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Un nuevo Crates

jueves 6 de octubre de 2022
Un nuevo Crates, por Vicente Adelantado Soriano
Cuando voy al pueblo de visita, y veo a mis amigos de la infancia, me doy cuenta de la enorme distancia que hay entre su vida y la nuestra.
Cuanto estudié poseo, y cuanto pude
aprender con trabajo y con estudio.
La vanidad fastuosa
se llevó las demás felicidades.1
Diógenes Laercio, Vidas de filósofos ilustres.

Hacía mucho calor para salir a caminar por el monte. No me apetecía, además. El calor me produce una pereza y una inanición terribles. Lucho con él con todas mis fuerzas. Inútilmente en la mayoría de las ocasiones. Lucho para ser capaz de levantarme de la cama e iniciar cualquier tarea. A veces, derrotado, tras el desayuno, durante las vacaciones, me vuelvo a la cama. Otras, como en el caso actual, me doy una ducha fría y me lanzo a la calle. Sin hacerme ningún tipo de concesiones. Era un sábado. No trabajaba.

Todavía no había salido el sol. Corría un ligero vientecillo. Se estaba bien por la calle. Mejor que en casa. En casa, desde siempre, me he negado a tener aire acondicionado y calefacción. El primero no lo soporto, y con la segunda no puedo. Prefiero tener todas las ventanas abiertas, o vestir un grueso jersey con las ventanas cerradas.

—Eso siempre ha supuesto un ahorro importante —me dije.

La apreciación más generalizada era que estaba loco. ¿De qué iba a vivir?

Desde que comenzara a pensar en la remota posibilidad de dejar el trabajo, me había sumido en un mar de preocupaciones y cavilaciones. No sé si para bien o para mal, lo había comentado con algunos conocidos. La apreciación más generalizada era que estaba loco. ¿De qué iba a vivir? —me preguntaban insistentemente unos y otros. No lo tenía claro. No lo sabía. Para todos era importante vivir.

—Un conocido mío —me contó un buen amigo— hizo eso mismo que quieres hacer tú. Pero él lo hizo para poder estudiar, para volver a la universidad, sacarse una carrera, opositar y vivir mejor haciendo un trabajo que le gustara.

—¿Y cómo terminó el asunto? —pregunté intrigado—. ¿Hay algún trabajo que guste?

—No lo sé. Pero unos, desde luego, son mejores que otros. Además, este hombre de quien te hablo tuvo suerte, mucha suerte. Todo terminó bien para él.

Fortuna iuvet audaces —le dije sonriendo.

—No te creas todo cuanto lees —fue su sagaz respuesta—. Tú no vas a cambiar para mejorar. Y —añadió enfadado— ¿vas a permitir que el comportamiento de veinte necios en una clase determinen tu forma de vida? Mándalos a paseo, apruébalos a todos y contribuye todo cuanto puedas y más para que todo esto se vaya a la mierda.

No le faltaba razón, pues una cosa es quemar las naves para seguir avanzando en busca de nuevas probabilidades y otra, muy distinta, para huir sencillamente no se sabe bien a dónde.

—No te van a pagar el paro —insistió mi amigo—, no vas a tener dinero. ¿De qué vas a comer? ¿Cómo vas a pagar los gastos de la finca?

Abrumado tuve que reconocer que tenía razón. Ahora bien, el razonamiento que me había llegado al alma era aquel de no permitir que un grupo de chalados, en una clase o dos o tres, determinaran mi forma de vida.

—Súfrelos —me dijo parafraseando a Marco Aurelio—, ya que no vas a poder cambiarlos. ¿Todavía no te has percatado de que vamos a contracorriente de la sociedad? ¿A quién le interesa escribir sin faltas de ortografía, saber historia o filosofía? A unos pocos. Muy pocos. Somos la guinda del pastel: no servimos para nada.

—No te falta razón en cuanto dices.

—No, no me falta razón —repitió—. Y todas las cosas, hasta la muerte, tienen su lado positivo. El positivo en nuestro caso es que hemos salido, merced a nuestros padres, del pueblo, de una vida de trabajos y de miseria, y que vivimos relativamente bien. Que le den morcilla a la España vaciada.

—¿No te atrae el cántico sobre la vida tranquila y sobria del pueblo?

—No existe tal cosa. Es mentira. Cuando voy al pueblo de visita, y veo a mis amigos de la infancia, me doy cuenta de la enorme distancia que hay entre su vida y la nuestra: comparados con nosotros son ancianos. Y apenas si han disfrutado de algo.

—Sí. En eso tienes toda la razón.

—¿Y tú pretendes volver a una vida llena de riesgos e inseguridades por cuatro imbéciles que molestan en las clases?

—Y por un pésimo sistema educativo, y por un ministro incompetente…

—Y por todo cuanto quieras. Pero no lo vas a cambiar. La cosa va a peor. Desentiéndete todo cuanto puedas y disfruta de tu camarote mientras el barco se mantenga a flote. Con un poco de suerte, igual nos morimos antes de que se hunda.

