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Dos emperadores

jueves 22 de junio de 2023
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Dos emperadores, por Vicente Adelantado Soriano
En tanto los dos emperadores se esfumaban con sus togas blancas, inmaculadas y perfumadas por el detergente y el suavizante, disfruté de la clara luz de una límpida mañana.
Todo es efímero: el recuerdo y el objeto recordado.1
Marco Aurelio, Meditaciones.

Me estaba esperando tras la puerta. En realidad eran dos. Una amplia y capaz, y otra estrecha. Se abrían independientemente. El público entraba por esta última. Ambas estaban formadas por gruesos barrotes de hierro con escasa distancia entre ellos. Al verlo tras los barrotes consulté mi reloj. Faltaban todavía diez minutos para la hora de la cita. Habíamos quedado en vernos a las siete de la mañana. Comprobé si el segundero del reloj se movía. Lo hacía perfectamente. Me tranquilizó con un gesto de su mano. Fui a su encuentro. Estaba junto a la garita del guarda, en la puerta estrecha. Una gruesa cadena, con su pertinente candado, se enroscaba en torno a dos o tres de los barrotes de hierro. Sonrió. Alargó la mano y el candado se abrió. Empujó la puerta, entré y volvió a colocar el candado y la cadena tal como estaban.

Lo saludé haciendo uso de mi elemental latín.

—¡Ave! —dije sin levantar la mano ni hacer ningún otro movimiento. Temía alguna posible confusión.

—Buenos días —me contestó sonriendo, utilizando un perfecto español con un ligero acento propio de la zona.

—Pues eso, buenos días —repuse—. Sí, es una buena traducción —añadí un tanto avergonzado.

Me llamó la atención lo bien que olía. Sin poder evitarlo alargué la mano y palpé su toga.

Hay que adaptarse a los tiempos, máxime cuando éstos son positivos.

—Aprovechando —me explicó— esas maravillas del mundo moderno, las lavadoras públicas, he lavado mi ropa. Ayer mismo leí un artículo en el cual se comentaba que los romanos, en nuestro tiempo, olíamos muy mal. Es cierto, las togas se lavaban con orín humano. Imagínate. Ahora bien, hay que adaptarse a los tiempos, máxime cuando éstos son positivos: he metido un par de tapones de detergente en la lavadora. Y suavizante. La toga huele ahora de maravilla. Al menos para el mundo actual. Igual en Roma la gente hubiera huido de mí, o me hubiera apedreado.

—Sí. Es posible —repuse—. Cada época, creo, tiene sus olores y sus colores. Eso de los colores siempre me ha llamado la atención: el vinoso ponto, la aurora de rosáceos dedos, la negra sangre… Igualmente tiene sus creencias, fobias y demonios.

—Eso deberías hablarlo con uno de mis descendientes, tal vez el más famoso; me refiero a Marco Aurelio. A él le encantaba la filosofía.

—Sí, pero la filosofía que le interesaba a él no se ocupaba mucho de estas cosas. Y tampoco tiene importancia. ¿El mundo que vemos es el real o es una particular visión de cada época? Los colores de la Grecia clásica son distintos a los nuestros.

—No lo sé. No me he ocupado de esas cosas. Ahora bien, todo es relativo. Y tal vez cada uno de nosotros tenga una visión distinta de los colores y del orbe, pero hay visiones que funcionan muy bien. Me maravillan, de este mundo moderno, los semáforos. Al principio pasaba horas y horas contemplando cómo cambiaban los colores, las luces, y al hacerlo, unos, coches o peatones, se detenían, y otros coches y peatones se ponían en marcha.

—Sí. A veces el mundo parece lleno de magia o producto de ésta. La primera vez que oí a una persona hablar sola por la calle, me alejé de ella todo cuanto pude y más. Me asusté. Luego vi a otras haciendo lo mismo. Llevan unos auriculares mínimos, y le hablan a un micrófono liliputiense conectado a un teléfono móvil diminuto. Apenas si se ven todos estos artilugios. No estaban locos.

—Ojalá hubiera contado yo con esos aparatos para mover a las legiones con más rapidez.

—No te puedes quejar —el apunte me salió del alma—. No lo hiciste nada mal. Y más teniendo en cuenta los medios de la época. Y tus orígenes. No estabas entre los sucesores del césar. Sin embargo, adoptado por Nerva, en unas condiciones un tanto difíciles, accediste al máximo poder.

—Sí, es cierto. Pero no menos cierto es —dijo sonriendo, como si fuera a contar un chiste sin gracia— que tenía razón Plinio cuando escribió aquello, sobre mí, de que quien ha de gobernar a todos los ciudadanos debe salir del conjunto de éstos. ¡Este Plinio!

—Era un buen chico —dije—. Legó una villa suya a una antigua esclava ya mayor. Eso me impresionó. Estaba yo haciendo un estudio sobre la esclavitud en la antigüedad.

Asintió. Durante unos segundos caminamos en silencio por el decumanus maximus de Itálica. Al fondo se levanta la tapia de un cementerio moderno.

—En mi primera visita a esta ciudad —le dije—, muy joven, pensé cuán grato sería ser enterrado en ese cementerio. Para estar bien cerca de vosotros.

—No hace falta —me contestó—. Siempre estarás a nuestro lado. Mira, por allí viene Marco Aurelio. Ahora podrás hablar con él.

