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Contra la violencia: Atenea, Lisias e Isócrates

martes 8 de diciembre de 2020
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Atenea
Será Atenea, la diosa de la sabiduría, la de los ojos de lechuza, quien instituirá un tribunal para juzgar las culpas y los delitos. Terminará así con la ley del Talión. Atenea pensativa (ca. 450 a.C.). Estela sobre mármol.
La cultura griega se define como una búsqueda apasionada de todo aquello que permite poner fin a esta violencia considerada como bestial e indigna del hombre.
Jacqueline de Romilly, La Grecia antigua contra la violencia.

Uno de los graves y grandes problemas que ha tenido la humanidad, latente todavía, ha sido resolver los conflictos violentos, muertes, asesinatos y homicidios, a fin de que no siguieran generando más muertes y más violencia. La guerra, pese a todos los intentos tras la segunda guerra mundial, parece que es inevitable. No obstante, en una parte de Europa, merced a las instituciones nacidas tras el segundo conflicto mundial, llevamos una larga época disfrutando de una relativa paz y de una relativa tranquilidad. Esperemos que dure.

A lo largo de la historia siempre han existido personas violentas. Por desgracia no se han extinguido. En un principio, en tiempos remotos, la forma más sencilla de solucionar un acto de violencia fue mediante otro acto violento, la conocida ley del Talión. Ojo por ojo y diente por diente. Esta ley, sin embargo, condujo al hombre a un callejón sin salida: siempre había alguien dispuesto a vengarse de alguien. Bien lo sabían los griegos cuando, arrasada Troya, despeñan a Astianacte, el hijo de Héctor, un niño todavía, desde lo alto de las murallas. Evitan, con su muerte, una posible guerra de venganza y represalia que podía promover, en un futuro, el joven príncipe.1

No es de extrañar que Clitemnestra buscara consuelo en otros brazos, y decidiera la muerte de su marido. Lo mató cuando éste regresó de Troya.

Casos similares los tenemos con dos héroes que, igualmente, participaron en la traída guerra de Troya, Odiseo y Agamenón. Agamenón es hermano de Menelao, el marido de la bella Helena. Por ésta se promueve la famosa guerra troyana. Agamenón, cuñado de Helena, es el escogido para comandar el ejército aqueo contra las murallas de Ilión. Está ansioso por partir. No hay vientos favorables para que la flota aquea pueda zarpar. Pasan los días, y los vientos permanecen estáticos. Hay que hacer un sacrificio a fin de que los dioses sean propicios. Según una versión del mito, hay varias, Agamenón promete sacrificar al ser vivo más bello que se encuentre camino del campamento aqueo. Para su desgracia, nada más salir del palacio se tropieza con su hija Ifigenia. Ésta es llevada al campamento mediante engaños. Le hacen creer que la van a casar con Aquiles. Ifigenia, joven ingenua, se presenta ante su padre con sus galas de boda. E inmediatamente es aupada al altar y sacrificada. Los aqueos suben a las cóncavas naves y parten hacia Troya con vientos favorables.2

Es fácil comprender el rencor que se despertó en el pecho de la madre de Ifigenia, la famosa Clitemnestra. Además, y según otras versiones, Agamenón también había matado anteriormente a los hijos de su compañera de lecho. Hijos habidos en otro matrimonio. Con esas muertes no habría disputa entre los hermanastros por el trono. Un grave problema que nos alcanzaría hasta la Edad Media. Baste con recordar, en el caso de España, la intervención de los Trastámara, bastardos, en el asesinato de Pedro el Cruel. Supuso el cambio de dinastía.

Teniendo en cuenta la muerte de sus hijos, y el sacrificio de Ifigenia, más los diez años de guerra, no es de extrañar que Clitemnestra buscara consuelo en otros brazos, y decidiera la muerte de su marido. Lo mató cuando éste regresó de Troya. Contó con la ayuda de su amante.

La muerte de un padre no puede quedar impune. No se recurre a ningún tribunal, no lo hay. Así que Orestes, el hijo de Agamenón y Clitemnestra, y hermano de Electra, matará a su propia madre. Lo hace inducido, ni más ni menos, que por Apolo, un dios. Él, a su vez, por esa muerte, será perseguido por las Furias. Lo llevan al borde de la locura. Las Furias lo dejarán en paz cuando se someta a un rito de purificación: al fin y al cabo, Orestes siguió las indicaciones de un dios.3 Por mediación de Apolo las Furias desaparecerán.

