Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo
Saltar al contenido

Pharmakós o φαρμακός

miércoles 23 de diciembre de 2020
¡Compártelo en tus redes!
Crucifixión de Cristo
Pharmakós, o φαρμακός, es la palabra griega con la que se denotaba a un convicto a quien se le hacía cargar con todos los pecados de la ciudad: un chivo expiatorio.
La moderación obtiene la victoria sólo con mencionar su nombre, y además, usarla es lo más conveniente con mucho para los humanos. En cambio, el exceso ninguna ventaja acarrea a los mortales, mas produce extravíos mayores cuando una deidad se enfurece contra una morada.
Eurípides, Medea1

Aquella mañana de finales del mes de diciembre me desperté acordándome de Medea. Recordé haber leído, en uno o varios libros, que esta mujer era experta en el manejo de drogas, una pharmakós, φαρμακός. Es decir era una hacedora de hechizos y venenos. El uso y manejo de éstos le sirvió para conseguir lo que quería, a Jasón, y para vengarse de quien la traicionó, Jasón. Para poco más.

Jesús, sabido es, cargó con todos los pecados de la humanidad. La redimió muriendo en la cruz, tormento cruel donde los haya.

No hacía falta ser un gran filólogo para entrever que la palabra farmacia deriva de la griega, φαρμακός. Y que, evidentemente, hay drogas, en las farmacias, que curan, en pequeñas cantidades, y que matan en cantidades un tantico mayores. Medea lo sabía muy bien. Con las proporciones justas se vengó de Jasón. No me interesaba aquella mañana, sin embargo, la terrible venganza de Medea. Siempre me ha parecido exagerada. Y siempre me ha parecido terrible el hecho de que, en las venganzas, los padres o las madres maten a los hijos. Y, a veces, en el colmo de la bestialidad, se los den a comer al cónyuge en un banquete. Así sucede en la historia de Procne y Filomela, por poner un ejemplo. Medea no llega a tales extremos. Se conforma con la muerte de los niños, la novia de su compañero de lecho, y el padre de la misma. Aumenta de esta forma el número de quienes han pasado por su botica o farmacia. Es notable.

Lo curioso del caso, pensé en tanto me duchaba, es que la misma palabra, me prometí asegurarme bien sobre el caso, servía para definir a quien pagaba, en la antigüedad, por los pecados de todos los ciudadanos. El chivo expiatorio. Inevitable no pensar en el cristianismo, no solamente por las acusaciones que hicieron los romanos, en su época, de canibalismo, por aquello de comerse el cuerpo de su dios y beberse su sangre. También, y lo que era más importante para mí, porque, en mayor medida, se puede tomar a Jesús por un φαρμακός.

Era éste, φαρμακός o chivo expiatorio, un esclavo o asesino convicto a quien se le hacía cargar con todos los pecados de la ciudad. Tras los rituales al uso lo despeñaban, o lo mataban, o lo expulsaban más allá de las murallas. Con ello el resto de los ciudadanos quedaba limpio de polvo y paja. Se había purificado tanto la ciudad como sus habitantes. Y así hasta el próximo año.

Jesús, sabido es, cargó con todos los pecados de la humanidad. La redimió muriendo en la cruz, tormento cruel donde los haya.

Comparando a veces nuestra civilización, o el momento actual, con las anteriores, y con momentos puntuales, siempre he dudado de si avanzamos o vamos hacia atrás. Evidentemente sigue habiendo guerras, como las hubo en el pasado. Y hay padres que siguen matando a sus hijos como venganza hacia las madres. O padres que abusan de sus descendientes, o los tienen encerrados en sótanos… Quizás hasta haya por ahí algún caso de canibalismo que desconocemos. Es muy posible.

Aquella mañana me interesaba, y mucho, el otro φαρμακός, el conocido entre nosotros como el chivo expiatorio. Al igual que pasa con el asesinato de los niños, el cadáver de los cuales, en la actualidad, no se consume en ningún banquete por parte del ignorante padre, tampoco el φαρμακός actual es sacrificado. Aunque a veces falte poco para llegar a las manos y al derramamiento de sangre. En ocasiones se llega y se traspasa.

