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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Exuberancia

jueves 29 de abril de 2021
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Exuberancia, por Vicente Adelantado Soriano
Por aquí y por allá chopos, sauces y álamos. Emergiendo de entre matorrales, romero y helechos. Contrastaba el verdor de los pinos con un cielo grisáceo, plomizo.
Nada hay, en efecto, más difícil que encontrar las palabras adecuadas para un profundo dolor.
Séneca, Consolación a Polibio.

Fiel a su promesa, José Luis me llamó la noche anterior para proponerme varias rutas. Aquella que los dos teníamos en mente la dejaríamos para mejor ocasión. Era bastante exigente. Muy larga. Me mostré de acuerdo con él. Y escogí la última de las rutas propuestas, la que transcurría por unos caminos y unos parajes mucho más hermosos e interesantes. Exóticos para mí. Como siempre, a las ocho de la mañana, puntualmente, pasó por casa para recogerme.

El cielo estaba encapotado. Habían anunciado lluvia. No hacía frío. Circulaban pocos coches, dado que era sábado, y era bastante temprano. Nos tardamos en llegar a Tuéjar, donde desayunamos. No hacía ni un año habíamos estado allí asistiendo a la conferencia sobre el acueducto de Chelva y Calles. Hay restos, en estas poblaciones, de un acueducto romano. El conferenciante lo defendía como el más largo de Hispania.

—Lo malo de estas conferencias —le dije a José Luis en tanto conducía— es que se organizan para promocionar el pueblo, y no para discutir la pretensión del conferenciante.

El plomizo cielo la impregnaba de una cierta melancolía. Me pareció la imagen de la soledad.

Y así fue: la charla comenzó mucho después de lo anunciado. El funcionario del ayuntamiento no se aclaraba ni con el ordenador ni con los micrófonos ni con los enchufes. Fue desesperante. No hubo tiempo ni ganas, en consecuencia, para hacer preguntas. Es la mejor forma de tener razón.

—¿Y qué más da que sea el más largo o el más corto? —dijo José Luis—. Lo importante es saber a dónde llevaba el agua. Y parece ser que era a Liria. Allí gobernó un señor que estuvo a punto de ser proclamado emperador de Roma. ¿No es así?

—Sí. Efectivamente. Éste construyó las termas de Liria. Y esas termas eran alimentadas por el agua que llevaba este acueducto. Ahora, que tomara el agua de Chelva a de Tuéjar, eso ya no lo sé. Y que siguiera luego, el acueducto, más lejos, tampoco lo sé…

—No sabemos nada.

—Somos unos ignorantes.

Tras un breve desayuno nos pusimos de nuevo en marcha. No tardamos en llegar a la presa de Benagéber. Pudimos observarla desde lo alto de la carretera. Ésta va descendiendo bordeándolo siempre. En el centro del pantano hay una pequeña isla con una gran masa de pinos. El plomizo cielo la impregnaba de una cierta melancolía. Me pareció la imagen de la soledad. Rodeada de una inmensa cantidad de agua. Lejos de la tierra.

Comenzaba a chispear cuando salimos del coche. Hacía frío, además. Nos equipamos bien y fuimos a ver la presa. Una placa de metal, en lo más alto, anunciaba que las obras se habían sido iniciado en 1932 y terminado en 1952. Otra, un poco más abajo, llevaba escrito el nombre del pantano.

—Esas placas —me explicó José Luis— son relativamente nuevas. Antes arriba del todo estaba el signo de la victoria de Franco. Y abajo ponía, como siempre, Pantano del Generalísimo.

—Ni en eso fueron originales. El signo de la victoria franquista es un crismón del bajo imperio romano. Fue adoptado por alguna universidad. Si vas a Salamanca, en el patio de la universidad verás muchos crismones. Los ponían los estudiantes al finalizar sus estudios…

—Se cuenta, y no me extrañaría que fuera verdad, que muchos presos republicanos fueron obligados a trabajar aquí en régimen de esclavitud por los franquistas. Y que murieron muchos.

—No me extrañaría nada. También sería interesante saber la cantidad de vidas de esclavos que costó el famoso acueducto de Chelva, ese que se pretende el más largo…

—Infinitas. De eso nunca se habla. Y sería interesante estudiarlo.

—Dudo que haya documentos al respecto. Tal vez por aquí estén sepultados muchos de aquellos hombres.

—Tal vez.

Volvimos al coche. Cogimos las mochilas llevando solamente lo imprescindible. Hacía frío. Nos pusimos a caminar bajo una fina lluvia. Cesó a los pocos pasos, en cuanto salvamos la barrera que cerraba el camino a los vehículos. A nuestra izquierda, al final de un cortado tan profundo como exuberante, corría el río. Enfrente, unas enormes montañas mostrando diversos estratos. Parecían textos subrayados con lápices rojos, grises y marrones. Y por aquí y por allá chopos, sauces y álamos. Emergiendo de entre matorrales, romero y helechos. Contrastaba el verdor de los pinos con un cielo grisáceo, plomizo. De vez en cuando, para que no nos descuidáramos, volvían a caer algunas gotas. Tuve que limpiarme las gafas varias veces.

—Aquí no hay dónde refugiarnos —me dijo José Luis—. A menos que lleguemos a la casita del inglés. Y que ésta esté todavía en pie.

—A mí —le expliqué por enésima vez— no me molesta la lluvia. Pero esa casita que dices, ¿está muy lejos?

—No me acuerdo. Hace muchos años que no vengo por aquí.

El nombrar a un inglés, de nombre desconocido, me despertó varios recuerdos. Me puse al lado de mi amigo con la intención de interrogarlo.

—¿Cómo se llamaba ese hombre? ¿Y cómo es que vino a dar aquí?

—No lo sé —me dijo—. No sé cómo se llamaba. Habría que investigarlo. Como eso de los obreros del pantano. Creo recordar que el señor inglés perdió a sus dos hijos en la segunda guerra mundial. Se retiró y se vino a vivir aquí. Se ve que nadie le puso pegas para levantar una casa en alguna parte de estos parajes.

La vegetación es tan exuberante que, a veces, ramas de la derecha se juntan con las de la izquierda formando una cúpula llena de verdor.

—Como los antiguos ermitaños.

—Tal cual. Pero este señor parece que aprovechó el agua para montar una turbina y tener luz.

—¿Y los víveres? De aquí al pueblo hay mucha distancia.

—No sé. Tendría alguna moto, o una bicicleta.

Lo que me contó José Luis sobre aquel inglés me recordó la historia sobre otro inglés, ingeniero, afincado un tanto lejos de allí. Un día fui con unos amigos, por esas aficiones mías, a recorrer las montañas de la sierra de Espadán. Fuimos a dar a un pueblecito, Chóvar, por cuyas tierras me moví durante bastantes semanas. En una de aquellas correrías, en lo más alto de un pico, si no recuerdo mal, vi las ruinas de una casa. Me explicaron que era la casa conocida como la del inglés o del negre. Un señor de esta nacionalidad, tampoco supieron decirme el nombre, se fue a vivir allí a principios del siglo XX. Apareció con un criado negro que tenía. Era éste el encargado de ir al pueblo a comprar. Por eso conocían su casa como la casa del negre. Este señor inglés fue un antecedente de quien se afincó en los humedales de Berchel, cuyo camino estábamos siguiendo.

La vegetación es tan exuberante que, a veces, ramas de la derecha se juntan con las de la izquierda formando una cúpula llena de verdor. De vez en cuando, no obstante, aparecían olmos y chopos con sus hojas doradas. Nos recordaban que estábamos en otoño. El río, allá abajo, a una distancia inmensa, seguía corriendo mansamente.

—Con esta son tres las historias que conozco —le dije a José Luis— de ingleses afincados en España, y no en Benidorm o Torremolinos. Uno aquí —todavía no habíamos llegado a su casita—, otro en lo alto de una montaña de Chóvar, y el más famoso de todos, Gerald Brenan, don Geraldo, al sur de Granada. He leído algunos libros de este último. ¡Ah! —exclamé—, y queda por nombrar al famoso George Borrow, don Jorgito. Éste no residió entre nosotros. Filólogo y viajero apasionado vino por estas tierras, a principios del siglo XIX, para difundir la Biblia escrita en lengua vulgar. Eso iba contra la Iglesia. Interesantísimo su libro, La Biblia en España. No tiene desperdicio.

Exuberancia, por Vicente Adelantado Soriano
No cabía más hermosura. Ni más belleza. Comenzaba a llover de nuevo.

