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Roma no paga a traidores

lunes 15 de marzo de 2021
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Roma no paga a traidores, por Vicente Adelantado Soriano
Mi querido vecino de la puerta 33 me llamó para proponerme una excursión geológica por las cercanas montañas.
En una ocasión a Simónides de Ceos, que le hizo una petición injusta, le respondió que ni él podría ser un poeta si no se ajustaba al ritmo, ni él un gobernante honrado si le hacía un favor transgrediendo la ley.
Plutarco, Vidas paralelas, “Temístocles”.

Comenzaba el buen tiempo. Se estaban levantando, suavemente, las restricciones provocadas por el virus. Aprovechando la ocasión, y las fiestas, mi querido vecino de la puerta 33 me llamó para proponerme una excursión geológica por las cercanas montañas. Le dije que iría con él encantado siempre y cuando no fuera un sábado o domingo el día escogido para la susodicha excursión. Respetuoso y discreto no indagó el porqué de esas limitaciones, ni yo di ninguna explicación.

Pienso a menudo en los griegos, en su famosa paideia, y en la Ilíada. ¿Usted cree que aquellos guerreros eran la esencia de la caballerosidad y el deporte?

Salimos bien pronto de casa. Lo llevé, pese a perdernos un par de veces, a donde él me pidió. Una lejana montaña, y un camino de cabras. Aparqué al inicio del mismo. Por aquellos parajes, y entre semana, no había ni un alma.

La mañana estaba triste y nublada. Nos abrigamos bien. Cargados con las mochilas emprendimos el camino que él había trazado. A los pocos minutos de comenzar a caminar, me llamó la atención, desde luego, el colorido de las piedras, la disposición interna de las mismas, las lajas, y lo fácilmente que se podrían aprovechar para hacer utensilios o tejados. A veces, con sumo cuidado, hice fotos con el móvil y oí sus interesantes explicaciones. Le pregunté entonces, interrumpiendo su martilleo sobre una piedra, si sabía algo, o me podía explicar algo, sobre la famosa lapis specularis, utilizada por los romanos para hacer ventanas. No me dijo nada que no supiera. Pero, cogiendo la ocasión al vuelo, me propuso otra excursión, a Segóbriga (Cuenca), ciudad que vivió del tráfico de dicha lapis hace de ello algunos siglos.

—Y nos podemos acercar a otras minas que hay por los alrededores —añadió todo entusiasmado.

Le dije que ya lo hablaríamos. Y sin más seguimos, él con su martillo y yo admirando el paisaje y las piedras. Al cabo de unas largas horas se cansó de martillear y romper rocas, algunos de cuyos fragmentos se guardaba en una especie de zurrón. Nos fuimos entonces hacia el coche y en busca de un restaurante. Tardamos unas dos horas en dar con él. Cuando nos sentamos a la mesa estábamos hambrientos y cansados. Una copa de un excelente vino tuvo la virtud de reanimarnos.

—Pues siento —dijo contento y alegre por la excursión, y por la comida que se le venía encima— no poder serle de más ayuda con lo de la lapis specularis. Pero puedo buscar información. Lo haré. No le quepa duda.

—Tampoco es una cosa tan importante. Era curiosidad. A veces trato, en las clases, de explicar más cosas que las declinaciones y los verbos. Un poco de cultura.

—Me parece muy bien. Yo estos días me he estado acordando, y riéndome, de una clase memorable de cuando era niño. Conforme me voy haciendo más y más mayor, me surgen más y más recuerdos de la infancia.

—Parece que eso es una cosa bastante común. Y que todos terminamos por idealizar el tiempo pasado. Creo.

—No es mi caso. Cualquier tiempo pasado no fue mejor. No idealizo nada. Sencillamente me río del tipo de educación que nos dieron, de la enorme cantidad de mentiras que nos dijeron. A veces no entiendo ni cómo hemos sobrevivido.

—Seguramente como todos los niños del mundo que han sufrido todo tipo de educación a lo largo de la historia. Pienso a menudo en los griegos, en su famosa paideia, y en la Ilíada. ¿Usted cree que aquellos guerreros eran la esencia de la caballerosidad y el deporte? Eran más bestias que los propios animales. No hay más que leer Troyanas. Con la tragedia se deberían haber quedado los niños griegos…

—Yo, por cuanto ha pasado estos días, con unos políticos tránsfugas, y con otros que se saltan la ley a la torera con tal de no perder su parcela de poder, me he acordado de una memorable clase de mi lejana infancia. Todos los maestros, como sabe, tras la guerra civil fueron depurados. No hace falta que le diga la ideología que tenía el mío. Nos contó, un día, que los romanos no podían vencer a los soldados de Viriato. Siempre resultaban derrotados por ellos. Recurrieron entonces a la traición. Varios soldados de Viriato, sobornados por las promesas romanas, asesinaron a su jefe. Y cuando fueron al campamento enemigo a cobrar el fruto de su traición, les soltaron la famosa frase, que el maestro declamó con voz tonante: “Roma no paga a traidores”.

¿Qué queda en la conciencia de esta gente que se vende por un plato de lentejas?

—Parece que esa anécdota es falsa.

—Pero lo que no es falso es que el ejército español se sublevó contra la República, que fue un ejército traidor, y que mi maestro formaba parte de esa calaña de traidores.

—Usted sabe que cuando la traición triunfa deja de ser tal. “La traición nunca prospera —le cité de memoria—. ¿Por qué? Porque si prospera nadie la llamará traición”.1 París bien vale una misa. Y un coche y un carguito justifican para muchos el paso de una charca a un lodazal.

