XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Cementerios bucólicos

jueves 11 de mayo de 2023
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Cementerios bucólicos, por Vicente Adelantado Soriano
Hacer cementerios en medio del monte obligaría a tener un poco de policía con los mismos: limpieza, aseo y demás. Y en caso de incendio, miel sobre hojuelas: se quema el cementerio.
Ciudades son eso que a ti se te figuran madrigueras. 1
Luciano de Samósata, Caronte el barquero.

—Ya sé —le dije apenas descorchó la botella de vino— que los filólogos, en esta sociedad, somos, lo decía una profesora mía, la guinda del pastel, es decir, una nulidad. Como la guinda, no servimos para nada.

—¡Hombre! —exclamó sin demasiada convicción— tampoco es eso: algunos de los alumnos apreciarán sus enseñanzas. Y tampoco es conveniente que la sociedad olvide su lengua.

—Es una batalla perdida. Se acuerdan de ella el maldito día del libro, el 23 de abril. Se mandan entonces imágenes de don Quijote, y se habla del respeto a la lengua. Y al día siguiente, cuando no el mismo día, ya están unos y otros hablando de poner en valor la lengua, noticia recogida a pie de playa, o atraco a punta de pistola. Por no hablar de otras sandeces. Poner en valor, ¡Dios mío, hace falta ser necio!

—Sí, yo también leí el otro día que Benito Pérez Galdós “novelizó” la España del siglo XIX.

¿Cree usted que en los pueblos se habla mejor que en las capitales? Allí quizás la lengua no esté tan contaminada por periodistas y locutores.

—Hay una especie de competencia para ver quién alcanza la corona del máximo necio del imperio.

—¿Cree usted —me preguntó un tanto sorprendido de su ocurrencia— que en los pueblos se habla mejor que en las capitales? Allí quizás la lengua no esté tan contaminada por periodistas y locutores. Tal vez, si es así, sea posible crear una lengua bucólica o algo parecido.

No pude evitar reírme, aunque lo hice con suma discreción.

—¿Sabe usted —le pregunté— que la palabra bucólico significa el que tiene cuidado de los bueyes, es decir, el boyero? Era el nombre de un pueblo del antiguo Egipto.

—No lo sabía. Interesante. Me parece interesante estudiar cómo las palabras cambian de significado.

—Sí. Lo es. Además, esa palabra, antiguamente, la entendía el común de los mortales. Hoy, el entendido le hablará enseguida de Garcilaso de la Vega, y el no entendido de árboles y ríos idílicos. Y ambos tendrían razón.

—Ya. Ya sé: un hombre de pueblo, de esos de la España vaciada, seguramente, no sabrá nada de bucolismo, pese a vivir en él.

—Bueno, decir que los pocos pobladores de la España vacía viven en un paisaje bucólico puede considerarse casi como una burla.

—No pretendía ofender a nadie. Pero, claro, pueblos con ríos, choperas, álamos, grandes paisajes y arboledas, casi parece un sueño. El fuego, no obstante, está terminando con él. Y nada se me ocurre que pueda frenarlo. ¿Repoblar los pueblos y aldeas?

—Los optimistas dicen que la vida da muchas vueltas. Y no descartan nada. Puede suceder cualquier cosa, no sé qué, dicen, que revierta la actual tendencia, y la gente abandone las ciudades y se vaya a los pueblos.

—Yo también he pensado algo similar: al fin y al cabo el trabajo en casa, a través del ordenador, podría ser una solución, ¿no cree?

—Es un comienzo. Pero harían falta escuelas, hospitales… toda la infraestructura de las actuales ciudades.

—Sí, es un poco absurdo: se recuperarían los pueblos y se abandonarían las ciudades. O se podía repartir un poco más equitativamente.

—No van a hacer una universidad en cada pueblo. Ni un hospital. Y aquel que lo tuviera, poco a poco ganaría en importancia, y ya tenemos el proceso de siempre: todos desearían ir a vivir donde está el centro del poder, o algo similar. ¿No es eso lo que ha sucedido siempre?

—Sí. Tiene razón.

—La tengo. El famoso beatus ille no es sino propaganda. Un bellísimo poema para que la gente abandonara la superpoblada Roma y se fuera a la vaciada campiña. No debió de ser muy efectivo.

—Hoy desde luego no lo sería. No lee nadie, y menos la gente que debería irse a los pueblos, según esa prédica.

—Y la del cuento del ratón de ciudad y del ratón de campo. Es muy divertido, pero dudo mucho de su eficacia.

—No lo conozco —dijo llenando las copas de nuevo.

El campo y las afueras están muy bien cuando uno es un padre reciente, o, como en mi caso, un anciano en la última revuelta del camino.

