“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Reflexiones viajeras: aeropuertos y otras milongas

viernes 3 de junio de 2022
 “No es posible convertir a un inepto en un genio simplemente a través de la educación”.
Sándor Márai

Moverse significa, entre otras cosas, contrastar hasta dónde llega la estolidez humana que nos desborda en estos tiempos de pandemia y, ahora, de guerra. Pero concentremos la reflexión en los viajes aéreos y en los aeropuertos (de estaciones de Renfe o trenes sin lavabos hablaremos brevemente al final).

El último semestre, gracias a lo que uno va guardando de la pensión, hubo tres escapadas. Conviene recordar que es más fácil irse por Europa que bajar a mi tierra granadina, al margen de que esto último es mucho más caro. El marco geográfico o cultural de los diferentes aeropuertos puede hacernos ver que realmente vivimos en un mundo de locos.

  1. Nacionales: Barcelona, Fuerteventura y Tenerife Norte.
  2. Espacio Schengen: Barcelona, Bruselas y Frankfurt.
  3. Extracomunitarios: Estambul, Kayseri y Esmirna.

Digamos que dos de ellos fueron comodines (Barcelona y Estambul) y los tuvimos que pisar varias veces, así que los inevitables controles (siempre son para tu seguridad, faltaría más) no te los evita nadie a no ser que te conviertas en invisible. Por consiguiente acabas teniendo la posibilidad de que tus nervios se alteren ante la estupidez (ya no digo estolidez para no repetirme) de los bípedos ¿o bípedas?, está a la altura del Everest.

Los tres nacionales los gestiona Tablisa; deberían aplicar los mismos criterios ante el inevitable paso por los arcos detectores.

Las normas o reglamentos (hoy hablan de protocolos) deberían ser iguales en todo el sistema aeroportuario que se rige por las normas de la Iata, pero ni por esas. En el caso de los controles nacionales el más nefasto es Barcelona porque en muchas ocasiones parece como si fueras un monstruo al que hay que desnudar y, a veces, literalmente, los pantalones se van al suelo. Digamos que los tres nacionales los gestiona Tablisa; deberían aplicar los mismos criterios ante el inevitable paso por los arcos detectores. Nada más lejos de la realidad, y el personal de la susodicha contrata deja, en ocasiones, mucho que desear, ganando por goleada en molestias y desatención el de la capital condal; lo han ajustado tan fino el detector que hasta salta con los remaches de algunas camisas, algo que no debes llevar encima el día que vuelas. Para simpatía y agradable trato nos vamos al de Fuerteventura, allí te miman y haciendo lo mismito que en Barcelona, sólo tienes que recuperar tus mochilas de la cubeta y recomponer lo que llevas encima, o sea, colocar todo lo que previamente has dejado en la bandeja: reloj, cartera, llaves, monedas; en fin, todo lo que es de metal. De los turcos el mejor en ese tránsito es el de Kayseri.

Sin quererlo comparo con mis primeros vuelos con diecinueve años (hace ya medio siglo de esa experiencia, cuando hice el trayecto nocturno, gratis, con Aviaco, entre Barcelona y Málaga) y los agentes de la Benemérita o de la Policía Nacional (los aeropuertos de ese vuelo primigenio fueron Barcelona, Madrid, Sevilla y Málaga; en cada escala había nuevas personas que sustituían a los que bajaban —Madrid o Sevilla—), realmente ejemplares en su actuación y revisión. Por eso uno los echa en falta; poco después, estamos ya en 1976, acabado el servicio militar, me toca volar a Hungría, todavía la documentación indicaba que no se podía ir a determinados países del telón de acero sin el visado correspondiente, algo que solucionaron las autoridades diplomáticas en Madrid y a volar hacia Budapest, con un tramo como viajero único entre Viena y la capital húngara con la línea aérea de bandera. Todo fueron atenciones y agasajos que se repitieron en el vuelo de retorno, coincidíamos la misma tripulación de cabina que nunca había salido del aeropuerto magiar.

En el grupo B, de aeropuertos del espacio común, nada que objetar, salvo las informaciones de las autoridades belgas que en su web decían que los ciudadanos del citado grupo ya quedaban exentos de mostrar el dichoso QR (quien quiera disfrutar de esa gran idiotez que se vaya a XLSemanal del 6 de marzo de 2022 y eche un vistazo a “Leer matando al Minotauro”, del académico Pérez Reverte; curiosamente es el tercer escritor o periodista que esta semana se queja de esa gran gansada), algo que comenté al facturar el equipaje, la chica me dijo que ella no sabía nada de esa disposición y me entregó los papeles por si, llegados a Bruselas, los pedían, como así sucedió.