Crates, el filósofo cínico, se desnuda delante de Hiparquia, o pone sus escasas pertenencias ante ella, pues se había enamorado del filósofo, a fin de mostrarle éste su nula valía.

Recordé aquella conversación con mi amigo aquel sábado. Cuando me lancé a la calle antes del amanecer. Y recordé cuando, siendo jóvenes, llevábamos un largo tiempo sin vernos. Camino de clase, yendo hacia la facultad, me acordé de él de una forma muy vívida. A los pocos minutos, a la vuelta de una esquina, nos encontramos. Nunca he olvidado aquella especie de premonición. No fue aquella la única vez que me sucedió.

Caminando, tras el recuerdo de mi amigo, me vino a las mientes una imagen que, de saber hacerlo, me hubiera gustado mucho dibujar: Crates, el filósofo cínico, se desnuda delante de Hiparquia, o pone sus escasas pertenencias ante ella, pues se había enamorado del filósofo, a fin de mostrarle éste su nula valía.2 Hiparquia lo siguió pese a todo.

La anécdota siempre me ha parecido un precioso cuento. No se dice, en ésta, cómo fue su vida, pero no debió de ser muy fácil y llevadera. Todo es relativo en esta vida, ya lo sé.

Y en estas estaba cuando pasé por delante de uno de los tantos banquitos de madera puestos a lo largo de aquella larga avenida. No hubiera tenido más importancia de no estar ocupado el banquito por un señor cabizbajo que, me pareció, tenía todas las trazas de caer desmayado de un momento a otro. Me surgió la filantropía —no abundo mucho en dicha virtud— y me acerqué a él.

—¿Se encuentra bien? —le pregunté inclinándome hacia él.

—No mucho —me respondió con cara de pena y con un hilo de voz.

—¿Quiere que llame a alguien? —dije sacando el móvil.

—No hay nadie a quien llamar —replicó con una sonrisa melancólica.

—¿Una ambulancia? —pregunté con cierta prevención.

—Llevo dos días sin probar bocado —me dijo por toda explicación.

—No hay por aquí ahora ningún bar abierto. Pero si quiere, nos vamos a mi casa, no está lejos, y lo puedo invitar a almorzar. O a lo que quiera.

No se hizo de rogar. Como si la promesa le hubiese dado fuerzas, se incorporó y se puso a caminar a mi lado.

—Le aseguro —me dijo con una voz muy débil— que no soy ningún sinvergüenza ni cara dura.

—No lo he acusado de nada —traté de tranquilizarlo.

—Tal vez me equivoqué en mis apreciaciones —dijo a modo de excusa.

Por su forma de hablar me percaté de que, posiblemente, fuera un hombre caído en desgracia.

—¿Se acuerda usted —me preguntó— de aquel cuento en el que un vecino se hace quebrar un ojo para que se lo rompan también a su vecino, que es tuerto, y de esta forma dejarlo ciego? Creo recordar que sucede así. Hace tanto tiempo que no leo…

Recordaba vagamente haber leído algo parecido. Pero ni le pude decir dónde, ni quién era el autor, caso que lo hubiera.

Comió con apetito. No le hizo ascos a nada de cuanto le puse en la mesa. Pero no fue el glotón que se atiborra por si no se presenta otra ocasión. Frugal en su comida, me dio las gracias, y me contó el porqué de su situación antes de marcharse.

Dejé el trabajo, vendí lo poco que tenía y me fui a vivir a la calle. La miseria nadie la quiere compartir.

—Mi mujer intentó aprovecharse de mí todo cuanto pudo y más. Nos divorciamos. Y en el divorcio me pidió tal cantidad de dinero que iba a pasar mi vida trabajando para ella. Yo no quería darle ni los buenos días. Así que dejé el trabajo, vendí lo poco que tenía y me fui a vivir a la calle. La miseria nadie la quiere compartir. Me dejó en paz. Y en paz vivo.

—¿Y qué va a suceder —pregunté— si cae enfermo? ¿No es una vida muy dura?

—Nos hemos acostumbrado a pensar que hemos de estar al lado del hospital, del ambulatorio, de cines, teatros, supermercados y demás. Ilusiones. Y cada día nos resulta más difícil vivir con sencillez. Al lado del hospital o a cien mil kilómetros de él se va a morir igual. Y el único paliativo es aceptar las cosas como son… Pero no quiero abusar de su hospitalidad. Ni predicar. Quizás he sido muy duro en mi resolución por no querer compartir nada con mi ex. Pero las consecuencias las sufro yo y nadie más. El colmo de la felicidad.

Y sin más se marchó. Aceptó el billete que le di, me estrechó la mano y desapareció. Nunca más lo he vuelto a ver.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Diógenes Laercio, Vidas de filósofos ilustres, Crates. Traducción de José Ortiz Sainz.
  2. Carlos García Gual, La secta del perro, Madrid, 2014. Alianza Editorial, p. 89, y Diógenes Laercio, Vidas de filósofos ilustres, Barcelona, 2003. Traducción de José Ortiz Sainz, p. 233.