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Un alto en el camino

jueves 8 de septiembre de 2022
Un alto en el camino, por Vicente Adelantado Soriano
Dimos con otra solución en la cual, y era la más sencilla, ni habíamos pensado: irnos a cualquier bar cuando comenzara a apretar el calor, tomarnos unas cervezas, y charlar como buenos amigos. Fotografía: Robbie Noble • Unsplash
No se puede alcanzar mayor felicidad que oír de un vecino, una vez terminada la sementera y cuando un dios está haciendo caer la fina lluvia: “Dime qué hacemos ahora, Comárquides”. “A mí me encantaría echar un trago mientras el dios trabaja en favor nuestro”.1
Aristófanes, La paz.

El calor era un verdadero problema a la hora de salir a caminar. Contra él, no obstante, había tres soluciones. Las sopesamos las tres: quedarnos en casa, la menos probable: las breves excursiones nos servían de solaz y ruptura de la monotonía; nos gustaban nuestras pequeñas salidas. Salir temprano era la otra; dejar de caminar a eso de las once de la mañana y buscar pueblos en los cuales, hasta la hora de comer, pudiéramos visitar castillos, iglesias, conventos o exposiciones. O comenzar a caminar, última opción, al caer la tarde. Y sustituir la comida por la cena.

Optamos por salir temprano. No era fácil, desde luego, dar con lugares donde se pudiera combinar el senderismo con las visitas culturales. Por eso mismo dimos con otra solución en la cual, y era la más sencilla, ni habíamos pensado: irnos a cualquier bar cuando comenzara a apretar el calor, tomarnos unas cervezas, y charlar como buenos amigos. Como hacíamos cuando llovía fuertemente.

—¿Y de qué vamos a hablar? —me preguntó José Luis sonriendo—. Nos conocemos el uno al otro desde los años mozos.

Podemos leer el mismo libro, y discutir sobre él. O ver una película o leer una noticia cualquiera.

—No. No se trata de contarnos nuestras sabidas y aburridas vidas. Más bien de leer un libro cada semana, y el sábado comentarlo. O si quieres, podemos leer el mismo libro, y discutir sobre él. O ver una película o leer una noticia cualquiera…

—Puede ser interesante. ¿Qué prefieres, novela, poesía, teatro, historia…?

—Si me dejas escoger, y en eso también nos podemos turnar, me inclino por la filosofía.

—No creo estar muy capacitado para hablar de eso. Si te soy sincero, apenas si he leído algún libro de filosofía. Y ni en el bachillerato ni en la carrera tuve un solo curso de esa materia.

—No es ningún impedimento. Nunca es tarde para empezar. Y podemos hacerlo yendo a los mismísimos orígenes.

—¡Ya! —exclamó sonriendo—. Ya estamos en Grecia y Roma de nuevo, lugares de tu infancia y juventud.

—Con los griegos comenzó todo. Si empezamos leyendo a Kant o a Hume, por ejemplo, no nos vamos a enterar de nada. Es más, abandonaremos el proyecto desanimados.

—¡Vaya! Me has retrotraído a nuestra juventud. ¿Te acuerdas de aquel profesor de lengua y literatura, en quinto de bachiller lo tuvimos, empeñado en hacernos leer de forma cronológica? Primero el Poema de mio Cid, luego Celestina, Lazarillo

—Sí. Lo recuerdo. Y recuerdo a un compañero, no lo he vuelto a ver nunca jamás, de clase. No me acuerdo de su nombre. Lo llamábamos el Bilbaíno. Éste se enfadó mucho con dicho profesor. Y, enfadado, me pasó varios libros de Pío Baroja.

—Sí, me acuerdo de aquel chico. Era delgadito, muy alto. Llevaba unas gafas de culo de botella y tenía un enorme flequillo, negro como la noche.

—Sí, así es. Pues bien, el Bilbaíno me alargó los libros con toda la seriedad del mundo. Léetelos —me conminó—, si le haces caso a este bobo de profesor, nunca llegarás a leer a los autores del siglo XX. Y Baroja es muy bueno.

—Tenía razón. O mejor dicho, ambos tenían razón.

—Y, por lo tanto —dije rápidamente—, la tengo yo al proponer, para comenzar nuestras charlas, la lectura de los filósofos griegos.

No era preciso haber leído a los clásicos griegos para entender a Pío Baroja.

—También tenía razón el Bilbaíno. Supongo que volvió a su tierra. Yo también dejé de verlo.

—Sí. Seguro. Además, no era preciso haber leído a los clásicos griegos para entender a Pío Baroja. Es más, sus novelas, en aquella época, y aun después, me encantaron. Fue un descubrimiento.

—Ese —dijo José Luis— también podía ser otro motivo de varias charlas, si las preparamos bien: la cantidad de personas, aparentemente sin ningún interés, que nos hemos tropezado en esta vida, y que, con una frase, o una recomendación, han sido casi casi verdaderos educadores. En el sentido de señalar caminos.

