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El tiempo

jueves 4 de marzo de 2021
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El tiempo, por Vicente Adelantado Soriano
El tiempo y la paciencia son fundamentales en esta vida. Y en todos los órdenes de la misma. Por eso mismo no se debe temer el paso del mismo, aunque éste nos lleve a la inevitable muerte.
La vida es materia preciosísima, porque es de tiempo, pero si esta no se llenara de ocupaciones loables, parece un suspiro.
Juan de Zabaleta, Día de fiesta por la tarde.

Yo diría más bien que una vida sin ocupaciones, loables o no, no es un suspiro sino un enorme bostezo. Y como éste, vacío de todo que no sea aire. Ocupaciones en la vida, además, hay muchas y variadas. Para todos los gustos, y para todos los momentos, que no siempre son unos.

Una de las muchas ocupaciones que teníamos era una salida semanal para caminar. Esta actividad nos permitía mantener largas conversaciones y conocer nuevos caminos. No buscábamos lugares exóticos ni extraños. Antes al contrario, éramos, y somos, partidarios de caminos sin dificultades y con algún tipo de interés o atractivo. Habíamos decidido, por eso mismo, recorrer, si era factible, toda la vía verde. Cada fin de semana haríamos un tramo. Dividimos sus 160 kilómetros, no practicables todos ellos, en diversas etapas. Nos hacía mucha ilusión ser capaces de llegar a Ojos Negros (Teruel). De allí partía el desaparecido tren minero. Su meta era Sagunto (Valencia). El tren ya no circulaba. La mina estaba muerta. Las vías y las vigas desaparecidas habían dejado al descubierto un largo camino. Ciclistas y caminantes lo recorrían domingo tras domingo. También nosotros dos.

—Ten en cuenta —le dije a José Luis— que cada vez el punto de partida lo tendremos más lejos de casa. Por lo tanto, o salimos antes, o pasaremos más tiempo en el coche que caminando.

—Sí. Ya lo he pensado —me contestó—. Pero como a ti no te molesta madrugar, seré yo quien tenga que hacer el sacrificio… Ya lo veremos. Lo estudiaremos.

Lo importante en esta vida es hacer las cosas poco a poco. ¿Cómo era aquello? ¡Ah, sí! Apresurándonos lentamente.

Aquella mañana, de hecho, comenzamos a movernos unos veinte minutos más tarde de lo habitual. Además en Altura, punto de partida de aquel domingo, nos costó un poco dar con el inicio de la vía verde.

—Es que —dijo José Luis algo enfadado— no hay ni una señal. Con lo poco que les costaría poner indicaciones.

Como siempre, lo que funciona de maravilla es el boca a boca. Un vecino nos encaminó. Hasta tuvo la amabilidad de esperarnos en un laberinto de calles para introducirnos en la vía verde.

—He pensado —reflexionó José Luis caminando ya por ella— que cuando estemos bien, cuando yo esté un poquito más recuperado, podríamos hacer caminatas más largas. Incluso irnos de fin de semana. Yo tengo varios proyectos en mente.

—Me parece muy bien —le respondí—. Pero ahora lo que interesa es abrigarnos un poco.

Efectivamente, y como habíamos notado en el coche, hacía viento. Y no era cálido. Nos pusimos los chubasqueros y seguimos caminando.

—Lo importante en esta vida —reflexionó, pues aquella mañana estaba especialmente comunicativo— es hacer las cosas poco a poco. ¿Cómo era aquello? ¡Ah, sí! Apresurándonos lentamente.

—El tiempo y la paciencia —le contesté— son fundamentales en esta vida. Y en todos los órdenes de la misma. Por eso mismo no se debe temer el paso del mismo, aunque éste nos lleve a la inevitable muerte.

—Y a la sabiduría —repuso José Luis—. Y a la sabiduría, no lo olvides.

—No lo olvido. No hace ni un par de horas —dije mirando el reloj— ha sido ese el motivo de mi reflexión. Esta mañana —le expliqué—, por enésima vez, he terminado de leer Las troyanas, de Eurípides. Me he vuelto a leer las tragedias de este hombre por sus conexiones con Sócrates y con los sofistas.

—Yo de cultura clásica sé más bien poco. Pero sigue, sigue, te escucho.

—Tampoco voy a dar una clase magistral… Hablamos del tiempo. Pues bien, la primera vez que vi representada la obra, me aburrí. Los parlamentos me parecieron larguísimos. No tenían ningún sentido para mí. Ahora, al cabo de muchos años y muchas lecturas, ha sido una delicia leer las obras de Eurípides.

