“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Lisias

jueves 4 de agosto de 2022
Lisias, por Vicente Adelantado Soriano
Lisias siguió escribiendo para los tribunales. Y solamente por eso ya hay que estar agradecidos a la diosa Atenea por haber instituido el tribunal en el areópago de la Acrópolis de Atenas. Estatua de Lisias por Jean Dedieu • Fotografía: Coyau@WikimediaCommons
No hay en efecto una sola cosa tan semejante, tan igual a otra, como todos los hombres lo somos entre nosotros.1
Cicerón, Las leyes.

Hacía muchísimo calor. No lo soporto. Prefiero, con mucho, los días de lluvia y de frío. Me incitan a salir a la calle, ir al monte a caminar y a recrearme con la naturaleza. O a encerrarme en casa y a estudiar. El calor, por el contrario, me agobia. Es como un pesado manto de plomo posado sobre mí: imposible hacer nada. Además, no soporto la pesadilla del aire acondicionado. El verano se presentaba nefasto.

Dicen que donde menos se lo esperaba uno, salta la liebre. Un día, estando tumbado en la cama, sonó el móvil. Lo cogí. El número de entrada ni lo identificó el móvil ni yo. Me conformé, para contestar, con que no apareciera el mensaje de posible número basura o timo. Contesté.

Era un viejo conocido. Se iba de viaje con su mujer. Un viaje largo. Pretendía que fuera yo a cuidar de su chalet, sito en las montañas. Para preservarlo de posibles intrusos. Acepté la oferta. La casa estaba bastante alejada de cualquier población. Me fui con mi coche, aunque tuvieron el detalle de dejarme la nevera a rebosar, y la despensa llena hasta los topes. Lo mejor de todo: allí no hacía nada de calor.

Lisias me pareció un poco complicado, sobre todo, el caballo de batalla del griego, por los verbos.

Me entregué enseguida a la tarea que me había propuesto: la revisión del discurso I de Lisias. La defensa que hizo por el asesinato de Eratóstenes. Traduje algunos fragmentos de este discurso siendo estudiante. Lisias me pareció un poco complicado, sobre todo, el caballo de batalla del griego, por los verbos. Aun así, sudando chorros de tinta, y entonces no hacía estos calores, conseguí terminarlo. Y lo olvidé.

Fue la lectura, relativamente reciente, de los libros de Jacqueline de Romilly, quien me recordó a Lisias. Según esta gran helenista, la diosa Atenea instituyó un tribunal en el areópago de la Acrópolis a fin de terminar con las sangrientas venganzas de familias y familiares. El caso más conocido es el de Orestes y su hermana Electra.2

Yo, francamente, nunca he considerado ni a Orestes ni a Electra como personajes cargados de razón. Ni mucho menos. Pero hay que admitir que los tiempos cambian. Ni Orestes ni Electra tienen en cuenta que su padre sacrificó a su hija Ifigenia, una niña, a fin de tener vientos favorables para partir hacia Troya. Iban los aqueos en busca de una mujer, la bella Helena, a quien nadie le preguntó tampoco si quería estar en Troya o en Esparta. Cada época, desde luego, tiene su filosofía no escrita. No se preguntó nada. Ni se tuvo en cuenta el dolor de una madre por el vil asesinato de su hija. Tal vez no se preguntó nada porque nada había que preguntar: ¿iban a por Helena o a defender la ruta comercial con el mar Negro? Pocos estudios hacen incidencia en esto.

Si tenía razón Jacqueline de Romilly, y la tiene, la diosa Atenea fue una diosa civilizadora. Acabó con las venganzas. Así se pone de manifiesto cuando Orestes, a fin de terminar con la persecución de las Erinias o Furias, por haber matado a su madre, se somete a un juicio, merced a la diosa. Es absuelto gracias al voto de Atenea. Lo mismo sucede con el final de la Odisea, donde es ella quien induce a los padres y familiares de los asesinados pretendientes, a terminar con la cadena de muertes desencadenada por Odiseo a su regreso a Ítaca. Curioso que Atenea no intervenga antes, evite la muerte de los orgullosos pretendientes, y ponga paz antes de que comience la guerra. Tal vez el orgullo, la hybris de los pretendientes, exigía su castigo. ¿También el de las criadas que los apoyaron? Odiseo no deja títere en pie. Pero Atenea impide la venganza de los padres y familiares de los muertos.3

La institución del tribunal por parte de Atenea va a dar lugar a los juicios. No nos vamos a ocupar ahora del juicio posiblemente más famoso, el de Sócrates. Con éstos aparecen los abogados y oradores. Muchos de los ciudadanos reclamados por los tribunales, acusados o acusadores, no tienen la preparación suficiente como para defenderse ante ellos. Recurrirán entonces a especialistas. Éstos les escribirán sus discursos de defensa. Uno de estos abogados fue Lisias.

Sin entrar en más discusiones, hay en la vida de Lisias un suceso que le da la razón a Atenea. Polemarco, el hermano de Lisias, como tantos y tantos atenienses, fue ajusticiado, la famosa cicuta, por los Treinta Tiranos. El motivo, según Lisias, de todos aquellos asesinatos, y no sólo el de Polemarco, fue apropiarse de sus bienes. Como se supondrá no hubo juicio. Detenidos y ejecutados. Los hubo posteriormente. Y Lisias nos dejó uno de sus bellos e impagables discursos, Contra Agorato. Colaborador de los Treinta Tiranos.

Fue una nota del traductor la que me llevó a cuestionar mis antiguas lecturas, mi traducción y mi recuerdo de Lisias.