El otro caso no menos llamativo es el de Odiseo o Ulises, rey de Ítaca. Éste está ausente de su patria durante veinte años. Los diez que dura la guerra de Troya, más otros diez invertidos en el regreso. El regreso lo relata Homero en Odisea. Durante una buena parte de esos años, Penélope, la mujer de Odiseo, es asediada por los pretendientes. Entre ellos y sus siervos hacen un total de 118 personas.4 Para los griegos es sagrado el huésped. Y nada puede hacer Penélope contra los pretendientes: éstos banquetean a su costa a fin de obligarla a escoger a uno de ellos, y hacerlo rey, o a morir en la indigencia. Mantener a tanta gente no es un juego de niños. Aun así, Penélope espera año tras año el regreso del tardo Odiseo. Evidentemente, por lo dicho antes, si cede Penélope también está en juego la vida del hijo de ambos, Telémaco. El nuevo rey, o reina, siempre exige un sucesor de su propia sangre.

Uno de los abogados más importantes de la Grecia del siglo V a.C. fue Lisias. Gracias a sus discursos nos podemos enterar de cómo era la vida de un ciudadano normal.

Cuando regresa Odiseo toma cumplida venganza de los pretendientes y de sus sirvientes: los mata a todos. Los padres de las víctimas exigen entonces la sangre de Odiseo. Y cuando van a enfrentarse con él, se aparece la diosa Atenea y pacifica a las partes en conflicto.5

Como sostiene Jacqueline de Romilly, la violencia constituye uno de los peores males de nuestra época. Y fue Grecia la primera nación en levantarse contra tan terrible mal.6 Será Atenea, la diosa de la sabiduría, la de los ojos de lechuza, quien instituirá un tribunal para juzgar las culpas y los delitos. Terminará así con la ley del Talión. Dicho tribunal tendrá su sede en Atenas, en el Areópago, es decir en la colina de Ares, el dios de la guerra. El simbolismo está tan claro como el agua de aquellos ríos donde se bañaban las ninfas.

Posiblemente no haya otra literatura como la griega en la que abunden tanto los razonamientos, los diálogos, las discusiones de unos con los otros. Los héroes aqueos jamás entran en combate sin intercambiar razones, palabras, argumentos. Hasta los propios dioses tienen sus asambleas en el Olimpo.7 No en vano fueron los griegos quienes nos legaron el teatro, tanto la tragedia como la comedia y el drama satírico. Y no en vano buena parte de su filosofía, sirva Platón como ejemplo, está escrita en forma de diálogo. Con estos antecedentes nada tiene de extraño que la diosa Atenea fundara el Areópago, donde todo se puede discutir y dirimir sin llegar a la violencia.

En el Areópago, pues, se van a resolver todo tipo de litigios. Los jueces son vecinos de Atenas, ciudadanos libres, escogidos por sorteo. Acusados y acusadores expondrán ante ellos sus razonamientos. Y de aquí surgirá otro problema, la incapacidad de muchas de esas personas para defenderse. Lo cual va a dar origen a los logógrafos. Eran personas instruidas, abogados que escribían, por encargo, los discursos de defensa o de acusación de sus clientes. Éstos debían memorizarlos y recitarlos delante del tribunal. Y de aquí, y de las anteriores asambleas de dioses y humanos, se va a derivar la importancia de la palabra, del discurso. Y de quien lo escribía. El discurso debe resultar convincente. Y hay todo un arte encaminado a ello. Los logógrafos lo dominaban.

Uno de los abogados más importantes de la Grecia del siglo V a.C. fue Lisias (458-380 a.C.). Gracias a sus discursos, se mueve en la esfera de lo íntimo, del problema cotidiano, nos podemos enterar de cómo era la vida de un ciudadano normal, con algún que otro pleito, en la Atenas del momento. Sus discursos, breves, están llenos de vida. Y muy bien escritos. Sea suficiente con resaltar, por las evocaciones que despierta, el discurso contra Diogitón.8 El hermano de éste, Diódoto, se casó con la hija de aquél, con su sobrina. Al partir hacia la guerra, la del Peloponeso, nombró a su hermano tutor de sus hijos. Éstos eran sobrinos y nietos, a su vez, de Diogitón. Diogitón engañó a sus nietos-sobrinos, y a su propia hija, apropiándose del abundante capital legado por su hermano. En una situación similar, Hécuba acabó matando al tutor de su hijo, aunque también éste había matado al tutelado.9 E idéntica situación, aunque sin parientes ni muertes, y con sexo por el medio, se plantea en la famosa novela actual Los hombres que no amaban a las mujeres. Nada nuevo bajo el sol.

Isócrates era educador, acérrimo defensor de la paideia, de la educación. No podía separar, en consecuencia, como hacían los sofistas, la palabra y la filosofía de la verdad.

No sabemos cuál fue el resultado de la defensa de Lisias. Ignoramos si se condenó a Diogitón. Sí que consta que aquél fue un brillante abogado. Participó en muchos pleitos. Se nos conservan, aunque algunos parece que no son auténticos, treinta y cinco discursos suyos. Un gran testimonio sobre los atenienses de la época. Y sobre el Areópago.

