exclusivos para turistas que, automáticamente, rompen el encanto de lo auténticamente vanuatuense. Pero… ¡Oiga, hay gustos para todo! Aunque la gastronomía de la zona pasa por ser la mejor de todo el Pacífico Sur y los establecimientos turísticos verdaderamente se esmeran en el servicio. Lo mismo pasa con los alojamientos, encontraremos desde el más sencillo para mochileros hasta el lujo más exquisito. Lo verdaderamente caro es el desplazamiento aéreo desde Europa; aunque hay ofertas para todos los bolsillos, la vida cotidiana en este archipiélago es bastante asequible, aunque el “alto standing” no tiene nada que envidiar a los más exclusivos establecimientos de nuestro entorno; otra cosa es cuando colocas el pie en la calle: Port Vila ya no tiene ninguna semejanza con lo que nosotros entendemos como vida cosmopolita.

Si tiene ganas de algo cultura, hay que ir a su centro cultural, situado frente al Parlamento, allí encontrará colecciones de arte melanesio, fotos antiguas, etc. Otro lugar de interés es la Fundación Michoutouchkine y Pilioko en la carretera de Pango, especializada en objetos raros de arte melanesio y el legado del pintor franco-vanuatuense de origen ruso como podemos deducir por su apellido. Nikolaï Michoutouchkine falleció en Nouméa (Nueva Caledonia) en mayo de 2010. Cerca de las cataratas de Mélé encontraremos el Jardín Secreto, que es una instalación dedicada a recordar el pasado caníbal, infinidad de plafones —bastante abandonados por cierto— muestran la historia, la vida y las costumbres desde la cultura lapita original a nuestros días.

Pero lo verdaderamente importante es dejarse atrapar por la vida tranquila, relajarse, disfrutar del tiempo como si el reloj estuviera parado, en definitiva: convertirse en vanuatuense aunque sea de manera ocasional. Al final parece increíble que el paraíso esté tan lejos. Llegado el caso hasta te olvidas de tu mundo, sin noticias, prácticamente sin televisión y apenas radio: sólo la naturaleza y uno mismo. Algo que parece sencillo, pero que cuesta trabajo alcanzar en la vida cotidiana, sobre todo cuando los hay empeñados en hacer padecer a los demás; vamos, que es como si hubiera gente dispuesta a amargar la vida a sus semejantes, con lo sencilla y feliz que puede ser viendo cómo viven y cómo se comportan estas gentes.

¡Ah, claro, pero no tienen lo que nosotros tenemos! ¿Y para qué nos sirve si lo único que aumenta es la empanada mental y la lista de espera de los hospitales? Vaya, que dándole la vuelta me lleva a mi infancia cuando algunos de los que prácticamente no tenían para comer y el “señorito” de turno enviaba a su manijero en busca de peones para las tareas agrícolas del momento y ante la tentadora oferta —de miseria que, ahora mismo y aquí en Cataluña, ya se está produciendo porque ya hay personas que son explotadas como en los tiempos de la esclavitud y, encima, no llegan a final de mes— el pobre peón le contestaba: “En mi jambre mando yo”.

Tenemos infinidad de cosas que, llegado el caso, son prescindibles, pero hemos perdido el amplio sentido de la felicidad, estar alegres, sonreír, charlar con nuestros semejantes… Resulta que lo hemos vendido por un plato de lentejas o acercándonos a los tiempos colombinos, por un puñado de abalorios y, además, nos hemos creado unas deudas —bueno, mejor decir nuestros granujas y políticos— que no las saldarán ni nuestros nietos. Cada uno en su torre de marfil —en España nada menos que diecisiete y otras miles empeñadas en convertirse también en torre, porque de otra manera no se entiende el empeño de los municipios en tener más deuda que nadie y, además, nos la repercuten con el sistema revolucionario de los impuestos, ¿hay “corralito” más perverso que este? Y, encima, cada cuatro años la gente va a dejar una “papelina” en un recipiente transparente como si eso fuera la panacea y no el vivir día a día, libre y congraciando con sus coetáneos que, como muertos vivientes, pasan y ni siquiera hablan. Para perder, hemos perdido hasta los buenos hábitos. Y luego nos quejamos de cómo nos va. Vamos, que si Freud despertara de su sueño eterno, volvería a su tumba.

Juan Franco Crespo
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