—Esto de estar muerto —dije admirado— tiene sus ventajas. Ya me gustaría a mí desplazarme con ese desparpajo: desayunar en Roma y tomar una cerveza en Itálica al cabo de unos minutos.

—Todo tiene sus pros y sus contras.

—¿Entonces el Hades —pregunté como si acabara de hacer un gran descubrimiento— no es ese mundo negro y oscuro pintado por Odiseo? Donde, según Aquiles, es peor ser rey que porquero en la tierra.

—Ni de lejos. No me digas —añadió extrañado— que te has tragado las palabras de Odiseo. Homero mismo te lo describe como el hombre de las mil tretas. Y de las mil historias. Y de los mil engaños. No. No es así. Odiseo miente. Una vez más.

El mal nace del error, de una visión errónea de la naturaleza. ¿Y quién no se equivoca en esta vida?

—No. No es así —intervino Marco Aurelio tras haber saludado a Trajano y haberme dado la mano a mí. También vestía toga, y también la había pasado por una lavadora con profusión de detergente y suavizante—. No existe castigo en el más allá —comenzó a filosofar paseando los tres por el cardus maximus—. El mal nace del error, de una visión errónea de la naturaleza. ¿Y quién no se equivoca en esta vida? La crueldad de los dioses tiene sus límites igualmente. Ni el pobre Prometeo fue encadenado para toda la eternidad. Aquello fue una pataleta del joven e iracundo Zeus. La vejez lleva aparejada la tolerancia y el perdón. La comprensión. Y Zeus, pasado un tiempo, lo perdonó.

—Eso supone —le repliqué— que lo mismo da ser bueno que malo.

—No. No es cierto —me repuso sonriendo—. Cada uno de nosotros escoge entre el bien y el mal. Y has de procurar, siempre, ir hacia la felicidad, es decir hacia el bien.

—¿Y si la felicidad está en el mal? ¿En robar sin importar el sufrimiento de los demás? Mientras la policía no me detenga…

—¿Y hay peor castigo que el egoísmo, la ambición desmedida y el despreciar a tus semejantes? ¿Quieres ser así? No, no lo creo. De lo contrario no estarías aquí con nosotros. Ahora bien, no te hagas ilusiones: no vas a cambiar al hombre. Siempre habrá ladrones y criminales entre vosotros. Al hombre, ya lo dije, hay que sufrirlo o instruirlo.

—¡Instruirlo dice! —exclamé—. Tarea inútil.

—No lo creo. Desde Arquímedes hasta aquí, el hombre ha dado pasos de gigante. Sí, hay necios, por supuesto. Y perezosos. Y criminales. Pero también hay personas diligentes y buenas… Los médicos. ¡Han avanzado tanto desde nuestra época! ¡Hay tanta gente estudiosa!

—Y buenos gobernantes —intervino Trajano—; sin ese clima de paz y sosiego hubiera sido imposible el estudio y el avance de las ciencias.

—Evidente —intervine yo—. Pero hace falta algo más. Mucho más. Yo me refería a otro tipo de instrucción. Las ciencias han avanzado mucho, pero el hombre no tanto.

—Sí —dijo Marco Aurelio desviándose hacia las letrinas y echándoles un vistazo—. Tal vez necesitemos a Prometeo. La filantropía. Pensar un poco en el otro.

—Siempre me ha llamado la atención —dije con la vista fija en las letrinas— la poca intimidad que teníais en vuestra época.

—Pero a cambio nunca estábamos solos. No conocíamos esa angustiosa soledad actual. ¿Y para qué queréis la intimidad? ¿Acaso no sabemos todos lo que todos hacemos?

—¡Hombre! —exclamé—, una cosa es saberlo y otro verlo y olerlo.

Sonrió.

—Somos animales de costumbres. Ponemos éstas por encima de la naturaleza.

—¡Ay, la traída naturaleza estoica! —exclamé—. ¿Qué es la naturaleza? ¿Qué quiere decir comportarse de acuerdo con ella? Con los cínicos está claro: comportarse como un perro, no preocuparse por la casa, comer lo que se puede, beber agua del río… Aunque debo añadir que un perro, en contra de Diógenes, no se masturba ni en la calle o en el ágora, ni en ningún rincón…

Lo importante es nuestro comportamiento. Vivir bien y no dañar a nadie.

—El problema del hombre —apuntó Marco Aurelio con resignación—, partimos de palabras o conceptos no muy bien definidos. Pero no es eso lo importante. Lo importante es nuestro comportamiento. Vivir bien y no dañar a nadie. Por lo demás, no te hagas ilusiones. Por desgracia siempre habrá Cómodos y Nerones entre vosotros.

—Y personas, miles de personas, que los jalearán.

—Hablando de personas —intervino Trajano—, empiezan a llegar los visitantes. Es hora de retirarnos. Tú —dijo dirigiéndose a mí— escóndete detrás de aquel grueso ciprés. Y luego, como quien no quiere la cosa, te unes a algún grupo y sales con ellos.

Así lo hice. Y en tanto los dos emperadores se esfumaban con sus togas blancas, inmaculadas y perfumadas por el detergente y el suavizante, disfruté de la clara luz de una límpida mañana. Seguramente la que me esperaba en el más allá, donde se me auguraban infinitas conversaciones y ningún tormento ni dolor. Vale.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Marco Aurelio, Meditaciones, IV, 35. Traducción de Ramón Bach Pellicer.
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