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Sobornos

jueves 20 de abril de 2023
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Sobornos, por Vicente Adelantado Soriano
No se preocupe: ni a usted ni a mí nos van a sobornar nunca.
Para nada, desgraciado, sirven unos dientes blancos si no van a machacar algo.1
Aristófanes, La paz.

Nos encontramos en el patio de la finca. Él salía del ascensor, preparado para ir a caminar por el barrio. Yo regresaba de la librería con varios volúmenes y algunas libretas. Nos saludamos alegremente.

—Ya viene cargado con material —me dijo tendiéndome la mano.

—Para matar el aburrimiento —respondí haciendo lo mismo—. ¿Y usted, dónde va tan abrigado? —pregunté sonriendo.

—A caminar un poco, ¿me acompaña?

—Si me permite subir a casa y dejar los libros, sí, lo acompaño.

—Subamos. Voy a aprovechar para quitarme ropa. Me he abrigado como si fuera a moverme en medio de una ventisca.

—Ya veo —le dije ya dentro del ascensor—. Una exageración: no hace nada de frío.

—Ya. Pero leí en el periódico que venía hoy la borrasca Manuela, o Josefina, o como se llame, acompañada de lluvias, tormentas y un ola de frío.

—Pues la tal Manuela o Josefina se debe de haber demorado hablando con su vecina porque no ha aparecido por estos lares.

Llegamos a su piso. Salió del ascensor.

No se puede uno fiar —dijo caminando ya a buen ritmo— de las noticias de los periódicos. En realidad no los leo. Conecto el ordenador y leo los titulares.

—Espéreme en el patio —me dijo empezando a despojarse del grueso anorak y de la enorme bufanda.

Nos volvimos a encontrar minutos más tarde.

—No se puede uno fiar —dijo caminando ya a buen ritmo— de las noticias de los periódicos. En realidad no los leo. Conecto el ordenador y leo los titulares. Para leer los artículos, he de suscribirme. Me niego. A unos se les ve el plumero…

—Y otros —añadí interrumpiéndolo— escriben muy mal.

—Muy mal, no. Fatal. ¿Usted no los lee?

—A veces les echo algún vistazo. Pero no, por regla general ni leo los periódicos ni veo la televisión. Los informativos, me refiero. Veo documentales.

—Cuando era joven vi una entrevista, en la televisión, a Alejo Carpentier, un escritor cubano fallecido hace algunos años. Era la época de la tele en blanco y negro. Carpentier dijo que todos los días leía dos o tres periódicos para estar al día. Y yo, durante una época, traté de imitarlo.

—Nunca he tenido yo esos afanes. A veces he visto algún telediario. Pero, la verdad, esos programas me parecen una manipulación constante. Además, casi todas las noticias son de cariz político. Y nuestra política y una riña de vecinas malcaradas, atiborradas de gruesas palabras, necedades e insultos, vienen a ser lo mismo.

—Nunca me imaginé que los políticos pudieran llegar a tal grado de mala educación, de miseria y de falta de dignidad. Dan asco.

—Nada nuevo bajo el sol. Un compañero pone en clase, para educación de las jóvenes generaciones, algunas actuaciones de tan insignes personajes en el Parlamento. Cuando éste rebosa de insultos y faltas de respeto. Un día cualquiera. Mi compañero trata de enseñarles a los alumnos lo que deben evitar. A mí me parece contraproducente: los jóvenes príncipes se creen justificados a actuar como lo hacen, viendo semejantes películas. Por eso no les hago traducir a los míos Filípicas, de Cicerón.

—Es penoso. No se me ocurre otra cosa.

—Pues cambiemos de asunto. No hay mucho donde rascar.

—Sí. Tiene razón. Estaba pensando, en contra de estos personajillos, lo bien que le vienen a la humanidad, o a ciertas personas al menos, los inventos e investigaciones de otras.

—De eso apenas dan noticias. Se habla o se escribe más sobre cualquier ceporro de cualquier partido político, diciendo barbaridades y sandeces, que de un médico o un científico. Aunque este o aquel haya descubierto un fármaco para curar la imbecilidad. Por ejemplo.

—¡Ojalá existiera esa medicina! Pero ¿quién la compraría? Fue Galdós, creo, quien dijo que nadie es inteligente si no es tan imbécil como nosotros. ¿Lo dijo él? No estoy seguro. Si estuviéramos en casa, podría mirar mi libreta de notas.

—No tiene importancia. Lo dijera Galdós o Perico el de los Palotes, es una verdad como una catedral. Gótica, por supuesto. Y desde luego, esa medicina caducaría en las farmacias: nadie se cree un estúpido o un imbécil. Nadie se medicaría. Pero nos estamos desviando. ¿A qué inventos se refería usted?

—En este caso, le puede parecer una tontería. Pero antes de tener este maravilloso teléfono móvil —dijo blandiéndolo ante mis narices— me llamaban varias veces al día, y cuando cogía el teléfono, colgaban o salía una voz fantasmal ofreciéndome el oro y el moro si yo hacía esto o aquello. Ahora con este móvil —lo volvió a blandir orgulloso de él— me avisan de cuando es una llamada basura. Y no contesto. Y bloqueo el número. ¿Qué le parece? Han dejado de molestarme.

