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La burra Ramona

jueves 8 de diciembre de 2022
La burra Ramona, por Vicente Adelantado Soriano
A mí me encantaba, cuando volvíamos a casa, llevar a pasear a Ramona. Leyla Kılıç • Pexels
Para Paco Beltrán y Rafa Ballester, amici carissimi.
De nuevo le besó las manos Sancho a la duquesa, y le suplicó que le hiciese merced de que se tuviese buena cuenta con su rucio, porque era la lumbre de sus ojos.
Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Era yo un crío de pocos años cuando a mi padre se le ocurrió comprar una burra. Mi padre era labrador. Le encantaban las faenas del campo. Mientras permaneció soltero, viviendo en casa del abuelo, contaba con un macho para ir a labrar y a hacer otros menesteres propios del campo. Pero al casarse, mi madre, que era de armas tomar, lo obligó a cambiar de trabajo. Se adaptó bien a su nuevo oficio, aunque jamás dejó de pensar en el otro. Contaba, para ello, con los bancales que el abuelo le había dejado en herencia. Siempre he pensado que allí, en medio de aquellas pobres tierras, era el hombre más feliz del mundo. No obstante, estaba, también, muy enamorado de quien sería mi madre. Los caprichos de su mujer eran órdenes para él. Hasta ese punto.

Nunca hacía nada sin consultar con mi madre. Oí la conversación. Sencillamente dijo que le hacía falta un animal para ir a trabajar los bancales. Ella hizo un mohín, un gesto ambiguo, que lo mismo le servía, luego, para afirmar que había dicho sí como que no. No obstante, reconocía que era un buen complemento económico dada la magra situación de todo el pueblo. Así, pues, a las pocas horas llegó mi padre llevando a una burra del ronzal. Me quedé estupefacto: parecía un animal de juguete. Y encima, no sé a santo de qué, la bautizaron con el nombre de Ramona. La burra Ramona.

En la planta baja de la casa había una destartalada habitación. En realidad era un largo y sinuoso pasillo que conectaba la planta baja con una pequeña puerta que daba a la carretera. La otra puerta, enorme, daba a la plaza. En ese largo pasillo se amontonaban todo tipo de enseres y trastos. Fue allí donde mi padre le montó un pequeño pesebre a la burra Ramona. Dado su tamaño, el de la burra, tenía espacio de sobras.

Mi padre nunca montaba en la burra Ramona. Cuando yo salía de la escuela, lo veía camino de los bancales llevándola del ronzal. Era el hombre más feliz del mundo. O, al menos, me lo parecía a mí. Algunas veces, a menudo, dejé a los amigos para irme con él, y con Ramona, al bancal. Me montó sobre la burra. Pero yo me sentí totalmente inseguro. Prefería caminar a su lado y acariciarle el cuello. Ramona tenía un gesto de gran resignación. Sin embargo, las labores que le encargaba mi padre no eran pesadas: llevar alfalfa para los conejos, frutas en los serones, y poco más. Cuando tenía que labrar algo, le pedía el macho al abuelo. Ramona hubiera sido incapaz de tirar del arado. Los campos eran más bien duros y pedregosos.

La primera vez la llevé a la era donde estaban jugando mis amigos, y entre unos y otros, la espantaron tirándole piedras.

A mí me encantaba, cuando volvíamos a casa, llevar a pasear a Ramona. Lo hacía por lugares solitarios. Pues la primera vez la llevé a la era donde estaban jugando mis amigos, y entre unos y otros, la espantaron tirándole piedras, dándole patadas o golpeándola con alguna vara. La defendí utilizando las mismas armas. Pero no valía la pena mantener una pelea una tarde sí y la otra también. Cuando mi padre me dejaba, la cogía y me iba por los caminos por donde sabía que estaría solo. Por regla general íbamos al cementerio o a la Pinada. Por allí no nos molestaba nadie, ni yo me oponía a que descansara cuando le viniera en ganas, o ramoneara por entre las hierbas de algún bancal. Luego nos volvíamos a casa tan contentos.

La burra Ramona se hizo famosa el día 5 de enero de no recuerdo qué año. Uno muy lejano, desde luego: todavía era yo un crío. Y como tal, todavía creía en los Reyes Magos de Oriente. Recuerdo que, bajo un frío terrible, ya de noche, oí el pregón, en medio de la plaza, anunciando la llegada de sus Majestades los Reyes. Inmediatamente me fui a casa del abuelo. Le pedí algo de trigo y paja para los camellos de los Reyes. Me lo dio. Y cuando llegué a aquel pequeño pesebre a ver a Ramona, y darle parte de la cena, me encontré con la desagradable sorpresa de su ausencia. Pregunté por ella con ansiedad.

—Tu padre —me dijo mi señora madre con un cierto desdén— se la ha dejado al tío Corvo. Tiene que ir a buscar a los Reyes a las montañas.

