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Falsos dioses

martes 15 de diciembre de 2020
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Falsos dioses, por Vicente Adelantado Soriano
Ni grandeza, ni amor al prójimo ni nada de nada. Vacuidad. Vacío. Un ídolo, un falso dios.
Dios significa para un mortal ayudar a otro mortal y este es el camino para la gloria eterna.
Plinio el Viejo, Historia natural.

—Ya me he hecho muy mayor. Como tú —me dijo mi amigo nada más vernos aquella lluviosa y melancólica mañana—. Quizás por eso mismo —añadió— cada día que pasa soy menos dado a juzgar a nadie. Eso no quiere decir que los soporte a todos.

—Yo sigo pensando —le repliqué— que es inevitable juzgar a nuestros vecinos, deudos, amigos y parientes. Una cosa, sin embargo, es juzgar en tu fuero interno, y callarte tus conclusiones, y otra distinta ir por ahí murmurando de quien fuere. Poniéndolos, como vulgarmente se dice, cual no digan dueñas.

—Sí, es muy posible que tengas razón. Creo que es así, como dices tú. En el fondo siempre estamos juzgando. Y, es cierto, con el paso del tiempo aprende uno a callarse, a no murmurar. Quizás por la percepción de que eso, el murmurar, no sirve de nada. Y, además, deja mal sabor de boca.

En realidad siempre, a lo largo de nuestra vida, estamos juzgando y tomando partido por unas cosas y por otras. Renovándonos sin cesar.

—Alguna utilidad sí que tiene la murmuración —le dije sonriendo—: una cierta catarsis, una forma, muy cómoda, de sentirse superior al que se pone en la picota. Obtenida dicha superioridad con un mínimo esfuerzo.

—Lo malo —replicó mi amigo— es que con el paso del tiempo también se pierde la catarsis. Las obras de arte ya no producen esa purificación. Creo. Al menos a partir de una cierta edad.

—Pero nos queda —repliqué— un suave escepticismo. Es la señal de que nos estamos haciendo mayores. Nos hemos hecho mayores. Muy mayores.

—No sé —me dijo sonriendo— si lo dices con sorna o porque lo sientes. Pero te advierto que ese suave escepticismo no es el fin de nada. A mí, por lo menos, me ha llevado a plantearme o replantearme muchas cosas. Otro inicio. Una nueva etapa. Con muchas menos opciones y soluciones, desde luego.

—No creo —le dije— que tampoco eso sea una novedad. En realidad siempre, a lo largo de nuestra vida, estamos juzgando y tomando partido por unas cosas y por otras. Renovándonos sin cesar.

—Sí, tienes razón. Pero con mucha frecuencia, tal vez más de la conveniente, aceptamos demasiadas cosas, ideas, presupuestos, etc., sin cuestionarlas. Aquello que Flaubert llamó las ideas recibidas. Una de ellas, por ejemplo, es la catarsis. Llegados a este punto, ¿tú crees que en cualquier espectador griego de una tragedia de Sófocles, Eurípides o Esquilo, se despertaba esa famosa catarsis viendo sufrimientos y muertes merecidas o no? ¿La has experimentado tú alguna vez a través del cine o del teatro?

—¿Sirve como catarsis el placer estético? —pregunté.

—No lo sé. Tal vez. Intuyo que me has hecho una pregunta terrible.

—Deberíamos ponernos de acuerdo en lo que es la catarsis. Para mí, si te sirven mis vivencias, es darte de bruces, o poco a poco, con la idea de un cierto panteísmo, de una especie de vago amor universal… No sé explicarlo de otra forma… Es una leve transformación, un no sé qué, que te inclina a ser mejor persona. Pero no es algo que se consiga de golpe…

—Es decir —dijo un tanto maliciosamente—, salido del teatro, el espectador de una tragedia griega se dejaba la catarsis en su frío asiento de piedra.

—Imagino que te estás burlando de mí. No, no es así —le repliqué—, es una gota, que se añade a otra gota. Y, poco a poco, la piedra se agrieta, se cuartea y se rompe. Es posible que algo se quedara en la grada del teatro. Pero algo también se llevaba consigo el espectador.

El viejo sueño de los impotentes: construir una sociedad de pensamiento único.