Desde luego que no hay nada más cómodo para una sociedad, o para un grupo de personas, que tener a alguien en quien poder descargar las culpas, los errores o las decisiones que se han tomado o se han dejado de tomar. Esos sentimientos de culpa, de frustración, cosa harto significativa, se suelen ventilar en reuniones familiares. Y la reunión familiar por excelencia, en nuestro entorno, es la Navidad. La noche que nació, según cuentan, el famoso φαρμακός.

A muchas personas les llama la atención, y les sigue pareciendo una incongruencia, que en esas fechas, en muchas familias, se saquen los trapos sucios, los rencores, las palabras silenciadas, el favor no devuelto… Y que gracias a todo ello se termine el ágape como terminó el rosario de la aurora. Si tenemos en cuenta que se celebra el nacimiento de Jesús, quien fue crucificado para redimir al género humano, por pecados o faltas que él no había cometido, creo que todo está claro como el agua: se celebra el nacimiento de un φαρμακός, de un chivo expiatorio. ¿Y qué mejor forma de celebrarlo que haciendo una copia o mímesis de su pasión y muerte? Aunque últimamente, salvo contadas ocasiones, la sangre no llegue al río. No obstante, hay muchas formas de crucificar a una persona.

Hace años que no me reúno con nadie para celebrar las navidades. Mis últimas experiencias no fueron nada placenteras. De todas todas hubiera preferido estar solo. Pero el matrimonio comporta ciertas obligaciones un tanto desagradables. Una de ellas es la celebración navideña. Una absurda costumbre que provoca más separaciones y divorcios que un adulterio bien llevado y acometido. Yo siempre he sido una persona paciente y callada. Sabía que tarde o temprano aquello estallaría. Así sucedió.

Todavía estamos en una situación de peligro por el dichoso coronavirus. Lo que voy a decir a continuación es políticamente incorrecto. Lo siento. Me alegro de que nos hallemos instalados en medio de una pandemia. Por miedo a ella no se van a celebrar ni banquetes ni ágapes. Es una enorme ventaja. Pese a que cada vez se reúnan menos personas en torno a una mesa. Siempre llena de perifollos y de comida tan exótica como absurda e inútil.

De poco nos ha servido a nosotros tu universidad. Por lo menos podías haber ayudado a mi hijo.

El ambiente comienza a caldearse con una pequeña broma aparentemente sin importancia. Sonríen todos mal que bien. Aunque al afectado le haga la broma muy poca gracia.

—No teníamos que haber venido. Pero como ésta se empeñó en que nos reuniéramos —comienza el cuñado señalando a la cuñada.

—No. Perdona —le responde ésta sonriendo—. Has venido porque has querido. Nadie te ha obligado.

—Sí, sí que me has obligado…

—Yo creo —dice el otro cuñado mediando en la conversación— que el gobierno se está pasando mucho con todas las medidas que está adoptando. Pero claro —sonriendo—, aquí tenemos a un ilustre profesor que nos alumbrará sobre esto y todo lo demás.

—No en vano —dice el otro cuñado— le han dado un premio y todo. El siguiente, el Nobel.

—El premio que me han dado —replica el aludido— no es…

—Sí, sí, sí. Ya sabemos —interrumpe el primer cuñado— que no es merecido. Nunca es merecido. Y lo malo de la situación es que siempre tenéis razón. No os merecéis nada.

—Bueno, como tú eres tan inteligente…

—No todos hemos tenido la suerte —segunda interrupción— de poder ir a la universidad.

—Ni las ganas —replica lleno de paciencia.

—De poco nos ha servido a nosotros tu universidad —interviene la mujer del cuñado—. Por lo menos podías haber ayudado a mi hijo.

—Es que haciendo eso no le iban a dar ningún premio.

—Eso no es cierto. Yo he hecho…

—Yo te iba a pagar —vuelve a interrumpir el cuñado—. Te pagué, mejor dicho, y no me quisiste cobrar.

—Ni ayudar a mi hijo.

—La ayuda que necesita tu hijo no se la puedo dar yo.

—¿Qué estás insinuando? ¿Cómo te atreves a decir semejante cosa?

—Bueno. Vale —tercia un familiar lejano—. ¿Podemos tener la fiesta en paz?

—No. No podemos tener la fiesta en paz con las cosas que dice este, este, este…

—¿Quieres hacer el favor de calmarte? —tercia otro.

—Si es que tiene toda la razón del mundo —interviene la mujer—, si hubiera ayudado a nuestro hijo otro gallo nos cantara.

—Mira, vamos a dejarlo estar ya de una vez. A tu hijo no se le puede ayudar porque no quiere él que le ayude nadie.

—Gente como tú desde luego que no.

—Bien. De acuerdo. Mejor es que…

—Sí. Encima tendrás tu razón. Vivir para ver.

—Lo dejo estar. Yo —dirigiéndose a su mujer— me voy a casa. No tengo por qué estar aguantando las tonterías de esta familia de frustrados.

—¡Eso lo serás tú! —gritó el cuñado tirando la silla al suelo y encarándose con él.

—Sí. Lo que tú quieras. Yo al menos…

—No te vayas, por favor —implora su mujer.

—No aguanto más. Todos para ti.

Lo que me apetece, lo que tengo muchas ganas de hacer, es caminar, caminar sin descansar. Hasta que se haga de día y de noche, y otra vez de día y otra vez de noche.

Y diciendo eso se encamina hacia la puerta, ajeno a los gritos y a las amenazas del cuñado.

—Imposible —murmura— en medio de esta gente terminar un mínimo razonamiento.

Ni de lejos albergó la idea de que su mujer lo siguiera. Para ella su familia era sagrada, como para el resto de la congregación. No entendía que no se pudieran ni ver, que fuera rara la reunión donde no se terminaba a gritos, y que se siguieran reuniendo. Tenían una compulsiva necesidad de juntarse y gritarse los unos a los otros. A él le gustaba la soledad. El fresco de la noche lo alivió de los calores de la compañía y de la discusión. Se encontró bien y en paz en unas calles desiertas, solitarias. No se oía ni una voz. Toda la gente, al parecer, estaba en sus casas comiendo en familia y brindando por el futuro. Caminó y caminó sin rumbo fijo. En la lejanía se encontró con un hombre paseando a su perro. Era un anciano.

—Buenas noches —dijo cuando llegó a su altura.

—Buenas y tranquilas —le respondió—. ¿Usted tampoco tiene con quién estar? —le preguntó al tiempo que le ofrecía un cigarrillo.

—No, gracias, no fumo.

—Y yo no tenía que hacerlo. Pero una noche es una noche, ¿no cree?

—Sí. Y más hoy, que es cuando nace el φαρμακός.

Tiene razón. ¿Le apetece una copa con un viejo solitario?

—Gracias. Pero lo que me apetece, lo que tengo muchas ganas de hacer, es caminar, caminar sin descansar. Hasta que se haga de día y de noche, y otra vez de día y otra vez de noche.

—¡Vaya! —exclamó el anciano—. La cosa es seria. Tómelo con paciencia.

—Es lo que voy a hacer. Caminar me alivia de todo.

—Pues a caminar. Felices fiestas —le dijo tendiéndole una mano que él apretó con fuerza. Poco después se perdió al final de la larga y solitaria avenida. Más allá se veía el perfil de las cercanas montañas. Se encaminó hacia ellas.

Vicente Adelantado Soriano
Últimas entradas de Vicente Adelantado Soriano (ver todo)

Notas

  1. Eurípides, Medea, en Tragedias I, Madrid, 1985. Cátedra Letras Universales. Edición y traducción de Juan Antonio López Férez, p. 175.
¡Compártelo en tus redes!
Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo