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Mensajes

jueves 23 de marzo de 2023
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Mensajes, por Vicente Adelantado Soriano
No pido nada. Salvo que no me envíen mensajes de lo supuestamente dicho por Cicerón o Séneca o cualquiera de aquellos buenos hombres sobre esto, aquello o lo de más allá. Es todo mentira.
Nadie puede hablar de lo que no sabe si no es de un modo lamentable.1
Cicerón, Sobre el orador.

—Yo, como usted comprenderá —le dije a mi vecino empeñado en invitarme a una copa de vino acompañada de un buen queso—, les he dicho a parientes, amigos, deudos y conocidos, que hagan el favor de no enviarme ningún mensaje de ese tipo.

La conversación venía a cuento de un mensaje llegado al móvil de mi vecino. Me lo enseñó. Una necedad atribuida a Cicerón.

—Sí. Tiene razón: esto —añadió blandiendo su móvil—, como los patinetes y las bicicletas circulando por las aceras, se ha convertido en un verdadero problema. Algo muy molesto. Lo mejor es no leerlos.

—Usted lo ha dicho. Ahora bien, no se puede negar, sin embargo, que la mayoría de esos mensajes, como los patinetes y las bicicletas circulando por donde no deben, ponen bien a las claras el grado de educación del país, o, al menos, de algunas personas.

—Esa es la asignatura pendiente. Muchos confunden el insulto, la falta de respeto y la educación, como ir por donde no deben, con la libertad de expresión y la democracia.

En contra de mis ruegos y advertencias, de cuando en cuando me llega algún mensaje al móvil. Me los envían cuando se cita a algún autor clásico.

—Mire, dejémoslo estar. Ya sé por dónde va, por lo sucedido en el Parlamento hace pocos días. A insultos y faltas de respeto… No, me niego a entrar ahí. Es lamentable. Patético. Pero no se pueden pedir peras al olmo… Hace algunos años, si no recuerdo mal, sucedió algo parecido en Estados Unidos, con un senador republicano tratando a una chica, de ideas contrarias a las suyas, de ser de la casa llana, e hija de tal y cual. Por sus argumentos los conoceréis.

—Hay gente a quien le va la sal gruesa.

—Pues alejémonos de ellos. Y, como le iba diciendo, en contra de mis ruegos y advertencias, de cuando en cuando me llega algún mensaje al móvil. Me los envían cuando se cita a algún autor clásico. Y sospecho que, en casi todas las ocasiones, es para averiguar, a través de mis parcos conocimientos, si son ciertos o no.

—La mayoría son tendenciosos y falsos. Se nota enseguida.

—Por supuesto. No va equivocado. Llama la atención, y eso ya es una piedra de toque, que estos mensajes nunca llevan la correspondiente referencia a quién los ha traducido, en el caso de los clásicos, ni dónde han sacado los párrafos en cuestión. Y cuando lo hacen, cortan el discurso por donde quieren y desean, y le dan un giro para hacer que el autor diga ni lo que soñó en la peor de sus pesadillas.

—Está, como dice usted mismo, pidiendo peras al olmo. En un país en el cual nadie lee ni estudia, ni, por supuesto, se conoce a los clásicos, salvo si han servido para bautizar una calle, que, además, escribían en lenguas muertas, nada más fácil que utilizarlos para engañar al personal. O intentarlo. ¿Cómo van a poner notas a pie de página? Es pedir cotufas en el golfo.

—Sí. Es cierto. Y muchas veces aún poniendo las dichosas citas, cortan los discursos por donde les interesa. Tergiversan el mensaje. Lo actual: cortar y pegar. Además, esto, por desgracia, no solamente sucede con las necedades que circulan por el móvil.

—En todas partes se comen habas, y en mi casa a calderadas.

—Efectivamente. Pero hay personas a las que se les debería exigir, o se lo deberían exigir ellos mismos, una cierta honestidad… No hace mucho estuve leyendo una traducción de Séneca. Hecha por un sacerdote. Éste se ve en la obligación de traducir deus por Dios, con mayúscula… No sé qué trata de conseguir con tamaño despropósito… Séneca no era cristiano, pues también habla de los dioses en plural. Y ahí nacen las contradicciones.

—¿No hay supervisores de las traducciones?

—Debería haberlos. De todas formas, estamos hablando de un viejo problema. No solamente de la mala fe en algunas traducciones sino del hecho de que algunos se aprovechan de ellas. Incapaces de escribir o pensar por su cuenta y riesgo, se dedican a “corregir” y a “actualizar” a quienes les viene en gana.

—Esto me recuerda al doblaje de ciertas películas. No recuerdo en cuál de ellas, tras la invasión del país, entrevistan a una persona. Dice lo que piensa. La doblan, y le hacen decir todo lo contrario: termina por alabar lo atacado anteriormente. Creo recordar que era una película de Ingmar Bergman, pero no estoy seguro. No recuerdo muy bien.