—O no. O el agua introducida en ese peñasco se evapora con los calores del verano. Y aquí no ha pasado nada.

—Eso nos llevaría a la famosa parábola del labrador que va esparciendo la simiente. Según donde caiga ésta, fructificará o perecerá sin dar fruto.

—Con lo cual vuelves a plantear el viejo problema de si la virtud, la excelencia, la areté, se puede enseñar o no se puede enseñar. El buen y el mal terreno. ¿Qué opinas tú?

—A mí me parece —le contesté— que cuando los griegos se dedicaron a estas elucubraciones, se olvidaron de algo muy importante: la sociedad, el medio social. Dejaron esto de lado, y le concedieron excesiva importancia al maestro, al filósofo.

—¿Quieres decir que tiene más importancia el medio que el maestro, la sociedad que la escuela?

—No lo sé. Hay de todo un poco. La escuela, desde luego, forma parte de la sociedad. Pero, a veces, me da la impresión de que va en contra de ella. Y es inevitable que se produzca el choque. O la sumisión. También el filósofo, al menos algunos, iban en contra de la sociedad. O así lo percibieron algunos. E hizo su aparición la famosa cicuta.

—Hoy parece que algunos, tal vez también muy virtuosos, nos quieren dar cicuta a veintiséis millones de españoles. Por lo menos a todos los que no pensamos como ellos.

—El viejo sueño de los impotentes: construir una sociedad de pensamiento único, la República, de Platón. Pero no olvides que frente a ella se erige un famoso bandolero, Procusto y su lecho: es imposible, salvo que formemos una sociedad de monstruos, crear una sociedad donde todos seamos iguales: siempre habrá unos más altos que otros, más o menos inteligentes… Por supuesto que esto depende de lo que entendamos por “igualitaria”.

—Digamos que una sociedad igualitaria, democrática si quieres, sería aquella que ofreciera los mismos derechos y obligaciones para todos. Lo cual no implica que todos seamos iguales. Y vuelvo a la pregunta: no siendo todos iguales, siendo cada uno hijo de una madre y de un padre distinto, distintos campos, ¿se puede enseñar la virtud? ¿Sí o no?

—Quiero creer que sí. Quiero creer que se puede enseñar y aprender. Pero no olvidemos que el hombre, niño, joven y adulto, vive en sociedad. Como sabes el camino de la virtud es arduo. Alcanzarla cuesta ríos de sudor. Es muy fácil dejarse llevar por lo que hace la inmensa mayoría. Y eso es lo que hace una gran parte de la humanidad. Vivir sin esforzarse. Pensando y haciendo lo que les dicen que piensen y hagan. Tiene el premio de la comodidad y el castigo de la estupidez. Los dioses, lo sabes, no regalan nada. Por eso estamos donde estamos.

—Si te olvidas de los avances técnicos, espectaculares, te diría que estamos casi en el punto de partida. Espero que no me llames pesimista por eso. Pero creo, al menos lo creo muchos días, la mayoría, que la virtud, la areté, no se puede enseñar.

—¿No te parece que eso es aceptar que el hombre está condenado de antemano? ¿Que eso supone algo así como creer en el destino?

—Sí. Pero el destino no es una entelequia. Es algo que nos vamos fabricando día tras día. Se acepta o se rebela uno contra él. Intenta escapar de sus garras. Eso, querido amigo, exige tanto esfuerzo como ser virtuoso. No hace mucho, como sabes, falleció el profesor Rodríguez Adrados. Es innegable que ha sido un estudioso e investigador importante. Me atrevería a decirte que con él se ha abierto la escuela de helenistas españoles. Cada vez más importantes. Escribió muchos libros, imprescindibles muchos de ellos… ¿Sabes cuántos periódicos dieron la noticia de su fallecimiento?

—Si no me falla la memoria, creo que uno, y en un recuadro que les sobraba.

Somos nosotros quienes marcamos nuestro destino. No romper con él nos hace cometer los mismos errores.

—Así es. En efecto.

—Ya. Ya sé lo que vas a hacer: lo vas a comparar con la cobertura que ha obtenido la muerte de un futbolista, Madona, Maradona, o como se llamara, ¿es así? ¿Y eso te asombra?