—¿Y qué pretendían con ese tipo de educación, hacer de nosotros seres nobles e íntegros como no lo habían sido ellos?

—Tal vez se estaban justificando a través de los niños. Roma no paga a traidores; pero desde el momento que ellos estaban viviendo muy bien, o Roma les había pagado, o no habían sido traidores.

—O ambas cosas. ¿Qué queda en la conciencia de esta gente que se vende por un plato de lentejas? ¡Ah, si se pudiera golpear con un martillo para ver lo que hay dentro!

—Tal vez la sensación de triunfo, de haber logrado lo que querían y deseaban. Un carguito y no estar en la cola del paro. ¿O cree usted, ingenuamente, que los políticos están ahí porque tienen una cierta noción de cómo se debe gobernar y llevar una nación? Espero que no sea tan ingenuo. No tiene más que ver los libros que se han leído al respecto. No más que las piedras que cuartea usted con tanta devoción.

Roma no paga a traidores, por Vicente Adelantado Soriano
Interrumpiendo su martilleo sobre una piedra, le pregunté si sabía algo, o me podía explicar algo, sobre la famosa lapis specularis, utilizada por los romanos para hacer ventanas.

—Tal vez se deberían hacer oposiciones para ser alcalde, concejal…

—Tonterías. Se amañarían las oposiciones, como se ha hecho en infinidad de ocasiones, y se sigue haciendo, y aquí paz y allá gloria. No le dé más vueltas.

—Alguna solución tiene que haber. No podemos continuar así.

—No veo por qué no. Dígame alguna época de la historia en la que no haya habido corrupción, corruptelas y componendas de todo tipo. La única solución es si quiere usted participar de la misma o no participar. Por lo demás, desengáñese: no se la va a quitar de encima.

—No entiendo —dijo poniéndose serio— cómo puede ser usted tan pesimista.

—Yo tampoco —le respondí—. A veces me cuesta mucho soportarme a mí mismo. Ahora bien, jamás le he dicho a nadie que Roma no paga a traidores. Todo lo contrario. Nunca me oirá hablar del heroísmo de Leónidas y de sus muchachos, ni de la grandeza de Julio César, o de la bondad de Hernán Cortés. Ni de que un programa, o una idea política, exige sus pequeños sacrificios, como soportar la traición de unos tránsfugas. Todo es mentira. Componendas.

—No estoy de acuerdo. Hay personas honestas. Siempre las ha habido. Y seguro que se podrían encontrar infinidad de ejemplos.

—Evidentemente. Cicerón fue un magnífico proconsular en Cilicia. No hubo otro como él. Algo similar pasó también con Plinio el Joven, creo recordar —dije no muy seguro de esta última afirmación.

—¿No hay ejemplos más modernos? ¿Más actuales?

—No lo sé. No soy historiador. Pero, sinceramente, a mí todo esto me cansa. Los políticos españoles no dan para más. Lo mejor, creo, es vivir sin necesidad de hablar de ellos. Para qué. No vamos a cambiar nada. Son unos necios y seguirán siendo unos necios y unos ineptos. Hay, además, una enorme red de intereses. Y hay, gracias a Dios, muchas cosas interesantes. Las piedras para usted, y la guerra de Troya y del Peloponeso para mí. Y se me ocurre, ahora, que tenemos un punto en común, algo sobre lo que podemos trabajar juntos y dejarnos ya de zarandajas de traidores y demás. Le hablo de un famoso arqueólogo, de Heinrich Schliemann, y de sus controvertidas excavaciones.

Al contrario que Schliemann, no tengo ningún libro en el que basarme para comenzar a excavar. Y si encontramos algo, que lo dudo, ni de lejos va ser algo similar a Troya.

—No lo conozco. Creo que en mi vida he oído hablar de él. ¿No sería geólogo?

—No lo sé. Fue tantas cosas. Pero no, creo que no. Fue arqueólogo aficionado. Y si lee su autobiografía, un buen fabulador. Al menos eso me ha parecido a mí.

—¿No me estará proponiendo usted —me preguntó sonriendo— que excave Troya?

—No creo que lo dejaran. Pero no. A todo caso yo le propondría otro tipo de excavaciones.

—Diga usted.

—Siempre me ha quedado la duda, cuando he ido por el monte, sobre todo por la sierra de Espadán, si cuando los maquis morían los enterraban donde podían o en un cementerio. ¿Y dónde reposan los desertores de la guerra civil que sus familias ocultaban en las masías? Enterrarlos en el cementerio era delatarse. ¿Dónde reposan? ¿Y los moriscos que habitaron por aquí?

—No tengo ni la más remota idea. Y no sé si las preguntas que me está haciendo son correctas.

—Yo tampoco. Las he planteado aquí por la confianza que hay. Tal vez todo lo que estoy diciendo sean tonterías. No lo sé. Yo, al contrario que Schliemann, no tengo ningún libro en el que basarme para comenzar a excavar. Y si encontramos algo, que lo dudo, ni de lejos va ser algo similar a Troya.

—Dejemos entonces que los muertos descansen en paz.

—Sí. Es lo mejor.

—Déjeme que lo invite. Y, por favor, páseme el libro de ese arqueólogo de Troya.

—Mientras no pague Roma, adelante con los faroles. Pague lo que guste.

—Yo jamás aceptaría el dinero de Roma.

—Nunca diga de esta agua no beberé, etc., etc.

—Vale. Pues diré lo otro: Padre, si es posible que pase este cáliz sin que lo beba.

—Eso está mejor. Sabias palabras son esas.

—Sí. Desde luego.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, III. Siglo V. Ilustración, Madrid, 1988. Traducción de Joaquín Rodríguez Feo, p. 289.
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