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Aislamiento

jueves 15 de septiembre de 2022
Aislamiento, por Vicente Adelantado Soriano
El oráculo de Delfos nada añade a la máxima “conócete a ti mismo”. No precisa si es válido el aislamiento o no para tal cometido. La Pitonisa deja en manos del consultante la forma de entender y llevar a cabo las respuestas dadas por ella a las preguntas planteadas.
La solución más sencilla para lograr la seguridad frente a los hombres, que hasta cierto punto depende de una capacidad eliminatoria, es la seguridad que proporciona la tranquilidad y el aislamiento del mundo.1
Epicuro, Máximas capitales.

La primera vez que lo leí, me impresionó. E impresionado le di la razón a quien lo había escrito: “Porque una persona siempre recogida, por santa que a su parecer sea, no sabe si tiene paciencia ni humildad, ni tiene cómo lo saber”.2 Es decir, que nos conocemos en contacto con nuestros semejantes. Son nuestras acciones y comportamientos, en sociedad, los que nos definen. No lo que pensemos de nosotros mismos en soledad. El conocimiento de uno, por lo tanto, exige la participación del otro.

El oráculo de Delfos, no obstante, nada añade a la máxima “conócete a ti mismo”. No precisa si es válido el aislamiento o no para tal cometido. La Pitonisa, como siempre, deja en manos del consultante la forma de entender y llevar a cabo las respuestas dadas por ella a las preguntas planteadas: “refúgiate tras el muro de madera”, “será rey quien primero abrace a su madre”, “si cruzas el río Halis, destruirás un imperio”… Nunca especifica la segunda parte de la profecía: ¿qué muro de madera es ese?, ¿quién es la madre a la que debo abrazar?, ¿qué imperio va a ser destruido? Las profecías de la Pitonisa, cuando se cumplen, parecen bromas de mal gusto. Sí, el rey Creso, al cruzar el río Halis, destruye un imperio: el suyo propio.

Desde la primera vez que leí semejantes profecías, oscuras y rebuscadas, dudé de las mismas. Y evidenció que todo, hasta los mismos dioses, es una pura invención humana. ¿Qué le cuesta al dios ser claro? —me decía en mis años jóvenes. ¿No sería eso lo exigible? La Pitonisa, sin ningún problema, podía haber dicho: “No cruces el río, pues perderás la batalla y un imperio, el tuyo”. “A quien debes abrazar es a la tierra, la madre primigenia”. “La flota, los barcos de madera, será la salvación de Atenas”. Pero de hacerlo así hubiera acabado, quizás, con el libre albedrío, con las decisiones humanas, erróneas en muchas ocasiones, pese a todos los indicios en su contra. Además, se descubrió, durante las guerras médicas, que la Pitonisa, el Sagrado Trípode, había sido corrompida, y se había decantado a favor de los persas y en contra de sus conciudadanos. Vivir para ver. Pese a todo ello, Delfos no perdió su fama de ciudad santa y oracular. Respuestas tan ambiguas, sin embargo, tal vez lo sospecharan así algunos, pudieron haber nacido de un hartazgo de los dioses, si existen, o de la indiferencia de éstos hacia los hombres. Al fin y al cabo, cuando uno desea hacerse entender, habla claro y sin ambigüedades.

Para el griego de aquellos momentos, los de Sócrates y la autosuficiencia de las poleis, no existía la vida en soledad.

Quizás con el aserto “conócete a ti mismo”, no le hiciera falta a la Pitonisa añadir “en sociedad”. Para el griego de aquellos momentos, los de Sócrates y la autosuficiencia de las poleis, no existía la vida en soledad. No se concibe una ciudad griega sin su ágora, el espacio público donde todo se debate, hasta la sabiduría del propio Sócrates. Éste, siempre en la calle, en el mercado, en el ágora, en los gimnasios, interroga a unos y a otros para averiguar por qué la Pitonisa ha dicho de él que es el más sabio de los hombres. Nunca lo hace alejado del mundanal ruido. La clausura, el aislamiento, no existe. Aristóteles llama al hombre animal cívico, ser vivo cívico por excelencia. Frase que todavía algunos se empeñan en traducir como el hombre es un animal político. Sin percatarse, por ignorancia, o propio interés, del cambio semántico de la palabra político. Y por lo ambiguo que queda el término animal.

