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Abu Simbel, Egipto

martes 31 de octubre de 2023
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Templo de Ramsés
El gigantesco Templo de Ramsés.

Ante todo, la sorpresa, porque jamás llegué a imaginarme que un día contemplaría el lugar que, en la Biblioteca de Alhama, durante mi niñez y adolescencia, veía reflejado de manera cotidiana en la revista El Correo de la Unesco, publicación que en los años sesenta era una gozada tenerla en tus manos, quizá por la riqueza lingüística y la temática que allí quedaba encapsulada y digamos que, mes a mes, se convirtió en compañera fiel hasta que las circunstancias me obligaron a salir de la tierra que me vio nacer para establecerme en Cataluña tras aprobar las oposiciones correspondientes y para viajar, aunque hasta ahora fuera sólo en las vacaciones estivales. La jubilación ha hecho que esas salidas se produzcan en cualquier momento y a destinos que parecen haber sido sembrados por la rosa de los vientos.

De aquellas imágenes de la infancia, en blanco y negro, pasé a la realidad en el interregno, más de medio siglo que aún hace más placentera la visita a pesar del tute al que nos sometieron y que comenzaba a tempranas horas de la madrugada, cuando tenías que levantarte y ponerte en marcha para la salida; además, la organización no tenía barcos y el crucero por el Nilo simplemente se esfumó: hicimos un agotador viaje terrestre (y aviso para navegantes, si alguien está pensando en viajar, que no se deje atrapar por los barcos Amira, Liberty o Papyrus: no tenían condiciones de navegabilidad y mucho menos de salubridad en el otoño de 2022) que nos llevaría al Alto Egipto, concretamente a Abu Simbel.

La salida era a las 2:30 de la mañana para cruzar el Nilo. Se iniciaba el día en la isla Elefantina. La lancha cruzó el fabuloso río de la vida y el autobús ya estaba esperando al grupo que venía espoleado desde Lúxor ante la falta de barco. Era la hora asignada por los militares para integrarse en el convoy.

Tras el conteo, subió un oficial que nos acompañaría todo el trayecto desde que el convoy se puso en movimiento en las cercanías del cementerio fatimí de Asuán y la Comisaría de Policía. Increíbles los controles y la vida nocturna de Asuán; aquí es como nuestro día ante las altas temperaturas diurnas, algo totalmente cotidiano en el desierto.

Sobre las 10 tocaba ir al vehículo para iniciar el regreso por medio de una carretera en el arenal que dentro de algunos años será una autopista de doble carril en ambos sentidos.

Llegaríamos al emplazamiento poco después de las 8 de la mañana y sobre las 10 tocaba ir al vehículo para iniciar el regreso por medio de una carretera en el arenal que dentro de algunos años será una autopista de doble carril en ambos sentidos, algo que facilitará los viajes por estos desangelados confines, apenas a un centenar de kilómetros de las fronteras de Libia y Sudán, que antaño fueron territorios faraónicos y que tantos quebraderos de cabeza provocan; digamos que el hombre está domesticándolos gracias a los planes hidrológicos que en aquellos años sesenta acometió Nasser —se había hecho con el poder en 1952— cuando realizó su faraónica obra que hoy permite a Egipto tener agua potable almacenada para poder vivir un siglo. Gracias a esa infraestructura, y al canal que cruza el desierto, se van viendo manchas verdes en el horizonte que constituyen colonias agrícolas en desarrollo, las más cercanas a la carretera eran esencialmente cultivos de girasol, maíz, tomates y especies arbóreas como olivos o palmeras datileras.

Los templos, que la Unesco salvó de quedar bajo las aguas, fueron cortados y vueltos a montar en colinas no inundables que ahora atraen a miles de turistas que llegan desde todo el orbe a contemplar los gigantescos faraones pétreos, y se hace difícil fotografiar ante la gran afluencia de visitantes que se han dado el correspondiente madrugón y casi cuatrocientos kilómetros de carretera pero, realmente, es una estampa que merecía la pena admirar.

 

Recordemos que estos templos los había descubierto en 1813 el expedicionario suizo Jean Louis Burckhardt y estaban sepultados bajo la arena (las aguas del llamado Lago Nasser dejaron sepultados varios cientos más). El primero, donde aparece Ramsés II sentado en cuatro gigantescas versiones, representa un país unificado; el segundo, que está roto, sufrió ese descalabro según las crónicas en el año 27 a. C. a causa de un terremoto que acabó afectando a estas gigantescas esculturas.

En los tronos encontramos los clásicos cartuchos con los nombres de Ramsés en el idioma del momento. Sobre la puerta de entrada la figura de Ra-Harajty de Heliópolis y en la repisa superior los monos que saludan al Sol Naciente. Su fachada tiene 33 metros de altura y Ramsés, con su corona del Alto y Bajo Egipto, realmente impresiona.

