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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Vallas

jueves 11 de marzo de 2021
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Cartuja de Portacoeli
Portacoeli proviene del latín medieval. Y aun así, en este caso se refiere al cielo, la puerta del cielo.
No hay nada peor que no tomar las oportunas precauciones.
Eurípides, Las fenicias.

Hacía muchísimos años que no iba por allí. Desde que un viejo amigo, caído ya en el olvido, se sacó el carnet de conducir. Lo hizo en cuanto alcanzó la edad requerida. Un domingo, dado que aquellas carreteras estaban muy poco transitadas, fuimos a recorrerlas. Nos movimos entre pinos y soledad. Quería practicar con el coche recién estrenado. Y ver el convento. No recuerdo dónde aparcó. Sí que tengo en la mente que, dejando el coche a un lado de un camino, subimos a una montaña. Nos fotografiamos en lo alto teniendo la cartuja como telón de fondo. Conservo alguna foto. En blanco y negro.

En varias ocasiones me han preguntado si he conseguido entrar en la vieja cartuja, cerrada al público. Lo intenté durante un tiempo. Y una vez estuve a punto de lograrlo. Pero se torció el intento. No he visitado, pues, la cartuja de Portacoeli. Recuerdo, no obstante, que, en aquella lejana excursión, me llamó la atención el nombre del cenobio. Lo vi escrito, por primera vez, en la señal de tráfico, clavada al inicio de la estrecha carretera. La señal, letras negras sobre fondo blanco, me trajo a la memoria mi desgastado diccionario de latín. Se insistía en éste, en la entrada correspondiente, que lo correcto es caelum, caeli, que no coelum. El error estaba resaltado en negrita. Deduje, pues, en tanto avanzaba el coche, que el nombre correcto es Portacaeli.

Me intrigó esa pequeña variación en el nombre. Estuve investigando. Portacoeli proviene del latín medieval. Y aun así, en este caso se refiere al cielo, la puerta del cielo. No sucede lo mismo con Medinaceli. Curioso esto de los nombres. Hay que andar con pies de plomo para dar con el significado, si lo tienen, de muchos de ellos. Algunos, incluso, se disfrazan con las erróneas pronunciaciones de vecinos y visitantes. Tal sucede con el conocido pueblo de Madrid, Majadahonda. Casi todo el mundo pronuncia Majalahonda. El día que lo escriban mal, en mapas y señales de tráfico, los filólogos, esos señores que se alimentan de raíces,1 tendrán tema para investigar.

Pude comprobar aquel día, por enésima vez, que una cosa es el recuerdo y otra, muy distinta, la realidad.

Recuerdo que, en una cena o comida, se me ocurrió decir que el nombre de la cartuja estaba mal escrito. Alguien, no sé por qué, se ofendió muchísimo. La discusión fue virulenta. Y absurda. Hoy ya no discuto con nadie. Conforme voy envejeciendo, se me van esfumando las pocas ganas que tengo de polemizar. Si estoy con amigos y conocidos, no hay problema: puedo decir cuanto pienso. Pero si hay desconocidos, me retraigo y me muevo con mucha prudencia. Rara vez vale la pena discutir, pues rara vez hay verdadero intercambio de ideas u opiniones. A menudo tan sólo se habla para tener razón y reafirmarse cada uno en sus endebles ideas. No me interesa.

No se produjo ninguna discusión cuando me propuso José Luis ir a la cartuja. No para visitarla, ni lo intentamos, sino para recorrer algunas de las sendas y caminos que hay por sus alrededores. Acepté encantado. Regresé, pues, a Portacoeli al cabo de muchos años. Siendo ya, como José Luis, un jubilado.

Pude comprobar aquel día, por enésima vez, que una cosa es el recuerdo y otra, muy distinta, la realidad. Las carreteras y los caminos que recordaba de cuando era joven nada tenían que ver con los de ahora. Antes tanto las sendas como la estrecha carretera estaban vacías. Nadie circulaba por ellas. Ahora se hallaban plagadas de ciclistas. Y de coches aparcados en los lugares más inverosímiles. Los ciclistas, además, creyéndose dueños absolutos de las carreteras, circulaban por el centro, o por donde les apetecía. Yendo de tres y cuatro en fondo, sin cuidarse de si detrás de ellos iban coches o no. Ni cedían el paso a nadie ni era conveniente pedirlo. A alguien, que iba delante de nosotros, se le ocurrió hacerlo. Los gestos de mala educación, de desprecio y de chulería fueron varios y repetitivos por parte de aquellos pretendidos deportistas. Fue penoso.