Para Aristóteles, y también sin duda para Sócrates, y para el griego medio de la época, es imposible vivir fuera de la sociedad. El hombre no es autosuficiente.3 Necesita, por lo tanto, de la cooperación de otros hombres: del zapatero, del armero, del constructor, del ceramista, del agricultor, del pastor, del piloto y armador de las naves… Sólo un dios, o una bestia, puede vivir en soledad, lejos del ágora y cerca del exterminio por parte de otras bestias. Pero el vivir en sociedad conlleva toda una serie de comportamientos, regulados por las leyes, y por el sentido común. Dichos comportamientos, en un principio, van dirigidos a mantener la independencia de la ciudad, la autarquía. Y, por consiguiente, la libertad de sus ciudadanos.

Todo ciudadano, pues, debe colaborar para mantener dicha autosuficiencia. Pero no solamente con su trabajo, sino también con la aceptación de las leyes, de las tradiciones, y de los dioses comunes. A través de la educación, la paideia, la gran arma de la polis, el joven será moldeado, educado, para participar en los destinos de la polis, que no son otros, en un principio, que la búsqueda de la autarquía común. Un fin por el cual merece la pena morir en batalla en plena juventud. Y mueren: Salamina, Platea, Egospótamos, Termópilas… Pero, ¿por qué Troya? ¿No era autosuficiente Helena para irse a vivir con quien le pareciera bien?

La historia, la humanidad, no es sino un pequeño molino de viento, o tal vez un poste clavado en una cueva oscura.

Vivimos de leyendas y fantasías. La historia, la humanidad, no es sino un pequeño molino de viento, o tal vez un poste clavado en una cueva oscura, que, a lo largo de los siglos, hemos convertido en un monstruo de mil cabezas. Ilusiones e invenciones que mueven al mundo. Abalorios.

Stendhal, impresionado por la cristalización de los elementos sobre una rama, en una mina de Salzburgo, vino a sostener que ese fenómeno, y no otra cosa, es el amor: una ramita donde van cristalizando diversos elementos, las ilusiones, el enamoramiento. Los cristales son atractivos, de colores.4 Y sucede con ellos, Maeterlinck dixit, como acontece con el cofre del pirata: a la luz de las antorchas, en la escondida cueva, brillan monedas de oro, zafiros y brillantes engastados en coronas, cetros y empuñaduras de oro, anillos, brazaletes… Sacado el baúl a la playa, para embarcarlo, el tesoro, a la cruda luz del sol, no es sino cuentas de abalorios, aros de cobre y hierro sin ningún valor. Ceniza. Nada.

La autarquía, real o ilusoria, será, pues, el fin y la meta de la polis griega. Pero dicha autosuficiencia tiene, también, su lado negativo: ¿qué sucederá cuando alguien dude o no acepte los presupuestos de toda el ágora? La autarquía no comporta la tolerancia: Sócrates será condenado a muerte porque algunos malintencionados sostienen que no acepta a los dioses de la ciudad. Anaxágoras se verá obligado a huir de Atenas por sostener que ni el sol ni las estrellas son otra cosa que hierro y piedras incandescentes, pensamiento en contradicción con los presupuestos de la ciudad: ve en ellos a los dioses que la sustentan. La ciudad no acepta otra visión. Y eso, precisamente, delimita la famosa paideia griega, la educación, marcando cómo debe ser ésta: conservadora y puesta al servicio de la ciudad, no del individuo. También Aristóteles se verá obligado a huir de Atenas a fin de que los atenienses no vuelvan a atentar contra la filosofía, como hicieron con Sócrates.

Por eso mismo, cínicos y epicureístas se revolverán en contra de la paideia: dirigida a fabricar ciudadanos obedientes y sin ningún sentido crítico. Seguidores ciegos éstos de una tradición, falsa, y de unos presupuestos que alejan al hombre de la naturaleza. Cada vez más.