—Las cosas, efectivamente, requieren de su tiempo. Yo siempre tuve presente una máxima que un maestro tenía colocada en su aula: “Los niños son pequeñas vasijas de boca angosta que escupen el líquido cuando se vierte en ellas con profusión; pero lo reciben bien si se instila gota a gota”.1 Me gustó tanto aquello que me lo aprendí de memoria. Y todavía lo recuerdo.

—Sí. Hay que ir a poco a poco. Paciencia. Tiempo al tiempo, como dicen en mi pueblo. Y el tiempo juega a nuestro favor. Esta mañana, en Las troyanas, tragedia de Eurípides, he leído las acusaciones de Hécuba a Helena. Por culpa de ésta se desencadenó la guerra de Troya. Hécuba, que ha perdido a hijos y marido en dicha guerra, busca la condena y muerte de Helena. Y buscando eso destruye una buena parte de la mitología griega. Helena, echando mano de los sofistas, justifica su huida con Paris, diciendo que ha sido víctima de los dioses, de un absurdo concurso de belleza en el que se puso su cuerpo en el tablero, sin tener ella ni arte ni parte. Hécuba se ríe de sus justificaciones, de sus razonamientos: ¿qué falta le hacía a Hera —pregunta— ser declarada la más bella cuando está casada con Zeus? ¿Puede pretender algo mejor? ¿Y qué falta le hacía a Atenea ser la más bella cuando ha prometido mantenerse virgen y no conocer varón? Y Afrodita ya tiene lo que tiene: más amantes que pelos en la cabeza. No. Todo es falso, mentira. Somos dueños de nuestros actos. Ni dioses ni astros los determinan. Así se lo espeta Hécuba… De joven todo esto me parecía mera palabrería. Ahora comprendo, creo, la profundidad de las palabras de esta desgraciada mujer. Y el cambio de mentalidad que dichas palabras suponen.

La vía verde por aquellos lugares estaba preciosa: pinos, suaves depresiones, cipreses, y un muy agradable silencio.

Así llegamos al primero de los túneles que tuvimos que atravesar aquella mañana. Ninguno de los dos llevábamos linternas. Un fallo. Nos pusimos uno detrás del otro con los móviles en las manos. Si venía alguien de frente, los conectaríamos.

—Ves —me dijo José Luis—, uno aprende con el tiempo. Tenemos que llevar linternas por lo que pueda suceder.

—Desde luego —le dije—. Y menos mal que ayer le hice caso a la señora de la tienda. “En cuanto llegues a casa —me dijo embutiendo el chubasquero recién adquirido en una pequeña funda— lo metes en la mochila”. Menos mal porque el tiempo ha cambiado. Hace fresco.

—Y más dentro de este túnel. Hay que llevar linternas.

Fueron dos más los que tuvimos que atravesar. Salíamos a la luz estando, como siempre, rodeados de pinos. No tardamos en llegar al pantano de Navajas. Una gran extensión de agua. Pequeñas rugosidades movientes de la misma delataban al viento. Había un pequeño mirador con banquitos de madera. Estaban ocupados por dos familias, sus pequeños hijos y sus bicicletas. Seguimos caminando en busca de lugares menos concurridos.

Hacía sol. Y viento. Ni uno ni otro eran fuertes. Daba gusto caminar con aquella temperatura. La vía verde, además, por aquellos lugares estaba preciosa: pinos, suaves depresiones, cipreses, y un muy agradable silencio.

—Yo creo —dijo José Luis— que podíamos caminar hasta las once u once y media. Buscar un lugar donde reponer fuerzas. Y regresar. Esta tarde, después de comer, me gustaría que fuéramos a la cartuja de Valdecristo, en Altura.

—Muy bien. Hagámoslo.

El tiempo, por Vicente Adelantado Soriano
La cartuja de Valdecristo está en ruinas. Sólo dos edificios quedan en pie. Y no del todo. Puertas y columnas están comidas por el tiempo, rotas y maltratadas. No había mucho que ver. Sí, mucho que imaginar.

No tardamos en dar con un lugar en la sombra, sin público, y con un par de buenas y lisas piedras donde sentarnos. Almorzamos en silencio. Y emprendimos el camino de regreso.

—¿Te has dado cuenta —me preguntó— de que cuanto más nos alejamos de las ciudades, más bonito es el camino?

—Sí. Sí que lo he notado.