Una vez en el interior, si caminas a lo largo del pasillo central, llegamos al santuario en el que el faraón aparece sentado junto a Amón, Ptah y Ra-Harajty —la antesala está repleta de leyendas con Ramsés y Nefertari como protagonistas o presentando las ofrendas a Amón y Ra. Dos veces al año el sol, a determinada hora, ilumina las estatuas. Ahora modernizados, esperar ese momento es una ilusión difícil de cumplir, ya que el invento de Edison ilumina ese espectacular espacio aunque, imaginamos, ello sucede cuando se celebra el Festival del Sol, que se produce dos veces al año, en febrero y octubre.

Los muros muestran al deificado Ramsés presentando sus ofrendas; en uno de los relieves lo veremos en la célebre batalla de Qadesh.

Conviene detenerse en la sala hipóstila, donde los cuatro colosos lucen la corona del Alto Egipto (los meridionales) y los norteños llevan la doble corona del Alto y Bajo Egipto. Los muros muestran al deificado Ramsés presentando sus ofrendas; en uno de los relieves lo veremos en la célebre batalla de Qadesh (hacia el 1275 a. C.), donde derrota a los enemigos del momento y a los belicosos hititas.

El otro templo está dedicado a Hathor. Construido para la diosa, se levantó para homenajear a su esposa favorita, Nefertari, hecho que queda reflejado en la sala hipóstila, donde contemplamos cómo Ramsés derrotaba a sus enemigos, escena que contempla la esposa. En ese santuario encontramos la estatua de Hathor, que tiene forma de vaca; este templo, que es algo menor, tiene seis colosos de dimensiones algo menos grandiosas aunque no dejan de ser impresionantes para el común de los mortales.

En ambos casos los colosos parecen gigantescos vigilantes, guardianes de la piedra que hoy contemplamos gracias a los esfuerzos de la Unesco que fue la que lanzó la campaña mundial para recaudar fondos y evitar que estas bellezas quedaran sumergidas para siempre. Ese titánico trabajo de preservación para la humanidad lo harían centenares de trabajadores que prácticamente dedicaron una década para reinstalarlos en esta colina a la orilla misma del lago.

Lástima que el tiempo de visita es limitado —que no el precio de la entrada—, así que hay que contemplarlos, memorizarlos y disfrutarlos para, una vez que regresas a casa, poder exclamar, a pesar del tute, que mereció la pena. Ahora toca disfrutar del lugar mediante las nuevas tecnologías que, digámoslo, han creado verdaderas maravillas del legado de los faraones que tienes en casa a un simple clic. Centenares de capítulos copiados por viajeros de todo el orbe permitirán a los curiosos conocer con profusión de detalles aquellas faraónicas obras levantadas hace varios milenios.

Abu Simbel fue el corazón de Nubia, aquí Ramsés construyó lo que se considera la obra maestra de su reinado y, a pesar de ser una reconstrucción (una década llevó su reubicación desde 1963 hasta 1972 con casi un millar de trabajadores en cada jornada), no dejará de impactar al viajero y, sin embargo, no son los únicos restos de aquella cultura en esta alejada región ya prácticamente en el África Negra —el lago limita con Sudán y, a un centenar de kilómetros, también está la frontera con Libia—; a esos confines llegan diariamente cientos de camiones para pasar con el ferry hasta territorio sudanés y llevar las correspondientes mercancías, el comercio que no cesa, aunque los camellos sean hoy una atracción turística más que da de comer, precisamente, a los menos afortunados del circuito que explota los incontables yacimientos arqueológicos que te hacen exclamar: “¡Qué maravilla!”.

Ramsés, en fin, es ese coloso hierático, pero triunfante, que aparece en el frontis de la mole de piedra.

Ramsés, en fin, es ese coloso hierático, pero triunfante, que aparece en el frontis de la mole de piedra. Simboliza que nadie podrá discutir su soberanía, la uraeus (serpiente protectora que suelen llevar el faraón y las divinidades en su frente); se yergue contra los enemigos, tiene como objetivo aniquilar a todos los adversarios de la armonía de las fuerzas ocultas o mundo de las tinieblas y, realmente, él logró someterlos, incluso al belicoso y otrora indestructible pueblo nubio.

Restos de eso orgulloso pueblo aún pueden contemplarse en la región, en la orilla del río, frente a Asuán; hay un poblado que suele ofrecerse como visita opcional al visitante, pero se puede ir por libre contratando la lanchita correspondiente, hay para dar y tomar, así que no será difícil hacer esa escapada. Remilgados y gente con tacones, que de todo nos encontramos, abstenerse. Por supuesto, si no tienes buenos remos, no es un paseo fácil, conviene llevarse bañador para disfrutar de un placentero momento en las aguas del Nilo, hay un recodo que es prácticamente desierto: no hay ni una sombra en ese trozo por donde acampan los camellos para pasear a los que desean estrenarse en ese milenario animal de carga y resistencia.

Juan Franco Crespo
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