—No, no me asombra. En absoluto. Pero responde a la perfección a la pregunta que he planteado. Y que me lleva a contestarla de forma negativa: la areté no se puede enseñar. Y con eso tienes el más claro ejemplo. Miles de personas llorando a moco tendido la muerte de un futbolista e ignorando las de muchos de sus benefactores…

—De acuerdo contigo en que somos nosotros quienes marcamos nuestro destino. No romper con él nos hace cometer los mismos errores. Es como si estuviéramos siempre comenzado de nuevo, como las olas de la mar. Sí, ya lo sé. Isócrates ya se quejaba de que alcanzaban más fama, y eran más admirados, los deportistas que los logógrafos o los filósofos. Aquéllos desarrollan la fuerza y los músculos para sí y por sí. Un filósofo puede ser útil a toda la sociedad.

—Pero la sociedad no quiere ese tipo de utilidades…

—Digamos que no lo quiere un número determinado de personas. ¿Qué hacemos con los otros? Hay gente que sí que está dispuesta a aprender, a saber, a romper ese círculo vicioso. Y a éstos sí que se les puede enseñar la areté. Sin problemas.

—Es mármol de Carrara. La estatua ya está dentro del bloque.

—Sí. Está dentro si quieres. Pero hay que sacarla. Y eso exige un buen escultor. No todo el mundo lo puede hacer… Por otra parte, ¿crees que Miguel Ángel hubiera sido distinto con otro tipo de material, con un mármol distinto?

—Por supuesto que sí. No me cabe la más mínima duda. Como tampoco me cabe ningún tipo de duda sobre Sócrates: éste no hubiera podido florecer en Esparta, por ejemplo. O en la España de nuestros días. Por lo tanto, el nacimiento ya es un destino, una suerte o una desgracia, la vida o la muerte. Tener areté o no tenerla.

—Precisamente la enseñanza de la areté, de la buena virtud, del ser hombre, trata, o debería tratar, de eliminar esos destinos. Es decir, que cada cual tenga un medio de vida digno en el lugar donde nació. O que la emigración no suponga lo que está suponiendo en este desgraciado mundo actual. Ayudarnos los unos a los otros. Ser como dioses…

Sabes lo que dijeron los romanos, ¿verdad? Enseñar a quien no quiere aprender es pretender enseñar a un cerdo a tocar la flauta.

—La utopía, como decía don Pío Baroja, es la gimnasia de la mente. Y con ella no vamos a ninguna parte.

—Disiento. Además, no creo que sea ninguna utopía plantearse un reparto más equitativo de los bienes terrenales.

—¿Eres consciente de lo que estás diciendo? ¿Crees que los grandes capitales van a repartir beneficios? No, querido amigo, no. Harán lo de siempre: cogerán a un pobre chaval, preferentemente analfabeto, lo harán ídolo de las masas, crearán un falso dios vacío, vacuo, sin más mérito que haber recaudado más dinero del que sus admiradores verán nunca, y al que éstos todo se lo perdonarán por haberles hecho pasar una tarde de pasión en un sofá y frente a la televisión. Ni grandeza, ni amor al prójimo ni nada de nada. Vacuidad. Vacío. Un ídolo, un falso dios.

—Sí. Tienes razón: enseñar la areté es una ardua tarea. Difícil. Pero no imposible. Lo más difícil del cristianismo es aquello de amar a tu enemigo. La capacidad de perdonar. Y lo más difícil para un buen pedagogo es lograr que fructifique la virtud no en la buena tierra sino también en el borde del camino.

—Sabes lo que dijeron los romanos, ¿verdad? Enseñar a quien no quiere aprender es pretender enseñar a un cerdo a tocar la flauta.

—La metáfora es muy buena. Impactante. Pero no me sirve. Los niños no son cerdos. Y pueden tocar la flauta y el tambor. Además —añadí sonriendo— hay que tener fe en el futuro.

—Está empezando a llover —me contestó mi amigo con cara melancólica mirando a través de la enorme ventana de la cafetería.

—Bendita agua —le contesté—, me encanta la lluvia. Me recuerda mi infancia, canciones de la vieja escuela:

Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva,
los pajaritos cantan,
las nubes se levantan…

Vicente Adelantado Soriano
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