Todo verdor perecerá, dice la Biblia. El tiempo no perdona nada. Devora hasta a sus propios hijos. Lo que fueron ciudades famosas son hoy mustios collados. Y las ciudades griegas no iban a ser una excepción: celosas de su autarquía, fueron incapaces de unirse entre sí frente a un enemigo común. Y cuando lo hicieron, guerras médicas, sirvió para dejar claro y patente que aquello llamado democracia era una farsa: Atenas dominó con mano de hierro a todas las ciudades que cayeron bajo su zona de influencia. Las defendió a todas con su muro de madera, su poderosa flota, dueña del Egeo. Pero, a cambio, las islas y ciudades perdieron su autonomía. Lo cual, con el paso del tiempo, que nada perdona, nos llevará a la terrible guerra, si hay alguna que no lo sea, del Peloponeso. Y se acabó la autarquía. Al final triunfaron los persas: se derrotó a Atenas, se sumió a Esparta en la irrelevancia, y surgió Filipo de Macedonia. La polis griega, la autarquía, pasó a ser cosa del pasado.

Ya que vivimos de fantasías, seamos conscientes de ello y no tratemos de darles una vida eterna negándoles a los otros aquello que queremos para nosotros.

Nada en demasía, reza otra advertencia délfica. Las cosas llevadas al extremo son peligrosas. Y ya que vivimos de fantasías, seamos conscientes de ello y no tratemos de darles una vida eterna negándoles a los otros aquello que queremos para nosotros. Parafraseando a Diderot, Rousseau, Sartre y a algunos más, podíamos decir que donde termina la autarquía de uno comienza la del otro. Y para todos, celosos de ella hasta la locura, terminó con la llegada de Filipo de Macedonia. Éste se adueñó de toda Grecia uniendo a todas las polis bajo su cetro. El ciudadano ya no era autosuficiente: las órdenes emanaban de la lejana Macedonia. Los griegos ya no decidían su futuro: pasaron a ser súbditos del rey. Y ese paso de categoría, de ciudadano a súbdito, trajo consigo nuevos e inesperados cambios. Ya no era posible la ciudad libre y el ciudadano independiente. Sí que lo era llegar a la autarquía por otros medios. Y esos otros medios, la seguridad personal en un mundo cambiante, será la filosofía cínica quien los ponga sobre la mesa. Diógenes de Sinope muestra bien a las claras aquello necesario para una vida segura, autosuficiente: vivir con lo que cabe en un zurrón: un vaso de barro, un mendrugo de pan y poco más. Diógenes, por otra parte, será el primer cosmopolita, el primer hombre en declararse ciudadano del mundo, no de una polis en particular.

Pese a todo, no vivió en soledad. Necesitaba enseñar a los hombres. Ahora bien, redujo los contactos con sus congéneres al mínimo. Y conociendo los resultados de su forma de vida, pedía dinero a las estatuas: se estaba preparando para el fracaso. La ciudad de Pera,5 una utopía, no existiría jamás. Pese a todo, los contactos humanos se pueden reducir, aunque es imposible prescindir de ellos. Por otra parte una persona no precisa saber si es virtuosa o no lo es, paciente o impaciente. Eso no tiene la más mínima importancia. La tiene el vivir y el morir sin ser notado por nadie. Lo cual tal vez conlleve un cierto grado de filantropía. Nada más autosuficiente.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Epicuro, Máximas capitales, XIV, en Obras completas, Cátedra Letras Universales, Madrid, 2017. Traducción de José Vara.
  2. Santa Teresa de Jesús, Libro de las fundaciones, Cap. V.
  3. Véase al respecto la bellísima explicación de Platón en el diálogo Protágoras, 319a y ss.
  4. Stendhal, Del amor, cap. 14.
  5. Pera tanto en latín como en griego significa zurrón, alforjas. Donde Zeus colocó los defectos: los propios detrás y los ajenos delante.