—Está muy bien. Es la verdad. No sé si eso de esas llamadas impertinentes se podrá regular algún día. Pero ciertamente quienes se dedican a llamar, estafadores o empresas de publicidad, se ponen muy pesados. Yo, cuando suena el móvil, si no me indica que quien me llama es un conocido, es decir que su teléfono lo tengo grabado en el mío, no lo cojo.

—Esa actitud tal vez sea contraproducente. Pero, claro, entiendo que se haya hartado, como todos, de tanta llamada absurda, ofreciendo cosas inútiles, innecesarias. Como ha sucedido con ciertos personajes del parlamento europeo. O con los corruptos.

—Está usted muy politizado últimamente.

—Ya sé que le molesta hablar de estas cosas…

—No. No se prive. Adelante. Un día es un día.

—Gracias. En realidad desconozco el asunto ese del parlamento europeo. Al parecer han detenido a una, o a varias personas, acusadas de recibir sobornos, maletines con billetes. No sé si para ganar votos a fin de organizar el mundial de fútbol aquí o allá o para otro honrado menester. Da lo mismo. Lo gracioso del caso ha sido el reconocimiento explícito del novio, o amante, de una de las implicadas. Han aceptado un dinero —dijo— que no necesitaban. Valiente estupidez.

¿Qué necesidad tienen de robar muchos de estos personajillos, reyes y yernos incluidos? Tienen un estupendo sueldo, viven de maravilla.

—Tampoco sé quién lo dijo —repliqué— pero este alguien afirmó que la necedad y la ambición son pozos sin fondo.

—¿Y para qué quieren tanto dinero? ¿Qué necesidad tienen de robar muchos de estos personajillos, reyes y yernos incluidos? Tienen un estupendo sueldo, viven de maravilla, no van al bancal a segar ni a escardar, ni se levantan a las cuatro de la mañana para ir a regar… ¿qué es lo que quieren? Pasa la vida y no la gozan, nunca están satisfechos. Se mueven de aquí para allá con los últimos aparatos y escopetas y siempre están en el mismo sitio: en el país de los necios. Comer y beber sin saciarse nunca. Un tormento… No, no me veo manejando grandes cantidades de dinero.

—¿No le gustaría tener un chalet con piscina y jacuzzi y un coche último modelo y algunas cosas más? —le pregunté con cierta sorna.

—No. En absoluto. Una vez tuve un chalet. Se convirtió en una pesadilla: los viernes a comprar para llevar comida allí, llegar al chalet, limpiar, adecentarlo… y el domingo por la tarde recoger y volver a limpiar para regresar a casa. Una pérdida de tiempo total.

—Le haría falta más dinero: podría tener criados, muchos, y así se libraría de comprar y limpiar.

—¿Para qué? Si luego se aburren y no saben qué hacer con sus pobres vidas. Sacar agua del río con cestos de mimbres. Se mueven de aquí para allá sin estar en ningún sitio. Y ya sabe: tonto en su villa, tonto en Castilla.

Beatus ille…

¡Ah, lo sé! Esa poesía es de Horacio. Transformada luego por fray Luis de León en una preciosa lira.

—Menos mal. Ya estaba pensando que no podemos dialogar fuera de casa.

—¿Por qué? ¿A qué se refiere?

—A que siempre estamos poniendo notas a pie de página. Y para eso, querido amigo, necesitamos nuestras libretas y nuestros libros.

—Decía Azorín que poner notas a pie de página es signo de ser un mal escritor: se debe escribir sin notas ni prólogos. ¿Qué opina usted?

—Pues que todas las cosas, hechas adecuadamente, están muy bien. El quid de la cuestión es dar con un cierto equilibrio. Ni pedanterías ni falta de información. Digo.

—Un modesto pasar. Una butaca, buenos libros y un buen café. ¿Se necesita algo más?

—Depende del grado de inteligencia de cada cual.

¿No aceptaría usted millones por, digamos, publicar sus traducciones?
Eso no sería un soborno. Sería una imbecilidad.

—Cierto. Hubo un tiempo en el cual tener una doble residencia, un chalet, daba cierto prestigio. O lo creíamos. Como el fumar. No logramos sino más hipotecas y algún cáncer.

—De todas formas, querido amigo, no se preocupe: ni a usted ni a mí nos van a sobornar nunca.

—¿No aceptaría usted millones por, digamos, publicar sus traducciones?

—Eso no sería un soborno. Sería una imbecilidad.

Mi vecino estalló en carcajadas. Me propuso entonces volver a casa y aprovechar el resto de la tarde para dedicarnos, cada uno en su cubículo, a leer o estudiar. Dimos la vuelta.

—Mientras haya sol en las bardas —apuntilló—. Y a falta de la luz del sol, tenemos la luz eléctrica. Otro gran invento. ¿Ha leído usted alguna vez a la luz de un candil o de una vela?

—Sí. Alguna vez.

—¿Y qué tal?

—Prefiero la iluminación actual. Aunque leer a la luz de una vela perfumada…

—Es usted un romántico.

—De pura cepa.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Aristófanes, La paz, 1.309. En Gredos, Comedias II, Madrid, 2007. Traducción de Luis M. Macía Aparicio.
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