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Paseando por Alajuela, Costa Rica

martes 1 de febrero de 2022
Paseando por Alajuela, Costa Rica, por Juan Franco Crespo
El Parque de Esculturas de Zarcero, en Alajuela, es un pintoresco lugar a casi 2.000 metros de altura que te puede hacer creer que estás deambulando por la famosa Selva Negra alemana. Fotografía: Peloy (Allan H.M.)

Cuando me planteé la escapada al país centroamericano, Alajuela no entraba en la agenda aunque desde su Campus Internacional de La Paz hacía años se lanzaban al éter emisiones de radio de diversas estaciones o colectivos gracias a las ayudas internacionales. Estando todo ese pasado radiofónico en otro mundo, el topónimo quedaba al margen del viaje, pero las lluvias que me sorprendieron con inusitada fuerza nada más dejar Panamá, no me lo pusieron difícil: recoger el equipaje que dejé en el hotel de Puerto Viejo y tratar de llegar a la capital fue la reacción inmediata ante las fuerzas de la naturaleza.

Tras llegar a San José, pensé que lo mejor era buscar alojamiento lo más cerca posible del aeropuerto internacional y Alajuela quedaba a menos de cinco kilómetros; tendría que ser un temporal muy duro para no poder alcanzar a tiempo el vuelo, y hacia allí encaminé mis pasos, que no fueron infructuosos por cuanto acabé disfrutando de una ciudad sin pensarlo.

Se trata de una población de 300.000 almas, llena de vida y tranquilidad. La patria chica del héroe nacional Juan de Santamaría, cuya estatua me encontré nada más bajarme del taxi en la plaza central que era donde se localizaba el hotel reservado. La ciudad es la capital de la provincia homónima en el denominado Valle Central, y todo lo más interesante para un visitante ocasional lo encontramos alrededor de esa zona que toma el pulso a la vida. Tenemos la catedral neoclásica (muy dañada tras el terremoto de 1991, pero totalmente restaurada, o al menos a mi me lo pareció) y el Museo del Héroe, que ofrece una magnífica retrospectiva sobre el personaje y la época. A poco menos de media hora de camino encontré la coqueta iglesia de la Agonía, una mezcla de estilos y levantada a mediados del XX.

Me pasé tres días disfrutando de su plaza y de su mercado. Todo ocurría sin tener que moverte más de quinientos metros desde el hotelito donde estuve.

Juan Santamaría se ofreció en la batalla de Rivas (actual Nicaragua) para actuar de manera voluntaria e incendiar el mesón en el que se había refugiado el filibustero, pirata y amigo de lo ajeno William Walker. Su hazaña permitió la victoria de las tropas costarricenses y de ahí que sea recordado en su villa natal, donde vino al mundo el 29 de agosto de 1831. El museo, el aeropuerto, el monumento central, decenas de calles y plazas nos lo recuerdan y rinden honores; cualquiera, con ganas de charla, te narra sus peripecias como si hubiesen sucedido ayer.

Personalmente me pasé tres días disfrutando de su plaza y de su mercado. Todo ocurría sin tener que moverte más de quinientos metros desde el hotelito donde estuve y no era ocasión de desaprovechar el espectáculo viviente que tenías ante tus ojos. Lástima que el peso está limitado, pero a pesar de todo, casi tuve que cargar con diez kilos extras en la mochila de mano para poder ubicar todas las compras.