Recuerdo que en un primer momento me llené de alegría y contento: la burra Ramona guiando a los Reyes al pueblo. Los iba a traer. Me fui, pese al frío, y entre las protestas de mi madre, en busca del emisario real. No tardé mucho en dar con él: estaba en el bar jugando a la brisca. A su lado, apoyada contra la pared, descansaba una deslustrada y ajada bandera, con una descolorida estrella de David en su centro. Me confirmó, entre carta y carta, con golpe sobre la mesa, que se iba a ir enseguida a por la burra, y a por los Reyes, que ya debían de estar de camino. Entraron más vecinos y amigos preguntando lo mismo.

—Vosotros —nos dijo levantándose por fin— os esperáis en el lavadero. Llegan por la carretera.

Así lo hicimos pese al frío reinante. Algunas madres, alarmadas, acudieron a buscarnos con bufandas, gorras, boinas, guantes y cuanta ropa de abrigo pudieron encontrar. Era tal el entusiasmo que nada de aquello nos hacía falta. Además, no parábamos de correr, jugar y saltar. Hasta que alguien dio la voz esperada: bajo la última bombilla del pueblo, había visto al tío Corvo montado en la burra.

—¡Por allí, por allí! —gritó con entusiasmo señalando hacia la oscuridad.

—¡Es mi burra! ¡Ramona! —exclamé lleno de gozo agitando los brazos.

Efectivamente poco después apareció el tío Corvo. Iba montado en la burra. Arrastrando los pies por el suelo y llevando en una mano aquella desvaída bandera. En la otra sujetaba el ronzal. Yo, contento, me puse a saltar y a mover los brazos saludándola. Ramona no hizo ni caso: seguía imperturbable con su eterna cara de resignación. Hasta que tuvo lugar una broma sin gracia, que se repetiría todos los años: uno de los quintos, a punto de irse a la mili, con disimulo, le levantó el rabo a la burra, y le puso un brote aliagas en el culo. Ramona apretó el rabo, se hizo daño y, fue una sorpresa para mí, comenzó a cocear y a correr. El tío Corvo dio con su cuerpo en el suelo. Desde allí bramó y blasfemó como un condenado. Me percaté enseguida de cuanto había sucedido. No me quedé impasible.

La iluminación era tan pobre e íbamos todos tan tapados con gorras, boinas y bufandas, que nada pudo descubrir.

En aquellos gloriosos años las calles todavía estaban sin asfaltar. Di con un canto mediano. Salió disparado en busca de las costillas del bromista. No fallé. Aquél dio un grito terrible seguido de blasfemias y amenazas en tanto buscaba al autor del cantazo. La iluminación era tan pobre e íbamos todos tan tapados con gorras, boinas y bufandas, que nada pudo descubrir. Me vio, sin embargo, el alma caritativa que jamás falla en estas ocasiones. Enterado de tal minucia, el de la espalda morada esperó el momento adecuado.

Mi madre, de vez en cuando, iba a la única peluquería de mujeres que había en el pueblo. De hombres también había una solamente. De vez en cuando, sin duda para alejarme de Ramona y de los bancales, me hacía acompañarla. Yo lo hacía renegando. Hasta que descubrí un especie de capita de plástico que la peluquera les ponía en las espaldas a las mujeres. Sin duda para que no se mojaran, pues les lavaba la cabeza. No sé por qué a mí aquellas pequeñas capas me llamaron la atención. Y debí de ponerme insoportable, pues, al final, la peluquera me regaló una. Le vi una utilidad inmediata: sujeta a un palo podía pasar, perfectamente, por la capa de un torero. Y así fue: en medio de la plaza, poco después de Reyes, me puse a torear a un invisible toro. Mi sorpresa fue recibir un fuerte golpe en la capa y notar que se había desgarrado de arriba abajo. El pedrusco pasó rozando mis rodillas, aunque no me alcanzó a mí. Y allí, reventando de risa, estaba el autor del espanto de Ramona. No me enfrenté a él. Me fui a casa llorando y le conté a mi madre lo sucedido. El autor del desaguisado era uno conocido apodado el Mono. Mi madre me soltó un pareado diciéndome que se lo recitara a él. Años después me sorprendería el recuerdo de los poemas y frases de películas que me citaba mi madre. Me dijo:

—Ve y dile:

eres el mono titiritero,
el más bobo del mundo entero.

Así se lo solté. No se lo tomó a mal. Se fue riéndose y no hubo más. Y yo seguí paseando, sin sobresaltos, con Ramona.

Sin embargo, poco después, antes de emigrar, la burra Ramona desapareció. El mundo se me vino encima ante su vacío pesebre. Quise saber qué había sido de ella. No me dieron ninguna respuesta válida. Desesperado me metí en todas las cuadras del pueblo en su búsqueda. No di con ella. Nunca más la he vuelto a ver. Poco después emigramos. Sin embargo, lejos del pueblo, perdida la inocencia, no hay ni unas navidades en que no recuerde a la burra Ramona. Y en que los Reyes Magos de Oriente no me traigan su recuerdo lleno de frío, tristeza y melancolía.

Vicente Adelantado Soriano
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