—Imagino —pensé— que alguno estará siendo muy feliz sintiéndose dueño de los diez o quince minutos que nos está haciendo perder.

No tenía más importancia. Gracias, por otra parte, a tan lento desplazamiento, pude observar el paisaje con toda tranquilidad. Las montañas estaban rebosantes de pinos. Era una maravilla contemplar tanto árbol, tanto verdor. Y verlos, además, en una zona de tan difícil acceso.

José Luis, que iba conduciendo, estaba muy atento para evitar sorpresas por parte de los ciclistas que iban y de los que venían. No quise distraerlo.

—Espero —pensé— que no haya motoristas por medio del monte haciendo salvajadas y destruyendo todo lo que encuentran a su paso.

José Luis quería llegar a un lugar determinado de la carretera. Dejaríamos el coche en una pequeña explanada. E iniciaríamos la breve subida a la montaña. Según recordaba mi amigo, que había estado por allí en varias ocasiones, desde lo alto de aquella montaña se podía divisar, y fotografiar, la cartuja. Tuvimos suerte: los ciclistas, al cabo de unos minutos, desaparecieron como por ensalmo. En un lado de la carretera vimos un despejado lugar donde poder aparcar. Y sin más, dejando las mochilas para ir más ligeros, tras cerrar el coche, comenzamos a ascender por donde nos pareció más fácil y llevadero.

—Te advierto —le expliqué a José Luis— que yo soy bastante torpe para moverme por el monte. Rara es la vez que no doy con mis huesos en tierra.

No era ninguna broma. Nunca he sido una persona ágil. En consecuencia son varios los lugares que he medido con mi espalda. Hasta que decidí renunciar a lo que se me negaba. Me decanté, pues, por los caminos llanos y sin grandes dificultades. Aun así di los primeros pasos con decisión. Cuesta arriba. José Luis me seguía.

—Me parece —me dijo al cabo de unos segundos— que la montaña está vallada. Me temo que no vamos a poder ver nada.

Cuando estuve seguro de que los pies no me iban a fallar, y antes de que las piernas comenzaran a temblarme, levanté la vista. Efectivamente a pocos metros de mí se levantaban unos postes de acero Soportaban una gruesa valla metálica. La valla estaba formada por cables entrecruzados. Dejaban espacios entre sí. Lo suficiente para poder ver el paisaje.

—Sí —le dije sin girar la cabeza—, hay una valla.

—Bueno —me contestó—, en algún sitio terminará.

A pocos metros del agujero de la valla se levantaban los restos de una casa. Por las derruidas paredes que quedaban en pie se podía apreciar que fue grande, capaz.

Seguimos subiendo. Fui ascendiendo siempre por una enorme roca rugosa, con pequeñas oquedades. En ellas me era posible introducir los pies. No tuve, pues, ningún problema para llegar a la cima. No me caí. La alegría fue doble, dado que llevaba conmigo mi inseparable cámara fotográfica. Había tenido la precaución, eso sí, de envolverla con varios paños que siempre llevo para la ocasión. Y de meterla en una bolsa de tela muy resistente.

No tardamos en llegar al pie de la valla. El sol comenzaba a calentar. Nos habíamos dejado las botellas de agua en el coche. Paciencia.

—El vallado es enorme —me dijo José Luis—. Parece que abarca toda la montaña.

El lugar por el que habíamos ascendido daba a una parte de la valla que estaba rota. Alguien había cortado los cables de acero haciendo un buen agujero. Lo tuve en cuenta. Decidimos, en principio, seguir el camino que iba paralelo al trenzado metálico. Llegamos a una pequeña ermita. Allí el vallado daba la vuelta. Se inclinaba hacia un terreno escarpado y difícil. Imposible entrar. La capilla, además, estaba totalmente tapiada. Puerta y pequeñas y altas ventanas estaban cegadas.

—Creo recordar —me dijo José Luis— que valía la pena visitar la capilla.

—En un lugar tan apartado, seguro, de no estar vallada, que estaría llena de botellas, excrementos y las inevitables pintadas de fulanito que estuvo aquí tal y tal día con su novia.