—Es cierto. Apenas si recuerdo nada del dichoso Bilbaíno; pero no hay vez, ante un libro de Pío Baroja, que no aparezca él, o un fantasma de él. Tras leer el libro que me prestó, me compré cuantas novelas de Baroja pude. Y pude comprar muchas. Pasé todo un verano con don Pío. Recuerdo ese verano como uno de los veranos más gozosos de mi vida. La decepción fue la ausencia del Bilbaíno al comenzar el nuevo curso en el instituto. Me hubiera gustado darle las gracias…

—La vida es injusta. Por regla general nos percatamos del bien que nos han hecho determinadas personas cuando ya es demasiado tarde, cuando no podemos darles un abrazo y las gracias por cuanto hicieron por nosotros.

—Sí, tienes razón. ¿Te acuerdas de aquella chica, la maestra del pueblo, que nos cogió haciendo autostop, a la mañana siguiente de habernos perdido por el monte, y nos llevó a Teruel?

—Y tanto que me acuerdo. De no ser por ella, el viaje, sin poder reunirnos con el resto de los amigos, hubiera terminado mal. Ahora bien, le dimos las gracias en su momento.

—Lo sé, lo sé. Pero hubiera estado muy bien, y lo intentamos, volver a verla, invitarla a unas cervezas, y reiterarle nuestro agradecimiento.

—Sí, a mí también me hubiera gustado mucho volver a verla. Y a otras muchas personas. A algunas, además, debería pedirles perdón por algunas de mis necias actuaciones con ellas. ¿Y qué dice la filosofía con respecto a todo esto?

—No lo sé. Quizás ni se ocupe de estas menudencias. No obstante, en algún sitio leí que de nada vale rememorar el pasado si no modifica nuestro presente. Y desde luego, no vas a poder disculparte con las personas con las cuales tu comportamiento no fue el adecuado. Están muertas. Pero eso mismo puede servirte para saber cómo no debes actuar en el futuro. Evitar pasados errores.

—Para eso, e imagino que estarás de acuerdo conmigo, no necesitamos la filosofía, ni la cronología de los filósofos. Es suficiente con el sentido común.

Vivimos en sociedad. Por lo tanto, o se aceptan algunos presupuestos o la sociedad se rompe.

—El menos común de todos los sentidos. Esa, creo, fue la labor de Sócrates: hacerles ver a sus conciudadanos que nada sabían aun cuando creían saber muchas cosas. Nos movemos en un mundo de apariencias y engaños. Las palabras, en muchas ocasiones, nos han alejado de la realidad. Y las acciones y omisiones actuales, de la vida natural y sencilla.

—Vivimos en sociedad. Por lo tanto, o se aceptan algunos presupuestos o la sociedad se rompe.

—Y entonces tendríamos la oportunidad de montarla de otra forma.

—No te hagas ilusiones. Para eso debería cambiar el hombre. Y el hombre no va por ahí. Mira, cuando estábamos caminando por el río, me ha llegado una carta al móvil. Era del administrador de la finca. ¿Sabes en qué consistía la carta? En las quejas enviadas por una vecina porque hay algunos necios maleducados que, en lugar de bajar la basura a los contenedores, la tiran por la ventana. Y por regla general le cae a esta mujer en su balcón. Donde también han ido a parar trozos de pizza, mascarillas y otras lindezas que el pudor me impide nombrar.

—Está claro. En el mismo río, al cual nos hemos acercado hoy, había botellas de agua, colillas, envoltorios de chocolatinas, pañuelos, latas de refresco… Todo un muestrario de la falta de educación y respeto de muchos, muchísimos, de nuestros congéneres. Y mira que el paisaje es precioso.

—Ni la belleza ni la educación detiene a estos energúmenos. Es desmoralizante. ¿Y quieres que hablemos de filosofía? ¿De qué filosofía?

—De ética, por ejemplo. Además, a nosotros no tiene por qué coartarnos el estúpido comportamiento de algunos humanoides. Eso no lo admito. No quiero estar a su lado. Ni hablar con ellos.

—¿Nos inclinamos por una filosofía elitista?

—No. No. Nada de elitismos. Me inclino por salvarme yo, por comprender, entender. ¿Debería predicar? ¿Hacer como Sócrates o Diógenes? Ni sirvo para aleccionar a la gente, ni para escandalizarla viviendo en una tinaja. Tengo que buscar una filosofía que se adecúe a mis limitaciones. Luego, tal vez, vaya evolucionando. Pero no, no voy a predicar nada. Si quieres que leamos libros de filosofía, los leemos. Caso contrario, tenemos más soluciones y más libros en contra de estos calores.

—Imagino que deberíamos empezar por Grecia y Roma.

—Sí. Sócrates.

—Vale. Sócrates. Comencemos por Sócrates.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Aristófanes, La paz, v1139. Traducción de Luis M. Macía Aparicio. En Biblioteca Gredos. Barcelona, 2007.