—Las entradas a las ciudades con el tren suelen ser horribles.

—Desde luego. Podían cuidar un poco más el entorno.

—Todo degenera.

—No. Más bien cambia.

—Sí. Tienes razón. Volviendo al tema anterior, al que has contado sobre la mitología griega, ¿no crees que está pasando actualmente algo similar? ¿Cambio, degeneración? Me refiero al hundimiento, o al olvido de la religión. No creo que sigamos siendo un país católico, ni mucho menos.

—No. Creo que la juventud no va por ahí. Eso sí que ha cambiado. Y me alegro: no han tenido que vivir con las angustias con las que los curas cargaron nuestros años mozos: todo era pecado, todo estaba mal. El sexo era la entrada en el averno… Nos moriríamos e iríamos al infierno. Nos aterrorizaban continuamente.

—Sí. El catolicismo español siempre se ha olvidado de la caridad y del amor al prójimo, y ha cargado la mano con el pecado. ¿Por qué será?

—Buena pregunta. Tal vez porque el miedo es una forma muy segura de someter a la gente. El apocalipsis, el fin del mundo, el paro, la miseria…

Nos metimos de lleno por unos caminos bordeados por extensos viveros. Había todo tipo de árboles y plantas: olivos, cipreses, rosales, palmeras…

—¿Y si no se teme nada? Como le sucede a Juan sin Miedo.

—Es una excepción. Pero es cierto: de lo más profundo del miedo, de lo más profundo de la tragedia, siempre surge el chiste. Así, Menelao le pregunta a Hécuba, cuando ésta le dice que no suba a Helena a su barco, ¿que acaso ha engordado? Teme que su peso le hunda la nave. Y comprobando que no ha engordado, viene el perdón…

—La carne fue la perdición de Menelao —dijo riéndose.

José Luis es muy dado a investigar e ir por caminos no trillados. Por eso mismo, por desviarse y conocer Altura, tardamos en dar con el coche. Estábamos cansados. La caminata había sido de las buenas. Hallado el vehículo nos fuimos a Segorbe en busca de un restaurante, que tampoco encontramos. Uno, sin embargo, nos salió al paso. Comimos de maravilla. Luego, según lo previsto, nos encaminamos para visitar la cartuja de Altura. No pudimos entrar. Hay que pedir las llaves en el ayuntamiento. Era domingo por la tarde. La vimos desde fuera.

—De todas formas —dijo José Luis contemplando las ruinas y la desolación de los edificios de la cartuja a través de las rejas— es una pena que todo esto se pierda.

Yo me acordé de los versos de Rodrigo Caro:

Estos, Fabio, ¡Ay dolor! que ves ahora
Campos de soledad, mustio collado.
Fueron un tiempo Itálica famosa…

—No sé —le dije—, ¿cuántos frailes habrá ahora en la cartuja de Portacaeli o en la de Miraflores? No creo que haya muchos. Hoy, desde luego, la gente no va por estos caminos. Además, para ser cartujo hay que tener mucha fe y ser muy especial. Creo.

—Sí. Visto desde fuera, tiene que ser una vida dura. Pero es una pena —insistió— que todo esto se pierda.

La cartuja está en ruinas. Sólo dos edificios quedan en pie. Y no del todo. Puertas y columnas están comidas por el tiempo, rotas y maltratadas. No había mucho que ver. Sí, mucho que imaginar. Con el coche fuimos rodeando la cartuja con el fin de hacernos una idea de su extensión. Y así, y sin darnos cuenta, nos metimos de lleno por unos caminos bordeados por extensos viveros. Había todo tipo de árboles y plantas: olivos, cipreses, rosales, palmeras… Nunca lo hubiéramos imaginado.

—¿Conocías esto? —le pregunté asombrado a José Luis.

—No. Ni sabía de su existencia. ¿Ves? La importancia de salir y de viajar. Sí, transcurre el tiempo. Pero siempre juega a nuestro favor. Siempre se aprende.

—También transcurre para quien se aburre. Así que tenemos que preparar la siguiente salida.

Dirigiéndonos ya hacia la autovía comenzamos a barajar las posibilidades de la semana siguiente: seguir por la vía verde, de Navajas a Barracas, o buscar otras alternativas.

—Lo pensamos. Y nos llamamos a mitad de semana.

Y así, una vez más, nos despedimos. Cansados y contentos.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Juan Luis Vives, Las disciplinas, II; Valencia, 1997, pág. 90. Traducción de Pablo Francisco Magraner Girona.
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