El cielo seguía muy encapotado. De vez en cuando caían algunas gotas. Comenzábamos a tener calor. Llevábamos una buena marcha caminando. Y cuando estaba buscando un lugar para quitarme la mochila y despojarme de ropa, José Luis me señaló una alta y fina cascada. El agua iba a dar a una pequeña balsa. A nuestra izquierda, en medio de un exuberante follaje, había dos pequeñas cuevas. Unas toscas escaleras, excavadas en la misma piedra, llevaban de la una a la otra. Pensé que había que estar ágil para moverse por allí. La humedad debía hacer aquellos escalones un tanto peligrosos.

—Parece ser —me explicó— que una cueva la utilizaba como servicio…

—Estos ingleses —dije sonriendo— siempre tan elegantes.

—Y la otra cueva, tal vez como nevera.

Frente a la cascada, casi oculta por la maleza que ha crecido en torno a ella, se levantan las cuatro paredes de la casa del inglés. El tejado había desaparecido. La casa es pequeña. Dos habitaciones. La parte trasera da a la garganta. A una considerable profundidad transcurre el río. Imposible bajar a él. Las paredes, llenas de arbustos, pinos e higueras, son impracticables.

Me pregunté la edad que tendría este buen hombre cuando se vino a vivir a un lugar tan alejado. ¿Cómo pasaba los días y las noches? ¿Cómo lo hacía el inglés de Chóvar? ¿Qué les movió a ambos a adoptar una vida tan dura? Está claro, al parecer, que el motivo del inglés de los humedales de Berchel, donde nos hallábamos, había sido la pérdida de sus hijos en la guerra. Qué cosa más absurda y más necia eso de las guerras. Me acordé de Heródoto: ningún hombre es tan necio como para desear la guerra en lugar de la paz, pues en la paz los hijos entierran a los padres, y en la guerra, los padres entierran a los hijos. Algo así dijo. Pero se equivocó en una cosa: sí que hay necios, o interesados, y muchos, que prefieren la guerra a la paz. En aquélla tienen sus ganancias. Y siempre, siempre, siempre, encontrarán personas más necias que ellos, que los seguirán.

Cuando terminamos de almorzar cayeron cuatro gotas otra vez. Bajo una fina lluvia recorrí como pude la casa, lo que queda de ella. Me pareció que en sus paredes todavía había parte del profundo dolor de aquel padre privado de sus hijos de una forma tan absurda.

Algunas personas cuanto más solas estamos, estamos más y más acompañadas.

—Perder a un hijo —dije— debe ser lo peor de esta vida. Y más por una necia guerra, o por un criminal acto terrorista.

—Sí, es una faena —me contestó José Luis.

Seguimos caminando por aquel precioso camino. En algunas partes había grandes rocas. Las últimas y fuertes lluvias las habían desprendido de las montañas. Miramos hacia arriba con precaución.

—Han caído buenas piezas.

Seguimos caminando hasta llegar a un túnel. A pocos metros de él había otro. Allí descansamos unos minutos. En silencio volvimos a beber agua. Y emprendimos el regreso. Al volver a pasar por la casa del inglés se me redobló el dolor.

—Tal vez —murmuré— la belleza del paisaje le sirviera de alivio por la pérdida de sus hijos. Pero, ¿no tenía mujer? Tal vez también la había perdido. Y además, hay una cosa en la que se equivoca mucha gente: algunas personas cuanto más solas estamos, estamos más y más acompañadas. Además, el sitio es una verdadera delicia. Precioso como él solo. Quizás fuera ese el alivio…

Y entonces, como me sucede muy a menudo, ante paisajes, ríos y montes que me encantan, me acordé del poema de san Juan de la Cruz:

¡O bosques y espesura
plantadas por la mano del Amado!,
¡o prado de verdura
de flores esmaltado!,
dezid si por vosotros a pasado.

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura;
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dexó de hermosura.

No cabía más hermosura. Ni más belleza. Comenzaba a llover de nuevo. Y entonces José Luis propuso hacer el siguiente domingo el camino inverso para conocer todo aquel paraje. Acepté la propuesta. Y llegados al coche, recordando una vez más cómo se construyó la presa, emprendimos camino de Utiel, donde comimos y bebimos muy a nuestro sabor. Cien días como este.

Vicente Adelantado Soriano
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