Desde allí hay varias cosas que pueden hacerse relativamente bien siguiendo las instrucciones viarias para poder acceder a enclaves plenamente sorprendentes: nada extraño que el país goce del sobrenombre de paraíso o edén. Varias de estas cosas cercanas a Alajuela pueden satisfacer los gustos del viajero más exigente, todo depende de los intereses de cada cual, pero están el Zoo Ave, el manantial Ojo de Agua (siempre con centenares de capitalinos en sus instalaciones y prácticamente a pie de carretera), la Granja de las Mariposas, el Tour del Café, el volcán Poás, a casi 2.000 metros de altitud, y dos horas aproximadamente de viaje por una carretera que da la sensación de ser un tiovivo, cataratas La Paz o el parque nacional Juan Castro Blanco; si aún tiene tiempo y ganas, puede aprovechar para visitar Grecia, ahora que está de moda. Aunque no lo crea, apenas la tiene a veinte kilómetros de Alajuela y pasa por ser la ciudad más limpia de Centroamérica; allí puede uno fotografiar la peculiar iglesia de Las Mercedes, un pulcro y hermoso edificio de metal, de estilo neogótico, que llegó a finales del XIX desde Bélgica y, cual mecano, se fue engarzando pieza a pieza hasta quedar montada con su imponente planta en color teja con puertas y ventanas blancas que la hacen verdaderamente bonita. Otro lugar, aunque también más lejano, sería el Parque de Esculturas de Zarcero, donde el “Manos Tijeras” local crea verdaderas “joyas” en sus árboles; se trata de un pintoresco lugar a casi 2.000 metros de altura que te puede hacer creer que estás deambulando por la famosa Selva Negra alemana.

Pero si Grecia no le satisfizo, entonces puede darse el gustazo de pasear por Atenas, que está algo más al sur, en la carretera que lleva a la costa, o la célebre Reserva Nacional de Carara. Realmente la toponimia costarricense permite coleccionar rótulos rutilantes y que en pocos kilómetros te hace viajar por ciudades, países y regiones de medio mundo. Veamos, pues, al margen de Atenas, Grecia o Liberia, uno puede pasear por Acapulco, Alemania, Belén, Berlín, Buenos Aires, Capellades, Cartago, Carmona, Cervantes, Colorado, Cortés, Florencia, Florida, Guinea, Herradura, Lepanto, Líbano, Los Ángeles, Manzanillo, Marbella, Moín, Monterrey, Montserrat, Moravia, Nicaragua, Palmira, Panamá, Puebla, Samara, Sacramento, San Antonio, San Cristóbal, San Francisco, Santa Elena, Santa Fe, Santo Domingo, Venecia, Westfalia, Zaragoza y un etcétera interminable. Vaya, que sin proponértelo se puede recorrer media Europa en pocos kilómetros, es como una oferta del 3×1, o algo similar, cada rincón es único y eso es de agradecer sobre todo ahora que la globalización está creando monstruos urbanos inhabitables y, sin embargo, son los dormitorios del presente. Quizá porque la “masa” permite una mimetización que no está al alcance en una zona rural.

Los fines de semana se convierte en un espectáculo al aire libre, música, saltimbanquis y divertimentos varios que me recordaban a los charlatanes de la Feria de San Juan.

En Costa Rica, casi la mitad de la población del país se concentra en torno a su capital y el Valle Central. Sorprende su hospitalidad y el respeto por lo comunitario, algo que explica su dilatada historia, prácticamente sin conflictos, lo que me hace pensar en su pragmatismo y sin fuerzas armadas, no deja de ser un contraste si comparamos con las violencias vividas por las naciones vecinas.

Pero volvamos al Parque Central, donde hay unos centenarios mangos con los que hay que ir con cuidado ya que no avisan cuando caen, así que si estamos paseando y vemos el suelo lleno de estos frutos, lo mejor es salir de la zona de influencia de los árboles o un buen “mangazo” puede ser la propina que nos aturda. Los fines de semana se convierte en un espectáculo al aire libre, música, saltimbanquis y divertimentos varios que me recordaban a los charlatanes de la Feria de San Juan o aquellos otros que te vendían puertas o ventanas de pino y a la que te descuidabas te endilgaban una casa entera, por no hablar de los que venían vendiendo mantas. Eran verdaderamente unos adelantados a la célebre técnica de persuasión de los norteamericanos y los libros de autoayuda que invaden los más preciados espacios, como si ellos fueran los que nos tendrán que sacar del pozo en el que andamos hundidos por obra y gracia, precisamente, de los cantamañanas de turno.

Disfrutando de los momentos, cuando la lluvia dejaba de caer, me fui recorriendo la tranquila urbe en donde posiblemente bebí más que durante todo mi viaje para poder guarecerme del líquido elemento que a veces caía a cántaros. Realmente mereció la pena compartir esos casi cuatro días en una zona climáticamente estable y donde la lluvia era la única cosa que importunaba. Limpieza, quietud, buen lugar de compras, aunque debamos advertir que esto no es la Gran Vía.

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