Evidentemente la lectura de los libros de Jacqueline de Romilly me llevó a la relectura de Lisias. Siendo estudiante, y fiándome muy poco de mis traducciones, me compré los Discursos, en dos preciosos volúmenes, de la editorial Gredos. Traducidos y anotados por José Luis Calvo Martínez, a quien estoy eternamente agradecido. Y, desde luego, leí los dos volúmenes con gusto y placer. No obstante, fue una nota del traductor la que me llevó a cuestionar mis antiguas lecturas, mi traducción y mi recuerdo de Lisias. Necesitaba, pues, volver a traducir a Lisias, releer a Jacqueline de Romilly y volver a leer la dichosa nota:

[…] Al jurado nunca se le pide ecuanimidad u objetividad, sino ira o piedad. Ello se basa en el carácter originariamente vindicativo de la justicia que nunca se perdió en Grecia. Al fin y al cabo el objetivo final de un juicio es la venganza personal (para otros elementos que confirmen esto, cf. Bonner-Smith, vol. II, págs. 192 y sigs., así como también infra, 28).4

Ya llevaba tiempo cuestionándome el funcionamiento de los tribunales griegos. Fue a raíz de la lectura atenta de Las avispas, de Aristófanes. ¿Qué clase de justicia —me preguntaba— puede esperarse del juez protagonista de la obra? Un anciano viciado por los juicios, la palabrería y las marrullerías. Las mismas que harán huir de Atenas, ciudad envilecida por los juicios, a Evélpides y Pistetero, y fundar la ciudad de las aves, Cucópolis de las Nubes.

El discurso de Lisias, la defensa por el asesinato de Eratóstenes, es, teniendo en cuenta todo lo anterior, una verdadera maravilla. Lisias no deja nada a la improvisación. No hay nada en el discurso que no tenga sentido. Y, no obstante, no acaba de convencer.

Estos discursos se escribían para el acusado. Debían memorizarlos y declamarlos delante del tribunal como cosa propia. Eufileto, el acusado, mató a Eratóstenes porque, según él, lo cogió en flagrante adulterio con su mujer. Jura y perjura que antes no tuvo ningún problema con Eratóstenes: intenta librarse, así, de la acusación de trampa y engaño con la que llevó a Eratóstenes a su casa para ajusticiarlo. Según las leyes de Solón se puede, no se debe, se puede, matar al adúltero si éste ha cometido el adulterio en la casa del ofendido. Y es lo que sucede. Eufileto mató a Eratóstenes.

Curiosa la forma de vivir de Eufileto: cuenta que tiene una casa de dos pisos, edificación rara en Grecia, según nota del traductor. La parte de arriba es el androceo, la ocupada por Eufileto, y la de abajo el gineceo, ocupada por su mujer.

Aparecen también en este discurso dos personajes de amplia repercusión en la literatura posterior: Eufileto se entera del adulterio de su mujer porque una amante despechada denuncia al adúltero. Ella ha sido dejada de lado por un nuevo capricho de Eratóstenes. Manda a una criada, una especie de Celestina, que según el traductor, José Luis Calvo Martínez, es el primer testimonio de su existencia en la literatura griega.5 La amante despechada a mí me trajo a las mientes El licenciado Vidriera, de Miguel de Cervantes. La enamorada de esta obra no está despechada sino encaprichada. Con el resultado ya sabido. España mi cuna, Flandes mi sepultura.

Eufileto se pone de acuerdo con su criada. Ésta lo avisa cuando están en la cama su mujer y Eratóstenes. Aquél, con una sangre fría increíble, sale en busca de amigos y testigos. Con ellos, y tras comprar antorchas en una tienda, regresa a su casa. Eratóstenes duerme a pierna suelta. Lo despiertan. Y éste ofrece dinero como compensación por el adulterio. Eufileto no lo acepta, y lo mata. Pese a que el culpable se había acogido al hogar, es decir, era un huésped inviolable.6 Curioso también que un adúltero se pudiera refugiar en el hogar para hacerse inmune a la venganza.

Las razones del asesinato no quedan muy claras. Tal vez ni el propio Lisias creyó en ellas, y dejó una puerta abierta para poder condenar a su defendido.

Pese a lo bien construido que está el discurso de Lisias, las razones del asesinato no quedan muy claras. Tal vez ni el propio Lisias creyó en ellas, y dejó una puerta abierta para poder condenar a su defendido. No lo sabemos. Pero no queda claro tanta ida y venida, tanto buscar testigos, en tanto Eratóstenes, con una frialdad o confianza total, duerme a pierna suelta en casa de su amante y de su marido. Tampoco sabemos el resultado final del juicio.

Sí sabemos que Lisias siguió escribiendo para los tribunales. Y solamente por eso ya hay que estar agradecidos a la diosa Atenea por haber instituido el tribunal en el areópago de la Acrópolis de Atenas.

Si los tribunales fueron equitativos y justos, como parece desprenderse de los libros de Jacqueline de Romilly, o continuación de las venganzas, como sostiene la nota de José Luis Calvo, fue motivo de estudio en aquella casita tan magnífica que me prestaron. No terminé de aclararme. Necesito otro verano en la montaña. Vale.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Marco Tulio Cicerón, Las leyes, I, 10, 29. Editorial Gredos, Madrid, 2009. Traducción de Carmen Teresa Pabón de Acuña.
  2. Jacqueline de Romilly, La Grèce Antique contre la violence. Véase en especial el capítulo I, “La violence et la tragédie”. Y Esquilo, Las Euménides.
  3. Homero, Odisea, canto XXIV, v. 531-548.
  4. Lisias, Discursos, edición citada supra, p. 9.
  5. Opus ctda. p. 13.
  6. Opus ctda. p. 17.