—Sí, la falta de respeto de mucha gente es proverbial. Y eso propicia las vallas y los lugares cerrados.

Volvimos sobre nuestros pasos. A pocos metros del agujero de la valla se levantaban los restos de una casa. Por las derruidas paredes que quedaban en pie se podía apreciar que fue grande, capaz. Más allá se veía la cartuja, cerrada por una gran puerta metálica. Impedía ver su interior.

Cartuja de Portacoeli
Me arriesgué pensando hacer una buena toma del convento.

—Me voy a meter por el agujero —le dije a José Luis—. Me apetece fotografiar la casa.

—Tenía arcos góticos, creo recordar.

Me costó colarme por el agujero de la valla. Avancé luego con cuidado por un terreno lleno de altas hierbas y muy irregular. Llegué a la casa. No había nada que ver. Casi todas las paredes estaban en el suelo. Cubiertas de maleza. No había rastro ni de arcos ni de techo. A pocos pasos de la puerta principal, la montaña se inclinaba de una forma harto peligrosa. Aun así me arriesgué pensando hacer una buena toma del convento. Nada que valiera la pena. Regresé en busca del agujero por donde había entrado. Me costó dar con él. José Luis se había sentado a la sombra de un alto pino, fuera del alcance de mi vista. Cuando comenzaba a ponerme nervioso, recordando la facilidad con que los héroes de las películas entran y salen de peores lugares, aun siendo perseguidos por perros y pistoleros, di con el roto de la valla.

Descendimos de la montaña un tanto defraudados, y emprendimos el regreso.

—Ha sido un pequeño fracaso —me dijo José Luis a modo de disculpa—. La verdad es que tenía interés en que vieras la ermita y la casa. Yo las vi hace mucho tiempo. Y las recordaba como que valía la pena visitarlas.

—No pasa nada. Estamos donde estamos. Y la falta de respeto y educación, ya lo has visto, campa a sus anchas.

—Es una pena. Pero, claro, la valla preserva al menos lo que queda.

Me parece muy bien que los frailes hayan vallado la ermita y lo que queda de la casa.

—En el recinto vallado ha sido en la única parte de la montaña en la que no he visto ni una lata de refresco, ni colillas, ni bolsas de plástico, ni basura humana.

—Es de pena.

—Hace algunos años —le conté— estuve visitando el santuario, a cielo abierto, de Peñalba de Villastar, en Teruel. Hay allí inscripciones en lengua celtíbera, pero con caracteres latinos. Y dibujos, parece que de dioses, sobre la roca. También están grabados los primeros versos de la Eneida, en latín. Pues bien, no faltó el inteligente que, al lado de las prehistóricas incisiones, dejara el testimonio de que un tal Paquito lo había llevado allí haciéndolo sufrir mucho subiendo por aquellas montañas.

—Demencial. Sin palabras. ¿Y dónde quieres que vayamos ahora?

—Pues podíamos buscar un lugar apartado, con sombra, comernos los bocadillos, y meternos luego por un camino de estos, mejor cuanto más alejado.

Fue lo que hicimos. Prometiéndonos, como siempre, que en cuanto el camino se pusiera difícil nos volveríamos atrás. Ambos teníamos muy claro que salíamos a pasarlo bien, no a padecer. Y ya teníamos suficiente sufrimiento con la visión de las vallas.

—Es lo que hay —dijo José Luis respirando tranquilo al no ver a ningún ciclista por la estrecha carretera—. Y me parece muy bien que los frailes hayan vallado la ermita y lo que queda de la casa.

—Sí. A mí también. Algunos descerebrados serían capaces hasta de escribir, en alguna vidriera o en el altar de la catedral de León, que estuvieron allí con Mari Pili.

Y en eso, a nuestra derecha, apareció un gran pino elevándose sobre una explanada capaz. Allí nos metimos y repusimos fuerzas. Poco después, como proyectáramos, comenzamos a caminar por uno de aquellos caminos. También sin colillas ni bolsas de plástico por el suelo. Todavía nos queda algún metro cuadrado de tierra limpia e impoluta. Esperemos que no hagan falta más vallas para preservarlos. Vale.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Azorín, La cuna y la sepultura, “Viven [los filólogos] de raíces, cual los eremitas antiguos del desierto”.