Otro logógrafo, abogado y profesor de retórica, muy importante, fue Isócrates (436-338 a.C.). De Isócrates se conservan muchos discursos. Cabe resaltar, para nuestra finalidad, el dedicado a Demónico. Se discute si el susodicho discurso es suyo o ajeno. Sea como fuere, Demónico figura en los volúmenes de los discursos completos de Isócrates. Y, falso o auténtico, supone, sin lugar a dudas, un avance en materia forense, en la búsqueda de la concordia y la paz: si antes lo mejor era abandonar las armas, y acudir al arbitraje de un tribunal, ahora, en boca de Isócrates, lo mejor será un comportamiento adecuado, virtuoso, a fin de evitar todo tipo de conflictos.

Isócrates fue uno de los tantos intelectuales que estuvieron en contra de los sofistas.10 Isócrates era educador, acérrimo defensor de la paideia, de la educación. No podía separar, en consecuencia, como hacían los sofistas, la palabra y la filosofía de la verdad. No lo hizo.

Isócrates tenía un amigo. Falleció. Uno de sus discursos se dirige al hijo del fallecido, a Demónico, a fin de educarlo, de encauzar su vida de la mejor forma posible. El logógrafo, el abogado, pasa a ser pedagogo y se justifica:

“Los hijos deben heredar tanto la hacienda como la amistad que tuvo su padre”.11 Y si éste, como es el caso, fue una persona excelente, “Sería, en efecto, una vergüenza que las pinturas reprodujeran la belleza de los seres vivos y los hijos, en cambio, no imitasen a los buenos padres”.12 De los padres, pasa a la sociedad: “Cuídate de las calumnias, aunque sean falsas; porque la masa no conoce la verdad, pero se fija en las apariencias”.13 De ahí se encamina a la educación propiamente dicha: “Piensa que las enseñanzas son mucho mejor que la mayor fortuna, pues ésta desaparece con rapidez, pero aquéllas duran siempre, pues la sabiduría es la única adquisición imperecedera”.14 Y no solamente se ocupa de la sabiduría, sino también del comportamiento en sociedad. Es en ese comportamiento donde se ha de poner en jaque la paideia, la educación recibida: “Entrénate en dominar la avaricia, la ira, el placer, el dolor, cosas todas por la que es una vergüenza que el alma resulte vencida. Lo conseguirás si crees que es ganancia lo que proporciona buena fama y no lo que da riqueza; si, en un momento de cólera, te portas con los que te injuriaron como te gustaría que se portaran contigo si los injuriaras; si en la prosperidad te das cuenta de que es vergonzoso mandar sobre servidores y ser esclavo de los placeres; y si, en los infortunios, miras las desgracias de los demás y te acuerdas de que eres hombre”.15

Por desgracia no se acabó con la violencia ni con los asesinatos pese a las intervenciones de Lisias, Isócrates y de otros muchos como ellos.

Se podrían multiplicar las citas de este precioso discurso, sea o no de Isócrates. Desde nuestro punto de vista refleja perfectamente la búsqueda de la paz, la huida de todo tipo de conflictos, armados o sin armar. Todo a través de la paideia y de la areté, la virtud. Sirva esta última cita como cierre de este breve ensayo:

Todo lo que vengas a decir recapacítalo primero en tu interior, porque a muchos la lengua se adelanta al pensamiento. Considera que ninguna cosa humana es segura, porque así ni te alegrarás en exceso si tienes suerte, ni estarás demasiado dolido en la desgracia.16

Por desgracia no se acabó con la violencia ni con los asesinatos pese a las intervenciones de Lisias, Isócrates y de otros muchos como ellos. Ni con el comportamiento de parte de los griegos que siguieron el modelo planteado en Demónico. Pero es indudable que continuaron luchando por ella. Y, desde luego, ningún pueblo se ha mostrado tan apasionadamente enamorado de la paz, la concordia y la filantropía como el pueblo griego. Vale.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Eurípides, Las troyanas, v. 740 y ss.
  2. Eurípides, Ifigenia en Áulide.
  3. Eurípides, Orestes.
  4. Homero, Odisea, canto XVI, v. 245 y ss.
  5. Homero, Odisea, canto XXIV.
  6. Jacqueline de Romilly, La Grèce antique contre la violence, Editions Fallois, París, 2000. pp. 7 y ss.
  7. Véase como ejemplo Homero, Ilíada, canto I, v. 500 y ss.
  8. Lisias, Discursos. Número XXXII.
  9. Eurípides, Hécuba, v. 980 y ss.
  10. Véase Isócrates, Discursos, XIII, Contra los sofistas.
  11. Isócrates, Discursos, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 2002. Traducción de Juan Manuel Guzmán Hermida. p. 144. De este libro son todas las citas de Isócrates.
  12. Ibídem, p. 146.
  13. Ibídem, p. 147.
  14. Ibídem, p. 148.
  15. Ibídem, p. 148.
  16. Ibídem, p. 153.
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