No quiero ni pensar lo que sucedería si el hombre alcanzara la eternidad, la ansiada vida eterna.

—Hay que andarse con pies de plomo con todo. Vivimos de engaños y falsedades. Todo son apariencias, mentiras e intereses de unos y de otros. Total, para llenar unos míseros años de vida. No quiero ni pensar lo que sucedería si el hombre alcanzara la eternidad, la ansiada vida eterna.

—Seguramente muchos se morirían de aburrimiento. O se suicidarían. Ya lo hacen viviendo pocos años, así que imagínese una eternidad viendo partidos de fútbol. O estudiando. También a usted se le acabarían las materias —dijo sonriendo.

—Sí. Desde luego. La muerte es un gran invento.

—¿No le gustaría ser eternamente joven?

—No. Me gusta ser efímero. Saber que algún día cerraré los ojos y dejaré de leer, de gozar y de sufrir.

—¿No le da pena dejar algunas cosas? Sí, claro. Las hemos ido dejando atrás día tras día. Morimos conforme vamos viviendo, ¿no?

—Así es. Nos van enterrando a plazos: hoy se cae un diente, mañana te arrancan una muela, el pelo desaparece, y la barba se vuelve rala y cana… Lentamente, además, nos vamos quedando solos. Van muriendo aquellas personas a quienes quisimos… Es importante, pues, estar abierto, ser capaz de generar nuevas amistades, mientras podamos.

—Es difícil, como usted sabe. Con el tiempo, hablo por mí mismo, uno se vuelve muy exigente y selectivo. No se conforma con lo primero que sale. Y en este mundo tan vacuo, vacío y banal, es difícil dar con alguien medianamente interesante. ¿No le sucede a usted lo mismo?

—Sí, claro. Y quizás esos mensajes del móvil no sea sino un deseo de buscar compañía. De una forma un tanto absurda, desde luego, pero… No sé si tiene relación con lo dicho. Creo que sí. El otro día, en una pizarra de la sala de profesores, el de matemáticas, un chico muy gracioso, escribió la necedad de última hora: “feliz finde”. Al lado escribí yo “4+3 = 5 y tres cuartos”. A lo que alguien añadió también la necedad típica de “¡jajaja!”. No iría con ellos ni a tomar una cerveza, desde luego.

—Se lo estaba diciendo: con los años nos volvemos muy selectivos y exigentes. Algunos. Otros, como sabe, cargan con cualquier cosa. Todo menos estar solo. Y así va todo.

—Vale más no recibir mensajes preñados de faltas de ortografía, además, y estar solo que mal acompañado.

—Hombre, tampoco seamos tan exigentes.

—¿Por qué no? Tal vez esa exigencia sea otra forma de esconder el deseo de estar solo, de no ser molestado… ¿Sabe? Cuando era joven e iba a alguna discoteca, de tarde en tarde, si bailaba con alguna chica, muy de vez en cuando, le preguntaba enseguida si había leído Sobre la brevedad de la vida, de Séneca.

—¡No me diga! Es usted de lo que no hay. ¿Hacía eso de verdad? Les debería parecer un extraterrestre a aquellas chicas.

—Sí. En serio. Era un tanto raro. Y muy tímido. Dicho sea de paso. La encuestada no volvía a bailar conmigo, desde luego.

—Bailaría solo entonces.

—En efecto, así es. Me molestaba. Pero me acostumbré.

—Evidentemente no hay nada mejor que adaptarse a los hechos. Pero no le pida peras al olmo. Ya sabe cuál es el resultado.

—No pido nada. Salvo que no me envíen mensajes de lo supuestamente dicho por Cicerón o Séneca o cualquiera de aquellos buenos hombres sobre esto, aquello o lo de más allá. Es todo mentira, forzar las situaciones, o darles la vuelta, y no como a una tortilla.

Ya se lo he dicho: con los años nos volvemos selectivos y exigentes.

—La historia de la humanidad. Hablar por hablar y, muchas veces, sin saber lo que se dice. Pasa en todos los ámbitos.

—También en todos los ámbitos hay personas que valen la pena. Lo costoso es dar con ellas, y que ellas den contigo.

—Ya se lo he dicho: con los años nos volvemos selectivos y exigentes. Y puestos a ello, si en Nochebuena no tiene ningún plan, aquí hay buen vino, y una compañía que espero no desmerezca de sus expectativas.

—Hay un fantástico plan con una tal Mari Pili, pero no creo que cuaje. Estaremos en contacto. Compre buen vino para esa noche, por si acaso.

—Mándeme algún mensaje. Sí, ya lo sé: sin meter a Cicerón por el medio.

—Rara vez hago algo así. Lo tendré en cuenta. Y gracias por el vino, el queso y la conversación.

—Y a usted por haber aceptado la invitación de un viejo solitario.

—Faltaría más.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Cicerón, Sobre el orador, II, 24, 101. Madrid, 1982. Editorial Gredos. Traducción de José Javier Iso.
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