Cabe señalar que la policía belga fue extremadamente servicial y con ellos en la mano se superó, sin más, el trámite de entrada. Localizada la furgoneta VIP, nos trasladaría al céntrico hotel de la capital europea, donde nos atendió una criatura encantadora y la sorpresa vino con la habitación: llegué, me duché y a la calle. Al día siguiente, al regresar a la tarde, al ver que la habitación estaba sin hacer, es cuando me daría cuenta de las normas del hotel: por “la pandemia” las habitaciones no se hacen y el viajero “tiene la seguridad de que allí no ha entrado nadie que lo pueda contagiar”. Eso sí, el coste de esas tres noches sin servicio de habitaciones no fue compensado por la empresa, aunque cuando apareció la guía conseguimos que, al menos, nos dieran toallas limpias para la segunda noche.

En el apartado de extracomunitarios estarían los de Turquía. El flamante y mastodóntico nuevo aeropuerto de Estambul es demasiado para el viajero, una hora de rodadura hasta llegar al lugar asignado para el desembarque, inmensos pasillos y problemas de ubicación del guía al tener prohibido el acceso a la terminal. Un contrasentido, porque afuera estaban todos los que esperaban, por familia o negocios, apiñados. Tras localizar el lugar de espera allí estaba el amable Gunes buscando a los cuatro integrantes del tour, aunque las personas que viajaron vía Valencia llevaban dos horas tratando de localizarlo. Las nuevas tecnologías acabaron de arreglarlo y las dos personas que llegaron vía Barcelona indicándoles hacia dónde debían dirigir sus pasos en la terminal: un aviso para los guías receptores, al margen de indicar el negocio donde esperan, harían bien en facilitar el número de puerta de salida porque, en nuestro caso, encontramos tres establecimientos de la misma cadena ¿y cuál es el de referencia?, por pura casualidad sucedió: habíamos elegido la puerta correcta y allí estaba el guía esperando.

Parece que aquí (al margen de los impuestos, son especialistas en crear umbrales de negocio para fastidiar al más pintado) prima encabronar al viajero.

Resumiendo, los controles aduaneros prácticamente nulos; los controles de seguridad, terriblemente molestos, y el de Barcelona se llevará la palma en esa sencilla tarea, en el sentido negativo. Bastaría que el reglamento, la norma o el protocolo que aplica la empresa concesionaria fuera idéntico en todo el país, pero parece que aquí (al margen de los impuestos, son especialistas en crear umbrales de negocio para fastidiar al más pintado) prima encabronar al viajero hasta límites que casi podríamos decir insultantes. Los aeropuertos turcos impecablemente gestionados y ágiles, nunca dejaron de operar y continuaron recibiendo turismo en este demencial tiempo de pandemia gestionada con los pies.

Ah, por suerte, el tema de otras reflexiones sobre Renfe parece que ha quedado arreglado; la persona que me atendió en taquilla cuando regresé de México, meses antes de este semestre, fue removida. Había otra fémina que, incluso, me avisaba que sería imposible alcanzar el tren que tenía que tomar para llegar a mi domicilio. Ciertamente fue in extremis, pero el cambio de estación y tren fue tan ágil que, contra todo pronóstico, a las tres y media de la tarde estaba ya en casa. Lo único es que en la estación de intercambio no hay lavabos en los andenes y debes salir; comporta que, si no está la persona de seguridad, al regresar al andén tienes que volver a introducir el billete en la máquina que abre el torniquete pero ya no te lo reconoce como válido, puedes tener problemas como ya en otra ocasión narré. Por lo visto vivimos una época en la que se piensa con los pies, y un lavabo accesible parece que no está en la mente de los que gestionan las reconversiones de las estaciones.

Menos mal que con el traspaso de cercanías la autonomía lo arreglaba todo, por no decir que la cosa va peor (en algunas estaciones han dejado cerrados los lavabos y muchas veces los de los vagones están también anulados). Incluso en el transporte urbano de Tarragona hay cosas realmente kafkianas, por ejemplo que no te dejen acceder a un bus exprés ya que al ser una parada en el perímetro urbano, esos vehículos no pueden recoger pasajeros porque eso es algo exclusivo de la Empresa Municipal de Transportes. ¿Entonces para qué sirve tener un abono de tarifa integrada y los logotipos de las diferentes empresas que, teóricamente, prestan el servicio? Vaya, que ni por esas te dejan subir al vehículo, y encima el personal de huelga: dos horas de espera o cómo se ríen de las personas mayores. Aunque a lo mejor es la nueva fórmula para descontarte un viaje “extra” de tu título de transporte, como si fuera gratis. O sea, que a veces sale mejor tomar el taxi, y encima más económico si van dos o tres pasajeros.

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