—Un ratón de ciudad invita a uno de campo a morar en la casa donde vive él. Le dice que, tras el banquete de los señores, come hasta hartarse de las sobras del mismo. Y es así. Hasta que entran los esclavos, sus adversarios en eso de las sobras, y los persiguen a muerte. Se salvan por los pelos. El ratón de campo, entonces, le confiesa a su ciudadano camarada que prefiere la pobre mesa del campo, donde come poco, pero donde no hay sobresaltos ni sustos de este tipo.

—Y el ratón vuelve al campo. Sin duda —añadió sonriendo—, y como su mismo nombre indica, debía de ser un ratón pagano. Pues ignoraba aquello de “no sólo de pan vive el hombre”.

—Yo le diría que además de ser pagano, ni estaba casado, ni tenía hijos, ni se preocupaba, en consecuencia, por el futuro del heredero de su corona.

—Sí. Es cierto: el campo y las afueras están muy bien cuando uno es un padre reciente, o, como en mi caso, un anciano en la última revuelta del camino. Si sufro un infarto, lo mismo me da sufrirlo aquí que en medio de la nada. O quizás fuera mejor padecerlo en el monte. Aquí, tal vez me cojan a tiempo y alarguen mi vida, no sé para qué, unos meses o unos años más. Allí no tendría salvación. Y morir en medio de la naturaleza debe de ser una bendición.

—Es posible —le devolví la sonrisa—. Si me lo cuenta algún peregrino, se lo digo.

—Sí, ha sido una tontería. Me he dejado llevar por eso de la bucólica, rememorando a Garcilaso de la Vega. El dulce lamentar de dos pastores… Volviendo al asunto central, creo que los pueblos no tienen salvación: la despoblación va a ir a más.

—El otro día —dije llenando yo ahora las copas— oí una conversación entre dos ancianos. Me dieron la clave del asunto. Se quejaban, uno y otro, de la superpoblación de los cementerios. Estaban muy preocupados porque, al parecer, no quedan nichos en los camposantos. Les preocupaba saber dónde los iban a enterrar, y si se iban a quedar allí hasta la resurrección de los muertos. O hasta la extinción de sus familias.

—¿Y qué conclusión sacó usted de todo eso?

—No me diga que no lo ha captado. Es obvio: transformamos los pueblos en cementerios. Tenemos muchos pueblos vaciados, y podemos tener muchísimos cementerios llenos. Por ley se fijará, además, que el moribundo especifique en su testamento en qué municipio desea ser enterrado. Al fin y al cabo algunos presos hasta eligen cárcel.

—¿Y qué me dice de los incendios forestales?

—Hacer cementerios en medio del monte obligaría a tener un poco de policía con los mismos: limpieza, aseo y demás. Y en caso de incendio, miel sobre hojuelas: se quema el cementerio, los cipreses caen sobre las tumbas, los muertos se momifican, y dentro de dos mil años, los arqueólogos a vivir de maravilla. Eso sí, debemos enterrar a la gente con un pequeño ajuar: libros, manuscritos, relojes, móviles, ordenador portátil con sus emoticones, lápiz electrónico, y cuanto trasto actual se nos ocurra. Encontrar una tumba sin nada, y si el muerto ni ha sido crucificado ni fusilado, es un poco frustrante.

—Desde luego, vaya ideas que se le ocurren a usted.

Algunas multinacionales se pondrían manos a la obra: cementerios privados y para todos los gustos.

—A mí me parece una buena idea. Si perteneciera a algún partido político, o fuera ministro de pompas fúnebres, lo propondría en el senado. O donde tocara. El éxito está asegurado. Se lo garantizo.

—No sé. La oposición exigiría cementerios cristianos. Aunque, claro, puede ir un obispo, o delegado, y bendecir el monte. No, no sería problema.

—Estoy seguro —dije apurando mi copa— de que si lanzamos esta propuesta por ahí, la firma un buen puñado de personas. Y algunas multinacionales se pondrían manos a la obra: cementerios privados y para todos los gustos. Sin descartar los estatales, por supuesto.

—No me extrañaría. A mí ya me está gustando.

—¿Ve? Ya se lo decía yo. Brindemos por los cementerios bucólicos. Así, como dirían los necios, pondremos en valor los pueblos.

—Descansen en paz unos y otros.

—Así sea. Con libros y ordenadores.

Vicente Adelantado Soriano
Últimas entradas de Vicente Adelantado Soriano (ver todo)

Notas

  1. Luciano de Samósata, Caronte el barquero, 6. En Diálogos cínicos. Alianza Editorial, Madrid, 2010. Traducción de Antonio Guzmán Guerra.
¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio